JOYCE por Djuna Barnes (publicado en Quimera 400, marzo de 2017)

En Dublín los hombres le dirán que una gran voz ha dejado Irlanda; las mujeres, de luto por su juventud, añadirán: «¡La víspera cantaba, al día siguiente la voz se había extinguido, desde entonces el silencio no ha sido el mismo!». Pues el canto de James Joyce, autor de Retrato del artista adolescente y Ulises, no tenía, se dice, nada que envidiar a nadie.

Que en ningún momento de su vida Joyce se haya dedicado a cantar no es ningún secreto para sus lectores, pero sin duda es necesario haber pasado en su compañía una de esas veladas extrañamente íntimas de las cuales sólo él poseía la clave o haber leído alguno de los pasajes del Ulises tal como los publicó en la Little Review para captar la música de su prosa. Se piensa siempre que un cantante debe tener una cierta dosis de arrogancia, un joyeux lancer de pied y un dominio del suspiro digno de un monje, rasgos de los que Joyce carece.

Había leído Dublineses durante la guerra, sentada delante de una taza de café. Había asistido durante un tiempo a una o dos reuniones de teatro para pro-poner la puesta en escena de Exiliado, su única obra teatral. Me había gastado los codos leyendo Retrato del artista adolescente, pero tuve que esperar hasta conocer la última obra de Joyce para intuir al cantante. Encontré expresiones como por ejemplo: «So stood they both awhile in wan hope sorrowing one with other» o «Thither the extremely large wains bring foison of the fields, spherical potatoes and iridiscent kale and onions, pearls of the earth, and red, green, yellow, brown, russet sweet big bitter ripe pomilated apples and strawberries fit for princes and raspberries from their canes» o, mejor aun, el humor melódico de esa exquisita escena de ejecución donde «the learned prelate knelt in a most Christian spirit in a pool of rainwater».

Entonces comprendí que Joyce debía haber comenzado como cantante, como un cantante romántico. Pero ninguna voz puede, sin quebrarse, resistir los golpes de la vida, y él escogió la pluma y el papel para resarcirse en silencio de las grandes insuficiencias de la vida… como si hubiese expuesto unas joyas destinadas a perecer.

La verdad es que no se sabía gran cosa sobre Joyce. Había visto una fotografía suya, el cuello alto subido por encima de la garganta, la barba más espesa en esa época, sumergiéndose en el abismo secreto del torso. Corría la voz de que perdía la vista, pero en América oíamos de la boca de Ezra Pound que Joyce, a pesar de la pobreza y la enfermedad, seguía trabajando de ocho a dieciséis horas diarias.

Me habían dicho que Joyce durante algunos años había enseñado inglés en una escuela de Trieste; de sus costumbres no se sabía nada ni tampoco de sus gustos o fobias, a menos que se tuviera la audacia de leer entre líneas su voluminoso Ulises y superar con éxito esta arriesgada prueba.

Un día fui a París. Sentada en el café de Deux Magots, delante de la pequeña iglesia de Saint-Germain-des-Prés, vi acercarse, saliendo de la niebla y de la humedad, un hombre alto, la cabeza ligeramente levantada y ladeada, ofreciendo al viento un mechón de cabellos negros, rojos y lacios y una pequeña bar- billa de vieja. Llevaba un abrigo gris azulado, tenía un aspecto muy joven porque el ancho del abrigo estaba echado hacia atrás y el cinturón anudado seis centímetros por encima de las caderas.

Apenas lo vi, me vino a la memoria la observación hecha por un místico: «Un hombre cuyas fibras sensibles han estado más mortificadas que las de ningún otro escritor» y me dije: «Bonita manera de reconocer a alguien a quien no he visto en mi vida».

Había oído hablar de la desaparición de la Little Review después de la publicación del Ulises, del proceso que había seguido, y al corriente de toda la historia, se sentó frente a mí y pidió un vino blanco. Entabló enseguida conversación. «La desgracia es un hecho», dijo, y parecía escoger las palabras más por su antigüedad que por su precisión. «El público querrá encontrar y acabará por encontrar una mo- ral en mi libro, o peor aún, se arriesgará a tomarlo en serio cuando, palabra de honor, no hay una sola línea seria en el libro».

Se hizo un silencio. Blandas en el primer apretón de manos y mas carnosas, sobre todo en las extremidades, de lo que la muñeca podía hacer suponer, sus manos reposaban ahora una junto a la base del vaso, la palma de la otra apoyada descuidadamente sobre el más delicado jersey que yo hubiera visto jamás. Un jersey violeta, con dibujos de cabezas de ciervos y de perros, alternados. Los ciervos tejidos con una lana ligera, sus minúsculos labios inferiores rubios y los perros mansos tan desprovistos de olfato y de ferocidad como todo animal fiel a su amo a través de siete siglos de metamorfosis.

Me sacó de mi ensimismamiento y sonrió:

—Mi abuela lo hizo a mano durante la primera cacería a caballo de la temporada.

Se produjo otro silencio, durante el cual preparó y encendió otro puro.

—Todos los grandes conversadores —dijo suave- mente— han hablado de la lengua de Sterne, de la lengua de Swift y de la Restauración. Incluso Oscar Wilde por la mañana estudiaba la Restauración con un microscopio y por la noche la restituía con un telescopio.

—Y en Ulises… —pregunté.

—Están todos los grandes conversadores —dijo—, ellos y las cosas olvidadas por ellos. En Ulises, he narrado a la vez lo que un hombre dice, ve y piensa, y mos-trado lo que hay que decir, ver y pensar, de manera que quede en evidencia aquello que los freudianos llaman el subconsciente.

Pero añadió:

—El psicoanálisis no es para mí ni más ni menos que un chantaje.

Levantó los ojos. Tenía la mirada perdida, pálida como las plantas que durante mucho tiempo han estado preservadas del sol, mientras una pícara chis- pita aparecía intermitentemente en un pliegue del labio superior.

Se dice que Joyce tiene un aspecto triste y cansado. En efecto, tiene un aspecto cansado y triste, pero se trata de una tristeza que se ha concedido algún permiso medieval para desesperarse, mas allá del tiempo y del mundo; el cansancio de un hombre que voluntariamente se ha sometido a la creación desmedida.

Si me preguntasen la actitud que en él más me ha sorprendido, diría que el movimiento de cabeza, llevado más allá del hastío pero más acá de la muerte, pues nunca el gesto de desagrado es tan completo, sólo la imagen de la garganta de un animal herido de muerte puede serle comparada. Y debería añadir: imagínense un hombre fornido y no obstante delgado, esforzándose con sus labios, apenas visibles en su largo y estrecho rostro, para beber un vaso de vino blanco o bien fumando un cigarrillo eternamente olvidado, cogido y dejado mecánicamente y expulsando bocanadas de humo amarillo hasta la completa consumición.

Puesto que es imposible hacerle preguntas es importante haberlo conocido. He tenido la ocasión de conversar con él muchas veces durante los cuatro meses de su estancia en París. Hemos hablado de los ríos y de la religión, del genio instintivo de la Iglesia que ha sabido escoger para el canto de sus himnos la voz blanca, la voz eunuco. Hemos hablado de las mujeres, tema que no parece importarle en absoluto. Se diría que tiene miedo, pero yo creo que en el fondo le atormenta el tema de la existencia. Hemos evocado a Ibsen, Strindberg, Shakespeare: «Hamlet es una gran obra escrita desde la perspectiva del fantasma», y Strindberg: «Ninguna potencia dramática detrás del furor histérico».

Nos hemos entretenido con la muerte, las ratas, los caballos, el mar, las lenguas, los climas, las ofrendas rituales, los artistas e Irlanda.

—Los irlandeses son una gente que nunca tendrá jefes, porque en los momentos cruciales los dejan caer. Irlanda ha engendrado un esqueleto, Parnell, pero nunca un hombre.

A veces me he encontrado en compañía de su mujer, Nora, y de sus hijos, dos jóvenes bien plantados, casi tan altos como él. Entonces Nora lucía una bonita cabellera pelirroja y un acento que denunciaba el miedo de Irlanda, ese lugar donde la pobreza se ha convertido en el arte de la necesidad. Un acento algo más cargado de desafío que el de Joyce, domado por las preocupaciones.

Joyce tiene pocos amigos, no obstante siempre está dispuesto a dejar su mesa de trabajo o la chaqueta blanca que le vi una noche para asistir a alguna tertulia en un café del barrio, y discutir sobre todo aquello que no es artístico ni llamativo ni moderno. Los visitantes se lo han encontrado con frecuencia, ya tarde, de noche, escribiendo o bebiendo té en compañía de Nora. Yo misma lo he sorprendido tendido boca abajo, la nariz sumergida en una maleta llena de notas tomadas en su juventud para el futuro Ulises. Recuerdo estas palabras de Nora: «Me preocupa este fanatismo que lo posee y que no sabe adónde lo conduce». Un día que leía el santoral le oí protestar entre dientes y descargar su ira contra el santo del día: «¡Maldito diablo que nos trae lluvia justo en el momento que queríamos salir a pasear!».

No importa lo que esté haciendo, siempre está dispuesto a pasar la velada fuera, y como erudito es un hombre sencillo y no tiene nada contra los seres humanos, por poco que estos sepan estar en su sitio.

Se le ha tachado de excéntrico, de loco, de incoherente, de ininteligible, de vanguardista. Uno se pregunta el porqué si se rememora la apertura lírica de esta gran flor rabelesiana que es el Ulises, con su follaje de anotaciones semejante al dulce lirismo de Música de cámara, el azar irreversible de Dublineses, la pasión y la plegaria de Stephen Dedalus que decía querer hacer solo su camino en el mundo: «Solo, no solamente separado de los otros hombres, sino incluso sin un solo amigo», y, si se quiere admitir que Joyce es el alter ego de Stephen, ha cumplido su palabra. «Yo no quiero servir a aquello en lo que ya no creo, se trate de mi hogar, de mi patria, o de mi iglesia: quiero intentar expresarme en mi arte tan absoluta y libre- mente como sea posible, usando para mi defensa las únicas armas que yo me autorizo a usar: el silencio, el exilio y la astucia.»

Así es, de alguna manera, Joyce, y uno tiene el derecho a preguntarse si Irlanda, en definitiva, no ha creado un gran hombre.

Este artículo fue publicado en el número 14 de la revista Quimera, en diciembre de 1981 y en el especial del número 400, en marzo de 2017.

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