Escritores de la imaginación: JULES VERNE

Por JUAN JACINTO MUÑOZ RENGEL

(Ilustración de MIQUEL ROF)

Todos los escritores tienen por misión ensanchar el mundo. Pero la mitad de ellos se mantiene fiel al principio de hacerlo crecer hacia dentro, explorando las relaciones humanas y ampliando el ámbito de las pasiones, los hechos y la sensibilidad del espíritu. La otra mitad, en cambio, se expande hacia afuera, aumentando el número de cosas que lo habitan o produciendo incluso nuevos mundos de la nada. Implosión, explosión. A veces, dos de estos genios se encuentran gracias a una tortilla y una escalera.

Fue una noche de invierno de 1849, cuando Jules Verne —presa de uno de los cólicos que lo abordan con frecuencia, porque su economía apenas le permite alimentarse— abandona repentinamente la tertulia de Madame Barreré y tropieza con un elegante y corpulento caballero que no cabe por las escaleras. El notable, sin resuello, se muestra impaciente, rezonga, relincha, le exige que se aparte a un lado y que se decida de una vez por la izquierda o la derecha. El joven Jules, mareado y famélico, no quiere acabar manchando su único traje, con el que acude a las veladas literarias y el cual se ve obligado además a compartir con un amigo. Se aferra al pasamano y se siente incapaz de seguir reprimiendo por más tiempo un comentario mordaz.

—Tiene usted aspecto de haber cenado muy bien esta noche, señor.

—A las mil maravillas —replica el otro, sin vacilar un instante—. He cenado nada menos que tortilla de tocino a la nantesina.

—Las tortillas nantesinas son infames —responde el joven, envalentonado por la casualidad, pues era natural de la mismísima Nantes.

—¿Sabe usted de tortillas? —Al desbordante caballero le había picado la curiosidad.

—Por supuesto. Sobre todo sé comérmelas.

Así comenzó la relación entre un escritor intrínseco, Alejandro Dumas, autor de la claustrofóbica novela El Conde de Montecristo, y otro extrínseco, el mayor visionario de las letras universales, Jules Verne, autor de las anchurosas Veinte mil leguas de viaje submarino o De la Tierra a la Luna. Y desde ese momento en adelante, Dumas ejercería su deber como escritor consagrado y se convertiría en su mentor y protector en los distintos cenáculos, presentándole a las personas adecuadas. La carrera literaria de Verne había visto por fin su camino despejado.

No obstante, en realidad, todo comenzó mucho antes. Todo empezó el día que, a sus tempranos once años, se escapó de casa para enrolarse en un barco con destino a la India, el Coralie, para regalarle un collar de perlas a su amada prima, Caroline. Cuando el buque mercante estaba a punto de emprender el viaje, su padre logró subir a bordo, lo obligó a bajar asiéndolo por las orejas y lo instó a que hiciese un juramento.

—Júralo. Jura que nunca volverás a viajar más que en sueños.

Así tuvo inicio, esa misma tarde, la exuberante vida de un soñador.

Los grandes soñadores son insaciables devoradores de libros, son aquellos que se encierran en las bibliotecas de París pretendiendo leerlo todo, que pasan las noches en vela, que proyectan mundos desde cada rincón y también en la oscuridad de su alcoba, que se olvidan de comer y se provocan trastornos digestivos e incontinencia, espasmos y parálisis faciales, aquellos que anteponen por encima de todo lo demás su principal cometido: agregar cosas nuevas a este mundo, repoblarlo de máquinas y de inventos, de globos dirigibles y submarinos, de naves espaciales, transatlánticos y misiles guiados, de ascensores y rascacielos de cristal, de aparatos de fax, videoconferencias e internet, de trenes de alta velocidad y helicópteros soñados desde el siglo XIX, de criaturas extintas y de monstruos marinos, de ictiosaurios y plesiosaurios, de gigantes con cabeza de búfalo, ciudades flotantes, drones y hologramas.

Si bien, pese a lo que pueda parecer, dentro del espectro de los escritores de la imaginación nuestro autor no era precisamente de los que se olvidaba por completo de la realidad. Porque Jules terminó incumpliendo la promesa que en su día le hizo a su padre.

Jules Verne acabó viajando, sí, viajó a Escocia, a Islandia, Noruega y Dinamarca, fondeó en Lisboa, en la ría de Vigo, en Tánger, en Cádiz, en Gibraltar, en Málaga, en Tetuán y en Argel, surcó el Mar del Norte y el Mar Báltico y visitó Estados Unidos. Conoció lugares, se relacionó con sus gentes y se documentó de manera concienzuda, haciendo que su método de trabajo partiera siempre de la investigación y de la base científica, para solo entonces zambullirse en las mieles de la fantasía proyectiva. Algo muy distinto a lo que hacía el otro célebre padre de la ciencia ficción.

En 1904, Verne concedió en su casa del número 44 del Boulevard Longueville una entrevista al periodista Gordon Jones.

—Algunos de mis amigos me han dicho que el trabajo de H. G. Wells se parece mucho al mío —declaró.

Respondiendo a una de las preguntas, el visionario acababa de confesar unos segundos antes a su entrevistador la enorme atracción que sentía por la obra del inglés, por encima de la de todos sus contemporáneos.

—Humildemente, comparto la opinión de sus amigos.

—En cambio, yo creo que están todos equivocados — añadió a continuación—. Lo considero un escritor completamente imaginativo.

—¿Es que usted no lo es? —rio el periodista, y se apresuró a dar un sorbo a la taza de té en el salón atestado de muebles y de libros.

—Por supuesto que lo soy, pero nuestros métodos son del todo diferentes. Yo siempre he basado mis invenciones en algún descubrimiento real y me sirvo, para su puesta en escena, de técnicas y mecanismos extraídos de la ciencia y de la ingeniería actual. Las creaciones del señor Wells, por el contrario, son de una época y un grado de conocimiento científico bastante más alejados del presente. Por no decir absolutamente más allá de los límites de lo posible.

El entrevistador asintió con la cabeza. Estaba claro que podían convivir muchos grados de fantasía dentro de la literatura de la imaginación. Verne, después de todo, nunca había dejado de ser un cultivador de la ficción científica.

Abrió de nuevo su cuaderno de notas, echó un último vistazo al enorme y oscuro globo terráqueo lleno de muescas que presidía la sala y anotó una última idea. En el aire vibraba un pitido proveniente de la cocina, aunque cualquiera habría podido pensar que procedía del despacho, de un receptor de fototelegramas.

Existen al menos dos grandes categorías de escritores, esos tipos obsesionados con ampliar nuestra visión del mundo. Pero varios miles de subcategorías, casi tantas como individuos. Y mientras especialistas y académicos continúan esforzándose en clasificarlos, ellos, centrados y excéntricos, intimistas y expansivos, se entregan a la pormenorizada tarea de completar el catálogo de todo lo posible. Y también de todo lo imposible.


* Juan Jacinto Muñoz Rengel (1974) es autor de las novelas “El sueño del otro” (Plaza & Janés, 2013) y “El asesino hipocondríaco” (Plaza & Janés, 2012), de la colección de microrrelatos “El libro de los pequeños milagros” (Páginas de Espuma, 2013), y de los libros de cuentos “De mecánica y alquimia” (Premio Ignotus al mejor libro de relatos del año; Salto de Página, 2009) y “88 Mill Lane” (Alhulia, 2006). Su obra ha sido traducida al inglés, al francés, al italiano, al ruso y al turco, y publicada en más de una docena de países.


Este reportaje fue publicado en el número 378 de la Revista Quimera, dossier Jules Verne, haz clic aquí para adquirirlo.

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