Entrevista a FRANCISCO BRINES: «Siendo optimistas, que algo quede entre dos nadas, eso es lo mejor que puede ocurrir»

Por José Antonio Olmedo López-Amor

Francisco Brines Bañó (Oliva, Valencia, 1932) no necesita presentaciones. Fue uno de los máximos exponentes de la llamada generación del medio siglo de la poesía española, pero no de aquella que cultivó la poesía social, sino de ese otro grupo formado por poetas como José Ángel Valente o Claudio Rodríguez, quienes entendían la poesía como una revelación. Para algunos, Brines era hasta su reciente fallecimiento en mayo de 2021 uno de los mejores poetas vivos, no sólo de España, sino de toda Europa. Su poesía, de corte elegíaco, metafísico y reflexivo, ha creado escuela y ha construido un corpus filosófico que orbita alrededor de la muerte y el tiempo para hablarnos de la vida y del ser en el mundo. Hace tan sólo unos meses fue galardonado con el Premio Cervantes, noticia de la que se enteró desde su retiro en Elca, su casa de toda la vida. La Fundación Francisco Brines, creada en 2018, convocó recientemente el primer certamen poético que lleva su nombre. De todas estas cosas y algunas más pudimos hablar con el maestro para todos los lectores de Quimera en una entrevista que publicamos poco antes de su muerte.

– ¿Crees que el Premio Cervantes ha llegado tarde?

– Debido a las circunstancias en las que me encuentro, aunque afortunadamente cabe suponerlas como «normales» en una persona de mi edad, creo que en otro tiempo más temprano habría podido responder mejor a todo lo que conlleva la vivencia de un premio de esta envergadura. Siento que ahora, debido a mi salud, no puedo asistir a esos lugares en los que, indudablemente, me gustaría estar presente.

– De haber podido, ¿qué les habrías dicho a tus padres?

– No pretendo ser petulante, en absoluto; sin embargo, procede decir que he recibido otros premios anteriormente, y hago alusión a ello porque, en cierta manera, mis padres estaban acostumbrados a que me otorgaran algún reconocimiento de vez en cuando. De este modo, trato de decir que, quizás, puede que el hecho del galardón en sí mismo no fuera una coyuntura capaz de alterar demasiado nuestra relación. Así que, conociéndome ligeramente —o todo lo que la vida me ha permitido conocerme— supongo que, en definitiva, serían respuestas concretas a las preguntas que me hicieran.

– Si la poesía nos educa en la tolerancia, ¿tenemos que apostar por una poesía de reflexión o de valores?

No veo razón alguna por la cual tenga que existir una inconsecuencia entre esa poesía que tú me dices, de valores, y la poesía entendida a un nivel general. La poesía, y cuando digo poesía me refiero a la manifestación genuina, que reclama ser por necesidad, ante cualquier circunstancia, siempre es vivencial y, por extensión, a su modo, reflexiva, puesto que los versos únicamente pueden brotar de la sensibilidad, la educación y la emoción de la vida que recorre su autor.

– ¿Qué atribuirías literariamente a la promoción del 50 que no se le haya atribuido?

– No lo sé, porque verdaderamente es una generación de poetas excelentes. Hay muchos de los grandes poetas de este siglo que se circunscriben a esa «promoción» que tú me dices.

– ¿Qué has aprendido del silencio?

En primer lugar, creo que el silencio absoluto es un concepto que el ser humano es incapaz de asimilar completamente. Vivimos en una actualidad con ruidos permanentes de toda índole: visual, informativa, auditiva, etc. No obstante, yo he tenido la inmensa suerte de residir en esta casa, más cercano a la música de la naturaleza. Y de ese supuesto «silencio», que para mí es la ausencia del ruido innecesario, he aprendido a estar conmigo mismo, lo cual considero algo fundamental en mi vida, porque estar conmigo mismo no se trata de estar en un rincón, encerrado, sino con todos los sentidos abiertos, viendo y viviendo el mundo que sucede inevitablemente fuera de donde yo estoy y, sin embargo, paradójicamente, sintiéndome como una pequeña parte de ese suceder ininterrumpido.

– ¿Cómo ha sido tu relación con Antonio Gamoneda y José Manuel Caballero Bonald?

– De poeta, mejor con Caballero Bonald, porque vivimos en dos inmuebles situados uno al lado del otro, en la misma calle. Él vive en Madrid y yo en ocasiones también, factor que ha permitido que nos hayamos visto mucho más que con Gamoneda, tanto él como yo. Gamoneda, por el contrario, reside en otra ciudad a la cual no es habitual ir desde Madrid, sino, más bien, pasar por ella cuando uno va a un lugar.

– ¿Qué opinión te merece la situación de pandemia actual?

– Indudablemente nos encontramos ante una realidad trágica. Supongo que la intensidad de un acontecimiento trágico siempre depende de la vivencia individual que uno tenga relativa al hecho en cuestión. Quiero decir que, de algún modo, es un sentimiento que varía de magnitud según si te ha tocado vivirlo de cerca o bien desde una perspectiva más alejada. Al final, la tragedia es la muerte de la gente que quieres y, con una pandemia, al ser a nivel mundial, creo que se intensifica notablemente la condición de alteridad. Está claro que todos moriremos algún día, pero sería deseable no hacerlo accidentalmente y con anterioridad a lo que estaba pactado.

– ¿En qué te gustaría que se convirtiese la Fundación Francisco Brines?

– Pues en una fundación que publique muy buenos libros de poesía, eso es lo que yo quisiera. Evidentemente, ese deseo, de manera subyacente, alberga el anhelo de que continúe, en el futuro, el amor por expresarse y leer en verso, a lo cual yo he dedicado gran parte de la intensidad de mi vida. Me gustaría que se presentaran libros de calidad que un jurado especializado pudiera hojear y, dado el caso, ofrecerles la oportunidad de tener cierta visibilidad, de que existan también para las mentes ajenas, porque la poesía es expresión, comunicación, y para ello se requiere tanto de un emisor como de un receptor predispuesto. Creo que así la poesía podría convivir en el día a día de los españoles. En conclusión, la intención es que sea una fundación favorable a la poesía y que actúe consecuentemente.

– ¿Cuál es el último libro de poesía que has leído de un autor contemporáneo?

– Te voy a decir el que voy a emprender inminentemente, ya que se me presenta más curioso andar hacia delante. Resulta que he visto que tengo un libro, un libro impreso en esta era digital, y aún no lo he leído: es un libro de Gamoneda.

– ¿Ser algo entre dos nadas nos invita a ser algo que deje huella y a no esperar más que el olvido?

– Esa es una de las posibilidades que hay, tal vez la más perceptible. Efectivamente, ser «algo ente dos nadas», es decir, entre el antes de nacer y el después de morir, ser algo en vida es lo que pretende el escritor. Al final de los años, va a venir la desaparición y engullirá España y el resto de países que pueblan el planeta; quizás la Tierra también desaparezca, ese maravilloso punto azul en el espacio, potencialmente reducido a silencio. Siendo optimistas, que algo quede entre dos nadas, eso es lo mejor que puede ocurrir.

– Cuéntanos alguna anécdota vivida con Claudio Rodríguez o Jaime Gil de Biedma.

– Los dos son, no digo fueron, aunque han muerto — desgraciadamente— dos grandes poetas. Con Claudio tuve amistad cercana y le traté más que a Gil de Biedma, porque a Gil de Biedma sólo lo traté en visitas mías a Barcelona o visitas de él a Madrid. Uno y otro amaron e intimaron la poesía como algo que los sellaba, es decir, que su destino estaba en la escritura de la poesía y ambos nacían a su manera maravillosamente.

– La poesía nos invita a abrazar lo desconocido.

– Sí, porque la poesía, la lectura de la poesía, te desvela mundos desconocidos y, como la escriben los autores, es decir, autores verdaderos que escriben desde la emoción y saben gestionar y transmitir esa emoción, tú sientes la necesidad de contemplar lo que ellos han vivido o de vivir algo semejante, siempre desde donde estás.

– ¿Es la lucidez el último de nuestros tesoros?

– Es uno de los grandes tesoros a los cuales tiene cierta accesibilidad el hombre, siempre dependiendo de su intencionalidad, pero, en mi opinión, no es el único y, por consiguiente, tampoco el último. Existen otras cualidades que, a mi juicio, merecen ser consideradas igualmente como preciados tesoros accesibles y que pueden, incluso, significar más que la lucidez. Por ejemplo, para mí la intuición sería uno de esos escasos bienes que cabría conservar en el tiempo con el mayor de los afectos.

– ¿Qué le dirías a tu yo niño, ese que sigue intocado en la niñez de los recuerdos?

– Le diría a ese niño: has tenido una vida, no de escaparate, pero sí una vida que has amado porque te ha enseñado muchas cosas y, especialmente, a valorar la conciencia y a ver la emoción que está desprendida de todo, que camina como tú y que, a veces, tropieza contigo y os proporciona el momento más intenso del día. También le diría: estate atento a todo y muere con la certidumbre de que la vida no la has malgastado, porque la amas y lo que se ama no puede malgastarse.

Esta entrevista fue publicada en Quimera 449, mayo de 2021.