El cuento de hadas en el siglo XXI

Por ALICIA GARCÍA-HERRERA

Hacia una definición científica del cuento de hadas

Todos tenemos una intuición más o menos clara de lo que es un cuento de hadas, intuición deudora en cierto modo de la difusión escrita durante el siglo XVIII de los Contes de ma Mère l’Oye de Perrault, los cuentos de Madame Leprince de Beaumont y especialmente las recopilaciones del folklore que hacen los hermanos Grimm durante el siglo XIX. Los cuentos de hadas parecen quedar referidos en el imaginario colectivo a cuentos de príncipes y princesas que a menudo encierran una enseñanza moralizante y tienen un final feliz. Se trata, sin embargo, de una visión muy estrecha de lo que es un cuento de hadas, visión que no podemos sostener por las razones que veremos a continuación.

No es tarea fácil elaborar un concepto científico de cuento de hadas, expresión que aglutina dos palabras distintas que forman una palabra compuesta con significado propio.

Etimológicamente cuento deriva del vocablo latino computum, de modo que su primer sentido sería numérico, aunque durante el medievo la palabra adquirió una segunda acepción referida al hecho de contar historias.

El diccionario de la R.A.E. sólo define la palabra cuento, no cuento de hadas, y nos dice que se trata de una narración breve de ficción; bien de un relato, generalmente indiscreto, de un suceso o de la relación, de palabra o por escrito, de un suceso falso o de pura invención.

En el Oxford English Dictionary la primera cita que se encuentra es en el suplemento de 1750, donde se dice que el cuento de hadas es un cuento sobre hadas. Estas se definen como ‘a small imaginary being of human form that has magical powers, especially a female one’. En nuestro diccionario, el de la RAE, la definición presenta ligeras variaciones. Se dice de las hadas que son ‘seres fantásticos que se representaban bajo la forma de mujer, a quienes se atribuye poder mágico y el don de adivinar el futuro’.

Observamos por lo tanto que cuando a la palabra cuento se le añade la expresión de hadas, el cuento pierde su carácter de narración realista para impulsarse ineludiblemente al territorio de lo irreal, de lo no veraz o de lo no realizado.

Si revisamos la literatura, muchos de los llamados comúnmente cuentos de hadas no tratan sobre las hadas. Un ejemplo lo tenemos en el cuento de Hans Cristian Andersen Den standhaftige Tinsoldat (El soldadito de plomo). Se trata de una narración que conserva la estructura de los cuentos de siempre y en la que el autor recrea el viaje de Ulises a través de la historia del soldadito.

La ausencia de hadas en el desarrollo de la trama de un cuento de hadas no significa sin embargo que este deje de serlo, pues no depende de que estas intervengan propiamente en el relato. Es más, hay pocos cuentos de hadas que traten específicamente sobre las hadas.

John Ronald Tolkien afirma en su ensayo On fairy-stories, integrado en la obra Tree and Leaf, que en los cuentos de hadas ni siquiera es conveniente que aparezcan las hadas. Para el profesor los cuentos tratan de «las aventuras de los hombres en un reino peligroso de límites umbríos», de modo que en este contexto para un hada es muy difícil superar la prueba de la verosimilitud.

En su obra Cuentos de hadas. Alegorías de los mundos internos, J. Cooper asume esta idea y señala acertadamente que, aunque los cuentos de hadas no traten sobre las hadas, tanto ellas como sus oponentes naturales siempre están en el trasfondo, auxiliando o molestando con remedios sobrenaturales.

Visto ya que el cuento de hadas no necesita tratar sobre hadas ni contenerlas, estamos en condiciones de intentar delimitar sus fronteras.

No es fácil conceptuar el cuento de hadas. El mejor intento lo encontramos en On fairy-stories, de Tolkien, donde el maestro nos dice que «cuento de hadas es aquel que alude o hace uso de la fantasía cualquiera que sea su finalidad primera: la sátira, la aventura, la enseñanza moral o la ilusión. La misma fantasía puede traducirse con mucho tino por magia pero es una magia de talante y poder peculiares, en el polo opuesto a los recursos del mago laborioso y técnico».

La falta de una definición precisa de cuento de hadas radica en el propio misterio que alberga en su interior, un misterio que está aún por descubrir.

Origen de los cuentos de hadas

Tan difícil como definir el cuento de hadas resulta situar sus orígenes. El cuento de hadas en cuanto que reflejo de una tradición oral es probablemente tan antiguo como la vida en sociedad. Un breve vistazo a la historia escrita de los cuentos de hadas nos remite ya al antiguo Egipto, donde se han hallado cuentos en estelas y papiros datados hace tres mil años —el más conocido es el de Los dos hermanos, Anup (Anubis) y Bata—.

En la antigua Grecia las ancianas contaban historias simbólicas a los niños (mythoi), como se deduce de los escritos de Platón.

En el siglo II después de Cristo, Apuleyo introdujo en su novela Asinus aureus (El asno de oro) la historia de Amor y Psique, que sigue la estructura de los cuentos de hadas tradicionales.

Para Tolkien, rastrear la arqueología de los cuentos de hadas es mucho menos interesante que considerar lo que son en realidad los cuentos, de modo que parafraseando a Dasent (Popular Tales from the Norse) afirma con modestia que «hemos de contentarnos con la sopa que se nos pone delante, sin desear ver los huesos del buey con que se ha hecho».

Cuentos de hadas

El psicoanálisis se ha interesado a su vez por los fairy tales y ha ofrecido sus propias definiciones.

En Érase una vez, la doctora Mª Louise Von Franz afirma que los cuentos de hadas reflejan con claridad las estructuras psíquicas fundamentales y las experiencias que nos llevan hasta el núcleo más profundo de la psique, lo que Jung llamó el sí-mismo.

Clarissa Pimkola Estés, psicóloga, ha ido aún más lejos y en su libro Mujeres que corren con los lobos (1998) ha interpretado los cuentos de hadas tradicionales poniéndolos en conexión con el arquetipo de la mujer salvaje.

Entender los cuentos desde esta perspectiva es muy seductor pero nos aboca, como decía al principio, a un reduccionismo evidente y un afán de simplificación que nos aleja de la verdadera esencia de los cuentos de hadas. Los cuentos de hadas no se pueden racionalizar precisamente por la relación que tienen con la fantasía.

Del mismo modo que los cuentos de hadas no deben ser reducidos a arquetipos, tampoco han de ser entendidos como ensoñaciones, error en el que han incurrido algunos investigadores decimonónicos o de principios del siglo XX, como Laistner o el etnólogo K. von den Steinen.

Cuentos de hadas, fantasía, imaginación y verdad

Mucho más relevante que discurrir sobre su definición académica o que plantearse el origen de los cuentos de hadas es preguntarse, en cambio, por la relación entre el cuento de hadas y el mundo de la fantasía, lo que obliga a su vez a delimitar en la medida de lo posible las borrosas fronteras de la fantasía.

Volviendo de nuevo a Tolkien el autor diferencia, pese a su proximidad etimológica, la fantasía de lo fantástico, de lo fantasioso, como también distingue la fantasía de la imaginación, es decir, la capacidad de evocar imágenes no presentes en el mundo primario.

Fantasía e imaginación no son conceptos coincidentes para Tolkien. La palabra fantasía proviene del griego phantazein (volver visible) y remite más peculiarmente a la capacidad que tienen las palabras para crear en la imaginación elementos que no están presentes en el «mundo primario», esto es, el mundo de la realidad cotidiana, nuestro mundo, tal como se percibe y se refleja en el lenguaje ordinario.

La fantasía, por tanto, permite evocar imágenes que no existen en el mundo primario y también crear mundos secundarios o, en palabras de Tolkien, subcrear. Para J. R. R. Tolkien subcreamos porque el que crea imita la Creación. El subcreador sería así un ser humano que crea a semejanza de la obra de Dios.

De acuerdo con el maestro el arte subcreativo, del que derivan la capacidad de sorpresa y asombro, es cualidad esencial en el verdadero cuento de hadas. La subcreación se erige así en la manifestación más elevada del arte, la más pura y, en consecuencia, la más poderosa. Es lo que nos permite hacer literatura y sentir la auténtica magia del cuento de hadas.

La magia, el prodigio, que en el universo del cuento de hadas es real —de ahí que muy a menudo el cuento se presente como verdadero—, es lo que permite diferenciar en esencia estas narraciones de otras figuras con las que el cuento de hadas puede aparecer estrechamente relacionado, como la fábula de animales, la gesta, la leyenda, el mito o incluso los cuentos o los relatos que hunden sus raíces en el mundo de los sueños (ver la Alicia de Lewis Carrol).

La creación de mundos secundarios que toman como base la realidad del mundo primario viene orientada al desarrollo del mito literario. El mito como un medio de acercarse a la verdad o de reflejar la verdad. Los cuentos pueden contener más verdad que aquellas narraciones que consideramos realistas.

Lo que nos ofrecen los cuentos de hadas

Un buen cuento de hadas debería ofrecernos renovación, al permitirnos contemplar lo cotidiano de un modo diferente; evasión, porque nos ayuda a escapar no sólo de lo anodino sino de las penalidades de la vida, incluso del anhelo de la inmortalidad; también el consuelo del final feliz.

Para Tolkien el final feliz, lo que él llama la «eucatástrofe », es el verdadero objetivo del cuento: «Lo que caracteriza a un buen cuento de hadas, a los mejores y más completos, es que por muy insensato que sea el argumento, por muy fantásticas y terribles que sean sus aventuras, en el momento del clímax puede hacerle contener la respiración al lector, niño o adulto, puede acelerar y encoger el corazón o colocarlo casi, o sin casi, al borde de las lágrimas, como lo haría en cualquier otra forma de arte literario, pero manteniendo siempre sus cualidades específicas».

Niños y cuentos de hadas

Teniendo en cuenta lo expuesto, ya estamos en condiciones de apreciar que los cuentos de hadas no son cosa de niños o al menos no son sólo cosa de niños. De hecho, en Europa, hasta los siglos XVII y XVIII —incluso hoy día en algunas poblaciones rurales aisladas— eran la principal y casi única distracción de adultos y de niños durante las largas tardes invernales.

En su discurso de ingreso en la RAE (1998), En el bosque, Ana María Matute se refiere a esta cuestión: «De padres a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas […]. Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano».

Si como venimos advirtiendo los cuentos de hadas no son sólo para niños, ¿cuál es el verdadero motivo de semejante asociación?

En su ensayo On Fairy-stories Tolkien responde a esta importante pregunta calificándola como un «accidente de nuestra historia doméstica» y, desde luego, como un craso error. Para el profesor las causas de esta asociación radican en que los cuentos son connaturales a la sensibilidad del ser humano —y el niño evidentemente lo es—, a lo que se añade su marginación en el campo de la literatura a causa de la preponderancia de la razón sobre la fantasía, como si ambas fueran incompatibles.

Walt Disney, que tanto ha contribuido a través de su obra cinematográfica a la difusión del cuento de hadas, ayuda también durante el siglo presente a la perpetuación de este equívoco.

Si se piensa que los cuentos de hadas no se destinaban al público infantil, puede entenderse que estos reflejen en sus versiones originales la dimensión humana en toda su crudeza, con princesas violadas, niñas caníbales, mutilaciones y castigos horrendos. Pero la maldad de los cuentos de hadas sirve para que los niños pongan cara al mal. Tiene por tanto una dimensión pedagógica. Estas mismas conclusiones son defendidas en las Conversaciones de Formentor, en 2015.

El cuento de hadas y la revolución digital

Ya hemos advertido que los cuentos de hadas son casi tan antiguos como la vida de la humanidad. Surgen por tanto en un contexto cultural diferente al nuestro. Pero como advierte Bettelheim, autor del libro The Uses of Enchantment. The Meaning and Importance of Fairy Tales, (Crítica, 2012) «de ellos se puede aprender mucho más sobre los problemas internos de los seres humanos y sobre las soluciones correctas a sus dificultades en cualquier sociedad que a partir de otras historias».

A pesar de que la revolución digital ha hecho que varíen las formas de expresión y de comunicación, las inquietudes del ser humano serán las mismas ahora y siempre. También hoy día necesitamos contar y que nos cuenten historias, historias que nos proporcionen renovación, evasión y el consuelo del final feliz.

En el niño no puede pasar desapercibida su importancia en el desarrollo de su personalidad. Siguiendo con Bettelheim, el niño «necesita ideas de cómo poner en orden su casa interior y, sobre esta base, poder establecer un orden en su vida en general. Necesita —y esto apenas requiere énfasis en el momento de nuestra historia actual— una educación moral que le transmita, sutilmente, las ventajas de una conducta moral, no a través de conceptos éticos abstractos, sino mediante lo que parece tangiblemente correcto y, por ello, lleno de significado para el niño».

El niño encuentra este tipo de significado a través de los cuentos de hadas.

Cuentos de hadas y roles de género

Los cuentos de hadas se han leído también desde una perspectiva de los roles de género. Se dice que cuentos como La Cenicienta ayudan a «perpetuar los roles de género establecidos y toda una serie de mitos sexistas se ven reforzados mediante su lenguaje, a la hora de hablar sobre las mujeres como objetos en propiedad de los hombres, por ejemplo» (Ortiz Txabarri).

Creemos una vez más que es necesario que aceptemos los cuentos de hadas tradicionales tal y como son. Una lectura de los cuentos de hadas desde la perspectiva de género supone incurrir en un reduccionismo evidente que desvirtúa la esencia de lo que es un cuento de hadas, expresada anteriormente. Es un craso error no sólo porque los niños son capaces de diferenciar el mundo real del mundo ficción que contienen los cuentos. Sucede también que no necesariamente hay siempre una identificación del niño o de la niña con el personaje del mismo sexo que aparece en el cuento de hadas. Por eso creemos que no deben ser desestimados sin más, ya que son una de las manifestaciones literarias más elevadas que existen.

Conclusiones

Los cuentos de hadas son connaturales a la sensibilidad del ser humano y tan antiguos como la misma vida en sociedad.

Perder la tradición del cuento de hadas o «podarlos» para adaptarlos a los valores vigentes supone perder uno de los instrumentos que permite la revitalización del mito y el acceso a verdades universales.

En el niño el cuento de hadas estimula su fantasía, le ayuda a expresar sus miedos, a comprenderse a sí mismo. Una edad apropiada para introducirlos es a partir de los cuatro o cinco años. En el adulto el cuento puede contribuir a la recuperación de los valores esenciales que vamos olvidando con el paso del tiempo y constituir no sólo una fuente de evasión sino de aprendizaje.

Cualquier ser humano, niño y no tan niño, puede penetrar entonces en el territorio del cuento de hadas, en los dominios de la fantasía en busca de renovación, evasión y consuelo. Hacerlo exige, sin embargo, despojarnos de todo prejuicio y recuperar la mirada limpia de los primeros años, la humildad, la inocencia y la esperanza que aún se alberga en nuestro corazón de niño. Pero si nos atrevemos a abrir esa puerta y traspasar el umbral quizás descubramos que el mundo de los cuentos de hadas puede traernos aquellas verdades que permanecen ignoradas, verdades que aprendimos en algún momento y que ahora permanecen sepultadas por el paso del tiempo. Esa es justamente la auténtica magia de los cuentos de hadas.


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Este artículo fue publicado en en Quimera 422, febrero de 2019.

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