ENTREVISTA A CRISTINA FALLARÁS: “Si yo no lo hubiera perdido todo no me hubiera puesto a escribir esta novela”

Por FERNANDO CLEMOT

Me encuentro con Cristina Fallarás en un local de Chamberí, a la hora de la siesta. Nos conocemos de antes, de Barcelona, de tiempos mejores. Los dos un poco exiliados. Hablamos de su última novela Honrarás a tu padre y a tu madre (Anagrama, 2018). Me ha recordado a dos estupendos libros suyos anteriores: Últimos días en Puesto del Este y Las niñas perdidas. Cristina es directa y sincera. No se podía tener un entrevistado mejor enfrente. Esto fue lo que nos contó

C.F: Hola, Fernando Clemot, ¿te ha gustado el libro?

Me ha gustado mucho.

Define mucho.

Creo que es un libro que te define muy bien, los temas que te interesan, lo que te mueve…

Enfrentarme a ti hace que me sienta en pelotas. Nos conocemos y nunca me había desnudado en un libro ante alguien a quien conozco.

¿Tú crees que es eso la novela?

No, la novela es desnudarse delante de gente que no me conoce pero es la primera vez que hablo sobre él o tengo una entrevista con alguien que me conoce.

¿Querías contarlo o necesitabas contarlo?

No tenía dinero… Era una manera de ganar dinero aunque no lo escribí para publicarlo. Yo pensé que cuando lo escribía iba a sufrir una catarsis. Pero no la sufrí, pensé qué pena y cuando lo vi publicado pensé me muero, me muero, no pienses y ahí estaba la catarsis.

La catarsis estaba en el resultado, no en el proceso.

Sí, estaba en la idea que podía leerlo la gente y era una parte en la que no había pensado. Y que lo leyera mi familia.

¿Te daba miedo que lo pudieran interpretar mal?

No, me hizo sentir responsable. Responsable de la felicidad de otros. Yo se lo había mandado a mi padre y a mi madre, les dije que si les parecía mal no lo publicaba pensando que eso podía relajarles. Pero yo no sabía si éramos capaces de ser felices.

La jefa, el Coronel…

Tengo una querella por eso. Pero no eran personajes, eran mis abuelos. Y ellos eran así, como los describo e incluso peor. Yo sólo cuento la memoria de las mujeres de mi familia, y de mi abuelo Pablo y su frustración por luchar por una España que no estaba al nivel de su indigenismo. Tengo una amenaza de querella por parte de la familia de mi madre, claro.

No admitieron tu visión de lo que pasó.

No me importa. Que se jodan. Ellos ganaron y construyeron su realidad. Yo la hago desde la visión de los que perdieron. En el fondo también los que perdieron son los ganadores. La Jefa y el Coronel eran mis abuelos, vivían en una realidad distinta. Yo vivía en una casa en Zaragoza que sería como vivir en Madrid en un edificio emblemático, como podría ser Correos, algo así, el Palacio de Linares, emblemático. Yo crecí ahí, crecí con el Coronel, con la Jefa. Crecí creyendo que todos éramos cultos, que todo el mundo leía, que todo el mundo escuchaba música clásica, hasta que luego me di cuenta que eran una panda de incultos.

¿Vivías en una especie de campana de cristal?

El problema no es que fueran unos asesinos. El problema es que eran incultos. No habían leído. Para mí era más duro que no hubieran leído nada, que no supieran quien era Faulkner que esa construcción suya de maté a un rojo y tal…

Gran Oasis Park

Hay algún escenario de la novela muy significativo. El Gran Oasis Park. ¿Qué representa ese lugar? Hay un lugar anterior en la historia, en Zaragoza, la Torre, que lo recuerda mucho.

El Gran Oasis Park no representa nada. Existe y no sé si podré volver. En los años setenta, cuando su mundo se derrumbaba, hubo gente rica que montó lo que en Argentina se llaman los country, urbanizaciones privadas, protegidas. Allí crecí yo y mi construcción es un lugar exclusivo, las damas de noche… Por la noche venían a tocar orquestas. Fernando, yo lo echo tanto de menos. Echo tanto de menos ser rica… No tienes idea. Fui educada para ser rica y he sido desahuciada. Conocí a gente importante, como Chavela Vargas, conocí la idiotez del dinero y ahora he conocido la idiotez de la pobreza. Había urbanizaciones privadas en las que venía a tocar todo el mundo. Por ejemplo: locutor, Luis del Olmo, viene a tocar Francisco Heredero y Luisita Terol y no tocaba Raphael porque no les interesaba. Venían guardiaciviles, alcaldes y nos daba lástima que fueran guardiaciviles o alcaldes, no eran de los nuestros.

Pero cuando narras tu infancia en la novela se diría que el Gran Oasis Park era un refugio de verano. Parecería que siempre fue verano en la infancia o la memoria de ella.

Siempre era verano. El invierno no importaba. Si te das cuenta la Torre era un ejemplo de eso. Nosotros cuando llegaba mayo dejábamos el centro de Zaragoza y nos íbamos a esa finca hasta octubre. Y pensábamos qué pobres los de la ciudad. Era un lugar lleno de frutales y montones de chicas de servicio. Gran Oasis Park vino a suplir aquello. Así como la Torre vino a suplir San Sebastián y Zarauz cuando empezó la amenaza de ETA, entonces se trasladaron allí y yo no voy a las ruinas reales sino a las ruinas de mi memoria, donde continúa ese pájaro muerto, con las patas colgando en la casa… Hoy todavía continúa. No es una imagen, es una realidad.

Lleva allí ese pájaro cuarenta años…

Sí, y es sorprendente como una pata de pájaro no se desintegra. Lo importante era allí no mezclarse. Sentir que era mentira el no mezclarse porque yo ya estaba mezclada de antes, de nacimiento, saber que era más gorda que las demás, saber que era más bestia que las demás, más masculina que las demás, que era más culta que las demás. Y no ser rubia, y ese tipo de cosas. ¿Por qué en España no se ha hablado de los country? Existían. He conocido legiones de jardineros, asistentes, cocineros, el jardinero te preguntaba, ¿usted prefiere dama de noche o buganvilla?, y le decían pues yo dama de noche porque la buganvilla, qué se yo, me marea… Eso en una España en que tierno Galván decía el que no esté colocado que se coloque, en la que mis compañeros en Bilbao morían con una jeringa en el brazo…

¿Estabais aislada de todo eso?                

No entonces, ahora. Yo mando a mi hija todavía a ese lugar y sé que está aislada y sé que en cuanto pasa la barrera. Mi hija dice yo quiero ir con bañador de chico, y yo le digo por qué y me dice porque molesta, tiene nueve años. Es brutal. Cuando yo fui por primera vez al Ampurdán o la Costa da Morte pensé dónde están los jardineros, ¿por qué no recortan el verde?

¿Te faltaba esa parte?

La parte de Disneyworld. La primera vez que vi una casa pobre, una tipo la que puedo tener, digna, en Chamberí, con tres habitaciones pensé, ¿por qué viven así?, ¿por qué hay cortinas en el baño?, yo pensaba que todo se podía mojar porque luego viene alguien y lo friega después… Fue brutal.

El contraste.

No sólo el contraste, era la construcción de los ganadores. Yo hago esto en contraste contigo. Calafell, que es donde lo sitúo, es donde iba gente rica de Zaragoza, de Navarra, pero nosotros estábamos en un country cerrado. No éramos ricos, éramos intocables. Yo era cristiana.

¿Qué tipo de percepción del interior teníais cuando estabais allí?

Una idea de lo que era ser desgraciado. Yo entonces era cristiana, lo que quiere decir que era marxista. Yo siempre he sido un poco intensa. Cuando dejas el cristianismo, dejas de creer, pasas a ser marxista.

Es una fe.

Es la construcción de que todos somos iguales. Allí los niños eso lo sublimábamos con el sexo. Había una construcción sexual de urbanización cerrada. Había guateques en los que los pocos niños que estábamos bailábamos y bailar era una forma sexual. Era sólo entre nosotros. Si tienes que elegir entre quince, dame las llaves de casa que entro a las seis de la mañana. Era una concepción sexual sin pornografía, era una construcción de familia. Era algo de clase. Yo follo contigo porque somos de la misma clase y nos ha tocado. Si no llevaban calzoncillos que fueran blancos y de algodón por supuesto no follabas con él.

El azar y la crisis

El tema del azar tiene un peso fundamental en la novela.

El abandono. El azar viene del abandono. El azar es no trazar lazos. Fíjate el padre de mi abuelo, que era mejicano, aterrizó en San Sebastián y luego en Pau, acabó enterrado en Zaragoza, una ciudad que no tiene nada que ver con él. Su hijo, a quien había abandonado desde el nacimiento, acaba de capitán fascista en Zaragoza y un día andando por el cementerio encuentra la tumba de su padre. Es así. Es imposible. Mi madre, al comentarlo decía, a mi abuelo lo mataron por un ajuste de cuentas de una infidelidad, y le dije, ¿cómo lo sabes?, porque el tío Paco, magistrado del Tribunal Supremo de entonces encontró la causa y le habían reventado la cara de un tiro, y aquello sólo podía ser por una cuestión de infidelidad, y entonces le pregunto, mamá, ¿el abuelo tenía algo que ver con Alemania?, bueno tu abuelo tenía algo que ver con Alemania, Italia, ah, sí, encontramos una pistola que era alemana y entonces Ragna (marido de Cristina) descubre que mi abuelo estaba ligado al SIM de Mussolini y de la Gestapo, y mi madre dijo, puede ser, el abuelo guardaba una maleta con dinero que luego sirvió para hundir un barco. Hay algo en la familia que considera normal este tipo de casa. Luego pueden decir, mi familia fue demasiado estrambótica, mi madre se metió en la cama y nos dejó sin servicio y yo era la única mujer, ¿cuántos años tenías, yo quince, ¿cuánto tiempo te dejó sola?, ¿una semana, un mes?, más, más, ¿seis meses?, no tal vez un año y medio, ¿te dejó un año y media sola al cuidado de la familia? Yo en este libro analizo a mi abuelo como franquista porque si lo analizara como miembro del SIM italiano o la Gestapo le daría una volada que no creo que tenga y no podría abarcarlo. El azar marca que mi abuelo, viniendo de una familia descendiente de Benito Juárez, que tenía que haber sido de izquierdas, pero no lo fue, porque el yerno de Benito Juárez se hizo cargo de la construcción del ferrocarril de México, seguramente de una forma fraudulenta, relacionada con el Porfiriato, vinieron a San Sebastián, que es donde tenían que estar y desaparecieron, y abandonaron a sus hijos, y la iglesia católica interviene y recoge a esos hijos pobres, y cuando cuento la experiencia de mi abuelo que dice, nosotros vamos a San Sebastián, los niños a Zarauz. Yo vivía en ese tipo de familia en que los padres iban a San Sebastián y los niños a Zarauz.

Un personaje recurrente es Benito Juárez, ¿qué papel y qué sentido tiene dentro de la historia?

La primera vez que fui a Méjico fui con el Fórum de las Culturas, en el año 2004 o 2005, en Monterrey, me recibió el gobernador y de repente recibo los billetes en los que sale mi antepasado. Fuimos a un museo donde había unos chales del XIX que usaba Benito Juárez y yo, de repente, que me había llevado el chal de mi abuelo heredado, el de seguridad me dijo, ¿usted es norteamericana? Y le digo que no, que soy española y entonces me dice, con razón, ladrona. Era un chal igual de la misma forma, igual que el del museo. Me dio vergüenza y volví al hotel.

El tema de la crisis.

Es el tema esencial. Si yo no lo hubiera perdido todo no me hubiera puesto a escribir esta novela. La novela la empiezo a narrar en La Floresta. Cuando me desahucian una periodista amiga me dice, mi padre tiene una cabaña, te la dejamos hasta que te recuperes. En vez de dormir en la calle veo que puedo dormir con mis hijos allí. Era un lugar precioso pero era mínimo, era una única habitación. Cuando helaba en La Floresta helaba por dentro de la cabaña, en las paredes. Yo acababa de conocer a Ragna, lo habían desahuciado también y fuimos a vivir juntos con su hija. Era una sola habitación, en total cinco personas y que apenas nos conocíamos. A los nueve meses decidimos casarnos, después de aquello. Allí empecé a escribir. Fue todo muy bestia. Narro cuando empecé a caminar después de que escapara de casa, cómo me refugio primero en lo que era la casa de Javier García Sánchez, el escritor. Allí fue la primera parada, la siguiente fue pasado Vilafranca, en una casa ocupa, me quedé fuera. Lo del chico africano fue en los invernaderos de El Prat. Luego descubrí que mi marido conocía a esos chicos africanos. No narro mis encuentros con los chicos de Can Tunis, los toxicómanos, conocía yo a los viejos de la zona, habíamos ido allí a pillar, y cuando desalojaron la zona quedaron algunos viejos, y me encontré con ellos cuando huía.

Pensé que en esa parte de la novela había una parte ficcionada.

No. Sólo lo de la ruina del Oasis Park se transformó en algo de ficción. No está en ruina. Está perfectamente, veranean todavía allí mis hijos con su abuela. Esa parte. Sigo sin DNI, desde entonces, cuando empecé a andar, y fue bestial, hubo un momento en que se me rompieron las chanclas, en las curvas del Garraf, y un tipo que iba a los barrancos homosexuales, yo era muy jovencita entonces y hace muy poco, me pasó sus alpargatas. No lo olvido.

La construcción del mal

¿Por qué tienes la sensación de que eras muy jovencita entonces? ¿Qué ha cambiado en ocho años?

Porque no sabía nada. Porque no sabía a lo que tenía que enfrentarme. Porque ahora soy una mujer valiente, porque ahora soy consciente de la construcción del mal y que para mis hijos es importante saber que vivir es enfrentarse a esa construcción del mal, contra la infamia. Y era muy jovencita también porque confiaba en lo que yo era. En una mezcla de socialismo e idiotez, construida por el grupo PRISA. Ahora creo en la violencia, no la violencia armada, el toro día fui a TeleMadrid y me puse un pantalón de camuflaje, me dijeron, Cristina viene guerrera y yo dije que venía a hacer un homenaje a los Castro. Y no sabían a qué me refería.

Mírame a la cara. Soy comunista, qué te parece. ¿un anacronismo?

No me parece un anacronismo. Me parece una fe.

No, no es una fe, es una derivación del cristianismo. Lillian Hellman, Malcolm X, Dashiell Hammett, soy

Cristina Fallarás, durante la entrevista en Madrid.

comunista, no es una fe, es una forma de entender el reparto de la riqueza. Ahora en España es también una forma de delinquir. Una vez en una tertulia dije, yo soy comunista, y Rubén Amón me dijo, o sea tú me quitarías una casa, y le dije que no, no compañero, si tú tuvieras dos habría una que la compartiríamos. Cuando voy a Francia y me hablan los hijos de los republicanos veo que hay cosas que no perdonan: cómo nos gastamos los fondos de la UE y que hayamos creado un relato anticomunista para Europa. Quién lo ha creado? Alemania, no, Alemania lo creó en los Verdes. España lo convirtió en anatema. Esa organización existe y no sólo existe sino que yo mando a mis hijos cada verano para que vean lo que significa ser rico de verdad.

La patita del gorrión, parece una imagen circunstancial pero qué representa.

Representa lo que era y lo que soy. Yo ahora no permitiría que la patita de un gorrión muerto colgara durante años de una rejilla de respiradero. Cuando una familia entera deja morir un gorrión en un respiradero, cómo se funde el cadáver, cómo caen las plumas sobre el bidé y alguien las quita, no yo… Eso es la construcción de una sociedad. En esa construcción no existe la violencia contra mí como mujer, la violencia contra mi hijo como hombre inteligente, no existe contra mi padre que no supo denunciar la violencia contra su padre. En esa construcción sólo existe Cebrián. Los constructores del silencio.

Los constructores del silencio

El silencio.

Es la base de todo. Esta novela está construida para mis hijos. ¿Te acuerdas de Las niñas perdidas? Cuando empecé a escribirla estaba embarazada y cuando supe que iba a tener una hija empecé a llorar, a llorar sin parar, a lo bestia, no quería una hija, no más calles oscuras, no más pasar miedo, no más chupar pollas, no más poner el culo. He sido violada, he sido ultrajada, he sido humillada. A mí un político catalán me envió una foto de su polla, a mi un filósofo catalán muy importante, al que fui a entrevistar, se me coló en el baño y me metió el dedo en la vagina. Y no es especialmente sorprendente, es normal. Yo no quería eso para mi hija y por eso tardé mucho en considerarme madre porque cuando empecé a crecer con mi hijo vino mi hija y yo creo que ninguna mujer de mi generación está construida para ser madre. Por eso Las niñas perdidas era un relato de la violencia más bestia contra la mujer. Una vez superado eso pensé. ¿Quién soy? Soy la hija de un padre que se calló el asesinato de su padre. La hija de aquel que se quedó a vivir en la casa de uno de los asesinos de su padre. Soy la hija de aquella que desprecia a la mujer pobre y le da su falda con agujeros.

¿Pero no crees que nosotros también somos cómplices del silencio?

Sí, yo también soy constructora del silencio. Pero no conscientemente, fue por idiotez. Cuando dicen que la Transición fue una falacia yo pienso que no, la Transición fue la construcción de la idiotez. No hay una sociedad más infantilizada que España. He viajado a sitios… no puedo comparar España con Latinoamérica, la comparación con esta dictadura y aquellas, con Videla… Ellos vencieron a a las dictaduras, como Alemania. Aquí tenemos la Fundación Francisco Franco. Ellos ganaron a Hitler y nosotros tenemos a Franco, no limpiamos, lo seguimos honrando, cada día se le ponen flores frescas. A mí me da miedo pasar por delante de la policía. Nuestra construcción como sociedad no es sólo partícipe, es mucho peor. Es aceptar la parte de parvulario que nos toca y en nuestra generación, Fernando, el que no esté colocado que se coloque.

Vivimos en una construcción cómplice entonces.

Tierno Galván, el viejo profesor, el gran constructor de la izquierda socialista, la puta basura de este país. El construyó la idea de que la Transición eran drogas y destape. La teta de Susana Estrada y el que no esté colocado que se coloque. Y los mataron a todos, por segunda vez. ¿Te acuerdas de la República? Sufragio universal, la Institución Libre de Enseñanza, la desamortización de la iglesia, Federica Montseny ministra…¿Cómo se explica que de eso pasáramos a cuarenta años de silencio?

¿El terror quizá? ¿Convenía a muchos?

No. Los mataron a todos. Los mataron a todos. No quedó ni un maestro de pueblo, no quedó una mujer sin humillar. Mataron a Machado, Lorca, Hernández, a la gente de las asociaciones, de los ateneos, sino fuera así no hubiera podido ser. Éramos la sociedad más evolucionada de Europa en muchos sentidos. La desamortización de la Iglesia dio bienes a lo público.

También hubo otras traiciones más tarde, los pactos del PCE, Carrillo, para parte de mi familia, él fue un traidor.

No sólo un traidor, fue un constructor de la infamia. Fue la evidencia de que nunca íbamos a ser un país culto. ¿A qué aspiro yo? A un país culto y austero. Que no contemple el ocio como un valor. Eso es irrecuperable. Sólo tuvimos el PCE y el PSOE y permitieron que se desarrollara la Ley de Amnistía de 1977 por la cual no se puede juzgar a ningún franquista y hace veinticinco días el propio PSOE pactó con el PP para que no se juzgue a ningún franquista. Yo de vez en cuando me voy delante de la casa de Billy el Niño, que arrancó uñas, arrancó pezones, quemó vaginas con antorchas, arrancó dientes, rompió úteros. Hace footing cada mañana. Por qué no va nadie. Porque Martín Villa, el asesino de Vitoria, fue nombrado consejero del grupo PRISA y de ahí a muchas cosas más. El PP no roba para ellos, roba también para sus constructoras, para OHL, para Ferrovial, Construcciones y Contratas. Nos vendieron que todo atado y bien atado y así ha sido. Y esas empresas conforman el IBEX y el PP roba para pasarles el dinero público, nuestro a esas empresas. Esa es la construcción de España. Yo no quiero vivir en España, no quiero que crezcan en España. No ha habido otra España salvo un paréntesis entre al Generación del 27 y la Guerra Civil. Hubo algún precursor, como Goya, como relator de la cultura. No hay arte. No hay literatura. No hay pensamiento, no hay medios de comunicación.

Hay censura.

No hace falta. No hay belleza, no hay sexo, no hay altura intelectual. Esta novela es un acto. De supervivencia, para mis hijos, contra la incultura. Hace falta enfrentarse a cualquiera de ellos a Rajoy, a Pedro Sánchez y preguntarles, ¿qué sabes?, ¿conoces a Stefan Zweig? ¿A Calvino? ¿Qué conoces?

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Esta entrevista fue publicada en el número 415-416 de la Revista Quimera, haz clic aquí para adquirirlo.