James Ellroy: «Nunca pensé en dejar de escribir»

Por TONI HILL
Fotografías: Jordi Gol©

Que James Ellroy vuelva a España siempre es un acontecimiento. Probablemente el autor de novela negra más importante del momento, sus más de cuarenta años de carrera literaria avalan una obra construida a base de coherencia y trabajo, ajena a modas pasajeras, única y cargada de obsesiones propias. El autor de L.A. Confidential, La dalia negra o el ‘true crime’ Mis rincones oscuros, por citar solo tres de sus obras más emblemáticas, nos trae ahora bajo el brazo un nuevo título, Pánico (Literatura Random House, 2022), y un nuevo personaje, Freddy Otash, que parece tener ganas de seguir viviendo en más novelas pese a estar contándonos su historia desde el Purgatorio: el lugar donde acaban todos los muertos que, como él, han cometido múltiples y gravísimos pecados.

Conocí en persona a James Ellroy en abril de 2015, en un Sant Jordi memorable en el que me tocó firmar a su lado. Él, gratamente sorprendido por el revuelo que se organiza en Barcelona ese día, se dedicó a llamar la atención de los numerosos transeúntes que aquel día recorrían la Rambla de Catalunya para que compraran su libro Perfidia (Literatura Random House, 2014), el primer volumen de su «Segundo Cuarteto de Los Angeles». Contradiciendo su fama de persona difícil, estuvo encantador, tanto durante la firma como en el paseo que nos llevó hasta la sede de Penguin Random House, donde se celebraba la habitual comida de Sant Jordi. Recuerdo que íbamos con prisa (Claudio López Lamadrid, que era su editor, James Ellroy y yo, acompañados de alguien más que no logro recordar, probablemente Eva Cuenca) y nos teníamos que parar a menudo porque James se detenía a hacerles carantoñas a varios perritos que encontramos por el camino, demostrándonos que quien se ha ganado el sobrenombre de «el perro diabólico» de la ficción criminal, siente una especial simpatía por los canes menos fieros.

Ahora, a sus setenta y cuatro años, Ellroy mantiene ese aullido que a mí me recuerda más al de un lobo melancólico que al ladrido de un cánido furioso, y, en conferencias y presentaciones, sigue cultivando esa imagen irreverente y descarada de autor que avanza por los márgenes del canon. Cita con orgullo la frase que dijo de él Joyce Carol Oates, quien lo definió como el «Dostoyevski americano», pero a renglón seguido admite que, en las listas de autores norteamericanos de prestigio, su nombre nunca aparecerá al lado de los de Saul Bellow o Philip Roth. Tal vez por eso, Ellroy, un autor con un proyecto de ficción único en la novela negra, un estilo absorbente, meditado y reconocible, y unas tramas de una complejidad técnica apabullante, ha optado por ensalzarse a sí mismo, añadiendo así titulares y frases inolvidables que han ayudado a cimentar su leyenda de autor rabioso.

Sin embargo, en esta su última visita a España para promocionar su nueva novela, Pánico, publicada este mismo año por Literatura Random House, Ellroy ha mostrado su cara más tranquila y afable. La afabilidad y la parquedad de palabras serían los rasgos que mejor definirían la entrevista que mantuve con él en uno de los salones del hotel donde se hospedaba en Barcelona, y en la que hablamos de su carrera y, sobre todo, de este último libro, cuyo protagonista absoluto es Freddy Otash, alguien que, aunque parece un típico personaje del imaginario de Ellroy, fue una persona de carne y hueso. Ex policía corrupto y violento, luego detective privado y matón a sueldo de la revista Confidential, una publicación célebre en el glamuroso Hollywood de los años cincuenta, el Freddy de ficción (no me atrevo a asegurarlo del Freddy real) alterna con Elizabeth Taylor y James Dean, con Nicholas Ray, Rock Hudson y el mismísimo J. F. K., mientras intenta sacudirse de encima un merecido sentimiento de culpabilidad. Pánico quizá no posea la complejidad argumental de otras obras de Ellroy, pero a cambio nos trae un sofisticado registro de comedia negra y una exploración de la cara más viciosa de ese Hollybufo brillante y mentiroso.

Su primera novela, Brown’s Requiem, apareció en 1981. ¿Recuerda al James Ellroy de esos años? ¿Cómo se sintió al verse publicado por primera vez?

– Claro. Estaba a punto de cumplir treinta y un años cuando empecé a escribir y tenía treinta y tres cuando salió el libro. Trabajaba de cadi en un campo de golf de Los Angeles y me mudé a Nueva York en septiembre de 1981, justo para la salida del libro. Fue un momento alucinante para mí. Vivía en un sótano y básicamente pasaba todo mi tiempo libre escribiendo.

En esa época, ¿se imaginaba escribiendo y publicando más de cuarenta años después?

– Sí. Nunca pensé en dejar de escribir.

El personaje protagonista, Fritz Brown, es un ex policía aquejado por problemas de alcoholismo y, además, un gran aficionado a la música de Beethoven. Creo que usted también lo es.

Sí. Es un genio, sin duda. Me maravilló desde la primera vez que escuché la Quinta sinfonía.

En alguna entrevista anterior he leído que lo toma como referente…

– Ah, sí. He dicho que soy el Beethoven de la novela negra… [Sonríe, con pocas ganas de dejarse arrastrar a esa clase de declaraciones.]

Avancemos hasta la última novela, Pánico. ¿Cuándo conoció al auténtico Freddy Otash?
– En 1989. Se me ocurrió que podía usar a ese personaje para mi libro América. Llegamos a un acuerdo económico y le pagué. No me cayó especialmente bien. Me di cuenta de que era capaz de timarme y salir luego en televisión para contradecir algo de lo que aparecía en el libro. Así que lo despedí. Al poco tiempo, murió. Si me hubiera esperado un poco más, podría haberlo usado gratis.

En realidad, ahora que lo dice, el Freddy Otash de la novela es un tipo que, al menos a mí, me cae relativamente bien. ¿Cómo lo describiría usted?

– Estúpido, inconsciente, desatento, corrupto, oportunista, machacado por la culpa, golfo con las mujeres y amante de los animales.

Es todo eso, sí, pero al mismo tiempo, dado que el libro es enteramente una confesión que Otash nos escribe desde el Purgatorio, una vez muerto, también se aprecia en él una cierta conciencia del bien y el mal.

– Sí. Otash cree en el crimen y en el castigo, en el pecado y en la redención.

– El personaje me hizo pensar en William Holden en El crepúsculo de los dioses, que cuenta la historia a partir su muerte en la piscina. ¿Siempre pensó que la novela tendría esta forma confesional, por llamarlo de algún modo?

– Sí. Planeé la novela de principio a fin, hasta el más nimio detalle. Pero en realidad es una comedia. Una comedia que me ha permitido tomar a algunos personajes famosos del mundo del cine a los que aborrezco, como James Dean o Nicholas Ray, y meterme con ellos.

Cierto. James Dean queda fatal en el libro, aunque diría que Nicholas Ray sale aún peor parado…

– Es posible. Era un tipo que corrompía a todos esos actores y actrices jóvenes que tenía alrededor.

En cualquier caso, lo que es indudable es que muchos de los personajes del libro —Rock Hudson, Natalie Wood, Elizabeth Taylor— fueron grandes estrellas. Ni siquiera las revistas como Confidential consiguieron acabar con su fama.

– En realidad, Confidential lograba hacerlos accesibles para la audiencia. Los bajaba del pedestal mostrando sus defectos y eso transmitía a los lectores la idea de que, a lo mejor, en algún momento, si se dieran las circunstancias adecuadas, existía la posibilidad de acostarse con cualquiera de ellos. Esa es mi teoría sobre el éxito de revistas como esa: hacer accesibles a las estrellas. Por eso sus escándalos no jugaban tanto en su contra. Rock Hudson traicionó a sus novios, por ejemplo, para evitar que lo sacaran públicamente del armario, lo cual fue muy poco noble por su parte. Y hubo otros actores y actrices cuyas carreras se truncaron a raíz de publicaciones de una revista como Confidential.

No era una época fácil, desde luego. También estaba toda la persecución contra los supuestos comunistas que había en la industria del cine. ¿qué piensa de eso?

– En su mayor parte fue justificada. No hablo de McCarthy y de todo lo que hizo, pero muchos de los comités de investigación que lucharon contra el comunismo estaban conformados por personas honorables. Y existía una conspiración comunista para socavar la industria cinematográfica, eso es un hecho.

De acuerdo. Pasemos al estilo. Los lectores reconocerán al Ellroy de siempre en esta novela; sin embargo, hay en ella algunas variaciones.

– Sí. Para empezar, está escrita en primera persona. Suelo escribir en lo que se conoce como tercera persona subjetiva, de manera que cada capítulo está narrado desde el punto de vista de un personaje. Normalmente, tres o cuatro personajes distintos. Pero en este caso yo quería usar solo una voz. Necesitaba que Freddy apareciera en todas y cada una de las escenas. Por otro lado, hay muchísimos juegos de palabras, como corresponde a una comedia.

Sí, y le aseguro que están perfectamente traducidos por Carlos Milla. La novela en castellano mantiene todo ese juego y, a ratos, es muy divertida. Otro de los personajes célebres que aparece en la novela es John Fitzgerald Kennedy. ¿qué opinión tiene usted de él?

– Fue un presidente de segunda fila; no era un mal tipo, pero estaba consumido por las pasiones. De hecho, se le recuerda más ahora por sus amoríos y su trágica muerte que por otra cosa.

Hablando de J.F.K., tengo entendido que uno de sus libros de cabecera es Libra, de Don DeLillo (que trata precisamente sobre Lee Harvey Oswald, el asesino de Kennedy). ¿Puede decirme los títulos de algunos otros libros que salvaría de la hoguera?

Compulsion, de Meyer Levin, sobre el célebre caso criminal de Leopold y Loeb, y True Confessions [Confesiones verdaderas], de John Gregory Dunne, que trata sobre el asesinato de la Dalia Negra.

Para terminar, sus seguidores estábamos en la mitad del segundo Cuarteto de Los Ángeles, después de Perfidia y Esta tormenta. ¿Podremos leer el tercer libro pronto?

No. Ahora mismo estoy escribiendo otra novela con Freddy Otash de protagonista. Algo totalmente distinto, con una voz mucho más trágica.