CLARA OBLIGADO: “Madrid es una ciudad con una desmemoria notable”

Por Eva Díaz Riobello

(Fotografía de Manuel Yllera©)

 

Bonaerense de nacimiento y madrileña de adopción, escritora, exiliada política, madre, profesora, antóloga y agitadora cultural. Son muchas las vidas que ha acumulado la escritora Clara Obligado desde que abandonó Argentina huyendo de la dictadura. En su último libro, “La biblioteca de agua” (Páginas de Espuma, 2019), narra su vínculo con Madrid a través de catorce sugerentes relatos.

– Este libro que homenajea a tu ciudad adoptiva, Madrid, concluye una trilogía que comenzó con “El libro de los viajes equivocados”, ganador del premio Setenil, al que siguió “La muerte juega a los dados”, que transcurría casi por entero en tu Argentina natal. ¿Qué supone para ti cerrar este círculo?

– Me produce una cierta melancolía. Siento que abordé tres temas -Europa y la crisis, mi historia en Argentina, y la historia de Madrid- con tres estructuras distintas. Y que conseguí algo que me gustó: un género mestizo, o anfibio, entre cuento, novela y microficción. Es una manera de contar que abre mucho el objetivo, permite cosas que yo no esperaba e implica al lector, lo despierta sin obligarlo a hacer una lectura excesivamente compleja. Pero creo también que esta forma de escribir funciona y que la he llevado a mi límite, de modo que ha llegado el momento de probar otras aventuras. Es posible que mucho de lo que investigué permanezca en mi escritura, pero me parece que no es un buen camino anclarme en esta forma de narrar. Todo proceso creativo implica cierta investigación formal, así que es hora de seguir andando en otra dirección.

– Los relatos del libro empiezan en el presente y fluyen hacia el origen más remoto de la ciudad. También pueden leerse de atrás hacia delante, como un palíndromo. ¿A qué se debe esta estructura?

– Es una estructura palíndroma que, de alguna manera, contraviene el fluir del tiempo tal y como lo entendemos en Occidente. No hay una lectura lineal de la historia, una sola, sino que pensar una ciudad implica leer en capas que se imbrican, se funden o se separan. Por eso escribí un libro donde el lector puede elegir su propia dirección temporal, avanzar o retroceder, leer a los saltos. Es similar a lo que nos ocurre cuando entramos en una ciudad: hay capas de la memoria que fluyen y nos asaltan, se entrecruzan. Me pareció que esta estructura se asemejaba a la perspectiva de un paseante que avanza y retrocede, y cuyo tiempo vital difiere en cierta medida del tiempo dibujado en la ciudad. Si buscara un símil pictórico, diría que el orden del libro establece un pentimento, donde cada capa se superpone y esconde la anterior. Y serán las historias las que permitan que aparezcan por debajo las transparencias que dibuja el tiempo. Me pareció que era una estructura muy adecuada para narrar la ciudad -ya sea Madrid o cualquier otra-, donde la historia se ha dibujado sin que seamos conscientes de ello.

– Madrid, y concretamente su barrio de las Letras, es la gran protagonista de “La biblioteca de agua”, una ciudad que has visto cambiar durante cuarenta años, desde la Transición hasta el boom turístico actual. ¿Hacia dónde sientes que está evolucionando la capital en estos tiempos tan convulsos?

– Es difícil decir hacia dónde evoluciona una ciudad, porque su historia está sujeta a continuos vaivenes. Si me centro en una mirada de lo evidente, diría que he visto cambiar el Barrio de las Letras varias veces. Cuando lo conocí, a finales de los setenta, era un barrio oscuro y bastante pobre, con casas que aún no tenían baño, o que lo tenían en la cocina. Allí estaba viva la guerra, en las paredes talladas por la metralla o en la tristeza de la gente. Luego fue cambiando con la Movida y llegó el momento del olvido. El barrio expulsó a los vecinos de toda la vida, las casas subieron de precio y empezó a ponerse de moda. Aterrizaron el ruido y la droga, el uso del espacio no como lugar de residencia, sino de ocio. Esta tendencia ha ido creciendo y hoy el centro de Madrid resulta inhabitable. Esa es la triste verdad. Las casas son carísimas y, en su mayoría, sirven para que los especuladores las conviertan en pisos turísticos. Los comercios de toda la vida se transforman también en lo que los turistas desean, mientras que la protección oficial es nula. Es un barrio bonito, qué duda cabe, pero cada vez más vacío de contenido. Es muy triste verlo así, pero, si se aplica la ley del mercado neoliberal sobre las zonas más bellas de las ciudades, pronto sólo quedará la cáscara de lo que fueron: una escenografía cuidada para que paseen los turistas, pero carente de sentido si se la observa en profundidad.

– En “Lo que no se recuerda” hablas de un Madrid “superpuesto a otro que ya no existe, y a otro, a otro…”. En tus cuentos hay una clara intención de rescatar la memoria de una ciudad que parece querer dejar su pasado atrás a marchas forzadas…

– Madrid es una ciudad con una desmemoria notable. Por resumirlo de alguna manera, ni siquiera hay una placa que recuerde al fundador de Madrid e incluso la propia historia de su fundación permanece en un terreno incierto para la mayoría de los madrileños. Tampoco hay placas que recuerden la guerra, es como si el borrado y la desmemoria fuesen una manera de afrontar lo que sucedió. Por ejemplo: no hay ninguna placa en la Puerta del Sol, en la sede de la Comunidad de Madrid, que durante el franquismo fue una cárcel, la temible Dirección General de Seguridad. Estaría bien recordar esas cosas. Yo creo que es una pésima idea borrarlas y sobre ello escribo. En el cuento “Lo que no se recuerda” hablo de cómo la negación del pasado produce cierta incapacidad para afrontar el presente, una incapacidad psicológica que nos hace un poco cobardes. Es un tema que me interesa mucho, tal vez porque soy argentina y en mi país se ha luchado mucho por preservar la memoria y reparar lo que sucedió. Ojalá que algún día esto también sea posible en Madrid.

– Para preparar esta colección de relatos realizaste una gran labor de investigación sobre los orígenes de la ciudad, su historia y sus personajes, que se entretejen con tus propias experiencias. De todas las anécdotas que cuentas, ¿con cuál te quedarías?

– Me interesó muchísimo el origen acuático de Madrid, una palabra que significa “La madre de las aguas”, y también la idea de que en el Retiro había una especie de sabana con animales como el famoso Hispanotherium matritense, un rinoceronte que vagaba por lo que hoy es el Barrio de las Letras. Me gusta imaginar lo que está debajo del asfalto, lo que no vemos pero que nos sostiene. También me resultó muy interesante la reconstrucción de la guerra en el barrio, ahora sé distinguir qué edificios fueron bombardeados y cuáles no. Es curioso cómo se aprende a “leer” las ciudades cuando estudiamos su origen. Fue una experiencia muy interesante, más teniendo en cuenta que yo soy extranjera y que tuve que estudiar mucho más que si hubiera nacido en Madrid.

– Llama la atención el relato en el que aparece sor Marcela de San Félix, la hija poeta de Lope de Vega, de la que no se hace mención en los libros de literatura, al igual que muchas otras autoras que han empezado a ser reivindicadas en los últimos años. ¿Queda aún mucho por hacer?

– No sabemos cuánto queda por hacer, pero sin duda esos encuentros con escritoras que no habían sido casi mencionadas son muy enriquecedores. Descubrir, por ejemplo, que Elena Fortún -una autora que yo leía de pequeña en Argentina- había vivido a la vuelta de mi casa me conmovió; o encontrar a Luisa Carnés, una escritora interesantísima que murió en México; o leer las historias de las hijas de Lope y de Cervantes, ya que a menudo se piensa que el Siglo de Oro fue un movimiento en el que sólo hubo hombres. Nos falta la mitad de la Historia, sólo la hemos contado en masculino. Sin duda la suma de la perspectiva que falta va a ser muy interesante. 

– Entre los cuentos de “La biblioteca de agua” también se cuela algo de microficción y está reciente la publicación de tu novela “Salsa”, ¿qué género tienes pensado abordar en tu próximo proyecto?

– No tengo demasiado claro en qué estoy trabajando. La verdad es que estos tres volúmenes de cuentos cierran un ciclo y sé que voy a ir por otro camino. De todas maneras no creo que vuelva a un género en el sentido tradicional. Me gusta la investigación, pero estoy caminando un poco en la oscuridad. Esperemos que se haga la luz.

Este artículo fue publicado en Quimera 434, febrero de 2020.