Entrevista a Martin Simonson

«Los hobbits son un reflejo del lector moderno, que vive en una tierra fronteriza entre el pasado y la incertidumbre de un futuro dominado por la potencial extinción de todo lo que conocemos y amamos»

Por Alicia García Herrera
(Fotografías de © Gabriela Simonson)

Martin Simonson (1973) es doctor en Filología Inglesa por la UPV/EHU, con una tesis sobre Tolkien. Desde 2006 hasta la fecha ejerce como profesor en la UPV/EHU, y dedica su investigación a la literatura fantástica y de terror británica y norteamericana de los siglos XIX, XX y XXI. Es autor de dos libros de ensayo y coautor de otros tres sobre literatura fantástica. También ha publicado cinco novelas y varios relatos breves, y es traductor/cotraductor al castellano de una treintena de obras, que abarcan los géneros de novela, ensayo, teatro y novela gráfica, publicadas originalmente en inglés, sueco y noruego, entre ellas varias obras póstumas de J. R. R. Tolkien.

– De acuerdo con su biografía, usted estudió Psicología, Antropología Social y Escritura Creativa en la Universidad de göteborg y Fridhems. Tiene, por tanto, un amplio bagaje sobre disciplinas que tienen mucho que ver con el conocimiento de la naturaleza humana. ¿qué le llevó a despegar los pies del suelo y a interesarse por la fantasía épica, y por Tolkien en particular?

– En mi caso, primero fue Tolkien y luego la fantasía, por ese orden. Y creo que habría que separar las dos cosas, porque lo que hace Tolkien es algo más bien sui generis; el hecho de que luego se le llame fantasía épica obedece más a intereses editoriales que a las intenciones del propio autor. Su voluntad era crear una mitología para Inglaterra, escribir un largo y emocionante relato sobre la muerte y la inmortalidad, o plasmar sus ideas sobre la estética lingüística. Lo que me interesa de la literatura fantástica —y me refiero ahora a la buena literatura fantástica— es su capacidad de arrojar una nueva luz sobre nuestro propio mundo, distinta de la que nos llega a través de obras de índole realista. Las mejores expresiones literarias del género combinan el elemento de lo radicalmente ajeno y diferente con los ingredientes básicos del mundo real, y nos invitan a conocerlo desde una perspectiva que exige un esfuerzo imaginativo cualitativamente diferente, más intenso y sostenido. Además, mi vida cotidiana ya está dominada por un realismo muy flagrante. Si me limitase a interpretar el mundo únicamente a partir de criterios realistas también en el ámbito del arte y la literatura, sería una persona mucho más pobre.

Desde su doctorado hasta la fecha Tolkien ha ocupado un lugar central en su trabajo como traductor e investigador académico. De hecho, ha coordinado y pronunciado varias conferencias internacionales que tienen al profesor como eje. ¿qué deberíamos destacar del legado literario del profesor Tolkien? ¿Y de su legado académico?

La obra de Tolkien es un eje alrededor del cual gira toda la literatura fantástica épica (o heroica), pero también es muy original en la medida en que propone una alternativa coherente al alto modernismo literario británico, donde las tradiciones heroicas del pasado chocan de manera irónica con una modernidad más sórdida y banal, como en la obra de Joyce y Eliot, por poner dos ejemplos famosos. Gracias a la invención de un mundo secundario consistente y evocador, Tolkien rescata las tradiciones antiguas de nuestro propio mundo, haciendo accesibles géneros como la literatura épica tradicional y el romance medieval para un lector moderno. Como académico, Tolkien fue uno de los practicantes más sobresalientes de la filología comparada, una disciplina fundamentada en la famosa «Ley de Grimm». Sin embargo, la filología comparada ya no goza de tan buena prensa en el mundo de la lingüística, que se centra más en los postulados y derivaciones de la gramática generativa de Chomsky, por lo que las aportaciones de Tolkien en este campo han quedado obsoletas. Al mismo tiempo, Tolkien reunía unos vastos conocimientos etimológicos de la lengua inglesa, me atrevería a decir únicos en el mundo, que aplicó a sus análisis literarios, y gracias a ello su ensayo sobre Beowulf supuso un antes y un después en la apreciación de este importante poema medieval. Se siguen editando, además, sus traducciones y ediciones de obras medievales como Sir Gawain y el Caballero Verde y Sir Orfeo. Esta manera mixta de afrontar el análisis literario ha sido adoptada, de manera muy provechosa, por varios estudiosos de primer nivel de la obra del propio Tolkien, como Tom Shippey, Verlyn Flieger y Carl Hostetter.

Tolkien inventaba lenguas, algo realmente dificultoso y en lo que invirtió buena parte de su tiempo libre. Apelando a su juicio como experto en la materia, ¿qué puede extraerse a efectos culturales del legado lingüístico del profesor?

– Los estudios sobre las lenguas inventadas de Tolkien revelan mucho sobre sus inspiraciones; incluso podríamos decir que actuaban como su particular «gramática generativa». Para Tolkien, las palabras inventadas generaban historias y personajes, que precisaban de un mundo en que desarrollarse, y así surge todo el legendarium. En su opinión, la literatura y la lengua en la que está escrita están inextricablemente unidas, y su propia obra demuestra que una cosa depende de la otra en una relación recíproca. Los efectos han sido importantes a nivel cultural; junto con Chaucer, Shakespeare y Carroll, es uno de los escritores que más palabras nuevas han acuñado. Hoy en día, podemos comparar una zona industrial desalmada con Mordor, o una persona indeseable con un orco, y cualquiera capta la referencia, sin necesidad de haber leído los libros. El sentido del nombre Tierra Media, que era el mundo de los hombres en la mitología nórdica, ha quedado actualizado para la modernidad, y hoy en día viene a representar un lugar que abarca y sintetiza un vasto legado cultural europeo desde la Antigüedad Clásica en Gondor hasta la época eduardiana inglesa en la Comarca de los hobbits.

Al principio de su carrera como investigador se ocupó de la literatura del Oeste norteamericano, lo que ha dado lugar a varios trabajos académicos sobre la materia. ¿Hay algún punto de conexión a su juicio entre Jack London, por ejemplo, y Tolkien?

– Tolkien partía de una tradición eminentemente europea, pero su talante literario se inclina a menudo hacia temas épicos y míticos, y la acción se sitúa con frecuencia en un entorno natural hostil, de vastas distancias y poderosos elementos de un carácter casi sublime, con los que los protagonistas deben lidiar si pretenden llevar a buen puerto sus cometidos. En mi último libro, escrito junto con el Dr. Jon Alkorta (From East to West: The Portrayal of Nature in British Fantasy and Its Projection in Ursula K. Le Guin’s Western American Earthsea), exploramos el tránsito desde una larga y fecunda tradición de literatura europea fantástica hacia un nuevo tipo de literatura fantástica desarrollada en Estados Unidos. Una de las cosas que hemos visto es que la literatura fantástica épica o heroica se presta muy bien a los relatos fundacionales de Estados Unidos, que tienen mucho que ver con mitos como el de la Tierra Prometida y su articulación a través del mito de la Frontera; temas sempiternos en el género del wéstern. Tolkien, por su parte, se declaró fascinado por el mundo de los «pieles rojas» y admiraba la obra de Longfellow. Naturalmente, estos mitos del Nuevo Mundo se aprecian en la obra de Jack London, pero si hablamos de la influencia de Tolkien sobre la literatura fantástica del Oeste norteamericano más concretamente, vemos un ejemplo claro en la obra de Ursula K. LeGuin, quien creció y se desarrolló como escritora en el oeste norteamericano, y cuyo mundo de Terramar bebe tanto de Tolkien como de los mitos y paisajes de su lugar de origen.

Es usted especialista también en poesía romántica del XIX. Tolkien empezó sus incursiones literarias en el género de la poesía y de hecho se estima que compuso unos ciento tres poemas. ¿Es Tolkien más poeta que novelista? ¿Podría ser considerado en realidad El Señor de los Anillos como un poema en prosa, al estilo de los poemas épicos clásicos?

– La relación de Tolkien con la poesía es muy larga y rica. De hecho, sus primeras obras literarias eran poéticas y, en su grupo de amigos de Birmingham, él y G. B. Smith eran considerados los poetas. Tolkien tenía excelentes conocimientos de la métrica, que empleó después en largas obras en verso, como las póstumamente publicadas La balada de Leithian, La caída de Arturo y La leyenda de Sigurd y Gudrún. Esta influencia se percibe de manera insistente también en su prosa. Creo que Tolkien descubrió la verdadera potencialidad de la relación entre la prosa y la poesía en 1917, y cuando leyó por primera vez el Kalevala, una recopilación de los mitos fundacionales de Finlandia realizada por el filólogo y lexicólogo Elias Lönnrot. Impresionado por el poder evocador de estos relatos, reescribió a su manera una de las leyendas de la obra finesa (publicada posteriormente como La historia de Kullervo). El método de intercalar prosa y poesía, de dejar que la prosa se contagie de métrica y recursos poéticos, y conferir un poder añadido a la poesía gracias a un vasto trasfondo narrativo en prosa, se percibe claramente en El Señor de los Anillos. De hecho, pienso que es una de las claves de su éxito.

Dirige usted la colección de literatura fantástica legendaria, de la editorial Sapere Aude, lo que le permite estar en conexión con las corrientes actuales. ¿Cómo ha influido el profesor en la narrativa actual del género?

– Fundamentalmente de dos maneras. Por un lado, sobre todo El Señor de los Anillos inspira en muchos lectores un deseo de escribir algo parecido. Ese impulso es algo que Tolkien habría aprobado, creo, porque toda su obra está concebida para estimular la imaginación de los lectores y evocar otras historias (en parte por todas las cosas que deja en la penumbra). Hay mucha literatura derivativa, que se limita a explotar la «fórmula» ideada por Tolkien, con sus mapas, sus lenguas inventadas y el desarrollo exhaustivo de un mundo secundario como un fin literario en sí mismo. Otra corriente es constituida por aquellos que tratan de huir de Tolkien a toda costa y proponer algo radicalmente diferente, explorando asuntos que están más o menos «de moda», como la identidad sexual y étnica, el cambio climático, etc., en un entorno fantástico. Todo ello se puede hacer con más o menos éxito, naturalmente. La mencionada Le Guin y Terry Pratchett son dos ejemplos de estas dos tendencias, respectivamente. Y sin embargo, el caso de Pratchett —salvando las distancias— es un poco como la relación existente entre Cervantes y el romance medieval; para poder reírse de una tradición, salirse de sus parámetros operativos, hay que conocerla muy a fondo (y Pratchett conocía muy bien a Tolkien). Por tanto, en ambas corrientes, Tolkien ha ejercido una poderosa influencia.

Desde su experiencia como estudioso y experto en la obra de Tolkien, ¿ocupa el profesor el lugar literario y académico que realmente merece? ¿Por qué?

– Tolkien se sentía cómodo fuera del «mainstream». Por diversos motivos (personalmente, no me extraña), no le gustaba el rumbo que el mundo había tomado en la primera mitad del siglo XX, y los postulados de la crítica literaria dominante de la época, dominada por la escuela de «New Criticism», de F. R. Leavis y otros, le resultaban irrelevantes, efímeros y banales. Sin embargo, la apreciación por la literatura fantástica en el ámbito académico ha comenzado a cambiar, y en cada vez más departamentos de Filología Inglesa, tanto en España como en Europa y en Estados Unidos, se escriben tesis doctorales sobre la obra de Tolkien (incluso en Inglaterra, donde, paradójicamente quizá, ha habido más resistencia a aceptar a Tolkien como materia legítima de estudio). Pero Tolkien siempre fue un «outsider» y personalmente me daría pena que se le entronizase como un ejemplo del «mainstream», cuando durante gran parte de su vida fue objeto de risas y de ridículo por parte del establishment. Por otro lado, como siempre sucede con todos los iconos culturales, muchos se identifican con la obra Tolkien y se apropian de ella, por ser una referencia popular conocida. La explicación a ello, pienso, tiene que ver con su condición de ser un clásico moderno. Tolkien se convirtió en un fenómeno mundial de manera espontánea y natural. Escribió lo que tuvo que escribir, como un reflejo de su idiosincrasia particular, sin tener apenas en cuenta las opiniones de nadie. El lugar que ahora ocupa en el canon y en las estanterías de las librerías, físicas o virtuales, se debe en gran medida a las cualidades intrínsecas de su obra. Por tanto, para mí, es un lugar merecido.

Martin Simonson es traductor oficial de Harper Collins en España. De hecho, entre 2016 y 2020 tradujo Beowulf: traducción y comentarios, La historia de Kullervo, Beren y Lúthien, La caída de gondolin, Cartas de Papá Noel y La naturaleza de la Tierra Media, obras del autor publicadas póstumamente. ¿Qué aspectos de su trabajo como traductor le resultan más satisfactorios en la aproximación a la obra del profesor?

– A Tolkien no le preocupaba, en primer lugar, que las frases sonasen «naturales» para un lector contemporáneo (digamos que de mediados del siglo XX), sino que encontrasen un lugar natural dentro del propio contexto de la obra, su legendarium. Dicho de otro modo: es importante que un traductor que se enfrente a la tarea de traducir una obra de Tolkien conozca el resto de sus obras muy a fondo. Existen conexiones importantes que no se pueden obviar; una multitud de hilos conductores que se entrelazan a lo largo del legendarium, desde los primeros atisbos de Arda que estaban presentes en los textos redactados en 1916-17 hasta El herrero de Wootton Major, el último relato completo de Tolkien, publicado en 1967. Por poner un ejemplo, uno de estos hilos conductores es la preponderancia de los árboles y su papel dentro del conjunto de la obra de Tolkien. Por lo tanto, si encontramos una descripción sostenida de un árbol en una obra determinada, podemos estar bastante seguros de que tendrá vínculos temáticos, simbólicos, históricos y estéticos con los árboles que le precedieron en el contexto intrahistórico, y para traducirlo adecuadamente quizá tengamos que remontarnos a la época de los Dos Árboles de Valinor, presentes en los textos de El Silmarillion y los Libros de los cuentos perdidos, con el fin de entender las intenciones que Tolkien podía haber tenido con este nuevo ejemplo. Como estudioso de la vida y obra de Tolkien que soy, esto me resulta muy gratificante como traductor también. Hace poco, Regis Roinsard dirigió una película de suspense que llevaba por título Los traductores. Sin llegar a los extremos del filme, se admite que descansa en las manos del traductor la responsabilidad y autonomía de un trabajo que permite conocer el legado de autores pertenecientes a otras culturas.

¿Cómo afronta esa responsabilidad? ¿Le preocupa?

– Como decía antes, la tarea de trasladar una obra de Tolkien a otra lengua resulta muy gratificante para alguien que, como yo, se dedica a estudiar y escribir sobre su literatura, pero también supone un reto de primer orden, dada la calidad lírica de sus textos y el particular tono arcaizante presente en muchas de sus obras. Así mismo es una gran responsabilidad, ya que el autor inglés cuenta con un buen número de lectores incondicionales, que mirarán con lupa cualquier nueva traducción que se realice, para ver si está a la altura de los trabajos previos. He traducido una treintena de libros de diversos géneros, así como diferentes tipos de novelas (novela negra, realista, fantástica e histórica). La obra de Tolkien es muy diferente del resto, en parte porque no se enmarca en un contexto literario concreto. Él inventa su propio género, que a su vez proporciona y facilita un diálogo entre varias tradiciones literarias del mundo real. Esto presupone que el traductor debe conocer y ser capaz de emular, hasta cierto punto, los registros presentes en dichos géneros. En otras palabras, hay que leer mucho, de todas las épocas, para hacer frente a la tarea de traducir a Tolkien.

Por otra parte, bien es sabido que una buena traducción de ficción nunca es literal. Siempre hay que preservar el fondo de la manera más exacta posible, pero no siempre es posible mantener la forma; hay metáforas, expresiones idiomáticas, dichos, juegos de palabras e incluso sonoridades que simplemente no funcionan en el entorno cultural y lingüístico de destino. En estos casos hay que ser creativo y buscar equivalencias lo más cercanas posible. Este equilibrio natural entre fondo y forma es el mayor reto del traductor; agravado, en el caso de Tolkien, por la presencia de palabras inventadas y arcaizantes. Me preocupa sobremanera encontrar ese equilibrio, sí.

En el año 2001 Peter Jackson estrenó la primera de las películas de la saga de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo, Las dos torres y El retorno del rey. ¿Cómo han afectado estas adaptaciones al conocimiento de la obra Tolkien, más allá de la tolkienmanía?

– Bastante gente acude ahora a Tolkien a través de las producciones audiovisuales. Los actores, la música, la puesta en escena, los propios paisajes neozelandeses e incluso el merchandising de Weta han sentado unas bases para una visión estética «canonizada» de la Tierra Media, ajena a las intenciones del propio Tolkien, de la que es difícil escaparse en cada nueva aproximación a su obra. Para Tolkien, el empeño romántico de «volver a encantar» el mundo depende en gran medida de cómo un texto literario, aquí situado en un mundo secundario, es capaz de reconfigurar nuestra percepción del mundo real y de los objetos incluso cotidianos dentro de él. Esto remite a su vez a un imperativo muy concreto de Tolkien: el de distanciarnos formalmente de nuestro entorno habitual para volver a acercarnos a él con ojos nuevos, y percibirlo como lo que es: un lugar potencialmente maravilloso, libre y salvaje, con un valor intrínseco independiente del uso que hagamos de él. Si nos lo sirven ya hecho y previamente configurado, ya no tomamos parte en el proceso de crearlo, que es lo que un lector hace con un texto literario, y resulta más difícil recuperar esa visión prístina. Una vez que nos apropiamos de las cosas mediante la costumbre, dice Tolkien, dejamos de apreciarlas; nos hemos acostumbrado a ellas y ya no vemos su dimensión maravillosa.

– La plataforma Amazon prepara en 2022 una nueva adaptación cinematográfica basada en El Señor de los Anillos centrada en la Segunda Edad, en una producción que pretende superar en importancia a las adaptaciones de Jackson. ¿Cómo contempla Martin Simonson este hecho?

– Hay elementos, movimientos argumentales, lugares y personajes tremendamente dramáticos de la Segunda Edad del mundo de Tolkien —si finalmente es el periodo en que se situará la acción, como todo parece indicar— que pueden generar interpretaciones muy sugerentes. Ahora bien, la tendencia, cada vez más agudizada, en la adaptación audiovisual de la «fantasía épica», es que los guiones pierdan relevancia respecto de la puesta en escena, los efectos especiales, etc. Eso me parece un enorme error de fondo, puesto que convierte la sutil sugestión de la obra literaria en un vulgar exhibicionismo. Por otra parte, las puertas de entrada a la Tierra Media fueron para mí el juego de El Hobbit para Spectrum 48, allá por el 1983, y el tebeo, a su vez basado en la adaptación de El Señor de los Anillos, de Ralph Bakshi. A mí estas adaptaciones, muy simplificadas, fueron capaces de conducirme a las profundidades de la Tierra Media de Tolkien, y si la nueva serie puede hacer esto para una nueva generación de espectadores y potenciales lectores, bienvenida sea. En cualquier caso, una adaptación puntual chapucera no hará daño a la obra de Tolkien; sus cimientos están muy bien labrados y son, por tanto, resistentes.

Hablemos de su actividad literaria, profesor Simonson. Ha publicado varias obras de ficción. Su última obra es Rayos de un sol quebrado (Sapere Aude, 2021) y tiene además una novela guardada en espera de editor. ¿Cómo afronta su carrera como escritor? ¿Influye sobre usted su labor como académico?

– Cuando era joven, mi principal ambición era vivir de escribir ficción; quise ser novelista antes que profesor o ensayista. Tengo varios amigos que viven de la literatura, pero quizá no de la manera romántica que visualizábamos cuando éramos estudiantes de escritura creativa, ya que, aparte de escribir ficción, ellos también deben impartir cursos de escritura, redactar artículos y reseñas y organizar conferencias para mantenerse a flote. En cuanto a mí, mantengo viva mi ambición de escribir novelas y trato de dedicarle tiempo a la escritura de ficción de manera regular. La ficción es para mí una manera de plasmar mis convicciones más profundas acerca del mundo que nos rodea. Estas han sido moldeadas por mi formación académica y mi docencia en parte, pero en lugar de explicarlas mediante un formato de ensayo, en la prosa artística uno siempre aspira a darles una forma concreta que no dependa de un conocimiento previo teórico. El texto literario debe sostenerse por sí solo, sin notas de pie ni bibliografía de profundización, y debe reflejar también la esencia del escritor, con su particular visión del mundo y de las cosas. Es lo que hace la literatura interesante, a mi juicio; que sea algo más que el reflejo de una idea general o una labor meramente artesana de armar estructuras narrativas y desarrollar personajes.

Uno de sus próximos proyectos es un ensayo sobre el mundo hobbit. A veces tengo la impresión de que estos han resultado eclipsados por la fascinación que ofrecen los caballeros y los elfos, a pesar de su papel crucial en la guerra del Anillo. ¿qué pueden enseñarnos los hobbits a las personas que vivimos en el siglo XXI?

– Muchas cosas. Eso sí, es demasiado simplista idealizar a los hobbits de Tolkien. Para mí son personajes muy problemáticos, porque son también los personajes más humanos de Tolkien. Tienen sus defectos y sus virtudes, como nos sucede en el mundo real; pueden ser envidiosos, provincianos e insufriblemente viscerales, pero también tremendamente heroicos, persistentes y tenaces. Los hobbits son un reflejo del lector moderno, que vive en una tierra fronteriza entre el pasado, cuyas sombras siguen acechando en diversas guisas, y la incertidumbre de un futuro dominado por la potencial extinción de todo lo que conocemos y amamos. Creo que nos conviene a todos asumir la consciencia de esta precaria existencia fronteriza que marca nuestra condición de mortales, pero sin caer en el derrotismo de un Denethor, ni perder la fe en las cosas sencillas de la vida. Eso es algo que los hobbits hacen muy bien.

Una última curiosidad. Aunque imparte clases en la ciudad de Vitoria, usted prefiere vivir en el campo, donde se ocupa de cuidar dos hermosos caballos, varios gatos y donde lleva a cabo labores de construcción. ¿Vivimos en una sociedad demasiado ruidosa, apresurada, desconectados de lo natural? ¿Resulta necesario huir del mundanal ruido para crear?

– Para mí es vital escaparme regularmente de las estructuras de la ciudad. La misma arquitectura urbana determina por dónde y cómo debemos transitar, y termina por imponer unas restricciones muy tangibles sobre nuestra libertad expresiva, física y mental. Yo crecí en un entorno donde el mundo natural era una parte importante de mi vida, y mi inspiración literaria y vital todavía está muy vinculada a él. Supongo que soy un romántico, en el sentido cultural de esa palabra. Al mismo tiempo, el campo tiene una dimensión inhóspita y áspera. La soledad y los grandes silencios, las riñas territoriales de vecinos, las interminables tareas de mantenimiento… Una visión idealizada del campo puede conducir a la desilusión y el hastío. En muchos sectores se ha convertido en otro producto de consumo más: un fin de semana de «turismo rural», música folk o un grupo en Facebook dedicado a promover la nostalgia rural. Personalmente, el campo y la naturaleza me proporcionan una experiencia concreta y tangible del mundo, que sirve para resaltar las cualidades de la ciudad y la civilización, más abstractas y artificiales, pero no menos sugerentes. El deseo de ambas cosas nos configura como seres humanos, y cualquier intento de obviar este hecho sería para mí un escapismo yermo.


Esta entrevista fue publicada en Quimera 457, enero de 2022.