Carlos Hernández de Miguel: «España es un país sin memoria y está peor preparada para afrontar la ola de neofascismo que recorre el planeta»

Por MAURICIO HERNÁNDEZ CERVANTES
Fotografía cedida por el entrevistado ©

 

En su segundo libro, Los campos de concentración de Franco. Sometimiento, torturas y muerte tras las alambradas, el escritor y periodista Carlos Hernández de Miguel desmenuza la institucionalización de la política de terror del régimen franquista, en la que asegura que hubo casi trescientos campos de concentración.

Es viernes, marzo apura sus últimos días y Madrid se ha vuelto a cubrir de sol. Es el primer viernes primaveral de 2019 y falta poco más de una semana para que se cumplan ochenta años del final de la gran guerra española que, hasta la fecha, tiene dividido ideológicamente al país.

Aún es marzo y el aire sigue frío. Pero en el parque infantil afuera del colegio Miguel de Unamuno, en el distrito madrileño de Arganzuela, cuya vida fluye junto al río Manzanares, decenas de padres ya juegan con sus hijos. La semana ha terminado, la primavera ha comenzado y el sol ha regresado para vestir a las tardes madrileñas.

Esa es la imagen que recibe a este reportero al llegar al encuentro con el escritor y periodista Carlos Hernández de Miguel (Madrid, 1969), afuera del número 5 de la calle Alicante. Hoy esa postal resulta muy común, pero hace ocho décadas no lo era. Entonces, en esta esquina no había padres comprando dulces a sus hijos, como tampoco un par de chicos tosiendo el humo de sus primeros cigarrillos al compás del reggaetón que suena en un móvil. Lo que sí que había en la primavera de 1939, en este mismo sitio, era una larga fila de prisioneros entrando al que fuese uno de los casi trescientos campos de concentración que el régimen de Francisco Franco instauró una vez terminada la Guerra Civil (1936-1939).

Sí, en lo que hoy es un demandado colegio público en Madrid, un día hubo un centro de tortura, clasificación e investigación, y de trabajos forzados para gente que nunca recibió una acusación formal ni un juicio. En fríos centros como este, muchos y muchas —se estima que por los campos pasó un millón de personas— que ya habían sobrevivido a los horrores de una de las guerras más cruentas de la Europa del siglo XX terminaron sus días privados de la libertad.

Y es que «España fue un gran campo de concentración». Así nos lo cuenta el autor, que, después de publicar su primer libro Los últimos españoles de Mauthausen, saca a la luz esta investigación histórica —considerada como «heroica y necesaria» por el historiador Ian Gibson— en la que dedica quinientas cincuenta y seis páginas a descubrir uno de los episodios menos estudiados y más siniestros del franquismo —algo imprescindible para comprender la «compleja estrategia del terror», de acuerdo con Paul Preston—. Son páginas en las que se cuenta con minucioso detalle cada una de las aristas que componían aquellos centros donde primero se privaba de la libertad a cualquier sospechoso de estar vinculado con la Segunda República y luego se le obligaba a trabajar en condición de esclavo.

Antes de iniciar la entrevista y de entrar de lleno en las diferencias esenciales entre los campos de concentración españoles y los del régimen nazi, Hernández de Miguel hace hincapié en un detalle: «Este sitio nunca perdió su nombre, Miguel de Unamuno. Así se llamaba desde que funcionaba como un centro educativo durante los años republicanos y lo curioso es que lo conservó durante el tiempo que fue campo de concentración (1939-1942)». Tampoco dejó de puntualizar que no existe, a día de hoy, una sola placa explicativa sobre la turbia historia del lugar: algo que la Ley de Memoria Histórica ya debería haber resuelto.

«Miguel de Unamuno» es el nombre que aparece en la placa oficial del colegio y en un antiguo letrero comido por el tiempo que aún luce en uno de sus alambrados. Sí, el del ilustre filósofo, escritor y exrector de la Universidad de Salamanca que hizo frente a la escalada del fascismo europeo con su inolvidable discurso: «Venceréis, pero no convenceréis…».

¿Qué diferencia hubo entre los campos de concentración españoles y los del régimen nazi?

Primero hay que huir de la sombra de Auschwitz. Al lado de esa magnitud todo parece pequeño. A diferencia del nazismo, en España los campos no eran tan homogéneos. Muchos fueron campos de trabajo y de clasificación de prisioneros, no exclusivamente de exterminio como en Alemania.
Aquí se llamaban «batallones de trabajadores», algo equivalente a los subcampos (o campos satélite) de los nazis. En ellos se impuso el trabajo forzado y en condiciones terribles, pero no había cámaras de gas. Es cierto que mucha gente murió de frío, de hambre o fusilados directamente, pero, a grandes rasgos, no eran campos de exterminio sistematizado como en Alemania.
El objetivo del franquismo era deshacerse de la clase más comprometida con la República. Por eso se clasificaba a los prisioneros y los tres grandes grupos fueron: el comprometido (o irrecuperable) con la causa republicana (que fueron fusilados y asesinados directamente sin haber sido enjuiciados. Los cuerpos de la mayoría aún yacen en las más de dos mil quinientas fosas que siguen sin ser exhumadas —esta cifra es del Ministerio de Justicia, pero no ha sido actualizada desde el 2011—); el de quienes simpatizaban con la república, pero al no ser muy afectos al movimiento sólo eran hechos prisioneros y forzados a trabajar en un campo; y finalmente quienes sólo resultaban sospechosos y obtenían la libertad (aunque con vigilancia perpetua).
Otro de los puntos más importantes fue el de la «reeducación». Es decir, hubo mucha tortura ideológica y psicológica. Durante esta investigación encontré que en ninguno de los campos había un médico como tal, pero sí, y sin excepción, un capellán. Para el régimen era importantísima esa reconversión del prisionero hacia el catolicismo (uno de los pilares institucionales del régimen).

¿Cuál era la diferencia entre una cárcel franquista y un campo de concentración?

Quienes pasaron por los campos no tuvieron ningún tipo de acusación ni de enjuiciamiento. A las cárceles llegaban los prisioneros cuyo perfil ya había sido determinado en los campos de concentración y quienes ya habían sido enjuiciados o estaban por serlo. Muchos de los juicios que se celebraban allí eran una farsa, porque los ejecutaban los mismos militares. Muchas veces eran juicios colectivos y (a los prisioneros) los pasaban de veinte en veinte, además de un sinfín de arbitrariedades más.

Primero Los últimos españoles de Mauthausen y ahora Los campos de concentración de Franco.

Un día de primavera del 2014, haciendo running en la Casa de Campo (Madrid), entre árboles, me di cuenta de que había crecido jugando entre lo que habían sido trincheras de la Guerra Civil. Y, entonces, fui consciente de que en ninguno de los muchos centros educativos que he pisado en mi vida me habían impartido una lección sobre la Segunda República, la guerra o la dictadura. Me di cuenta de que siempre nos habían dicho mentiras y de que en aquellas clases de Historia nunca hubo tiempo de pasar más allá de 1930. Me di cuenta de que somos un país al que le han robado la memoria y le han falseado la historia.
En mi casa, como en la mayoría de los hogares españoles, no se habló de «la Guerra» durante mucho tiempo. Fue con treinta años, o más, cuando me enteré de que a mi abuelo materno lo habían asesinado los franquistas en septiembre de 1936. Después de salir de misa, un grupo de civiles y de guardias civiles lo detuvieron y se lo llevaron a la cárcel del pueblo. Y ahí pasó veinticuatro horas. Cuando mi abuela fue a llevarle comida y algo de ropa, el vigilante le dijo que eso ya no lo iba a necesitar y le entregó su reloj. Y, como digo en el libro, no existe un solo registro de su secuestro ni de su asesinato.

Cuenta que Andalucía encabezó el «ranking del horror» con cincuenta y un campos. ¿Qué opina de que la ultraderecha haya reaparecido en el panorama político español?

Lo que realmente me preocupa de la escalada de la ultraderecha en España es que no estamos «vacunados» contra ella. En países como Alemania, cuando votan a esa opción política saben exactamente a qué están votando. Allí no hay mentira. Sin embargo, aquí somos ya muchas generaciones de españoles que no hemos estudiado la dureza ni la historia criminal que supuso la dictadura. Nosotros no estamos «vacunados» contra eso que suena a los años previos a la Guerra Civil. España es un país sin historia y sin memoria. Y una nación así está peor preparada para afrontar la ola de xenofobia y neofascismo que recorre el planeta.

Dice que son muchas generaciones ya de españoles que han mirado, desde las aulas, de espaldas a la historia.

No sólo es el borrado total que hubo de nuestra historia, sino la reescritura de ella, que es mucho más peligroso. Lo que aún no puedo creer es que en España no se estudie en los libros de texto que el único país que realmente nos ayudó durante la Guerra fue México. ¡¿Por qué no se estudia eso ahora?! A estas alturas ya debería haber sido incluido en los libros de texto.

¿Cuál es la relación que tiene España con la memoria y el olvido?

España es una anomalía en el mundo democrático. Somos el único país que mantiene a un dictador sanguinario enterrado en el mayor monumento que hay en nuestro territorio (el Valle de los Caídos). Somos los únicos que conservamos símbolos, estatuas y calles dedicadas a asesinos. Y eso es, entre otras razones, porque Franco no sólo nos robó las libertades durante cuarenta años, sino que reescribió la historia para ocultar sus crímenes y blanquear su dictadura. Esa situación no cambió después de su muerte.
La transición a la democracia fue diseñada por él y tutelada por sus herederos ideológicos. Nuestros padres y abuelos que luchaban por la libertad se conformaron con eso, que no es poco, a cambio de no mirar hacia el pasado. Tuvimos democracia, pero pagamos un alto precio por ella: impunidad para los verdugos, mantenimiento de la mentira histórica construida durante la dictadura y desprecio hacia sus víctimas.

Este artículo fue publicado en Quimera 427-428, julio-agosto de 2019.