STEPHEN GREENBLATT: «No se puede decir que Trump sea un tirano porque está avalado por un sistema democrático, pero sí tiene rasgos similares con los tiranos de Shakespeare»

Texto: Jordi Gol
(Fotografía: © Cinta Moreso)

Stephen Jay Greenblatt (7 de noviembre de 1943), uno de los fundadores del Nuevo Historicismo, es historiador de la literatura, escritor, crítico literario y periodista. Es titular de la Cátedra John Cogan de la Universidad de Humanidades en Harvard y editor general de la prestigiosa Antología Norton de la Literatura inglesa. Como autor, destacan sus obras El giro: cómo se hizo el mundo moderno (Crítica), por el que ganó el premio Pulitzer y el National Book Award, y El espejo de un hombre (Debolsillo), considerada la biografía definitiva de William Shakespeare, autor sobre el que es uno de los mayores expertos. Recientemente ha publicado El tirano (Alfabeto), un libro en el que desgrana las características más destacadas de los tiranos de Shakespeare como aviso de navegantes para la política que viene.

– ¿Por qué resultan tan humanos los personajes de Shakespeare?

– Hay muchas respuestas a esta pregunta. La más sencilla puede que no sea la más acertada: porque Shakespeare era un genio extraordinario. Pero el mero concepto de genio no nos ayuda a responder a la pregunta, ya que habitualmente se utiliza para definir a aquellas personas cuyas capacidades o talentos extraordinarios no acabamos de comprender bien. Bach, Mozart, Beethoven… fueron genios. Pero puestos a comparar, Shakespeare sería más similar a Brueghel o a Cervantes. Escribió en una época en la que los límites entre clases sociales aún eran férreos, pero en la que, con el auge de la burguesía, ya se intuía una cierta movilidad social. Shakespeare convirtió el escenario en un espacio democrático en el que se representaba a la gente del pueblo: prostitutas, mendigos, ladrones… junto con aristócratas, reyes, obispos… Estas relaciones entre personajes de estratos sociales distintos, tan poco común en la época, contribuyó sin duda a definir (a dibujar) qué es un ser humano.

– ¿Por qué nos fascina la figura del tirano?

– La fascinación por la figura del tirano es una paradoja sorprendente, ya que, en principio, no deberíamos sentirnos atraídos por aquello que es nocivo para nosotros. Pero también nos sentimos atraídos por las drogas, el tabaco y muchas otras cosas que pueden acabar destruyéndonos. Yo creo que la figura del tirano se nos hace atractiva porque nos gusta la transgresión. Al ser seres muy socializados —no podrías meter treinta chimpancés en un avión y pretender que se mantuviesen sentados en sus asientos y, sin embargo, los seres humanos lo hacemos—, estamos sometidos a unas normas que no siempre nos gustan. Y a veces nos vemos impelidos a violarlas, a transgredirlas. Por eso nos atrae la figura del tirano, porque sublima nuestros deseos de transgredir la norma. Y Shakespeare, que es un genio manipulando la trama y los personajes, escribe para que nos sintamos totalmente identificados con sus tiranos. En la segunda parte de Enrique VI hay una frase que ha devenido célebre (más hoy en día) que dice: «Lo primero, mataremos a todos los abogados». El abogado, como representante de la ley (hecha por el poderoso), es un enemigo del pueblo, de las gentes humildes, así que matar a los abogados es subvertir el orden y eso enardece a la masa, a pesar de que en el fondo esta sepa que la ley es necesaria para la sociedad.

– ¿Y por qué es tan atractiva la figura del tirano para Shakespeare como dramaturgo?

– Siempre es más fácil —tanto para Shakespeare como para muchos otros autores— escribir sobre el mal que sobre el bien, sobre los personajes amorales que sobre los personajes morales. Es más interesante la vida de los criminales, no ya que la vida de los santos, sino incluso de la de gente buena, las personas «morales». Por otro lado, Shakespeare se dio cuenta enseguida de cuál era su fuerte: el poder para manipular la mentalidad y la imaginación de la gente a través del teatro. Él es consciente de su poder sobre la masa, sobre los cientos de personas que veían sus obras, de, como se diría hoy, su capacidad de comunicación de masas. Podía apelar a sus emociones, conseguir que se rieran, que se enfadaran, que se entristecieran. En cierta manera, Shakespeare se siente identificado con el tirano en su capacidad de manipulación. Sin embargo, aquello que mejor hacía era al mismo tiempo lo que más temía: que la manipulación de las emociones y de la imaginación de la gente llevasen al tirano al poder. Este magnífico talento de Shakespeare también le acarreaba problemas éticos, y esto se refleja en algunos de sus personajes, como por ejemplo en el moro Aaron de Tito Andrónico. Shakespeare se piensa a sí mismo como un contador de historias y va explorando dónde va a situar a un personaje, cómo va a relacionarlo con el otro, cuáles son sus motivos, cómo se comportarán éticamente y qué problemas acarreará este comportamiento. Shakespeare identifica ciertas cualidades con las que dota a sus personajes — Yago en Otelo, Antonio en Antonio y Cleopatra (en su discurso a las masas)— y va manejando estas cualidades para crear asociaciones políticas complejas, que es algo que él valora mucho.

– En época de Shakespeare, la censura era férrea y cualquier crítica podía ser tildada de traición y acarrear consecuencias funestas. ¿Qué técnicas tenía Shakespeare para esquivar la censura?

– Shakespeare se valió de diferentes técnicas no tanto para eludir la censura como para poder decir lo que quería decir dentro de su entorno sociopolítico: pensamientos y opiniones que si hubiese expresado abiertamente le hubieran acarreado la prisión o directamente la muerte. Hay que tener en cuenta su contexto. En 1605 la facción católica había intentado asesinar al rey Jacobo I, lo que condujo a la prohibición del catolicismo en la isla y conllevó una cierta paranoia terrorista en la población y en las autoridades. En 1610, un monje benedictino, John Roberts, fue apresado por predicar el catolicismo a una nutrida grey y condenado a muerte. Antes fue torturado ante miles de personas: primero lo ahorcaron, después lo castraron, lo abrieron en canal y quemaron sus tripas y, finalmente, antes de ser descuartizado, un verdugo sacó su corazón del pecho y anunció: «Este es el corazón de un traidor. Dios salve al Rey». Pues bien, entre las miles de personas que acudieron a la ejecución se hizo un silencio absoluto y nadie fue capaz de saludar con el «Dios salve al Rey» de rigor, de tan sobrecogidos que estaban. Sólo un año más tarde, en el Cuento de invierno de Shakespeare, el tirano Leontes amenaza con quemar a Paulina en una hoguera, a lo que esta responde: «El hereje será quien enciende el fuego y no la que se queme en él» (2.3.114-115). Esto, dicho abiertamente, hubiese motivado que lo ejecutaran, pero Shakespeare utilizaba una doble «pantalla»: por un lado, la convención teatral, es decir, que aquello que se dice en la escena no se corresponde con el mundo real; por otro lado, la deslocalización espacio-temporal: lugares remotos y épocas pretéritas (como mínimo y siglo y medio antes), es decir, que situaba sus acciones en emplazamientos o tiempos que no permitiesen una correlación directa con su actualidad inmediata, de la que era muy peligroso hablar —por ejemplo, cualquier crítica a la monarquía estaba tipificada como traición y podía conllevar la pena de muerte—. parece como si Shakespeare tuviera un tirano ideal y luego fuera aplicando algunos de sus atributos a diferentes personajes.

– ¿Existen unos rasgos arquetípicos del tirano en Shakespeare?

– No creo que haya un arquetipo de tirano en la mente de Shakespeare, o al menos no hay una sola persona o personaje que reúna en torno a sí todos los rasgos y que él hubiera podido tomar como referencia. Yo creo más bien que Shakespeare fue tomando distintas características de diferentes referentes y luego se las fue aplicando a sus tiranos, de forma que cada personaje tiene unas características distintas y las tiene en grados dispares. Hay rasgos concretos muy identificables: la violencia, la tendencia a la agresión, el abuso de la mujer, la imposición de la sumisión absoluta, el rechazo de la ley, el narcisismo, la soberbia… y también una cierta sensación de angustia interior, de que el tirano es consciente de que no tiene gran cosa que ofrecer, pero aun así quiere imponerse: posee una ambición desmedida sin las cualidades y aptitudes para aspirar a satisfacer esa ambición. En los personajes de Shakespeare, encontramos algunos con estos rasgos, que él extrae de la sociedad, en la que los encuentra repartidos o diseminados. Como las dolencias, estos rasgos del tirano salen a la luz en el momento en el que el sistema está más enfermo. Una de las razones por las que no creo que exista un tirano ideal en Shakespeare es porque sus tiranos siempre necesitan de una serie de auspiciadores que hagan posible su llegada al poder. Es decir, que es el sistema y estos posibilitadores los que permiten el advenimiento de la tiranía, no tanto las cualidades o características del propio tirano.

– En las obras de Shakespeare, muchas de las causas de la transformación de la persona (personaje) en tirano son puramente personales (falta de afecto materno, deformidad, carácter débil, etc.). ¿Podríamos decir que emplea elementos del psicoanálisis avant la lettre?

– Hasta cierto punto yo creo que sí. Yo tuve un profesor, Harold Bloom, recientemente fallecido, que decía que Shakespeare inventó al ser humano. Yo, como en muchas otras cosas, no estoy completamente de acuerdo con él: el ser humano no necesitó que Shakespeare lo inventase. Sin embargo, sí que es cierto que muchas de las ideas de Freud y sus acólitos vienen de la literatura en general y de las obras de Shakespeare en particular. El Hamlet shakesperiano tiene muchos rasgos del Edipo de Sófocles, que fue una de las bases sobre las que trabajó Freud. Existen patologías y rasgos de la personalidad enunciados por el psicoanálisis que podemos encontrar en personajes de Shakespeare.

– En los agradecimientos del libro, dice que el motivo por el que escribió este libro fue su preocupación por el resultado de unas elecciones. ¿Es Trump el tirano? ¿Cuáles de los rasgos de los tiranos de Shakespeare lo caracterizan?

– El concepto de tirano es muy complejo, porque muchas veces quien para alguien es un tirano para otro puede ser un héroe, como por ejemplo Stalin, Hitler o, sin ir más lejos, Franco [la entrevista se llevó a cabo el día de la exhumación del cadáver del dictador y de las manifestaciones de apoyo de sus seguidores]. Para mí el concepto tirano puede ser una descalificación política y así ha sido usado a menudo. Desde un punto de vista político no se puede decir que Trump sea un tirano porque está avalado por un sistema democrático y legal con unas garantías constitucionales, y ha llegado al poder a través de los mecanismos previstos en ese ordenamiento jurídico y democrático. Sin embargo, sí que tiene ciertos rasgos similares a los que caracterizan a los tiranos shakesperianos, como acusar de traidores a todos aquellos que no están de acuerdo con sus decisiones, evadir obligaciones constitucionales, violar —en ocasiones— las normas del sistema democrático, etc. Por ahora se mantiene en el poder amparado por el sistema democrático y legal, pero ¿cuánto tiempo podrá aguantar? De momento, ya le han planteado un impeachment. En sus obras, Shakespeare muestra que, en el fondo, lo que quiere la gente es una normalidad, que se mantenga la ley y el orden — porque los tiranos de Shakespeare, que son buenos para destruir el orden establecido, luego se muestran muy torpes a la hora de volver a reinstaurarlo—; creemos que eso es lo natural, pero no tiene por qué ser necesariamente así. Nos podemos levantar un día y ver que se han eliminado ciertas normas o que estas han sido subvertidas. Por eso yo, como ciudadano, creo que con Trump como presidente existe un serio riesgo para la democracia constitucional en mi país.

– La biografía de Shakespeare ha dado para muchas especulaciones. Conocemos muchos datos de su vida, pero no de sus ideas. ¿Cuál cree que es la razón de que se sepa tan poco de su pensamiento, de su poética?

– Yo creo que nadie le preguntó nunca, porque nadie preguntaba a la gente como él, que venía de una familia humilde, que no había ido a la universidad… Nadie se interesó por cómo desarrollaba su trabajo, por cuál era su poética o su pensamiento. Como no tenía relevancia social, su forma de pensar tampoco era relevante. Por otro lado, parece ser que era una persona bastante discreta, que le gustaba mantener sus cosas en el ámbito privado y que no le agradaba hablar de sí mismo. Aunque eso no lo explica todo, porque Ben Jonson, que tampoco era aristócrata ni una persona especialmente relevante socialmente, sí que escribió sobre su práctica literaria, dio entrevistas; hay escritos sobre ello. También el posible catolicismo de Shakespeare pudo tener algo que ver. Quizá desde pequeño aprendiera que es mejor callar y ser discreto si no se quiere acabar mal. Tampoco sabemos por qué su mujer y su hija no guardaron sus papeles y manuscritos. De hecho, no se sabe qué fue de ellos, si los quemaron o si se deshicieron de ellos de alguna otra forma. La oscuridad es absoluta. En una ocasión, un recaudador de impuestos fue a su casa de Londres para hacer inventario y no encontró ni un solo libro. Para ello sólo se me ocurren dos razones: Shakespeare los escondió porque los libros eran caros y hubiera tenido que pagar impuestos por ellos, o los ocultó para que las autoridades no supieran qué tipo de libros consultaba. Así que ni siquiera sabemos qué leía. Sin duda es extraño.

– Muchos adscriben El espejo de un hombre (Will in the World) al Nuevo Historicismo. ¿Es así? ¿Qué rasgos de esta corriente se pueden encontrar en sus obras?

– El Nuevo Historicismo trata de poner la obra en su contexto histórico. Es decir, no estudiar el texto de forma aislada, sino en relación con el contexto político, económico, social, etc., en el que se creó y en el que se recibió. Pero no tan sólo eso. En 1980 —cuando yo estaba «inventando» el Nuevo Historicismo—, estudiando a Christopher Marlowe y rebuscando en una colección de crónicas de viajes (tan típicas del Renacimiento) me encontré con una cita de 1586 en la que se hablaba de una expedición que llega a un pueblo de África descrito como precioso, limpio, ordenado, casi perfecto. La expedición se instala en él y, antes de abandonarlo, le prende fuego. Eso demuestra una mezcla de violencia y admiración hacia el otro (en este caso hacia esos negros). A mí me recordaba a los soldados americanos quemando sombreros vietnamitas. Con esto quiero decir que el Nuevo Historicismo no es sólo poner la obra en su contexto histórico (en el pasado), sino también ver cómo esta obra y este contexto le hablan al presente.

– Los números 430 y 431 de Quimera han estado dedicados al ensayo. Usted es uno de sus máximos exponentes. ¿Cuál es su técnica para escribir ensayos?

– Cuando empecé a escribir, intentaba impresionar a mis diez o quince amigos (que eran todos muy inteligentes). Yo escribía para demostrar que yo también era inteligente, que también pertenecía a esa élite intelectual. Los lectores potenciales de esos ensayos se reducían a un círculo pequeño. Después entendí que si lo que yo sabía y lo que yo escribía tenía interés, mi responsabilidad era comunicarlo de manera que llegase a los máximos lectores posibles (siempre sin comprometer mi dignidad, por supuesto). Mi compromiso es escribir para la mayor cantidad de gente posible.

 

Este artículo fue publicado en Quimera 435, marzo de 2020.