Casandra y la anticipación

Breve introducción a los cuentos de Cristina Peri Rossi

Por GABRIELA MARRÓN

«Las palabras que dices no se corresponden con la escabrosa tristeza de este cielo» – Cesare Pavese

En 2007, la editorial Lumen publicó Cuentos reunidos, un voluminoso libro que recoge ochenta y tres de los más de cien relatos escritos hasta entonces por Cristina Peri Rossi. Posteriormente, con las narraciones incluidas en Habitaciones privadas (2012) y en Los amores equivocados (2015), libros editados en España por el sello Menoscuarto y en Uruguay por Casa Editorial Hum, la autora ha sumado otra veintena de cuentos a su enorme obra literaria. Incluso la simple mención del título de cada uno de ellos abarcaría casi la totalidad de las páginas destinadas a este ensayo. Por lo tanto, me limitaré a sintetizar sus principales curvas temáticas y formales, procurando no perder de vista que los cuentos fueron escritos en dos continentes distintos y durante casi seis décadas.

Los escritores clásicos han sido siempre capaces de intuir que todo comienzo literario es un simple abalorio más en el perenne y agónico diálogo del presente con el pasado, pero también una sombra en marcha, que a lo largo del tiempo se proyecta hacia atrás o hacia adelante según la posición del sol. Tal vez por eso, precisamente, el nombre de uno de los primeros cuentos publicados por Cristina Peri Rossi («Los amores», 1964) anticipa de alguna manera el adjetivo presente en el título de su última colección narrativa: equivocados. Mientras Genoveva, la protagonista de aquel relato montevideano, «cosía un bonito vestido en la máquina, dando prolijas, idénticas puntadas cada vez sobre la tela que se extendía suavemente bajo sus manos, como una piel», y su hermano, Ludovico, «cortaba el césped con movimientos cortos e iguales, dados con la gran tijera de podar recién afilada», la sombra ya se proyectaba sobre el camino de tierra de «Ironside», el relato inaugural de Los amores equivocados, «a esa hora impropia del día, las tres, demasiado tarde para ser la mañana y demasiado temprano para ser la tarde», cuando el conductor del camión piensa en las mellizas, sus hijas, justo antes de que el inminente peligro se cierna sobre  la carretera.

Los signos, las señales, las notas que cifran el universo narrativo de Peri Rossi abrevan en la fuente simbólica que irriga la cultura y el imaginario colectivo occidental, pero, como la carta robada de Poe, se despliegan de manera imperceptible al olfato de los famas, siempre ocupados por preservar aquello que los cronopios no esconden y las esperanzas no buscan. Cuando apareció en Montevideo su segundo libro de relatos, Los museos abandonados (Arca, 1969), seis años después de que se publicara el primero, titulado Viviendo (Alfa, 1963), Mario Benedetti ya señalaba: «Casi podríamos decir que los relatos de Viviendo son los museos antes de ser abandonados, o sea que se trata de un orden ya carcomido, sin respuesta válida para el hombre de hoy y su dramática conciencia». La profecía se cumpliría de inmediato, con la aparición del último libro de cuentos publicado por la autora antes de su exilio, Indicios pánicos (Nuestra América, 1970), en cuya contraportada leemos: «Los Indicios son pautas para interpretar lo que llevamos adentro y lo que padecemos afuera. Pánicos porque al asomarnos —al interior y a la calle, llena de vigilantes y guardianes— sentimos miedo. Del horror a lo existente nacen (si somos valientes) los libros y las revoluciones».

Pasarían otra vez seis años para que apareciera, ya en Barcelona y muerto Franco, La tarde del dinosaurio (Planeta, 1976), en cuyo prólogo Julio Cortázar afirmaba: «Se diría que escritores como Cristina Peri Rossi repiten sin saberlo (¿pero qué es saber en esta tierra de nadie donde pasean los dinosaurios y abejas reinas?) el oscuro arquetipo del palacio de Barba Azul: habitaciones, corredores de espejos, puertas condenadas o prohibidas, siempre puertas para aquellos que prefieren el horror y la muerte a la renuncia de no abrirlas». ¿Qué leyeron, entonces, Mario Benedetti y Julio Cortázar en los cuentos de Peri Rossi? Leyeron la duplicación de los símbolos y, a su vez, la ductilidad de la autora para adaptarlos a las nuevas coordenadas sociales, políticas e históricas. En Los museos abandonados, el pocillo de la escena final de «Los amores», acaso tan antiguo como los racimos labrados en las copas de Menalcas, había adquirido ya, proteicamente, el perfil de Eurídice en las Geórgicas. Luego, en La tarde del dinosaurio, como doble subversivo de la Sibila virgiliana, el asa del pocillo sería ya capaz de escaparse con las dos criadas favoritas del Príncipe Igor. Poco después, en El museo de los esfuerzos inútiles (Seix Barral, 1983), las tres mujeres se llamarán simplemente Virginia, pero no sin antes haber mirado con aversión una cuchara, negándose a abrir la boca en La rebelión de los niños (Monte Ávila, 1980).

Aunque seis libros más de relatos precedieron a la edición de Cuentos reunidos, la segmentación aquí propuesta entre los ya mencionados y estos otros no resulta del todo arbitraria. Entre diciembre de 1983 y mayo de 1984, tanto en Argentina como en Uruguay se restablecieron los gobiernos democráticos. Una pasión prohibida (Seix Barral, 1986) y Cosmoagonías (Laia, 1988) se inscriben en el clima internacional que acompañó ambos procesos políticos. La ciudad de Luzbel (ceci, 1992) y Desastres íntimos (Lumen, 1997), a su vez, se publican con posterioridad a la caída de la dictadura chilena de Pinochet. En cambio, Te adoro y otros relatos (Plaza y Janés, 2000) y Por fin solos (Lumen, 2004) aparecen una vez terminado el autogolpe de Estado de Fujimori en Perú.

Los temas que estructuran la trama de los cuentos incluidos en estos últimos libros y en los seis anteriores resultan siempre diversos, pero a medida que la violencia institucional latinoamericana retrocedía, tanto las estrategias narrativas de Peri Rossi como la superficie del componente político de sus relatos fueron adoptan do nuevas formas. Una transición temática similar pue de observarse también entre sus primeras dos novelas —El libro de mis primos (Marcha, 1969), La nave de los locos (Seix Barral, 1984)— y las tres siguientes: Solitario de amor (Grijalbo, 1988), La última noche de Dostoievski (Grijalbo, 1992) y El amor es una droga dura (Seix Barral, 1999). Ambas vertientes narrativas, una orientada a sobrevivir la urgente dictadura del exilio, otra a sortear la inexorable dictadura del amor, confluyen en la reconfiguración del mismo compromiso inclaudicable. Al fin y al cabo, la distancia que media entre el tríptico del cuento «El testigo» (Desastres íntimos) y las figuras geométricas que atraviesan el relato «Vía Láctea» (La rebelión de los niños) no es mayor a la existente entre El arte de amar y Las tristezas de Ovidio, o entre los Epodos de Horacio y sus Odas.

Al sostener que Cristina Peri Rossi es una escritora clásica, no me refiero sólo a que haya escrito cuentos como «Gambito de reina» (La tarde del dinosaurio), en  el que Alejandra dice:

He conocido muchos poetas, Vitruvio, pero aunque sus versos no eran tan buenos como los tuyos, nunca dejaron la azul pluma de ganso por el astil de una espada. Nunca dejaron el ganso por la espada. Y sus versos, Vitruvio, no eran tan buenos como los tuyos. Pero tu pecado es la ambición. Algo deberías haber dejado de ser en la vida, Vitruvio, para ser algo. Y tu ambición es la culpable de que en ti mueran al mismo tiempo el poeta, el guerrero y el pastor de rebaños. En ti mueren tres, Vitruvio, en ti mato a tres de mis mejores cortesa nos, y eso es demasiado hasta para una reina.

Tampoco pienso necesariamente en «La Navidad de los lagartos» (El museo de los esfuerzos inútiles), donde el joven protagonista que los caza como ofrenda a la Virgen nos refiere el proceso:

Y la mala bestia del calor hace que los lagartos aparezcan, dejen el monte, el arroyo seco que ya nadie recuerda qué arroyo es, donde las vacas sedientas se echan, cansadas, sin nada que beber o masticar. Yo los acecho, escondido, y cuando aparecen, apunto bien hacia el centro de la cabeza, cierro uno de los ojos para no errar el tiro, vuela la piedra (con el calor, mis piedras son las únicas cosas que vuelan en medio del aire seco, como aves prehistóricas) y se estrella contra la testa parda, redonda y sin pupilas.

No, al sostener que Cristina Peri Rossi es una escritora clásica, evoco también ciertos cuentos de evidente candidez, como «Carta blanca» (Habitaciones privadas), donde alguien dice: «¿Serás tan cretino de disfrutar porque el juego va a seguir después de ti? Yo abandono. No quiero morirme. Me paso al Spider. Tiene solo seiscientas partidas. Puede ser que lo sobreviva y el maldito juego se acabe antes que yo»; e incluso pienso, también, en algunos otros de dudosa sordidez, como «Un mal dito pelo» (Los amores equivocados), que comienza del siguiente modo:

Ahora ese maldito pelo se le había atragantado más allá del paladar, no iba ni venía, no conseguía arrastrarlo en dirección a la glotis ni tampoco conseguía empujarlo hacia delante, mientras su lengua succionaba chupaba lamía el clítoris de Claudia, que gemía sobre el edredón legítimo de Noruega balbuceando lo que él creía era una serie de exclamaciones idénticas.

En uno de los ensayos incluidos en Fantasías eróticas (Temas de Hoy, 1991), Peri Rossi nos recuerda que la sexualidad se vincula con el erotismo, de la misma manera que la frase con el grito, el teatro con el gesto, y la moda con el taparrabos. La relación entre esto y lo señalado por la autora en el prólogo de sus Cuentos reunidos, donde se refiere a la capacidad de haber aprendido a contar como un rasgo que distingue al ser humano de los animales, resulta evidente. Las historias que se cuentan —las notables— siempre han girado en torno al imperativo ético del canto, de la palabra como estrategia de resistencia. En ciertos relatos, como por ejemplo «Cantar en el desierto» (Una pasión prohibida) o «Darle margaritas a los cerdos» (El museo de los esfuerzos inútiles), Peri Rossi recupera, en clave simbólica, esa vieja tradición de cantar, tejer y afilar presente en las Geórgicas (I, 291296); en otros, como «Pico blanco y alas azules» (La rebelión de los niños) o «La ciudad de Luzbel» (La ciudad de Luzbel), desarrolla en cambio una estrategia distinta, más próxima a los vaticinios de Casandra, la sacerdotisa de Apolo, y a los balbuceos de Evohé (Girón, 1971) y Babel bárbara (Lumen, 1991).

Cristina Peri Rossi escribe para que los que quieran entender, entiendan. Y como siempre se escribe para algo, ella recurre a múltiples, imaginarias y diversas enunciaciones genéricas. Habla con distintas voces y en distintas lenguas, pero posee la habilidad de hallar siempre el ritmo adecuado a la situación narrativa propuesta. Con diversas máscaras, la autora siempre confronta, revela y subvierte el eco de convenciones y discursos sociales cristalizados. Por esa razón, tanto sus personajes como las configuraciones de su yo narrativo siempre proyectan o refractan nuestras propias pasiones, fantasías y temores. Me refiero, por ejemplo, a lo que sucede en el cuento titulado «El baile» (Viviendo), mientras Silvia escucha embelesada cómo Elsa, disfrazada de Arlequín, le susurra:

Amo. Miento cada día. Voy viviéndome en el camino, al costado de las cosas. No sé lo que hago. Me gusta hacerlo todo y siento que tengo vocación de Dios. Y un lento y largo porvenir de túnicas blancas y de inyecciones por delante, para la vejez. «Compañía de teatro» dicen los programas. Soy Bruto, rinoceronte, Tristán o Segismundo: elija usted.

Registre el notario que cuando Peri Rossi escribió —y publicó— ese relato faltaban aún veintisiete años para que la Organización Mundial de la Salud dejara de considerar la homosexualidad como una enfermedad; y adiciónense al cómputo los otros siete años que faltaban para que Jacob, en «Entrevista con el Ángel» (De sastres íntimos), pudiera oír este musitar: «Soy lo que tú quieras. Soy tu sueño. Si me quieres mujer, seré mujer; si me deseas hombre, seré hombre. […] Seré como una aparición. Vaga y ambigua, multiforme, polivalente». No hace falta haber ido a misa o leído alguna vez la Biblia para saber que los ángeles no tienen sexo; pero sólo una escritora clásica, como Cristina Peri Rossi, es capaz de aunar así el saber popular con el universo simbólico, anticipándose dos décadas al actualísimo reclamo de las identidades genéricas no binarias. Según el Horacio del Arte poética, eso es una cálida juntura; y según el de Rayuela, también.

Lo que no se nombra no existe, lo que se nombra construye realidades, y lo que no se puede decir siempre es primero literatura. Lamentablemente, tendemos a establecer un inmediato vínculo entre las obras clásicas y el aburrimiento. No obstante, sería ingenuo pen sar que hoy Don Quijote y Rocinante sólo siguen cabalgando en las páginas del libro que escribió Cervantes. Han pasado más de cuatrocientos años, y ambos siguen aquí, trotando en nuestra lengua y siempre dispuestos a actualizar el eólico combate contra los molinos. Podremos encontrarlos, por ejemplo, en «After hours» (Habitaciones privadas):

En un lugar de la Mancha había una gasolinera, perdida en medio de la inmensidad como una mora en el desierto. No hubiera reparado en ella (le gustaba conducir por las carreteras de Castilla como ador mecido con la grata sensación de estar todavía en el útero materno) si no fuera porque el coche comenzó a derrapar, como sobre la pista de hielo. «Carajo —pensó—, los dos estamos viejos y cansados. Algún día tenía que ocurrir. Se irá muriendo por el camino igual que yo». El hombre de la gasolinera, rudo, parco, cetrino, le dijo que el coche no estaría arreglado hasta el otro día.

Como afirma ítalo Calvino, un clásico es un libro que está antes que otros clásicos; pero quien haya leído primero los otros y después lea aquel, reconoce enseguida su lugar en la genealogía. Los lectores de Borges y de Vargas Llosa sabrán apreciar «Te adoro» (Cosmoagonías) y «El corredor tropieza» (El museo de los esfuerzos inútiles); los de Cortázar y Roberto Arlt acaso prefieran «Instrucciones para bajar de la cama» (La tarde del dinosaurio) y «Una consulta delicada» (Desastres íntimos). Escribo esto en el mes diciembre del año 2020, con la certeza de que los cuentos de Cristina Peri Rossi resistirán susurrando, con dulzura y sin furia, incluso cuando la actualidad más violenta se imponga; porque ella, como Casandra y como «El tañedor de campanas» (Una pasión prohibida), «sabe que el pueblo está vacío, en la esterilidad abierta de la campiña desnuda, pero sospecha, y a veces tiene la convicción, de que la campana suena en otro cielo».