JON BILBAO: «Podemos hacer daño a los que nos rodean si nos da por pensar que son ellos los que nos impiden la materialización de unos sueños descabellados»

Jon Bilbao (Ribadesella, 1972) es ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa. Tras su larga y exitosa carrera en Salto de Página (Premio Ojo Crítico de Narrativa y Tigre Juan), ha publicado sus últimos tres libros en Impedimenta: el libro de cuentos Estrómboli (2017), tres novelas cortas en El silencio y los crujidos (2018) y ahora nos sorprende con ocho relatos de final cerrado que se entretejen como una maraña de sueños, en un híbrido entre la colección de relatos y la novela. El título, Basilisco, y el género no puede ser más arriesgado: un wéstern con conexiones entre el pasado y el presente, la realidad y la ficción. Actualmente trabaja como traductor. Hablamos con él de su último libro.

– Olga Merino acaba de sacar su libro La forastera, otro wéstern. Hace unos años, Jesús Carrasco también transitó con su Intemperie el wéstern ibérico. ¿Cree que es una feliz coincidencia esta apuesta por el género? ¿O wéstern, vampiros y romanos son temas recurrentes y cíclicos? Cuando pensamos en wéstern, pensamos en las novelas cortas que se vendían en los kioscos, en Estefanía y demás nombres de autores españoles americanizados. ¿Ha pensado en estos libros para obra? ¿Se puede hacer alta literatura con un wéstern?

– El wéstern siempre ha estado ahí desde su nacimiento, tanto en el cine como en la literatura. Que en los últimos meses hayan coincidido en las mesas de novedades varios títulos enmarcables en ese género no es nada más que eso: una coincidencia.
Se puede hacer alta literatura con el wéstern y se ha hecho numerosas veces. Lo que pasa es que por estos lares durante décadas sólo se ha podido leer poco más que a Zane Grey y las novelas de kiosco que mencionas. Por suerte, últimamente se traduce más wéstern de calidad, actual y clásico, y nos vamos poniendo al día. No hay que olvidar que clásicos del cine como Centauros del desierto, Fort Apache, Un hombre llamado caballo y muchos otros son adaptaciones de obras literarias que a menudo superaban en calidad a esas obras incontestables del séptimo arte.

– El wéstern es como el cine negro… ¿Se puede contar cualquier historia siguiendo sus códigos? ¿Por qué ahora un wéstern?

 – No sé si se puede adaptar cualquier historia al wéstern, supongo que sí; otra cuestión es que resulte adecuado. De lo que sí estoy seguro es de que, pese a que el wéstern es un género con un código narrativo muy arraigado, sus costuras se pueden forzar para amoldarlo a discursos modernos, alejados del clasicismo y más personales.
¿Por qué un wéstern? Porque era lo apropiado para la idea que me rondaba la cabeza. En Basilisco hay relatos realistas, ambientados en la actualidad, y otros del género del Oeste. Las entrevistas y las reseñas se centran más en estos últimos porque son más llamativos, pero el corazón del libro reside en los otros. Los relatos realistas son el sorbo de whisky; los de wéstern, el trago de cerveza que se toma después para ayudar a tragar el primero.

– El libro es muy visual, sobre todo en las escenas de acción. ¿Ha tenido que ver su trabajo de guionista o más sus referencias cinéfilas?

– Mis trabajos como guionista fueron escasos y ya han quedado muy lejanos. Si Basilisco es muy visual se debe a las referencias cinematográficas y —espero—a la imaginación.

– El personaje John Dunbar «Basilisco» se llama igual que el protagonista de Bailando con lobos. Aparte, la expedición paleontológica del libro recuerda a la conocida Guerra de los Huesos, la famosa rivalidad entre Edward Drinker Cope y Othniel Charles Marsh por encontrar cuantas más nuevas especies de dinosaurios, mejor —aunque ensamblaran esqueletos de animales que no se correspondían—, y tiene reverberaciones de la violencia al más puro estilo de Sam Peckinpah. ¿En qué referencias reales y ficcionales del wéstern se ha basado para escribir el libro?

– La coincidencia con el nombre del protagonista de Bailando con lobos es casual; en cuanto al relato sobre la expedición Drummond a Utah, sí es cierto que se basa en los trabajos de Cope y Marsh, que ya habían inspirado alguna otra obra de ficción. Al margen de eso, para escribir Basilisco he recurrido tanto a la documentación histórica como a los recuerdos y sensaciones de alguien que es aficionado al wéstern desde la infancia. Una de las dificultades, a mi entender, de escribir narrativa del Oeste es que, te guste o no, vas a ser intertextual: tu referencia no va a ser tanto la realidad como una infinidad de narraciones previas. Es así porque los lectores tienen muy claro lo que pueden esperar de un wéstern. Lo malo es que eso que se esperan —situaciones, paisajes, personajes…— no se dio en la realidad, o lo hizo de forma esporádica y sin ninguna épica. Así que si se escribe género wéstern nutriéndose tan sólo de fuentes históricas se puede desconcertar demasiado al lector, o parecer rebuscado y extravagante. Por eso me apoyé tanto en la historia como en las ficciones.

– El personaje autoficcional del ingeniero de mediana edad en crisis existencial que viaja a Estados Unidos en busca del sentido de la vida se repite en este libro. Incluso cava una especie de túnel en una cueva. ¿Es este un alter ego de Jon Bilbao o un espejo del personaje Dunbar? ¿Seguirá apareciendo en sus siguientes obras? ¿Acabará por ponerle nombre?

– Ese personaje ha aparecido en varios relatos previos, publicados en otras colecciones. Me siento cómodo hablando a través de él y, con los años, le he ido prestando rasgos biográficos, así que se ha convertido —o está en proceso de convertirse— en un trasunto de mí. No obstante, Basilisco no es un libro autobiográfico. Y sí, ese personaje reaparecerá y tendrá nombre.

– Aparecen los miedos personales, como el temor de la espada de Damocles sobre la hija propia o la soledad dentro de la pareja… ¿De qué ha querido hablar en su obra?

– Se podría decir que es un libro sobre los miedos que surgen en la mediana edad y las fantasías generadas por tales miedos, unas fantasías en las que te ves como te gustaría ser. No creo que haya nada malo en ello, siempre que uno no se lleve a engaño creyendo posibles unas fantasías que en realidad son irrealizables. Pensar así sólo conduce a la frustración. Además, podemos hacer daño a los que nos rodean si nos da por pensar que son ellos los que nos impiden la materialización de unos sueños descabellados.

– El libro establece un juego para confundir ficción y realidad, impregnándose ambas de la otra en algún momento de la obra. ¿Literatura y vida son lo mismo?

– Por supuesto que no. La literatura se nutre de la vida y puede ayudarnos a comprenderla un poco y a sobrellevarla, pero confundirlas puede ser muy perjudicial.

– La estructura del libro son ocho relatos independientes de final cerrado que entrelaza ficción y realidad, pasado y presente, y sin embargo la lectura fluye como si la estructura no fuera tan rígida; se nota que lo ha pasado bien escribiéndolo. ¿Lo enfocó como una novela o como una compilación de relatos? Háblenos del proceso de creación de la obra.

– En estos momentos, por mis circunstancias familiares y profesionales no puedo plantearme la escritura de una novela: trabajar con regularidad a lo largo de varios años en una misma idea. Lo que sí puedo hacer es encontrar el tiempo y la energía para escribir relatos. Pero el formato breve se me quedaba escaso para la idea que tenía en mente, así que recurrí a algo intermedio: relatos autoconclusivos pero relacionados entre sí, lo que me permitía un mayor desarrollo de los personajes y de la trama.

Esta entrevista fue publicada en Quimera 445, enero de 2021.