Entrevista a MARIA FERNANDA AMPUERO

«Escribo desde la adolescencia porque para mí es el lugar del daño, donde se pierde toda la ternura»

Por Eva Díaz Riobello

Tras la gran acogida de su primer libro de cuentos, “Pelea de gallos”, la escritora ecuatoriana Maria Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) regresa al relato con “Sacrificios humanos” (Páginas de Espuma, 2021) una colección de historias que nos devuelven a su universo terrorífico y descarnado, donde en esta ocasión la autora nos obliga a mirar de frente algunos de los grandes males de nuestra sociedad: la desigualdad, el drama de la inmigración o la violencia de género.

Escribiste este libro durante el confinamiento, sin embargo, la pandemia de coronavirus no aparece en tus historias.

Yo nunca jamás me sentí con la disposición de sentarme a escribir sobre la pandemia, aunque se podría pensar que sí, porque yo soy de Guayaquil y las imágenes de los estragos que causó aquí el Covid-19 se convirtieron en el símbolo de la desgracia global y de la pobreza. Podría haberlo hecho, era un detonante para escribir historias terroríficas de zombis o de ladrones de cadáveres, pero nunca fue mi intención hablar de la pandemia. Lo que sí hice fue usar mis sensaciones en torno a ella para crear la atmósfera de mis historias, la sensación reinante de algo definitivo, de sinsentido, o de que nada está garantizado. Creo que un poco de eso sí que hay en el libro: un sentimiento de desolación, de daño, de lo difícil que es estar vivo a veces, una especie de terror existencialista, porque lo escribí en pleno confinamiento.

Sin embargo, ante ese horror que nos rodea, tu coges otros horrores que ya existían antes y nos los pones ante los ojos como diciendo: “Esto ya estaba aquí y es lo que está haciendo que la pandemia sea tan horrible”.

Hay varios cuentos sobre desigualdad, incluso ambientados en Guayaquil, que explican en cierta forma cómo esa progresiva desigualdad social y humana que se ve, por ejemplo, en “Invasiones”, implica confinar a la gente a un estado como de apartheid que te impide el acceso a un montón de cosas básicas, como por ejemplo que venga una ambulancia a buscarte. Aunque yo no me lo había planteado así, la verdad, había unos temas de los que quería hablar, de los que siempre quiero hablar, no fue una elección muy consciente. Yo tenía mis propias sensaciones terribles, igual que cuando escribí “Pelea de gallos”. Entonces no había ninguna pandemia, pero en mi vida estaban pasando cosas realmente feroces, y lo que hago es usar eso, utilizar ese territorio mío que está en duelo y en conflicto para hablar de horrores que son casi tan antiguos como la Humanidad.

El primer relato de tu libro, “Biografía”, es un puñetazo en el estómago, donde a través de la figura de la protagonista atraes la mirada del lector hacia muchas realidades silenciadas: la precariedad de los inmigrantes sin papeles, la crueldad del sistema, la violencia de género, el maltrato contra los ancianos… No das tregua. ¿Hasta qué punto te ha marcado tu propia experiencia?

En primer lugar, fíjate que para hablar de la inmigración y de muchas cosas difíciles utilizamos eufemismos que, de tan repetidos, ya pierden su significado. Desde el primer mundo se hace mucho eso: quitarle significados profundos a la inmigración y a lo que significa ser inmigrante con ese tipo de expresiones. Por ejemplo, cuando se dice que las personas “emigran en busca de una vida mejor”. Ni siquiera. En realidad, tú emigras y sabes que tu vida va a ser peor, claramente peor, la gente no tiene ni idea de lo que implica no tener documentos de identidad. Te juro que yo podría usar mis palabras y decírtelo, decírtelo y decírtelo. Por ejemplo, que no puedes ir a una tienda de Vodafone a comprar un móvil, no puedes tener un teléfono propio, que no puedes tener una cuenta en el banco, que cada vez que ves una redada policial se te va el alma a los pies, porque tú puedes plantearte: ¿Qué es lo peor que me puede pasar? Que me detengan y me deporten. No pasa nada, te vas a tu tierra, no suena tan espantoso. Pero no, lo que ocurre es que te meten en un centro de internamiento de extranjeros, donde a duras penas puede entrar alguna ONG: no pueden entrar tus amigos, ni tus familiares y te pueden tener ahí encerrado hasta noventa días, con un montón de desconocidos, en las condiciones más paupérrimas que te puedas imaginar, con un frío despiadado en invierno y un calor estremecedor en verano. Y piensas: “Me van a meter presa noventa días hasta que haya un vuelo o les dé la gana de sacarme de aquí”. Y luego está el hecho de que no puedes ir a tu tierra, entonces si tus padres o tus hijos están enfermos… Yo he oído casos de un montón de gente a la que se le murieron sus padres y no podían salir de España, tuvieron que vivir ese duelo solos. Y nadie les pregunta nada.

La gente bienpensante cree que vivimos más o menos bien, que si un inmigrante sin documentos enferma puede ir a un centro de salud, que tiene libertad de movimientos… Sí, pero nadie pregunta cómo es que tus empleadores un día decidan pagarte la mitad de lo que te ofrecieron y tú no puedas recurrir a la Justicia. A mí me robaron el pasaporte en el metro y mi primera reacción fue acudir a la Policía. Y, en un momento dado, mientras un agente me interrogaba, comencé a caer en que me estaba preguntando por mi fecha de llegada a España, en dónde vivía, que si tenía NIE y me di cuenta de que la estaba en problemas era yo. El hecho de que tu condición de ser humano vaya acompañada del epíteto “ilegal”, Maria Fernanda Ilegal, es terrible, yo soy muchas cosas, pero no soy ilegal. Y se ha convertido en una expresión tan repetida, “inmigrante ilegal”, que nadie le da importancia, pero estamos hablando de una persona. Y como te decía, ni siquiera quiero una vida mejor, quiero una vida. ¿Por qué el ecuatoriano se fue? El ecuatoriano está muy apegado a su tierra. Pues porque era imposible vivir en ese país, imposible, así que imagínate si hablamos de los sirios o los afganos. Por lo menos en Ecuador tenemos calles, hay una estabilidad aparente, pero es que los hijos no tienen nada, no hay nada. Yo pensé que en España iba a aprender mucho de su crisis y de su proceso de emigración, pero no.

Lo mismo le ocurre a la protagonista de “Biografía”.

“Biografía” tiene mucho que ver conmigo y con mi vida, con mi desesperación. Hay una frase en ese cuento terrible que para mí resume esa sensación que yo tenía todo el tiempo. Y es cuando la protagonista se sienta a tomar un café en una terraza y dice: “Soy una persona normal”. En mi caso, yo soy periodista y he sido siempre una persona muy combativa, no tenía miedo de la policía, siempre estaba del lado de la denuncia. Y aquí sentía que me habían quitado las manos, la voz, porque si veía alguna injusticia no podía denunciarla. Si, por ejemplo, mis empleadores decidían no pagarme, simplemente tenía que marcharme habiendo perdido un mes y medio de trabajo. Por eso sí que llegué a hacer como la protagonista del cuento y publiqué un anuncio de “Yo escribo tu biografía”. Esta historia tiene bastante de mí, con la diferencia de que yo al menos podía llamar a mis padres y pedirles dinero para comprar el billete de vuelta. Pero hay mucha gente que no puede y regresa con una deuda impagable. Ese cuento es muchas cosas: primero, es una forma de sacarme la espinita de saber si era capaz de escribir algo que realmente dé mucho miedo, usando todas las herramientas del género del terror, del suspense in crescendo: la historia de una mujer que se mete en la casa de un desconocido, que tenga reminiscencias a Misery, o incluso a Drácula, o Hansel y Gretel, pero también hablar de la inmigración, que fue algo muy doloroso para mí. Sigue siendo aún muy doloroso hablarlo en las entrevistas y eso que han pasado muchos años desde que fui indocumentada. Pero es que constato que no ha cambiado casi nada. Y hasta que fui legal yo corrí muchísimos riesgos. Ni siquiera creo que, con todo lo horrible que es el relato de “Biografía”, el lector alcance a entender de verdad lo que yo sentía todos los días. Nadie debería sentir terror simplemente por estar vivo. “Biografía” tiene mucho de realidad: yo me fui a Sant Cugat a escribir la biografía de un hombre que respondió al anuncio. Obviamente no pasó lo que ocurre en el cuento, pero sí hubo muchas cosas rarísimas: su casa estaba muy retirada, tenía muchos perros, hubo drogas de por medio y una madre que él creía que le había hablado después de muerta, era un tipo muy raro que no me dio nada de comer en todo el día… Ahí yo me empecé a asustar. Hay muchas cosas que yo he tomado de esa experiencia de vida -que fue un riesgo tremendo que yo corrí- para hablar de las inmigrantes desaparecidas. Los nombres propios que aparecen en el cuento son reales, chicas que desaparecieron cuando estaban en territorio español. Sí, en nuestro país pasan esas cosas y nadie las está buscando. Son lo último de lo último, el gran sacrificio humano.

Es imposible no asociar el título de “Sacrificios humanos” con los rituales paganos de las civilizaciones precolombinas, aunque estos tienen lugar en la época actual y ante la mirada impasible de un mundo supuestamente avanzado. ¿Nuestra evolución en más de dos mil años ha consistido en no mirar?

En la mayoría de las culturas se han practicado estos sacrificios por -supuestamente- el bien común. Los más famosos son los aztecas, que sacrificaban a sus enemigos, pero fíjate que durante el proceso de escritura del libro descubrí que los incas también hacían sacrificios humanos mucho más crueles que los aztecas, porque elegían a niños, los drogaban con yuca fermentada y los enterraban vivos en la montaña. También eran muy crueles los sacrificios de vírgenes, porque al dios le gustaban mucho más las mujeres puras, las adolescentes. Yo pienso que a día de hoy nos creemos muy evolucionados, modernos, ateos y todo, pero en verdad seguimos haciendo lo mismo. Mientras tú y yo estamos hablando, en algún pueblecito de Ghana o de Senegal hay un chico o una chica pensando: “Yo me voy”, porque en su familia sólo tienen una gallina para alimentar a ocho personas, sabiendo que tal vez no volverá. El Mediterráneo donde nos bañamos en verano es un mar de muertos, nos estamos bañando sobre los hijos de otras personas. Esa es la otra cara de la inmigración. Y es que en el momento en que ves que no puedes alimentar a tu bebé, te vas. Esto no puede no entenderse. Ver a tus hijos llorar de hambre, saber que si te quedas en tu país estás condenado a nunca jamás poder soñar con nada distinto, resignarse a una vida de servicio, de precariedad, de hambre, de tristeza… sabiendo que hay otros países en los que pasan otras cosas, donde no te mueres de parto o de enfermedades curables. ¿Cómo no te vas a querer ir? ¿Cómo no vas a comprender esa sensación? Por eso yo siento que el inmigrante es el sacrificio humano contemporáneo por excelencia, es la persona que da su vida, muchas veces literalmente. Porque además hay otra cosa que pasa cuando tú eres emigrante -y sufres todos estos miedos y esta tristeza que te estoy contando- y es que nunca vuelves a ser la misma persona. Tú constatas en carne propia que sólo por haberte subido a un avión durante unas horas y aterrizar en Madrid con la intención de quedarte a vivir allí, ya te has convertido en el enemigo, en una persona a rechazar. Eso no puede no cambiarte la vida, es imposible que lleves esa daga en el corazón. Yo solamente he querido ser vecino tuyo, no he venido a robarte ni a hacer peor tu ciudad.

Una de las cosas que más enganchan de tu estilo es tu capacidad para construir atmósferas terroríficas que interpelan con fuerza los sentidos del lector. ¿Cómo las trabajas?

Ahora voy viendo que tengo ciertas atmósferas obsesivas. El mal olor es algo que me obsesiona mucho porque, por ejemplo, el olor de un cuerpo en descomposición es algo de lo que no te olvidas, se te queda pegado a las fosas nasales, hay olores tan violentos que te hacen vomitar, te golpean en la boca del estómago. Obviamente ni la literatura ni el cine pueden hacer que lo percibas, pero para mí es importante que lo huelas. Por ejemplo, ahora que estoy viviendo en la playa, a veces aparecen tortugas marinas muertas o pájaros o peces. Bueno, pues eso huele a kilómetros, es algo espantoso que te revuelve y te asusta. Creo que es una cosa bien primitiva y eso es lo que a mí me gusta del género del terror, que va a una parte de ti muy primitiva. Aparte -y esto sí que es algo que he estudiado muchísimo toda mi vida, porque he sido muy friki del género del terror desde que tenía siete años-, la gente que escribe terror sabe que tú, por ejemplo, le tienes un miedo visceral a los insectos. ¿Por qué? Porque cuando vivíamos en cuevas tú no sabías si la picadura de una araña iba a hacer que te murieras. Las películas de terror suelen dar esos pequeños sustos antes del gran susto, en los que aparece un insecto, o una rata…. Luego, todos los monstruos con dientes, los vampiros, por ejemplo, representan a todas esas bestias que nos daban miedo.

Y la oscuridad.

La oscuridad, exactamente. En la oscuridad estamos vendidos absolutamente. El ser humano primitivo, cuando se trasladaba a un nuevo lugar, no sabía dónde esconderse o si estaba a salvo. Por eso nos da tanto miedo el tema de la casa nueva, que es casi un cliché dentro del género de terror, mudarte a una nueva casa, sobre todo si está en el campo, porque el campo tiene otros peligros: los animales salvajes están más cerca, los insectos están más cerca. El hecho de que nos den miedo las calaveras es tan primitivo, porque es lo que está dentro de nosotros cuando ya no estamos aquí. Nos da miedo la vejez, hay muchos fantasmas que se representan con la figura de una persona mayor, porque eso es la despedida. Entonces, como lo sé y soy muy obsesiva con ello, quiero usarlo y para eso tengo que construir ese lugar con el lector. Y me parece necesario que huela. Mi sensación es que las cosas que ocurren en los lugares que desprenden mal olor nunca terminan bien. Algo horrible te vas a encontrar. Creo que es necesario recurrir a los sentidos para generar una atmósfera que realmente te asuste, porque el miedo viene de lo corporal, empiezas a tener sudores fríos, se te dilatan las pupilas, es una reacción realmente física que se da al ver películas o leer libros de terror y que escapa a nuestro control.

Muchos de los relatos están contados a través de la mirada de adolescentes, pero siempre outsiders: marginadas por culpa de su físico, su pobreza o ambos. ¿Hasta qué punto la adolescencia es una fábrica de monstruos?

En la infancia hay también muchos dolores sobre los que también escribo y, además, pasa algo muy triste, que es que tú no sabes bien qué es lo que está pasando, todavía eres inocente. Pero el lector y la autora sí sabemos qué es lo que está viendo ese niño, y eso nos genera mucha compasión, como ocurre en el relato “Los creyentes”. Pero en la adolescencia ya te empiezas a dar cuenta y, si no hay nadie a tu lado, tu vida derrapa al abismo sin control ninguno. Es como estar en un lodazal y, como no hay nada a lo que puedas agarrarte, caes. Yo siento que nunca me he recuperado de la adolescencia, es como una enfermedad que padecí y me ha dejado estas secuelas que son la mujer que yo soy. Y me da rabia, creo mucho en la mirada de las adolescentes porque tengo mucha rabia de que entonces nadie me viera. Nadie. A mi alrededor había muchos adultos, yo no fui una niña abandonada, no tuve una vida catastrófica: mis padres estaban vivos, tenía hermanos, abuelos, tíos, primos, de todo. En mi vida había mucha gente supuestamente cuidándome, pero ese cuidado era para el mundo exterior, en realidad eran ellos quienes estaban causándome este daño. Hasta el día de hoy aún no me explico cómo nadie me dijo: “Eres valiosa”. Incluso de adulta.

Yo hace unos años le pregunté a mi madre si ella me abrazaba cuando era un bebé y se echó a llorar. “¿Pero por qué me preguntas eso? ¿Por qué crees que yo no te abrazaba de bebé? Si además eras la bebé más preciosa que ha podido haber”. Y yo le contesté: “Es que yo no recuerdo que me abrazaras después”. ¿En qué momento dejó de abrazarme? A eso se refería la pregunta, pero no la hice de mala onda. Yo sé que es una pregunta horrible que hacerle a una madre, pero no sé tampoco qué respuesta esperaba. Me quedé pensando en qué momento dejé de ser abrazable, cuándo dejé de ser ese bebé bello, porque todo el mundo cuando habla de mí – que es otra cosa tristísima- lo que dice es que no hubo bebé más bello en la creación, que nací perfecta, gordita, mofletuda, expresiva. Bueno, pues yo seguí siendo una niña expresiva y era una adolescente expresiva, pero, ¿por qué ya no me querían en ese momento? Hay una cantidad de dolor en la adolescencia, porque además todo lo vives de una manera tan trascendental que se convierte en trascendental. La idea que yo tengo sobre mí misma, sobre lo “querible” o no que yo puedo ser, eso quedó marcado a fuego a través de lo que me decían cuando era una adolescente. Entonces el discurso era que yo era difícil, problemática, intensa, emocional, blablablá…

Es un poco como una profecía autorrealizable, te dicen todo eso de ti misma y tú, como no sabes muy bien qué es eso de la personalidad, piensas que tienen razón. Es decir, a lo largo de mi vida mi familia me ha dicho que soy muchas cosas que en realidad no soy. Tuve que serlo para complacer esa idea predeterminada que ellos tenían sobre cómo era yo. Por eso yo escribo desde la adolescencia, porque para mí es el lugar del daño, donde se pierde toda la ternura. Por eso están muy solos los adolescentes del libro, porque es un momento en el que los padres piensan: “Ya está, lo que se hizo, se hizo, y lo que no, no se hizo”. Y no se dan cuenta de que pasar la frontera entre la infancia y la adultez es como otro nacimiento, pero estás solo. Está naciendo una mujer de una niña y esa parte es muy horrible, porque te empiezan a decir cómo debe lucir una mujer, cuáles son las expectativas que deben de tener sobre la vida, que el mundo es peligroso para una mujer, que tienes que conseguir pareja sí o sí… Y si tú no cumples todas esas cosas que están diciendo que son condiciones sine qua non para ser una mujer, entonces ¿qué eres? Si no eres atractiva, si no tienes pareja, si tienes gafas, acné y varios kilos de más… Un monstruo, eso es lo que soy. Y eso te va a acompañar toda la vida.

Entre los cuentos donde denuncias la violencia contra las mujeres merece una atención especial el de “Lorena”, donde rindes tributo a Lorena Bobbit, cuyo crimen se leyó en su momento como una anécdota graciosa cuando en realidad encubría una trágica historia de maltrato.

Yo toda la vida he tenido una deuda con esta historia, desde que tenía veinte años y entré a la redacción de un periódico. Lorena Bobbit es ecuatoriana de la costa, como yo, y su caso, que se convirtió en una noticia global, para nosotros fue mucho más. Es difícil para el resto del mundo ponerse en el lugar de un ecuatoriano en relación a las noticias de nuestro país, porque no somos como España, México o Argentina, que constantemente están en la prensa. Ecuador no tiene eso. Así que imagínate un país que es la sombra de las noticias, del que no se conoce a nadie, y que de repente se vuelve trending topic mundial. Imagínate lo que fue para las chiquillas ver la popularidad que tenía una compatriota nuestra. Obviamente lo que sucedió se convirtió en un chiste que se contaba entre risas, ella se convirtió en el símbolo de la mujer loca, pero además era ecuatoriana, así que a todas las mujeres ecuatorianas les han bromeado alguna vez con Lorena. Nosotros tuvimos un presidente muy loco y ridículo, Abdalá Bucaram, era un tipo megalómano, uno de estos personajes que sólo da América Latina. Este presidente recibió con honores a Lorena Bobbit cuando vino a Ecuador y el comentario del país era: “Mira este loco”. Y efectivamente fue corrupto y terrible, pero sí hizo una cosa buena, que fue darle importancia a esta mujer como persona. Pero todo el mundo lo criticó. De la historia de ella a nadie le importaba la causa, es la invisibilidad de lo visible. Lorena vivió torturas, una violencia doméstica inimaginable de la que aún no sabemos todo, porque hay cosas que ella no ha podido enunciar públicamente. Pero yo estoy segura, por la forma en que se rompe durante el juicio, de que su marido la torturó sexualmente. Y, sin embargo, del caso de una víctima de tortura lo que quedó fue una anécdota ejemplarizante y graciosa. La gente se reía de ella y nadie ponía el foco en él. A él no sólo se le perdonó, sino que se le ensalzó. Por eso era una deuda que yo tenía. Y, hace unos años, el cineasta Jordan Peele hizo un documental sobre Lorena Bobitt, esta vez con el enfoque correcto. Yo siempre había querido entrevistarla e incluso tenía el sueño de escribir un libro donde ella pudiese contar su historia en primera persona, así que, finalmente, utilicé la ficción. Algo tenía que hacer, aunque fuera escribir su propio nombre. Ella de hecho sólo fue Lorena Bobbit tres años, ya no tiene ese apellido.

¿Qué proyectos tienes ahora?

Mi sueño es que mis historias se lleven a la gran pantalla. Por supuesto, yo soy hija de la lectura, pero esta generación exige ir al cine. Yo le tengo un respeto inmenso a la narrativa cinematográfica y me volvería loca imaginarme que algo mío se convierta en una película de terror: poder pensar en la música, en la escenografía… que es algo que también hago cuando escribo, en realidad.