MANUEL BORRÁS: «La intuición del editor es fundamental para la supervivencia de la literatura»

POR GINÉS S. CUTILLAS

Llego antes a la cita con Manuel Borrás en Valencia. Aprovecho para darme una vuelta por el barrio donde Pre-Textos tiene localizada la editorial. Ruzafa ha dado un cambio en los últimos años. Ahora fluye la vida en cada esquina. A las diez en punto, llamo a la puerta de las oficinas del primer piso del edificio y me recibe el editor con una amplia sonrisa. Allí se despliega una vasta biblioteca que abarca todas las paredes. La suya personal, me cuenta, la componen mil tomos, ni uno más, ni uno menos. Hablamos de forma animada cerca de tres horas. Silvia Pratdesaba está en el escritorio de al lado, apostillando algunos de los muchos datos que Borrás rescata de su memoria. Echo en falta la presencia del tercer componente de esta apasionante historia: Manuel Ramírez. Sin darnos cuenta, se nos va la mañana hablando de literatura y de la historia de una de las editoriales que durante más de cuarenta años han marcado el pulso literario en España.

– Hábleme de los comienzos de la editorial.

– Nuestro primer libro se pone en circulación en septiembre del 76. Coincidimos con el nacimiento de El País, que comenzó su andadura en febrero o marzo del mismo año. Somos hijos de la Transición. Ahora que miro atrás me sorprendo. Teníamos veinte años y habíamos puesto nuestro primer libro en circulación -que se había estado pergeñando desde dos años atrás, el 74-, cuando recibimos los permisos gubernativos, tarea nada fácil porque todavía estábamos en dictadura. De hecho, la Brigada Político-Social irrumpió un día en casa de mi familia, donde aún vivía, porque les parecía muy raro que un joven, universitario todavía, quisiera montar una editorial y encima en una ciudad como Valencia, que apenas tenía otras como la de Fernando Torres, y que no se caracterizaba por tener un tejido editorial por aquel entonces, aunque ya sabes que Valencia sí que tuvo tradición: la imprenta entra en España por aquí. Pensaban que éramos una pantalla de algo o de alguien, y que habían utilizado nuestras identidades para no sé qué tipo de conspiración judeo-masónica o vete tú a saber. La paranoia de toda esta gente, enfatizada más aún cuando el régimen daba sus últimos coletazos, no tenía parangón. Ahora que miro con perspectiva, y veo lo jóvenes que éramos, me deprimo un tanto al ver que los jóvenes de hoy en día no podrían poner en marcha un proyecto como el nuestro, no porque no tengan la misma capacidad -que la tienen-, sino porque existe una censura mayor, que es la económica. En esta sociedad aparentemente liberal, estamos asistiendo a la asunción de nuevos métodos de control y represión, y a mí como individuo me resulta deprimente ver cómo gente que podría ser como yo, hace cuarenta y tres años, no puede hacer hoy lo que nosotros hicimos entonces.

– ¿Cree que hay una nueva censura?

– Creo que sí y se ve en todos los ámbitos. Hemos incorporado de tal manera el policía en nosotros mismos que asusta.

– ¿Alguna vez ha tenido que decirle a un autor que suprimiera un fragmento de su libro porque le podría traer problemas?

– Nunca, aunque sí he de decir que alguna vez no he estado de acuerdo en opiniones sobre terceros. Si he tenido confianza lo he comentado y, si no, también. A veces los autores las matizan, a veces no, pero nunca he osado censurar nada ni a nadie. En una ocasión perdí un amigo porque en un libro nuestro se hacía alusión a un capítulo sensible de su vida que no le gustaba. Se lo comenté al autor,  no lo cambió, me retiró el saludo el aludido y no hubo manera de recuperar nunca aquella relación. Los Torquemada para el Santo Oficio, los editores a lo suyo.

Nunca he sido un editor intervencionista, siempre he sido muy respetuoso con la obra que me ha llegado. Aunque, como el lector siempre está antes que el editor, sí que percibes que hay cosas que podrían ser perfectibles y es entonces cuando tienes la obligación moral de decírselo al autor, quien tiene todo el derecho de hacer caso o no, porque el libro es suyo. Curiosamente los autores jóvenes son los más complicados y es legítimo también equivocarse, aunque la mayoría de los autores, siempre que lo argumentes bien, no tienen problemas en hacerte caso, teniendo también en cuenta, claro, que cuando intervienes no has de pensar que has participado como co-autor en ese libro, algo, por cierto, que indicaría una falta de ética profesional enorme por nuestra parte.

– La editorial nace con la idea de reivindicar a los autores republicanos en el exilio. No debió de ser fácil. ¿El gobierno sabía de sus intenciones?

– Sí, el gobierno lo sabía porque sabía casi todo de nosotros, aunque, en honor a la verdad, quitando ese primer tropezón con la Brigada Político-Social no pusieron ningún problema. Lo que sí tuvimos fueron repetidas amenazas de la extrema derecha, que era una especie de continuación del control del estado sobre la población. El aparato represor aprovechaba esta fuerza bruta para amenazar a diestro y siniestro, o para quemar una librería, como la Rafael Alberti, o aquí en Valencia, la de Raúl González del Río, a la que lanzaron un cóctel molotov, o la Tres i Quatre, que estaban acosando constantemente. A nosotros, por fortuna, sólo fueron amenazas, nunca padecimos una agresión, aunque estuvimos a punto. Nos reuníamos los fines de semana en la casa de la familia de Manolo Ramírez, en un pueblo de las afueras de nuestra ciudad, para preparar nuestro trabajo y se ve que enviaron un comando para darnos una paliza o simplemente un susto. Gracias a la carnicera donde habitualmente comprábamos, que se llamaba Armonía y era roja -como la mayoría de la población de ese pueblo- que nos avisó de que gente extraña estaba preguntando por una casa cuyas características coincidían con la que estábamos, pudimos irnos aprisa y volver disparados a Valencia. Fue una especie de aviso. Había ciertas líneas rojas que no te iban a permitir atravesar. Pero las atravesamos porque estaba en nuestro ADN, el de los tres fundadores: Silvia Pratdesaba, Manolo Ramírez y yo. Nuestras familias pertenecían a las mal llamadas del bando vencedor de la guerra civil —aunque en la mía por vía materna había ascendentes republicanos— y, aunque no eran franquistas, sí eran monárquicas. Pertenecemos a una generación, junto a Juan Manuel Bonet, Andrés Trapiello y tantos otros, que entendimos que debíamos colaborar necesariamente a conciliar esas dos Españas cercenadas de la manera más bárbara, acabar con ese maniqueísmo de los buenos y de los malos. Nosotros quisimos contribuir con nuestro pequeño granito de arena a algo que ya se gestaba, la Transición, dando visibilidad a unos autores a los que “nuestras familias” -hipotética o teóricamente- habían doblegado y, en consecuencia, relegado.

Tenemos anécdotas preciosas. Por ejemplo la de los padres de Antonio Deltoro, estupendo poeta nacido en el exilio, que vinieron de México para conocernos. Cuando se encontraron a unos chavales de veinticuatro años, se emocionaron porque pensaban que la editorial estaba dirigida por gente de su generación, por viejos republicanos. Nos conmovió que nos identificaran como iguales a pesar de la diferencia generacional.

– Ese primer libro, ¿cuál fue?

– Queríamos publicar a los autores de la diáspora republicana. Comenzamos a contactarlos y he de decir que todos contestaron muy amablemente, Jorge Guillén, María Zambrano, etc. Pero siempre nos decían lo mismo: «Tengan ustedes un catálogo y entonces les entregaremos un libro». Veían que éramos muy jóvenes. El primero en confiar en nosotros fue un republicano vasco exiliado, Juan Larrea, de quien ya había leído en la edición que hizo Barral su Versión celeste y con quien había tenido una pequeña relación epistolar previa a la fundación de Pre-Textos. Gracias a su confianza y generosidad, nos envió un libro precioso: Al amor de Vallejo, que inauguró esa línea de recuperación.

Después de dos años de ponernos trabas gubernativas, cuando por fin nos aprobaron el proyecto nos encontramos con que no teníamos autores, así que nos vimos obligados a tirar de traducciones para salir del impás. Yo, que soy de formación alemana, quise anteponer lo alemán a lo francés. Pero en aquella época tradujimos mucho más de este último y nos pusieron la etiqueta de afrancesados, y de afrancesados nada. Simplemente recurrimos a ellos, por supuesto, por interés pero también porque ellos, nuestros colegas franceses, fueron los que confiaron en nosotros. Y no estamos hablando de editoriales pequeñas, sino de Seuil, Gallimard, Minuit… Y lo digo en honor a nuestros colegas franceses que se han distinguido del resto, arriesgando más seguramente por creer como creen en su propia cultura. Les estaré eternamente agradecido porque pudimos contratar a autores de la talla de Francis Ponge o Giles Deleuze, por ejemplo, y no nos pusieron pegas por ser una editorial pequeña y periférica. No como otros. Quise publicar a James Salter antes de ser conocido en España y nos dijeron que este autor no se ajustaba a nuestra línea editorial por ser ésta de corte escolástico. Falta de argumentos, porque a ver dónde está nuestro escolasticismo.

Manuel Borrás y Silvia Pratdesaba en las oficinas de Pre-Textos en Valencia.

– Pre-Textos ha cuidado siempre las traducciones.

– Puntualmente se puede desempolvar una traducción, pero los editores tenemos la obligación de dar de comer a los nuevos traductores y de poner al alcance de los lectores traducciones actualizadas. Y es también por una cuestión de honestidad: la sensibilidad de nuestra lengua varía cada veinticinco años. A los clásicos hay que actualizarlos en buenas traducciones. Solamente recuperamos la traducción que Eduardo Marquina hizo de Las flores del mal de Baudelaire porque entendimos que respetaba la atmósfera en la que fue escrita la obra original, u otra de Cortázar. Pero, por poner otro ejemplo, cuando publicamos una antología no tópica de Chéjov, que a día de hoy es una venta constante en la editorial, coincidió nuestra edición con la salida de la antología que hizo Richard Ford del autor ruso, lo que hizo que la nuestra quedara totalmente sepultada. La que trascendió en prensa, por meros intereses industriales, fue la de Ford, puro acarreo de traducciones variopintas y desde distintas perspectivas históricas. Sin embargo, a día de hoy no sé si seguirá vendiéndose la de Ford, lo que sí sé es que la de Pre-Textos no deja de reeditarse.

Es pertinente apuntar que nuestra editorial no ha querido circunscribir sus traducciones al español que se habla en la Península Ibérica. Hemos incorporado a traductores de ambas orillas.

– Hablando de traducciones y de Trapiello, ¿qué piensa de su traducción en Planeta de El Quijote al castellano actual?

– Creo que es legítimo y voy a poner un ejemplo que utilizo en mis clases de edición: el de la dificultad de un niño español leyendo El Quijote. La pregunta es la siguiente: ¿Por qué un niño inglés lee el Quijote como si fuera un contemporáneo y un niño hispano no? El de aquí está condenado a leerlo en el español del siglo en el que lo escribió Cervantes. Ahí tenemos un problema. Que alguien haya hecho ese esfuerzo titánico es digno de elogio. ¿Le hace falta al Quijote? Al Quijote no le hace falta nada, pero sí que es útil para los lectores. E insisto, es de agradecer.

– ¿A los filósofos se les ha de leer en alemán?

– Sin menoscabo de los anglosajones y franceses, la gran filosofía del siglo XVIII al XX se ha escrito en alemán. En el propio idioma están las connotaciones.

– En su catálogo, quizá por su formación en inglés y alemán, hay muchas traducciones de estos idiomas. Además de la coyuntura de los franceses que ha comentado, vemos también muchos títulos italianos.

Italia es una gran desconocida. Para vender mil quinientos ejemplares de La luna e il falò de Cesare Pavese, hemos tardado diez años. Somos dos culturas que nos ignoramos, aunque en esa ignorancia recíproca, la balanza se inclina a nuestro favor. Ellos han tenido una gran tradición de hispanistas, mientras nosotros nunca hemos reparado tanto en su cultura, en esa otra gran cultura hermana. Es más o menos lo que ocurre con Portugal, que es como nuestro vecino ignorado. Siempre he insistido en que Portugal está más allá de Pessoa y Camões, de hecho la gran literatura de hoy también se está escribiendo en portugués -con el portugués de las dos orillas- además, claro, de en español y en inglés.

A ver si de una vez por todas empezamos a hablar de literatura en español, no de literatura española, que sería circunscribirlo a la península: el diez por ciento del total de los hispanoparlantes. Aquí tenemos excelentes poetas y narradores, y te diría incluso que buenos ensayistas, aunque no nos enteramos. Siempre vamos a los mismos: Eugenio Trías, por ponerte un caso, a quien nadie le respiraba pero que se tuvo que morir para que se le hiciera el caso que merecía su obra, o la mencionada María Zambrano, que se quejaba de que aquí pocos le hubieran parado bolas, como dicen los amigos colombianos.

– Hablando de ignorarnos. ¿Qué pasa entre España y Latinoamérica?

– Los grandes grupos editoriales son empresas que han tenido la capacidad económica para que hubiera una reciprocidad que a día de hoy no existe. Sin embargo, ahora las editoriales industriales, como pueden ser Planeta o Random, están sufriendo las consecuencias de cierto comportamiento neocolonialista en sus prácticas editoriales, es decir: desde hace tiempo, para desembarcar en una país como Colombia, Argentina o México, por ejemplo, primero publican a autores locales con prestigio -por los que, por cierto, no habían apostado antes-, para granjearse el favor local y después poder colocarles a sus autores de la península. Todo ello, además, sin que se dé reciprocidad, es decir, sin que muchos autores valiosos de América se vean apenas en las librerías españolas.

Creamos una inercias totalmente equívocas y dan lugar a algo sospechoso, que es esa extraña unanimidad que ya no se cree nadie. No voy a personalizar, porque podría ser muy vasto el asunto. ¿No resulta un poco sospechoso cuando no cómico, que traten de vendernos al último genio guatemalteco o paraguayo para a renglón seguido seguir ignorando todo lo que acontece en lo literario en Guatemala o Paraguay? Y me remito a las pruebas cronológicas, cuando Barcelona se atribuye el boom. Barcelona no dijo nada del boom latinoamericano hasta que París dijo: «Cortázar es un genio», por ponerte un ejemplo. Como también es verdad que un gran grupo de intelectuales de la izquierda española, en un número monográfico dedicado a la literatura española en Cuadernos para el Diálogo, la denigran con la mayor de las ligerezas, refiriéndose a Galdós como el garbancero. Está bien que hayan evolucionado y que hayan dejado de pensar que Galdós era un garbancero, pero lo dijeron. Como lo de “el cursi de Juan Ramon Jiménez”, etc. Vayan a las hemerotecas y compruébenlo. A más de alguno de nuestros “preclaros” se les subirían los colores si se lo recordásemos. Por eso es tan importante la preservación del archivo. Estoy harto de escuchar a editores atribuirse cosas que no hicieron, como si hubieran contribuido, en el colmo de la desfachatez, a escribir la excelencia de las obras.

– Entiendo entonces que no se consideran una editorial industrial.

– Hay una clara línea divisoria entre el editor industrial y el literario, y aunque las dos figuras seamos importantes, y más en una sociedad como la hispana, en la que no nos hemos caracterizado nunca por un índice de lectura adecuado y en la que se lee poco y mal. Es evidente que una editorial industrial, debido a su macroestructura, tiene que contemplar con mayor ahínco su cuenta de resultados, cosa que tampoco les diferencia de nosotros, que también tenemos que tenerla en cuenta para sobrevivir. Aun así, lo que nos diferencia es que los editores literarios anteponemos a la cuenta de resultados el proyecto cultural que proponemos a la sociedad. Con ello tampoco pretendo decir que la industria editorial esté de espaldas a la cultura, sólo hay que pensar en editores literarios tan buenos como Carlos Pujol o Rafael Borrás en el conglomerado de Planeta o Claudio López Lamadrid en el de Random, y que han puesto también a disposición del lector gustoso grandes obras de la literatura.

– Ese proyecto cultural que comentas, ¿ha ido cambiando a lo largo de la existencia de la editorial?

– Yo creo que sí. Se ha moldeado, ha mejorado y siempre sin dejar de pensar que esto es un negocio. Te he de decir, y aquí creo que soy portavoz tanto de Silvia como de Manolo, que hemos sido muy afortunados al poder haber realizado un trabajo que nos apasiona a lo largo de cuarenta y tres años. Gracias al fondo que hemos ido pergeñando durante todo este tiempo, hemos podido sobrevivir a muchas de las vicisitudes que se nos han ido planteando, como por ejemplo: a los cuatro años de comenzar, la distribuidora nacional con la que trabajábamos quebró y no sólo no recuperamos los libros, sino que además, al serle embargados a la distribuidora, salieron a subasta a un precio mucho más bajo,  haciéndonos además competencia ilícita. En fin…

Y aun así, nunca hemos dejado de publicar a autores en los que creíamos, a pesar de saber que no íbamos a recuperar la inversión. Muchos después acaban por ser reconocidos, ganan premios importantes, que confirman que quizás no hayamos ido tan extraviados en nuestras elecciones. Y también, aunque son los menos, se pasan con armas y bagajes a otras editoriales que les interesan más por cuestiones económicas o por su proyección futura, incluso cuando los editores literarios aún ni siquiera hemos recuperado parte de la inversión realizada previamente en ellos. Es triste, pero uno no tiene más remedio que plegarse a las leyes del mercado.

Soy un firme defensor de la bibliodiversidad, pero también entiendo que tanta publicación sin control da lugar a malentendidos. La gente está desconcertada, comenzando por los pocos libreros que quedan. El otro día, uno de Zaragoza dijo que cerraban porque ya no podía ni siquiera registrar las novedades que le llegaban. Aunque quizás sea una exageración, lo que es evidente es que el lector de hoy está más desamparado que el de antes. Antes había críticos que fijaban jerarquías y eso es muy importante. No todo vale en literatura.

– ¿Cree que quedan críticos auténticos en España?

– Creo que sí, aunque cada vez más emboscados. Y a aquellos otros que fungen como tales en las páginas de cultura de la mayoría de los diarios nacionales se les ve cada vez más escorados en lo que respecta a sus dependencias de “empresa”. Me duele decirlo, porque ha sido uno de los periódicos de referencia para mi generación y un diario que siempre nos ha tratado bien, pero nadie se cree ya las críticas de un periódico como El País, tampoco de ABC o de La Vanguardia, etc. tan unánimes, tan coincidentes en sus criterios, tan provincianos, tan intercambiables… con una mirada tan corta en un momento, además, en el que se están editando cosas tan buenas. No hay quien lo entienda o sí, una vez más se demuestra lo poco que interesa a esas empresas la cultura. No ven más allá de los clientes que publicitan en sus páginas. Y conste que lo digo con harto dolor de mi corazón y sabiendo además que me arriesgo a que me ignoren, pero mi compromiso, mi pacto de amistad con lo que yo creo que es la cultura de verdad, me obliga a ser crítico.

– ¿Qué piensa de este nuevo auge de las editoriales independientes que está ocurriendo en España?

– Es verdad que se publican muchas obras prescindibles, aunque también hay algunas editoriales que están muy bien orientadas. Hacer un libro con los medios de hoy en día es fácil, hacer una buena edición es lo complicado. Editar es compartir. Cuando descubres algo que te ha sido propicio, lo que quieres es hacerlo llegar a más gente. Esta es una de las cosas que engrandece nuestra profesión. Por lo tanto, tenemos que ser muy cuidadosos con lo que elegimos para los otros. Hay que seleccionar obras que, egoístamente, nos hagan imprescindibles.

La tendencia de las nuevas editoriales es dar una visión de la literatura muy fragmentada, que no fragmentaria, adecuándose a esta nueva forma de entenderla que es el recorrido breve. A ti, que te interesa el microrrelato, yo creo que en el microrrelato se puede encontrar la excelencia de la literatura tanto como en una novela de mil páginas.  En una acuarela puede estar toda la excelencia que hay en un óleo y, sin embargo, en un óleo no haber nada de la excelencia de la pintura.

Durante cuarenta y tres años no me he cansado de reivindicar la importancia que tiene la intuición en un editor, y no sólo remitiéndome a mi propia experiencia, sino también a la de otros editores españoles e internacionales. La intuición hay que anteponerla a la información. La información nunca nos llega de centros neutrales, nos llega ya sesgada.  La intuición del editor es fundamental para la supervivencia de la diversidad en literatura, aunque por sí sola la intuición no sea nada. Tiene que estar engastada en tu propia experiencia. La una sin la otra no sirven absolutamente de nada. Personalmente, lo que me sigue interesando es descubrir.

Por otra parte, la literatura necesita de tranquilidad, no podemos estar con urgencias ni ser esclavos de las modas pasajeras. La naturaleza de la literatura es lenta por definición. Hay que acomodar los derechos de las obras a la realidad, si no, vivimos en una burbuja irreal en la que la literatura es sustituida por el espectáculo, en la que los escritores han dejado de ser escritores para convertirse en autores y eso ha hecho daño a la literatura. Tenemos que esperar a que se cumplan los ciclos. No se puede precipitar la literatura por muchas urgencias que tenga la industria y, si se fuerza, es de manera artificial y, en consecuencia, está condenada al fracaso.

– ¿Publican obras sueltas de un autor o existe cierta fidelidad hacia su carrera literaria?

– Un autor, por muy bueno que sea, tiene libros mejores y otros que son de transición, importantes en lo que a su evolución respecta. Se han dado casos de autores queridos de la casa, en los que se les ha dicho que un libro no estaba a su altura ni a la de las expectativas que había despertado en los lectores. Esto se le ha dicho a más de uno, y también que éramos sus editores y que por eso tenía nuestro apoyo si al final decidía seguir adelante. Ha habido veces que han retirado esos libros a fin de liberarnos de esa obligación, llevándoselos a otras editoriales, y otras en las que los hemos acabado publicando nosotros por lealtad a esos escritores.

– ¿Cómo se reparten las tareas los tres socios que forman Pre-Textos (Manuel Ramírez, Silvia Pratdesaba y Manuel Borrás)?

– Al principio las decisiones se tomaban colegiadamente, es decir, compartíamos las obligaciones, los tres leíamos y los tres decidíamos qué se iba a publicar. Cuando la editorial creció, cada uno fue evolucionando hacia el lugar natural donde se sentía más a gusto y ha sido bonito, porque cada uno se centró en el aspecto del negocio donde podía rendir más. Silvia evolucionó, sin dejar de ser lectora, hacia la cuestión económica, y Manolo hacia la cuestión de producción y la presencia física de los libros, porque ha tenido una formación visual muy grande. Yo me he quedado relegado a la selección, aunque he de decir que para mí sería mucho más fácil tomar una decisión colegiada y, si nos equivocamos, lo hacemos los tres. Desde hace veinticinco años soy el único que me equivoco y, si se da el caso, soy el primero en tenerlo que reconocer y dar fe. Mi misión hoy en la editorial se circunscribe a la lectura y a la selección. También en el trato directo con los autores.

– ¿Qué libro le hubiera gustado publicar y se le escapó de las manos?

Se me escapó James Salter, como te he comentado… Podría decirte muchísimos. Ocean Young, un joven poeta. Me encantaría, por ponerte otro ejemplo, tener en la colección de clásicos una edición de Galdós, a pesar de que ya está más que editado, acompañada de un prólogo ad hoc de alguien muy cercano a la editorial. También sentí perder la oportunidad de ser el editor de Suite française de Irène Némirovsky cuando nadie la conocía. Nos pusimos incluso en contacto con uno de sus familiares supervivientes y al final no pudimos. Aunque quizás tampoco, todo hay que reconocerlo, hubiera tenido tal éxito de ventas al no ser nosotros editores de Barcelona o Madrid. Del corporativismo habría mucho que hablar también.

Pre-Textos ha publicado maravillas como Lea Goldberg, de la que no vendimos ni cien ejemplares en los primeros años. Actualmente se vende bastante bien gracias a un librero prescriptor, Gonzalo, el librero de Tipos Infames en Madrid. Él solito ha vendido cientos. Esos pequeños milagros se dan de vez en vez. Yo siempre digo que nadie echa de menos a un desconocido. Lo que engrandece nuestra profesión y le da sentido es poder tender puentes entre dos mundos que están separados, pero condenados a entenderse: el mundo de los autores y el de los lectores.

– ¿Qué libro del catálogo ha sido un sueño realizado?

– Muchos. Empezaría por los españoles. Siempre digo que hay un Manuel Borrás antes de conocer a Ramón Gaya y otro después de conocerlo. El hecho de publicar a Ramón Gaya completo y seguir en ello ha sido una gran satisfacción. Junto a José Antonio Muñoz Rojas -a quien publicamos Amigos y maestros y otras muchas de sus obras inéditas-, contribuyó a conformar mi criterio estético. Son dos mojones ineludibles a los que les tengo un cariño enorme. También me llena de satisfacción seguir publicando después de tantos años los diarios de Andrés Trapiello, con un éxito muy escaso al principio, pero que se ha ido convirtiendo en un clásico de un género tan difícil como es el diarístico en nuestro medio lingüístico. Larrea fue una especie de padre iniciático: creyó en nosotros cuando nadie lo hacía. También mencionaría a José Luis Pardo, tan cercano desde el principio… A nivel internacional, Deleuze, quien utilizó una acuarela mía como portada de un libro suyo y la tuvo expuesta en su escritorio hasta el día en que se mató.

Yo hablo del catálogo como de una casa común que ha ido albergando a gente muy querida, alguna que ya se ha ido, como el poeta canario Luis Feria. O Canetti, a quien conocí. Muchos de nuestros encuentros han dado lugar a numerosas anécdotas, que quizás un día, si tengo la capacidad para ello, puedan traducirse en un libro. Nuestro libro de Canetti salvó a la editorial con sus ventas cuando embargaron a nuestro distribuidor. Estábamos muy desencantados, cuando coincidió que Las voces de Marrakesh entraba en imprenta y a él le concedían el Nobel. Canetti fue una especie de ángel aparecido que iba a condicionar la existencia de la editorial y nunca lo supo. Más o menos como le pasó a Jorge Herralde con Kennedy Toole, según le he oído.

– ¿Algún libro que se le haya escapado y se haya arrepentido?

– No, en realidad, no. Puede sonar pedante, pero hay algunos que acabaron en otras editoriales siendo éxitos y yo lo he celebrado, sin dejar de pensar que no era un libro para nosotros.

– ¿Qué piensa del último Premio Biblioteca Breve, Elvira Sastre?

– No pienso nada. Yo no he leído la novela, ni creo que vaya a leerla con lo que tengo que leer todos los días. Tendría que leerla para poder opinar, honestamente, y sería muy fácil meterse con ella ahora. Estamos en lo de siempre. Ya verás lo que tardarán en desollarla viva precisamente aquellos que la han encumbrado. Ojalá me equivoque. Actualmente hay editoriales inglesas y alemanas de proyección mundial, a las que yo admiraba, que están publicando verdadera basura. Eso te da a pensar que ya no existe la figura del editor.

– ¿Y del último premio Herralde, Lectura fácil de Cristina Morales?

– Hablo por medio de persona interpuesta, una autora de la casa. Me habló muy bien de la autora como persona y de su intervención en el último Hay Festival. A la hora de hablar del contenido del libro ya comenzó a recular y su opinión me merece mucho respeto. La verdad es que me gustaría gozar del tiempo necesario para leer y saber con quién “andan mis hijos”, pero por desgracia no dispongo de él.

– ¿Cree que es oportunista entonces este boom que estamos viviendo de literatura escrita por mujeres?

– Tal y como lo están vendiendo, sí. Lo creo firmemente. Y te pongo un ejemplo: en un college americano en el que iba a dar una conferencia, una reputada crítica presentó nuestra editorial como ejemplar, porque veía una proporción adecuada entre hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, gentes de izquierda y de derecha en nuestro catálogo como una virtud indiscutible del mismo. Puedes imaginarte lo que me chirrió. Cuando tomé la palabra para darle las gracias, tuve que hacerle una observación sin ánimo de llevarle la contraria. Le dije la verdad, que yo jamás publiqué a una mujer por su condición femenina, sino por el libro que le había descubierto, igual que cuando publiqué a un homosexual o a un heterosexual, o a un señor de derechas o a un señor de izquierdas. Si en mi catálogo esas proporciones resultan ser las adecuadas, quería decir ni más ni menos que el mundo, por fortuna, está equilibrado y bien hecho. Nunca hemos pensado en eso de las cuotas. Contamos además con grandes escritoras, insisto en ello, en el ámbito de la poesía y de la prosa en español.

– ¿Qué piensa del nuevo fenómeno instagramer, blogger y demás que acapara las colas de la Feria del Libro de Madrid?

– Celebro que tengan sus clientes, no son los míos, pero lo celebro. Yo a mis clientes los veo como lectores. Juan Ramón decía: «Yo no escribo para el público, yo escribo para lectores». Yo no edito para el público, para esas colas, edito para lectores y ojalá de esas colas, no lo dudo, salgan algunos lectores. Me encantaría que para oír a un poeta se llenara un estadio de fútbol, eso indicaría que estamos en un grado de cultura superior. Algo que no se da, ni se va a dar. La literatura es buena o es mala, no hay más. Yo celebro que cualquier persona que tenga un negocio salga adelante. Lo cuantitativo no desplaza a lo cualitativo, a pesar de que nosotros también hayamos contribuido a eso inconscientemente. La típica faja anunciando que se han vendido cien mil ejemplares de un libro siempre me ha parecido una falta de respeto a los lectores. ¿Y ahora qué pretenden, que sea yo el cien mil uno?

– ¿Cree que el género del ensayo está teniendo un repunte en España?

 – Creo que sí. De hecho, estamos publicando a autores jóvenes muy buenos. El año pasado editamos a Daniel Lesmes [Aburrimiento y capitalismo. En la escena revolucionaria: París, 1830-1848], Antonio Dopazo [Bergson y el problema de la creación], Miriam Moreno [Otra modernidad. Estudios sobre la obra de Ramón Gaya], Ignacio Castro Rey [Ética del desorden. Pánico y sentido en el curso del siglo], ahora a Aragüés [Deseo de multitud. Diferencia, antagonismo y política materialista]… Gente joven y muy buena.

– Tienen un gran número de colecciones en las que cualquier libro de calidad podría tener cabida. ¿Hay algún género que no transitéis?

– El que hemos transitado poco es el teatro. Ahora publicamos una comedia de Javier Gomá. También tenemos a Koltés en catálogo con su precioso De noche justo antes de los bosques o el drama estático El banquero anarquista de Pessoa… Pero si entra un libro lo suficientemente bueno, no tenemos reparo en abrir una colección nueva, como cuando llegó a nuestras manos uno de arquitectura de Juan Navarro Baldeweg.

– Después de cuarenta y tres años de historia, ¿cómo ve a Pre-Textos en diez años? ¿Han pensado en darle continuidad?

–  Nos lo hemos planteado, sí. Siempre tengo la esperanza puesta en la gente joven que nos rodea, que es alguna, pero también dudas de si vas a poner en sus manos un instrumento que puede acabar convirtiéndose en su trituradora, habida cuenta de cómo está el patio. Moralmente hay que pensarlo mucho. En el plano ideal, nos gustaría que se continuara. Si fueran añadiéndose jóvenes, creo que los tres socios seríamos los más felices del mundo, incluso permaneciendo nosotros mientras las fuerzas alcancen, ahí asistiéndoles, si lo necesitan. Pero es muy difícil, nunca sabes de las vicisitudes de la vida: si vamos a tener que vender, si van a acabar los bancos, tan cultos ellos, con nosotros…. Hemos tenido algunas ofertas. No me gustaría vender, me gustaría que se siguiera con el proyecto que pusimos en marcha, innovándonos. Trapiello, en el veinticinco aniversario, dijo que Pre-Textos no es una editorial sino un modo de estar en el mundo. Creo, a día de hoy, que mi amigo no andaba equivocado.

A día de hoy es un milagro que esta editorial exista, porque no nos ha apoyado nadie, sólo los lectores. Tuve que irme a Madrid en representación de la editorial para que empezaran a sacar reseñas en prensa y revistas. Siempre nos trataban de editorial catalana o madrileña. Ni los propios nos veían como locales. Yo soy licenciado por la facultad de Filología de Valencia y jamás me han invitado a dar una conferencia en esa universidad. Toda la gente que ha valido en Valencia ha tenido que emigrar a Barcelona o a Madrid. Félix Romeo siempre me decía «¿Qué os pasa en Valencia? Parece que siempre estáis a punto de despegar, pero nunca lo hacéis». Y tenía razón. Aquí no se vende un libro. Los empresarios valencianos, salvo muy escasas y honrosas excepciones, destacan por su falta de cultura y -lo digo con dolor- por su desprecio a la cultura.

Aun así, hemos tratado de hacer las cosas lo mejor que hemos podido, de la forma más honesta, estableciendo una interrelación con los autores, consiguiendo que el catálogo sea una casa común, propiciando el contacto y el diálogo entre personas que en ese momento estaban en las antípodas. Como profesionales hemos sido muy estimados. Siempre hablo de mis hermanos mayores, como fueron Esther Tusquets, Jorge Herralde o Beatriz de Moura… Y de los hermanos menores, como pueden ser los amigos de Siruela, mi querida Ofelia Grande, Periférica, Sexto Piso —con los que me siento muy identificado—, Impedimenta, Errata Naturae, Nórdica, Pepitas de Calabaza, Fulgencio Pimentel, Asteroide, Media Vaca, Libros del Viento, KRK, Isla de Siltolá, Renacimiento, etc., algunos de ellos gente joven de la que aprender, colegas siempre estimulantes, nunca competencia. Igual que pienso que Quimera es un foco de resistencia, como lo son algunas librerías. Ojalá con nuestra tozudez dichos focos de resistencia sigan vivos.

Esta entrevista fue publicada en Quimera 426, junio de 2019.