La niña fantasma

Por Gabriela Ybarra

Me da pudor escribir un artículo sobre mi poética y mi universo literario habiendo publicado, hasta ahora, un único libro: El comensal (Caballo de Troya, 2015), pero aprovecharé el espacio que generosamente me ha cedido esta revista para reflexionar sobre mi proceso creativo y enunciar algunos temas que me interesan.

Mi ideal de creación está en la infancia. Mi principal meta no es llegar a escribir igual de bien que otra autora u otro autor, sino recuperar la libertad y la espontaneidad con la que me expresaba de niña. Desde que aprendí a leer, la escritura empezó a formar parte de mis juegos: representaba obras de teatro con mis amigas, inventábamos revistas. Ellas dibujaban, construían escenarios o interpretaban personajes y yo escribía. Cuando tuve mayor consciencia del tiempo, hacia los cinco años, empecé a desear dejar de crecer. Recuerdo estar triste el día de mi doce cumpleaños porque sentía que, mientras soplaba las velas de la tarta, mi niñez desaparecía. Aquel verano en el que inauguré mi adolescencia, mi familia se mudó de Bilbao a Madrid. Me resulta difícil separar el duelo por la pérdida de mi infancia con el de la desaparición de los espacios en los que crecí: la casa familiar, el barrio de Neguri, los montes de Vizcaya, el mar Cantábrico.

Mi familia se mudó a Madrid huyendo del terrorismo de ETA y persiguiendo la promesa de encontrar mayor libertad en la capital. No sé si mis padres alcanzaron su objetivo, pero yo, al llegar a Madrid, enmudecí. No sabía cómo expresarme en mi nueva ciudad. Casa ya no significaba casa. Ventana tampoco significaba ventana. Me resultó muy difícil hacer amigas y moverme por los nuevos espacios. Había un montón de lugares por descubrir, pero el único camino que yo deseaba emprender era el de regreso al barrio de mi infancia. Apenas volví de visita al País Vasco, para mi familia lo más importante era que me integrara en Madrid, algo que tardaría varios años en suceder. Muchas veces imagino cómo hubiera sido mi vida si no nos hubiéramos tenido que mudar. Qué temas me preocuparían. Cómo serían mis textos.

Necesito regresar a la infancia para recuperar la libertad y conseguir expresarme con elocuencia. Mi hijo de cuatro años me ayuda a aprender a hablar. Cada día miro sus labios para intentar entender cómo se articulan frases y conceptos nuevos. Él mira los míos. Nuestros aprendizajes se retroalimentan. A medida que el terrorismo y el trauma familiar se fueron haciendo cada vez más visibles, yo fui enmudeciendo. Empecé a ser consciente de que había gente que podía hacer daño a mi familia por algo que yo dijera. Mi padre es periodista. A mi padre lo querían matar por escribir o por ceder espacios como este para que otros expusieran sus ideas. El nombre de mi padre apareció en una lista de objetivos de ETA. Así comienza la malquerencia, con una mano trazando el nombre y el apellido de mi padre sobre un trozo de papel. Las palabras escritas son más poderosas de lo que parecen a simple vista. Pueden condenarte o salvarte. Hace diez años que ETA anunció el cese de su actividad armada y yo aún siento un peso demasiado grande por cada palabra que digo o escribo en público. Uno de mis deseos es deshacerme de esa carga. En mi proyecto literario aspiro a transformar el dolor, los traumas familiares y los duelos enquistados en algo más ligero y asumible. Todo lo que escribo forma parte de un proceso de creación de un lenguaje propio, alejado del lenguaje político, con el que construir un refugio en el que sentirme libre. Me gusta imaginar que mis libros son conjuros que me protegen y que me permiten encantar la realidad.

En mi primera novela, El comensal, enuncié el trauma familiar. Reconocí que el secuestro y asesinato de mi abuelo paterno a manos de ETA en 1977, seis años antes de que yo naciera, había ocurrido de verdad. En mi familia siempre habíamos quitado importancia a la amenaza terrorista porque deseábamos llevar una vida normal, lo más parecida posible a la de la mayoría de la gente que nos rodeaba. En 2011, la muerte de mi madre, aunque triste, hizo que las relaciones y las responsabilidades familiares cambiaran abriendo nuevos caminos. Mi madre me inculcó desde niña el valor de la discreción porque, durante los años en los que ETA estuvo activa, pasar desapercibida podía salvarte la vida. La desaparición de mi madre y de su prudencia abrieron una grieta que me permitió contar mi historia. Me costó mucho terminar el libro. Hilaba las frases con dificultad, pero necesitaba seguir. El valor de El comensal tal vez resida en que aprendí a escribir para contar aquella historia. Ahora, con distancia, veo la novela como un balbuceo. Al mirar su portada, recuerdo el relato La analfabeta de Agota Kristof, quien tuvo que volver a aprender a hablar y a escribir en el idioma de su exilio. Han pasado ya unos años desde que terminé mi primer libro y hoy me resulta curioso el título que elegí. En su momento, el comensal representaba para mí una metáfora de la aparición de la muerte en lo cotidiano. Cuando alguien se muere, uno de los lugares en donde mejor se aprecia su ausencia es en el hueco vacío que deja en la mesa familiar, porque todos tendemos sentarnos cada día en el mismo sitio. Lo que no sabía entonces es que estaba poniendo nombre a mi primer fantasma. Nunca preví que luego aparecerían más.

Escribo para tratar de recuperar mi infancia y para domesticar a mis fantasmas. La escritura de mi primer libro me ayudó a enunciar el trauma, pero hizo emerger todo un nuevo universo de herencias familiares y ancestros hasta ahora invisible para mí. Una autora inglesa a quien admiro mucho, Muriel Spark, empezó a escribir novelas después de convertirse al catolicismo. La autora creía que la espiritualidad es lo único que da sentido al arte. La religión cambió su visión poética de la existencia; no concebía un mundo que excluyera las experiencias sobrenaturales y, finalmente, se aferró al catolicismo como vía para integrarlas en su vida. En mi proceso de construcción de un nuevo lenguaje más libre a menudo encuentro fantasmas. Cuanto más escribo, más espectros veo. Siento que hay presencias que me acompañan cada día mientras preparo el desayuno y juego con mi hijo en el parque. Pero cuando más fantasmas percibo es cuando me siento a escribir. En la pantalla de mi ordenador encuentro sombras detrás de cada letra y de cada palabra.

¿Qué hago con los espectros? ¿Dónde los meto? ¿Si los fantasmas siempre vuelven, cómo los integro en mi vida? Al igual que Muriel Spark, yo tampoco concibo un mundo que excluya lo sobrenatural. De hecho, estoy convencida de que existo dos veces: una en Madrid, como mujer de treinta y ocho años y, otra, como niña fantasma en la casa en la que crecí en el País Vasco. Allí asusto cada noche a sus nuevos moradores y a todo al que se atreva a pasear cerca de los muros de su jardín: «Esta es mi casa, marchaos. Fuera de mi barrio, largaos». Soy una presencia que recuerda a los vecinos que allí vivió una familia que tuvo que irse para que no mataran al padre. Mi errancia es incómoda. Ser mitad fantasma también lo es.

El problema que tienen los fantasmas es que es muy fácil que te paralicen, por eso, para mí, escribir también es bloquearse. Puedo pasar temporadas sin anotar una línea, pero eso no significa que no esté escribiendo. Durante mis bloqueos trato de buscar una narrativa a la que aferrarme. Imagino nuevos lenguajes. Ahora busco las palabras del conjuro que me permita retornar a mi infancia y articular un idioma con el que poder comunicarme con mis espectros. Antes de pronunciar la primera frase en una nueva lengua hay que sumergirse en ella durante un tiempo. Escuchar las palabras, absorber su significado, entender su gramática y su fonética. Luego ya se puede empezar a hablar. Algo parecido me ocurre con la escritura. Antes de avanzar, necesito descubrir, comprender y asimilar nuevos aprendizajes sobre mi vida, mi pasado y el mundo que me rodea. Es un proceso complejo. A veces siento que estoy perdida en un bosque muy tupido y la única manera posible de desbrozar un camino de salida es escribir la frase adecuada. Frase a frase, párrafo a párrafo voy despejando mi ruta.

La lectura es casi la única fuente de luz que tengo en el bosque. Algunos libros son como pequeñas luciérnagas que me acompañan y me indican qué palabra elegir. Leo historias de fantasmas, de exilios, ensayos de lingüística. Investigo sobre el significado de las sombras, sobre la psicología de la adolescencia, sobre la arquitectura vasca. Mientras escribo, me alumbran autores como W. G. Sebald, Agota Kristof, Fleur Jaeggy, Toni Morrison, Shirley Jackson, Severo Sarduy, Mariana Enríquez, Elvira Navarro, Vigotsky, Richard Sennett… Sus obras me ayudan a enriquecer mi vocabulario y a escribir el conjuro que me proteja del trauma y me acerque a la libertad.