ENTREVISTA A EL ROTO (a cargo de Carlos Quesada)

(c) Fotos Adolfo Ontoba

(Publicado en el número 406 de Quimera, octubre de 2017)

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Quedamos en su estudio, sencillo y ordenado. Al principio algo de pudor, por parte de los dos. Adentrarse en el mundo interior de alguien no es fácil. Se abre una brecha en su intimidad, se inicia una liturgia que no tiene vuelta atrás. Andrés Rábago sonríe con timidez, con mesura, pocas veces, pero cuando lo hace aflora en su rostro un destello de ternura, una luz cómplice y sincera. El Roto se ha convertido, aunque él desconfía, en un fenómeno social. Su historia es larga y rica. Primero como OPS y luego como El Roto, siempre Rábago, pintor. Para mí era una entrevista importante, también necesaria. Desvelar una parte de su mundo, entreabrir la puerta del misterio. La publicación de Antitauromaquia junto a Manuel Vicent  —tantas novelas y tantas columnas llenas de poesía y de inteligencia— no deja de ser una excusa para conocer el mundo personal, que uno intuye rico y complejo, de Andrés Rábago. Iniciamos la entrevista, buscamos la complicidad y la mirada.

¿Qué significan las siglas OPS (tu heterónimo inicial) y por qué inicias la nueva etapa con El Roto?

OPS fue una elección arbitraria de letras, propia de una época que giraba alrededor del territorio de lo Dadá, que fue, junto con el surrealismo, mi primera influencia estética. Era una época en la que esas tendencias estaban todavía «calientes». El Roto tiene una definición más racional, tiene un significado: es como llaman a los desclasados en Chile. Tenía sentido porque los primeros personajes que yo dibujaba eran sobre todo gente de la calle, eran «rotos». Incluso, cuando iba por la calle, veía «rotos».

Yo pensaba que tal vez fuera en homenaje al personaje de El Quijote.

Alguna vez me han mencionado esa posibilidad, pero no es así. Cuando yo leí El Quijote, El Roto aún no existía ni en mi imaginación.

En Antitauromaquia, Manuel Vicent dice que hubo un tiempo de su juventud en el que él era partidario de los toros. ¿Tú has participado alguna vez de esa emoción, de esa liturgia?

Yo nunca he sido aficionado a los toros, pero he vivido en una época en la que España estaba impregnada de tauromaquia. Cuando yo era adolescente, los escaparates de las cafeterías y los bares se llenaban de gente mirando desde fuera las corridas de toros que se transmitían por televisión. Las corridas eran un fenómeno popular. Las televisadas, porque entonces la televisión era un instrumento nuevo y la gente podía ver a través de él un espectáculo al que rara vez podía (y quería) acudir en persona. Y así podían satisfacer esas dos necesidades, la de novedad y la de un espectáculo que de algún modo les atraía aunque les fuera lejano. Yo a los toros sólo he ido en una ocasión. Y una vez, de niño, fui a una becerrada.

elroto_01 Adolfo Ontoba

¿Y cómo viviste esa experiencia? ¿Te hizo sufrir?

No necesariamente. La primera vez, de niño, cuando fui a la becerrada con el colegio, lo que me sorprendió fue como un mal ambiente, como si fuera un lugar sucio: la entrada y los accesos a la plaza de Las Ventas me parecieron sucios, con impregnaciones feas, negativas. El espectáculo en sí lo recuerdo como una cosa aburrida; estábamos al sol y sudábamos. Fue bastante desagradable. Más tarde fui a ver una corrida con un amigo muy aficionado a los toros y con ganas de intentar entender algo mejor. Había buen cartel, a priori, pero me pareció algo muy cutre, que no tenía nada de la grandeza o del esplendor que uno se espera; sin esa belleza colorista, ni transcendencia, ni liturgia. La corrida fue mala (según me comentó mi amigo) y, para mí, aburridísima y carente de emoción.

¿Crees que a la gente le gustan los toros? Porque no parece que haya un clamor popular masivo en contra…

En este libro, aunque hay ilustraciones referentes al mundo de la tauromaquia, no me ha interesado tanto el fenómeno, ni su gente, ni su sociología; es un libro que nace del rechazo a cualquier tipo de violencia ejercida sobre un animal. Podría haber elegido cualquier otro animal, pero los toros son algo muy específico de España; la tauromaquia se ha utilizado para generar obras artísticas, literarias; y por eso yo quería hacer algo que tuviera relación también con el territorio artístico pero desde el punto de vista antitaurino. De todas formas, toda la fenomenología que rodea al mundo del toreo no me interesa lo más mínimo. Sólo me interesa mostrar la crueldad y la prepotencia del hombre frente a un animal aparentemente poderoso, pero infinitamente débil ante la maldad humana.

¿Cuál ha sido la dinámica de trabajo para crear este libro?

Eso tiene cierto interés, porque, obviamente, he tenido que documentarme sobre el tema, sobre todo para las crear las imágenes. Para ello, lo que hice fue comprar una colección de revistas (El Ruedo) de finales de los cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado, una época que creo que fue importante y que coincidió con el momento en el que yo pude ver más corridas de toros televisadas; una época en la que coincidieron toreros de la vieja escuela con una nueva hornada de toreros, como el Cordobés, que para satisfacer las demandas del turismo se orientaron hacia a la espectacularidad y que representan la decadencia acelerada del mundo taurino. Esta decadencia afecta también a la cría del toro, en la que prima una serie de características para que resulte más fácil torearlo. En las fotos de estas revistas me impregné un poco del ambiente taurino y de allí surgieron los dibujos para el libro.

Leyendo el libro, las imágenes me recuerdan más a OPS que a El Roto…

Yo creo que OPS hubiera hecho algo distinto, más subterráneo (como era su mundo), más en el territorio del inconsciente. En este libro, sin embargo, he trabajado con imágenes muy cotidianas, muy habituales, más próximas al mundo de El Roto. Lo que pasa es que a El Roto estamos habituados a verlo acompañado de texto y aquí he querido dejar sólo la imagen: estampas icónicamente potentes y nada más.

En las viñetas de El Roto, ¿se genera primero el texto o la imagen?

Normalmente lo primero es el texto y luego busco las imágenes adecuadas para ese texto. La mayoría de las veces son ideas sobre alguien que dice algo; luego tengo que averiguar quién puede ser quien lo dice. Sucede un poco como en el teatro: hay que hacer un casting para conseguir el actor más adecuado al texto. Y luego, claro, planear la escenografía (el lugar donde lo dice). Podría ser como hacer el guión de un sketch.

¿Qué evolución tiene tu obra pictórica? ¿Empieza ya con OPS?

Yo me recuerdo de niño dibujando chistes. Mi vocación pictórica nació poco tiempo después, aunque nunca dejé de interesarme por las cosas que pasaban a mi alrededor. Fueron dos caminos paralelos, en el que el OPS inicial empezaba a colaborar en los medios y Rábago (el ortónimo) seguía pintando. Ha sido un trabajo paralelo que he mantenido desde siempre. Para el pintor, los primeros veinte o veinticinco años fueron de aprendizaje autodidacta, creando algunas obras próximas al mundo del surrealismo. Después encontré un territorio que no abarcaban ni OPS ni El Roto, que es el territorio del espíritu, del alma, y que no podía ser expresado con el lenguaje de OPS ni con el de El Roto. Fue entonces cuando empecé a utilizar lo aprendido para transcribir de forma plástica este mundo espiritual. ¡A mi manera, claro! Ahora voy a exponer en una sala municipal de Logroño, con mitad de obra de Rábago y mitad de obra de El Roto.

¿Cómo fue la época de cohabitación entre OPS y El Roto?

Cohabitaron hasta que hubo una ruptura interna, porque OPS estaba dejando de ser útil como instrumento comunicativo la voluntad de comunicación es fundamental tanto en mi obra ilustrativa como en mi obra pictórica debido a su oscuridad, a su lenguaje críptico; sobre todo en una época en la que la gente quería oír las cosas de una forma más abierta, más clara. Entonces tuve una pequeña crisis interna, porque sentía que OPS tenía aún cosas que decir, pero ya no encontraba la manera de hacerlo. A medida que fue languideciendo OPS, se fue fortaleciendo El Roto. Pero no hubo tensiones fuertes, porque yo comprendí que cada uno de los dos heterónimos tenía su interés específico y era el vehículo adecuado para expresar cuestiones distintas. Nunca entendí El Roto como una traición a OPS.

La importancia de tu figura ha ido creciendo, sobre todo con la crisis. ¿Eres consciente de la trascendencia de tu trabajo?

Yo no soy muy consciente de esto porque el territorio de mis relaciones es muy pequeño. Además, ni mis amigos compran ya el periódico. Sé, a través de lo que me dice el diario, que la viñeta es leída. Pero a mí lo que me interesa es poder crear libremente y, a veces, la popularidad te puede coartar.

El texto tiene cada vez más importancia en tu obra…

Para mí el texto es fundamental, aunque a veces resulte difícil buscar la concreción, que es una de sus características principales. No siempre acierto, pero cuando lo consigo me siento muy satisfecho.

¿Qué opinas del espacio que representa la palabra en el mundo actual?

Actualmente, la palabra (como ocurre con casi todo) está contaminada. Y esto es consecuencia de nuestra forma perversa de pensar y de obrar, que está creando graves problemas sociales, medioambientales, de relaciones entre las personas… El lenguaje, que es el principal instrumento de comunicación humana, está degradado, de la misma forma que hemos degradado los otros territorios en los que nuestra mente penetra, desde la materia hasta las relaciones. La palabra está hoy muy enferma.

De El Roto me sorprende su clarividencia, su capacidad de síntesis y su ojo visionario. ¿Eres lector de poesía? ¿La has escrito alguna vez?

Siempre que cae algo en mis manos, lo ojeo; pero cada vez me resulta más oscura la poesía actual. Yo soy más partidario de las cosas profundas pero sencillas; y eso es muy difícil encontrarlo en la poesía que se hace hoy en día. La poesía me gusta porque trabaja en un territorio muy afín a las otras artes: la pintura, la música. Un territorio entre lo emocional y lo intelectual, en el que las cosas no están aún hechas, sino que se están haciendo. Yo, con El Roto, me muevo en territorios más conscientes, más concretos.

En tu educación ha tenido más importancia la imagen que el texto, porque en tu casa tenías muchos libros de pintura. Pero, ¿cuáles fueron tus lecturas juveniles preferidas?

Nunca tuve libros juveniles ni tebeos. En mi casa contábamos con buena literatura pero no de este tipo, así que yo he leído desde pequeño libros de adultos y de arte. Tampoco posteriormente he tenido interés en el cómic; nunca me ha interesado seguir una historia gráfica, ni hacerla. Sin embargo sí que me han gustado siempre las ilustraciones de los libros y los grabados antiguos. Porque te permitían decir cosas de actualidad en un lenguaje arcaico, y esa distancia entre los personajes y los hechos es muy útil para referir hechos de actualidad, para que se lean como si fueran intemporales; es una estrategia de permanencia.

¿Eres lector de filosofía?

A mí me interesa entender las cosas y por tanto me gusta leer a personas que han llegado al entendimiento de cosas que yo no he llegado a comprender aún. Es ese intento de aproximarme a tal conocimiento el que me acerca a la filosofía, al pensamiento humano de cualquier época o lugar. De todas formas, no soy sistemático en mis lecturas. De hecho, no soy sistemático en nada [risas].

¿Cómo ves el futuro? ¿Te inquieta? ¿Tienes alguna certidumbre?

He llegado a la conclusión de que el futuro es imprevisible y que intentar proyectar cómo será nos introduce en un sistema de pensamiento que yo, no sé por qué, llamo numérico del que siempre intento huir. Un sistema en el que la realidad es una convención que se nos impone y que nosotros tenemos que completar. En ese acto de completar proyectando el futuro, lo que uno hace es consolidar ese mundo que se nos ha impuesto. Si uno piensa que va existir un futuro del presente que le cuentan, está sancionando ese presente como algo inamovible. Mi posición es intentar desmontar el presente que nos es impuesto. Actuar en lo que hay y no en la proyección de lo que habrá.

¿Crees en las posibilidades de cambio?

Sí. Y creo que son grandes. Aunque también veo que las posibilidades del sistema para autoperpetuarse son enormes; sobre todo porque está actuando con unos medios cada vez más potentes. La hipnosis colectiva, cada día más evidente, empieza a ser ya una patología social. Ahora lo habitual es que la gente, en la calle, en lugar de mirar a su alrededor vaya mirando el móvil. Por eso la única posibilidad de cambio es romper todos estos «espejitos mágicos» que nos ofrecen. Yo creo en el trabajo personal de cada uno de nosotros para propiciar el cambio, que ha de ser un cambio interno, del que cada uno tiene que ser actor y autor, no simple espectador.

En tu trabajo hay una crítica feroz al poder, pero también al hombre común…

¡Claro! Todos somos responsables de lo que está ocurriendo. Se ha creado una especie de mundo de buenos y malos, donde los pobres son siempre buenos y los ricos siempre malos. Pero los pobres también pueden ser malos; y los ricos buenos. Cada uno tiene sus problemas y sus malas acciones: esto es lo que yo quiero dejar claro.

Los textos que acompañan a tus ilustraciones, aunque certeros y mordaces, siempre tienen cierta mirada tierna…

Sí, todo lo que hago lo hago desde el intento de comprensión y desde el afecto, incluso cuando soy duro. Yo no hago personajes, así que no puedo ser duro con un carácter concreto. Me interesa la forma como actúan algunos seres humanos. De la misma manera que en Antitauromaquia incido en el hecho de que el toro no es un animal al que torear, al que maltratar, cuando hablo de hechos sociales o económicos intento expresar lo que creo que es correcto. No hay una voluntad de agresión sino de comprensión. Si la gente entiende que algo está mal, es más fácil que deje de hacerlo.

¿Qué tipo de literatura lees?

Cuando entro en una librería, me da pánico, me siento muy incómodo ante la inmensa oferta que hay. No sé qué libro elegir. Por eso cuando voy a una librería siempre tengo un objetivo concreto, porque he leído sobre él en algún sitio, porque me lo han recomendado… Sin embargo, en los libros de arte sí que ojeo las mesas de novedades (donde hay poca cosa nueva, por cierto).

Y seguimos hablando —ya fuera de la entrevista— del pasado, de emociones compartidas, también de nuestros miedos, de la complejidad del futuro, incluso de algún sueño inconfesable. Creo que ha habido complicidad, y me alegra, y me hace despedirme de El Roto con afecto, con la alegría de un tiempo compartido, con la certidumbre de la necesidad —ahora sí, sin ninguna duda— de esta entrevista. Al salir a la calle, después de una despedida cordial, pienso en Andrés Rábago y en sus palabras, en el flujo de sus emociones, en su inquietud, en su mirada que busca sin descanso, en su alma que busca la soledad, pero necesita de los otros para reconocerse. Gracias, Andrés.

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Publicado en artículos, entrevistas, Octubre 2017.