MARTA REBÓN: «Si aceptamos la definición de que poesía es escoger las mejores palabras y ponerlas en el mejor orden, toda escritura debería tender a eso»

POR ÁLEX CHICO

(Fotografía: © Ferrán Mateo)

Marta Rebón ha escrito uno de los mejores libros que se han publicado en los últimos años. «En la ciudad líquida» (Caballo de Troya, 2017) posee la capacidad de cambiarle la vida al lector. No exagero. No somos los mismos cuando entramos en él que una vez finalizado. Rebón nos invita al viaje, a la reflexión literaria, al análisis histórico, a la mirada oblicua que proyectamos sobre el paisaje. De todo eso estuvimos hablando, durante una de esas conversaciones que nunca se desea dar por terminada.

En tu libro se habla de territorios líquidos, es decir, de lugares fluctuantes, permeables, fronterizos. La forma que eliges para narrarlos es, en este sentido, muy coherente con esa geografía, al emplear un género híbrido, próximo al ensayo, pero igual de limítrofe que los espacios de los que hablas. ¿Cómo planteaste la estructura del libro? ¿Buscabas generar esa proximidad entre el lugar y la manera de describirlo?

Al principio quería centrarme en una sola ciudad, San Petersburgo. El primer impulso fue ordenar mis vivencias allí como estudiante, y más tarde como traductora, de ruso. El libro nació de la fascinación por esa antigua capital, por los títulos y los autores vinculados a ese lugar. Pero luego el mapa se fue ampliando, porque me di cuenta de que mi relación con esa ciudad y, por extensión, con la cultura rusa, a menudo se ha desarrollado, paradójicamente, lejos de ella. Además, si me hubiera limitado a «lo ruso», habría resultado un retrato demasiado parcial de mí. Replantear la estructura inicial me llevó a buscar relaciones menos evidentes entre otras ciudades en las que he vivido y autores que me «han acompañado», ya sea como traductora, como articulista o como simple lectora. Reparé en que el elemento líquido, tan presente en el mito de San Petersburgo, era una imagen que se adaptaba bien tanto al oficio de traducir (llevar un texto de una orilla a otra) como a la posibilidad de viaje que te sugiere siempre una costa. En cuanto a la secuencia de los diecisiete capítulos, el proceso fue similar a cuando se ordenan las fotografías de una serie: hay una mezcla de azar y premeditación en la que adquieren relevancia las asociaciones invisibles y difusas. El género híbrido surge como un medio para abordar la complejidad y reunir en una sola tentativa distintas formas de abarcar un tema. Esta elección, creo, también otorga más libertad interpretativa a los lectores, es una propuesta más abierta, invita a salirse del camino recto.

Hay mucha poesía en este libro. No sólo en las menciones a poetas o en las citas de versos, sino en la manera en que está escrito, con recursos literarios que resultan próximos a la escritura poética. estoy pensando en el uso de símiles y metáforas, principalmente. ¿Qué importancia le concedes a la lectura de poesía en la construcción o en la estética de En la ciudad líquida

Si aceptamos la definición de que poesía es escoger las mejores palabras y ponerlas en el mejor orden, toda escritura debería tender a eso. En la literatura rusa hay un diálogo permanente entre prosa y poesía, no se piensan como categorías separadas. No es extraño encontrar en novelas rusas alusiones y citas de poemas. En el caso de mi libro, mi visión de San Petersburgo está en deuda con esa imagen que han ido forjando de ella diferentes poetas a lo largo de tres siglos, partiendo de Pushkin, el creador del mito de la ciudad con El jinete de bronce. También debe de haber influido el hecho de que he vivido muy cerca de las casas de Ajmátova y Brodsky en San Petersburgo, pero también haber traducido una novela como El doctor Zhivago o reflexiones sobre el acto poético tan lúcidas como las de Lidia Chukóvskaia. La poesía tiene la fuerza de aferrarnos al presente, al aquí y al ahora, de desactivar los clichés del lenguaje y la inercia del pensamiento acostumbrado. Muchos poetas que me apasionan también son excelentes ensayistas: Brodsky, Tsvietáyeva, Herbert, Szymborska, etc.

En este sentido, En la ciudad líquida es un libro que abarca, en su forma de escritura, varios géneros. Hemos dicho la poesía. Por supuesto, también la crónica de viajes, la biografía o el diario. Creo que esto te emparenta con otros autores actuales que están aportando al ensayo nuevas vías y propuestas. ¿Cómo juzgas el panorama ensayístico actual? ¿Tienes la sensación de que se están abriendo esas nuevas formas de comunicación en su escritura?

Estoy de acuerdo con Brian Dillon cuando dice en Essayism (Fitzcarraldo, 2017) que el ensayo es una actitud hacia la forma. Se basa en lo hipotético, pero es también un hábito de pensar y escribir. El método es acumulativo, nada se deja atrás sino temporalmente de lado hasta que se recupera más adelante, bajo otra luz. Ahora estoy leyendo Bucarest, de la polaca Margo Rejmer, y me fascina la manera no lineal de plasmar el alma de la capital rumana mezclando la crónica, las vivencias personales, la historia y la entrevista, con un gran pulso narrativo. Me interesan autores tan dispares como Joan Didion, Eva Hoffman, Olivia Laing, Geoff Dyer, Georges Didi-Huberman o Paolo Rumiz.

Por otra parte, tengo especial predilección por la novela ensayística, la que se permite descansar de la acción para entregarse al puro disfrute de contar, describir y divagar con la pericia que apuntó Virginia Woolf en «El ensayo moderno». Según ella, la erudición en este género debe estar tan fusionada con la magia de la escritura que ningún hecho desentone, ni ningún dogma rasgue la superficie de la textura. Prefiero las novelas sin intriga, aquellas que proponen un modo de conversación pausada, como Ciudad abierta de Teju Cole, Gilead de Marilynne Robinson o Los años de Annie Ernaux.

En el libro se citan bastantes autores, digamos, «laterales», heterodoxos. Escritores que tampoco distinguen entre géneros, como Danilo Kiš. ¿Su lectura ha motivado En la ciudad líquida? ¿Qué peso les concedes?

La mayoría son autores con los que empecé a familiarizarme cuando era estudiante de Filología eslava. Yo no tenía ningún vínculo previo con esa cultura y he intentado transmitir esa sensación de descubrimiento. A pesar de los esfuerzos que se hacen por traducir obras de lenguas menos próximas a nosotros, predomina la lectura de títulos que vienen de unos lugares determinados. Así, los referentes mayoritarios tienen que ver con potencias tanto lingüísticas como editoriales. Me viene a la mente el caso, por ejemplo, de Aleksiévich, de quien he traducido cuatro títulos al catalán. Hacía tiempo que se había vertido al español Voces de Chernóbil, pero en su momento pasó desapercibido y ya no aparecieron títulos anteriores suyos. Sólo gracias al Nobel se ha (re)conocido su propuesta literaria. Tendemos a tener una idea preconcebida de qué esperamos de un escritor según el país del cual proceda. Hay la expectativa de que la literatura rusa debería ser una prolongación de Tolstói, Dostoyevski, Gógol, Bulgákov o Chéjov, y todo lo que salga de estos parámetros parece más difícil que llegue al público. En mi libro he intentado que aparecieran nombres no tan conocidos, para así despertar la curiosidad por Dovlátov, Aksiónov, Chukóvskaia, etc.

Si algo percibimos al leer En la ciudad líquida es que toda ciudad es un palimpsesto, un territorio lleno de capas. de los lugares visitados. ¿Cuál o cuáles son los que mayor poder de sugerencia ejercieron sobre ti?

No tengo una relación fetichista con los lugares, me gusta ir descubriendo sitios. Pero, si me fijo en los lugares que más veces he visitado o en los que he vivido, tengo que nombrar sin falta San Petersburgo y Tánger. Curiosamente, son dos urbes híbridas. Tanto la una como la otra son las ciudades rusa y marroquí, respectivamente, más europeas en relación con su país. Son dos ventanas, una a Asia, la otra a África. De ambas destacan su mitología y su apasionante legado histórico y literario. Es curioso visitar el Ermitage y contemplar los cuadros que Matisse pintó en Tánger, como encargo de sus mecenas rusos, o descubrir en Tánger las huellas de los rusos blancos que huyeron allí tras la revolución.

Es interesante cómo el libro va trazando de forma casi natural un nexo entre un lugar y otro, conectándolos entre sí, aunque los separen kilómetros de distancia. Por citar un verso de Álvaro Valverde, ¿una ciudad es todas las ciudades?

Entiendo los versos de Valverde en el sentido de que, si las ciudades tienen algo similar entre sí, más allá de los aspectos uniformadores de la globalización, es la mirada del viajero. «La ciudad irá en ti siempre», dijo Cavafis. Uno lleva consigo su «equipaje personal» con el que se orienta en la diferencia. Una ciudad es todas las ciudades, porque en ellas hay las mismas pasiones humanas, aunque cada una tiene una identidad propia y es eso lo que te ayuda a explorar una parte de ti. A la vez, lo interesante es dejar hablar a la ciudad, dejarla libre para que te cuente sus historias.

En el libro, concedes una gran importancia a la imagen. Casi todas las páginas contienen algún tipo de fotografía, como un enorme álbum o un mosaico que apoyan la escritura. ¿Qué relevancia das a esas imágenes? ¿Dirías que existe una herencia sebaldiana en esa combinación de texto e imagen?

Esta fue una de las decisiones que se mantuvieron de principio a fin, porque formaba parte del proceso de documentación y porque, al escribir, acudía al archivo fotográfico como inspiración e investigación a partes iguales. Dado que me imaginé el libro, en parte, con la pulsión de compartir derivas, exilios y espacios íntimos, me pareció lógico hacerlo también mediante imágenes: mostrar, por ejemplo, la finca familiar de veraneo de los Nabokov, o la habitación y media de Brodsky, o la memorabilia de Voltaire, o el barrio de Nadezhda Mandelshtam en Moscú, etc. Porque, de alguna manera, a partir de los libros, todo ello forma parte de nuestra historia cultural y, visualmente, no son espacios u objetos demasiado conocidos para los lectores en español. También fue una oportunidad para «invitar» a amigos y conocidos artistas visuales cuyos proyectos y viajes se han entrecruzado con los míos: la obra fotográfica de Ferrán Mateo, Daniel Blaufuks y su serie sobre Tánger y Paul Bowles, los perfiles de Roma y Quito de Sze Tsung Leong, las noches blancas petersburguesas de Aleksey Titarenko, o bien para rescatar material de archivo, como la serie de Leonid Tsypkin sobre el San Petersburgo de Dostoyevski, o la última fotografía que se sacó Brodsky antes de marcharse de la Unión Soviética, sentado sobre su maleta, como manda la tradición rusa para que un viaje sea propicio. En cualquier caso, son imágenes que dialogan, suman, sugieren y aportan otro nivel de lectura, pero sin robar protagonismo al texto. Por eso decidí colocar los pies de foto al final del libro, para que no interrumpieran el hilo del texto. Las fotografías tienen la cualidad de suspender nuestra incredulidad: desconfiamos menos de ellas que de lo que nos cuentan las palabras, aunque sabemos que son igual de manipulables. Sebald lleva más lejos esa condición de la memoria necesitada de rastros, para, en sus obras, borrar la línea que separa lo personal de la ficción, pues la fotografía aporta ese nivel adicional de «prueba documental».

«Todo se rusifica a mi paso», escribes. El peso de la literatura rusa es, indudablemente, fundamental en el libro, unido a tu labor como traductora. ¿De qué manera crees que influye en tu obra la cultura rusa? ¿Cuál dirías que es el mayor incentivo artístico que te proporciona?

Después de años traduciendo y leyendo literatura rusa, es innegable que su influencia se refleja en casi todo lo que hago. La traducción es una gran escuela de escritura, así que también ha moldeado mi manera de escribir. Con esa frase en concreto me refería a que me he encontrado en Lisboa traduciendo una saga familiar rusa o en Quito vertiendo El doctor Zhivago, y al final su literatura, su lengua, se ha convertido en una manera para mí de estar en el mundo, aunque esté fuera de Rusia. Luego pasa que, esté donde esté, me atrae con la fuerza de un imán todo lo que tenga que ver con la cultura rusa, omnipresente, algo comprensible teniendo en cuenta, por ejemplo, el peso que ha tenido en los dos últimos siglos y las tres olas de emigración que hubo durante la época soviética. Por eso, estás en La Habana y descubres el barrio de Alamar y la historia de los «agua tibia» (hijos de matrimonios mixtos entre rusos y cubanos), o en Beersheva, a setenta kilómetros de Jerusalén, se encuentra una gran comunidad rusa, con sus instituciones, supermercados y librerías.

Me resultan muy interesantes tus impresiones acerca de la escritura biográfica. Dices: «Una biografía cuenta tanto o más acerca de quien la escribe que del biografiado». Esa es una de las impresiones que tenemos al leer En la ciudad líquida. Se habla de infinidad de autores y de territorios, pero al final tenemos la sensación (magnífica, por cierto) de que has escrito la novela de tu propia vida…

Con el tiempo me he dado cuenta de que los libros que he traducido conforman una suerte de autobiografía. He sentido una afinidad y una conexión extraordinarias con algunos de los escritores rusos que he traducido y, por eso, me siento afortunada.

Este artículo fue publicado en Quimera 430, octubre de 2019.