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Dos cartas inéditas de Unamuno

por Alberto Lauro


A los cinco mil ochenta y siete textos ya catalogados del autor español Miguel de Unamuno, cabe añadir ahora dos más: estas cartas, dirigidas a José de la Luz León, halladas por Alberto Lauro en el Archivo Nacional de Cuba.

 

En 1975 el investigador Pelayo H. Hernández logró computerizar cinco mil ochenta y siete textos de Unamuno. Una década después la cifra habrá sensiblemente aumentado al ir apareciendo nuevas cuartillas del incansable escritor vasco, situado ahora entre dos corrientes: la que lo considera de extraordinaria vigencia como Julián Marías, y la que lo niega hasta enjuiciar negativamente su obra, como expone una reciente historia de la literatura española de mucha divulgación en estos momentos.

Sin embargo, la vida y obra de Unamuno siguen originando polémicas y estudios, lo cual confirma su magisterio dentro del ámbito de la cultura y no solamente hispánica. Sus preocupaciones estéticas y filosóficas las vertió en sus libros, y están reflejadas de manera muy personal en su voluminosa correspondencia con amigos y escritores de distintas latitudes. La misma ha sido fragmentadamente publicada en sus Obras Completas, en libros como la recopilación de Sergio Fernández Larrain. así como en distintas publicaciones seriadas.


En la documentación del Archivo Nacional de Cuba (Fondo de Donativos y Remisiones, legajo 524, número 24) encontré dos cartas inéditas de Unamuno dirigidas a José de la Luz León (Maisí, Oriente, 1914 - La Habana), donadas por su destinatario a la institución en Í966. De origen humilde, José de la Luna León formó parte muy joven del cuerpo diplomático republicano y ocupó cargos en embajadas y consulados cubanos en Europa y Amé- rica. Editó parte de sus obras en Cuba. España y Venezuela. Fue colaborador del periódico El Mundo donde publicó bajo el seudónimo de Clara del Claro Valle, nombre tomado de un personaje de Eca de Queiros. En su libro El Berdón del peregrino alude a su amistad con Unamuno, entre otros intelectuales. Pero es más explícita en Personajes de un mundo extinto, libro inédito donde entre observaciones y memorias relata su vínculo con figuras de las letras en varios países. Relata de la Luz León que se conocieron en París, encontrándose el autor de La agonía del cristianismo en exilio, así como otros detalles del encuentro, donde subrayó el vasco su admiración por José Martí y Emilio Bobadilla (Fray Candil), sus escritores cubanos preferidos, sirviéndole éste último como modelo subjetivo para la creación de su novela Abel Sánchez, dato hasta ahora no conocido.


En Madrid, en el mismo momento en que se afianzaba por primera vez un grupo de jóvenes poetas e intelectuales entre los que estaban Lorca, Cernuda. Alberti y los que serían conocidos por La generación del 27, año del aniversario famoso de Góngora. de la Luz León publicó su ensayo Amiel o la incapacidad de amar, texto muy elogiado por Gregorio Marañón y que le sirviera como carta de presentación ante la intelectualidad española. Esta obra y la amistad personal comenzada en París motivaron la primera carta de Unamuno. fechada el 6 de agosto de 1927. hallándose en su retiro de Hendaya. negado a colaborar con las publicaciones españolas. Gravitan sobre estos párrafos alguno de los puntos cardinales de su pensamiento: el quijotismo como expresión de libertad interior del individuo, autores en los que después ampliaría en sus obras como Nietzsche —que va a releer antes de morir según testimonio de su hija Felicia Unamuno—, el cristianismo y la sexualidad, tema bien limitado en su amplia obra y correspondencia.

Cita, entre otros, al historiador y escritor cubano Francisco González del Valle, que se encontraba en España cursando estudios y colabora en Alfar, publicación que dirigía José de la Luz León desde su estancia en La Coruña.


Ambos se conservan en el Archivo Nacional de Cuba y son dadas a conocer por primera vez, y al no aparecer registradas en los voluminosos catálogos de la bibliografía unamuniana, aportan nuevas perspectivas sobre uno de los intelectuales más sobresalientes de la lengua hispana.

 

Sr. Don José de la Luz León en La Coruña


He recibido y leído, señor mío, su libro sobre Amiel. De lo que este hombre, que se pasó la vida haciéndose un alma para conservarla —«el que quiera salvar su alma la perderá»— me interesó siempre, le dará idea el saber que se debió a mí la primera traducción española de su Diario Intimo. El José González Alonso, gallego, que lo tradujo para «La España Moderna» —un hombre interesantísimo y de quien he de escribir— era mi más íntimo amigo en Salamanca; en mis primeros años de ésta se paseaba a diario, solos los dos, conmigo. Influí en él mucho; él en mí tanto o más. Hizo la traducción sobre mi ejemplar, que le presté para ello. Cuando Bouvier —con quien hablé bastante en París, sobre todo de la relación entre Amiel y Saz del Río a través de Krausse— me envió la segunda edición se me aclaró el fondo del misterio de ese hombre. Y le comprendí como pocos. Porque yo enterré a tiempo a mi Amiel. A los 27 años me caso como Amiel se había casado, y mi mujer me ha dado ocho hijos y con el sentimiento de la paternidad el de la filialidad —hacia ella—. Es mi madre como lo es de mis hijos. Pero Amiel, en el fondo calvinista, no sueña con la filialidad —no siente a Dios como Padre— y por eso no siente la paternidad. Su amistad era la de un solitario sin linaje. Fue un conservativo, y no un reproductivo. No quiso darse a los otros, sino alimentarse de ellos. Temió, sin duda, que si si reproducía se perdía para sí. No sintió que darse es hacerse, que morir para otros es resucitar. El acto mismo del amor carnal es una muerte resucitadora. ¿Fue un Don Juan casto? Observe que Don Juan —tal vez es mi idea— fue estéril aunque no impotente; no fue padre. Tan incapaz de amar como Amiel. Don Juan fue un onanista, sólo que se masturbaba con el cono de sus seducidas... o sus seductoras. Y, en cambio, ha habido vírgenes paternales, como Jesús y como Don Quijote. O como Spinoza. De la virginidad paternal de Don Quijote hay mucho que decir ¿Paternal o maternal? Porque hay hombres muy hombres, quiero decir muy viriles, que tienen corazón de madres, que son maternales. Alguna vez he leído aplicado a mujer el dictado de varona: hay matronos como hay patrañas.


Amiel me ha preocupado siempre. Y es que yo me libré de él (Y antes de leerle). Su problema sexual, fisiológico en el que se quedaría un freudiano— encierra un problema más hondo, metafísico, o mejor religioso. El Dios asexual de Calvino, ni Padre ni Madre, le predestinó a terrible soledad. Yo fui educado por mi madre viuda —éramos (y somos) cuatro hermanos, y mi padre murió teniendo yo seis años— en el culto doméstico de la Santísima Virgen María, con el niño Jesús, en el catolicismo popular. Y he buscado salvarme dándome. Dándome en carne en mis hijos; dándome en espíritu en mis obras. Y la carne es espíritu y el espíritu es carne. Mas por otra parte no creo que está en lo cierto mi buen amigo Madariaga al decir que Amiel fue incapaz de crear. Se creó a sí mismo, se nos dejó en su Diario. Como Rousseau de quienes creen que a pesar de lo que escribió no tuvo hijos, fue estéril. A pesar de Mme Varrens y de Teresa, un solitario, acaso un onanista en ellas.


Ahora que prepara un nuevo libro sobre el quijotismo le doy vueltas a lo de la virginidad en relación con la paternidad (o maternidad). Se puede seguir virgen de alma siendo padre o madre; se puede ser sexual sin gota de sentimiento paternal o maternal, y por tanto ni filial. Y Don Juan no conoce el amor.

«¡Qué romántico!» dirá usted. Siento el mayor desprecio por los mocitos de dancing. ¿Jóvenes? ¡Al cuerno todos esos jóvenes de vanguardia! Me hablaban de uno de esos futuristas de 30 años y dije: «Díganle que él ha tenido un pasado de más 30 años y no tiene nada, y yo tengo un porvenir de menos 63 años». Y como me he dado me recobraré.


Otra cosa. Recibí Alfar reaparecido. Como estoy decidido (a) que no aparezca en España —con mi permiso— ni una sola línea mía, ni material puramente literario, no les envío nada. Además empiezo a no soportar las publicaciones apolíticas, por buenas que sean.


He recibido de ahí, de La Coruña, una carta de Juan González del Valle a quien usted sin duda, y por su Alfar, conoce. Dígale que se la agradezco mucho y acaso se la conteste un día aunque apenas tenga otra contestación que ¡gracias! Se las da usted de mi parte. Pero que algo le tengo que decir de los galeotes. Y que si apedrearon a Don Quijote es porque en el fondo lo que querían es que este les hiciese cuadrilleros y no que les libertara, pero esta es otra cantata que cantaré en mi próximo libro.


Le escribo desde la puerta de España donde estoy, ahora con mi mujer, una de mis hermanas, y siete de mis ocho hijos —el mayor quedó hace poco viudo sin dejarme nietos— peleando por la libertad de mi matria.


Con toda simpatía y ofreciéndole mi amistad le despide


Miguel de Unamuno


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Hendaya

6 – VIII - 1927


¡Ah! gracias por los fragmentos inéditos que Usted nos da. El de las páginas 203 a 212 (el fechado 25 de marzo de 1873) es cardinal. Por una parte la incomprensión por parte de Amiel del catolicismo marianista, y por otra parte que en ese fragmento Amiel arguye contra sí mismo. ¡Pobre Amiel! Jamás comprendió el matrimonio soñando siempre con él. Y no cayó en la cuenta de que fue Calvino quien más acentuó lo del pecado original. Lo malo es el catolicismo testicular de Don Juan, el de «si tan largo me lo fiais...»

¿Es usted pariente del sr. Luz y Caballero?


El Diario íntimo me recuerda a un pobre loco que se pasó la vida dirigiéndose cartas a sí mismo y contestándolas. Y, en el fondo, nada más opuesto al diario que la correspondencia. La de Flaubert, por ejemplo. Uno no se pone ante sí mismo. Y es que el supuesto monólogo con otro no es un monólogo. Hay diálogo cuando se siente la presencia de otro, aunque este oiga y calle, que el silencio es respuesta y se la oye en la mirada ajena. Y yo desde aquí, a través de su libro, le estoy viendo la mirada.


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Sr. D. José de la Luz León


Recibo, mi querido amigo, su carta y sus cuartillas. Se las agradezco. En general está fiel —dejo aparte, claro: sus juicios que por atañerme, y sobre todo por ser tan benévolos, no he de juzgar. Cosas de detalle. Aunque me encontró en la cama no estaba ni resfriado. Fue por no hacerle esperar mientras me arreglaba. Ahora no tengo aquí ni Heine, ni Schopenhauer ni Nietzsche. A este le he leído poco, poquísimo, casi nada. Le conozco sobre todo por citas y referencias. Deseo leerle por entero; no sé cuándo lo haré. Aquí he leído últimamente a Hölderlin (maravilloso!) y a Godfried Keller. Ahora modernos. Acabo de leer una novela, Verdi, de Werfel, interesantísimo. No conocía ya al hombre Verdi —¿qué hombre!—. En cuanto al músico... la música es para mí, tal vez desgraciadamente, un mundo casi siempre cerrado. También he leído una muy buena novela de Arnold Zweig y poesía de Rilke. Lino Torres fue a Salamanca de catedrático; estuvo allí poco tiempo y luego fue a Santiago, de donde fue Rector. En efecto, el desdeñoso olvido hacia Bobadilla no es justo. Era un amargado pedante, poco simpático, pero tenía valor. Y sobre todo sufría. Es acaso uno de los que me dictaron, desde mi subconsciente, mi Abel Sánchez.


Sarmiento incorrecto... Según qué corrección? Porque hay la mecánica y la orgánica. Y el lenguaje no es una máquina.


Y... dispénseme. Estoy pasando días de ansiedad borrascosa. Esa agonizante pornocracia que está apenando la deshora de mi España...!


Volveré a escribirle. Sabe cuán su amigo es


Miguel de Unamuno


6 IX-1928

Hendaya.

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