Lidia Caro: «Encuentro poesía, venganza poética más bien, en el desplazamiento de sufrir un trauma, superarlo y poder experimentar placer»

Por BEL CARRASCO
© Fotografías cedidas por la entrevistada

La primera persona del singular ha experimentado un gran auge en los últimos años. Ginés S. Cutillas analiza este fenómeno en un reciente artículo (Quimera, 458), llegando a la siguiente conclusión: «Lo que une a los viejos chamanes y a los nuevos narradores es el uso de una poderosa primera persona para estructurar sus historias, confundiendo de forma premeditada la voz del narrador con la del autor, para que el lector se debata en la frágil frontera entre el relato inventado y la exposición sin tapujos de las intimidades del escritor».

Estar inmersos en una cultura narcisista de puro exhibicionismo, donde la frontera que separa lo privado de lo público es cada vez más fina y transparente, induce a los narradores jóvenes a exponer su mundo íntimo. «¿Qué fin busca el autor al airear sus miserias?», se pregunta Cutillas: «Sin duda, un proceso de sanación». Por otra parte, aunque en ciertos aspectos los escritores millennials maduran más despacio que los de anteriores generaciones, tienen acceso a un número muy superior de experiencias vitales que les da acceso a una sustanciosa materia prima: tienen mucho que contar. Viajes y estancias en el extranjero, relaciones sexuales, conflictos familiares y laborales, etcétera, amén del inmenso caudal de información que ofrece internet. Si existe talento y voluntad, especialmente voluntad, las historias cristalizan casi por sí solas.

Muestra de este tipo de literatura del yo es la primera novela de la periodista valenciana Lidia Caro, Los años que no (Editorial Barrett). Un título raro y una portada rara, obra del fotoperiodista Kike Taberner tomada en el Bar Pegaso de Valencia. Un relato en tres partes que arranca con una escena de violación, la que la autora sufrió en el zaguán de su domicilio. «Respiraba muy fuerte, respiraba por todo lo que no estaba respirando yo. El oxígeno me abandonaba. Sus manos se cerraron sobre mi cuello y la escalera crujió. Yo callé».

Los años que no «fueron una amalgama indeterminada y ocre viscosa», confiesa Caro, que describe su largo proceso de curación sin rastro de victimismo con un lenguaje afilado y poético. «A los pocos hombres nuevos que conozco me da miedo contarles lo que hacen otros hombres. Por si les asusto. O por si se les pega». Un relato que incluye una llamada de atención contra la actual redacción del Título VIII del Código Penal, el relativo a los delitos contra la libertad e indemnidad sexuales. «En este libro solo es ficción lo que es verosímil», afirma la joven autora.

La primera parte de la novela se sitúa en un resort de California, un lugar donde el exceso de sonrisas es un mal endémico: «Sonríen al presente con sus dientes de ejército norcoreano, perfectamente alineados». Después, el regreso a España, la depresión y una relación lésbica sanadora que da paso a la remontada, a los años que sí, «los años en los que vuelve todo y el río toma su cauce. Cambiando finalmente ese «¿Por qué a mí?» para pasar al triste y realista «¿Y por qué no?».

Empezaste a escribir ficción en el confinamiento como tantos otros para mitigar el tedio, pero, a diferencia de muchos, has perseverado. ¿Por qué ese empeño?

– Equiparo el hábito de escribir al que se crea al practicar deporte. Es un acto circular: comienza costando, causa cierta pereza y sensación de torpeza, pero la curva de aprendizaje es rápida, se ven los progresos y eso causa algo así como euforia. Después, termina siendo directamente una necesidad. Como quien está habituado a entrenar y si un día no se ejercita, siente que los músculos se le atrofian. Si no escribo, tengo cierto malestar, una incomodidad por dejar las historias y los personajes abandonados. Además de que la abstracción que me produce escribir me sirve para tomar distancia con la realidad y, aunque parezca un poco tonto, jugar. Aquí entra la idea de poiesis griega, que abarca todo proceso creativo, toda forma de conocimiento, incluso el juego, porque la poiesis es, según Platón, «la causa que convierte cualquier cosa que consideremos de no-ser a ser». Siglos después, Johan Huizinga diría que «todo es juego» en contraposición a «todo es vanidad».

¿Cómo surgió este título que parece una frase interrumpida?

– No tengo un recuerdo nítido de cómo fue el proceso para llegar a él. Tiro mucho de conceptos temporales cuando escribo. Hice un par de combinaciones entre  palabras que expresaran negatividad y unidades de tiempo y de golpe, fue un fogonazo. Tenía claro que ese era el título. Me gusta bastante titular y sin tener un título, ya sea provisional o definitivo, me cuesta escribir. Creo que es por deformación profesional. O por subir muchas imágenes a Instagram con pie de foto.

Como Aixa de la Cruz eres partidaria de una escritura «líquida» que fluye sin separación entre géneros, entre lo autobiográfico y lo imaginario, entre el lenguaje periodístico y el literario. ¿Se podría decir que los autores y autoras en esta línea, en vez de dedicar la vida a la literatura, hacéis literatura de vuestra vida?

– Igual son ambas cosas. Annie Ernaux, en Perderse, cuando escribe su diario que posteriormente convierte en novela, reflexiona sobre que no sabe si se está enfrentando a una situación como escritora o como mujer enamorada de un hombre misterioso. Las percepciones y situaciones de la vida real son necesarias para poder crear ficción. Al menos a mi parecer, es muy complicado transmitir con veracidad los sentimientos más básicos, los momentos vitales más universales, si no se han experimentado.

Una agresión sexual, una escapada americana, una depresión, una relación lésbica… ¿Hay que ser muy tímida o muy desfachatada para contar en primera persona todo lo que cuentas en tu novela?

– Creo que, en mi caso, lo que he sido es coherente respecto a la posición de la narradora a la hora de transmitir los temas que se tratan en Los años que no. Contarlo en tercera persona me parecía traicionar a los datos verídicos que hay en la novela, querer huir y no ser capaz de verbalizar el dolor. Y esto, lo de poder compartir públicamente todo lo que nos quema, ya sean las violencias que sufrimos las mujeres, el mal universal que es una depresión u otras desgracias unipersonales, está intrínsecamente ligado a la literatura. Aunque la literatura no ha de tener necesariamente una finalidad productiva —arriba la utilidad de lo inútil que diría Nuccio Ordine—, sí que puede contribuir a no hacer que nos sintamos tan solos en nuestros acontecimientos.

¿Has puesto algún tipo de filtro entre la realidad y el relato?

– Creo que no hay más filtro que las tergiversaciones que crea nuestra memoria. Cuando escribía la novela no me paraba a pensar sobre cuán dura o verosímil era una escena, sino si la narración pedía ese escenario. Muchas veces ni eso: escribía y las palabras, como miles de lentejitas germinadas, se unían y parecían un timorato manto vegetal.

– ¿Escribir este libro te ayudó a recuperarte o fue más bien fruto de tu recuperación?

– Si no hubiera estado «bien» no podría haber puesto la experiencia de una violación al servicio de la escritura. Al mismo tiempo, poder escribir sobre una situación traumática ayuda enormemente a distanciarse de la misma y aceptarla con perspectiva.

En tu historia se cuela un personaje muy especial, Luisa, agente del Servicio de Atención a la Mujer. ¿Con ella expresas una especie de gratitud a quienes te apoyaron en el trance?

– No. Más bien fue un ejercicio de contar la historia desde otro ángulo. Hay diversidad de opiniones sobre la eficacia de dedicarle un par de capítulos a este personaje. La gratitud es más bien para las distintas agentes de la policía que contestaron a mis preguntas mientras creaba el personaje. O, mejor dicho, el agradecimiento es para toda la gente de la Administración y los cuerpos de seguridad que son un grandísimo y ayudan a muchísimas mujeres.

– La sexualidad en muy distintas facetas, desde el escarnio a la liberación, planea sobre la historia sin que en ningún momento resulte escabrosa. ¿Fue muy difícil expresar algo tan intenso e íntimo con delicadeza poética?

– La sexualidad se puede narrar de muchas formas y, en este caso, la historia demandaba que fuera abordada desde la belleza que supone transicionar de vivir una agresión sexual a vivir la sexualidad con libertad. Además de en lo bello que hay en el sexo en sí, como una extraña pausa lejos del ruido perpetuo de la existencia, encuentro poesía —venganza poética, más bien— en el desplazamiento de experimentar un trauma, superarlo y poder experimentar placer.

– Tampoco se detecta ni rastro de victimismo. ¿Crees que ello se debe atribuir a tu carácter o a que disfrutas de unas buenas condiciones sociales y culturales… o a ambas cosas?

– Es posible que la ausencia de victimismo haya sido a través de una observación constante de situaciones que, por desgracia, son muy frecuentes. ¿Nos hacen nuestras condiciones sociales ser estoicos? ¿Es la cultura la que nos permite acceder a estas historias a través de sus productos y comprender que shit happens, que no somos portadores exclusivos de las consecuencias de la maldad humana? Sobre lo último digo que ayuda, y mucho, a tener perspectiva.

– La novela quiere ser una llamada de atención sobre el Título VIII del Código Penal dedicado a los delitos contra la libertad e indemnidad sexuales. ¿Cómo piensas que debería modificarse?

– Aunque he estudiado unos años de Derecho —uso el Código de Leyes Procesales de 2016 para levantar el monitor del ordenador— y tengo ciertas competencias a la hora de entender la redacción de la norma, no tengo la autoridad para dictar su reformulación. Sí que tengo deseos al respecto, que son tan ingenuos como esperar que la legislación no sea un algoritmo reduccionista que no preste atención a los distintos supuestos que pueden darse en aquello que legisla la norma, que es, oh sorpresa, las vidas humanas. Voy a formular una exageración, pero, si el derecho se limita a un conjunto de operaciones completamente estandarizadas, ¿qué diferencia un juzgado humano de uno compuesto por una inteligencia artificial?

– Concibes periodismo y literatura como ramas del mismo árbol. ¿Cómo saltas de una a otra en tu vida diaria?

– Creo que en ambas la observación constante y la identificación de patrones son cruciales, sin dejar que esas ideas recurrentes se conviertan en manidas y absolutas.

– Bárbara Blasco y Kike Parra son tus mentores literarios y a ellos, entre otras personas, dedicas la novela. ¿qué es lo que más tienes que agradecerles?

– Va a sonar a frase de azucarillo, pero lo que más tengo que agradecerles es que existan. Son un par de bípedos escritores y humanos maravillosos. Aparte de lo que me han enseñado en cuanto a técnica y de haberse tragado las correcciones y los correspondientes nervios asociados a un proceso creativo, son hogar. Son una casa caldeada en la que se habla de libros, de miedos en torno a la escritura y del amor por esto, que es un oficio, aunque desde la óptica turbocapitalista y otros neologismos afines, escribir es una producción de poca monta para llenar las estanterías de Amazon.

¿Te has propuesto una meta como escritora o vas paso a paso?

– Sobre la marcha. Una locución que se ajusta a cientos de parámetros del día a día. Si las relaciones humanas son líquidas, las creativo-laborales son directamente hidrógeno, el más ligero de todos los gases. Y el tiempo, que se evapora y por el que pugnan tantos y tantos aspectos de la vida que damos respecto a los cuales tenemos una indefensión aprendida, véase el trabajo o la vida digital.

Hacemos esta entrevista en vísperas del Día Internacional de la Mujer Trabajadora. ¿Algún deseo o mensaje que transmitir?

– Mi mensaje sería que intentemos verbalizar las situaciones de machismo que sufrimos, las desigualdades que observamos y la necesidad de cambio.

¿Todavía ves asignaturas pendientes respecto a la igualdad?

– A la noción del espejismo de igualdad —noción que tiene sus años— me remito. Da la impresión de que hemos avanzado mucho porque en los círculos en los que nos movemos y en los productos culturales que consumimos se percibe un panorama de igualdad, pero queda muchísimo por hacer y por deshacer. Además de las dinámicas que se perpetúan, aparecen nuevas desigualdades y eclosionan las ideas neorrancias. Haciendo referencia a los existencialistas, la búsqueda de la autenticidad (en este caso, igualdad) ha de ser una constante.