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Hogar, terrorífico hogar

por Rodrigo Fresán

Todo empieza en casa, con una casa. Una casa de la que partir o a la que llegar. Una casa de la que salir sólo para poder volver a ella. Una casa tomada o una casa que te toma y te traga. Una embrujada casa para siempre. Y esa casa —aunque uno la piense sólo suya y suya para siempre— siempre puede llegar a compartirse con alguien a quien nunca se conoció en persona o en la vida aunque se lo sienta tan próximo en obra y obsesiones.


En este sentido, el mexicano Guillermo del Toro que escribe y dibuja y filma y produce y el argentino que apenas firma estas líneas tienen una casa en común: una infancia parecida. Y casi los mismos años de vida consumiendo con pasión de sedientos no-muertos a monstruos inmortales.


Y esa es la muy hospitalaria Casa del Terror.


© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)
© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)

La casa de las películas de terror y de las revistas de terror y —para ambos, entonces, de y desde niños— esa es una terrorífica casa ajena pero a la que ambos sueñan con llegar. Una casa diabólica pero paradójicamente alzándose en una ciudad llamada Los Ángeles. Allí todo comienza. Y esa es la puerta de entrada que conecta directamente con todas esas películas que se emiten en programas dobles y triples en cines de barrio o en trasnoches cúbicos televisores en blanco y negro.


La casa en cuestión es la casa de un tal Forrest J. Ackerman (L.A., 1916-2008) amo y señor de la Ackermansión: una vivienda-museo de dieciocho recámaras donde se acumulaban y se exponían todos sus grandes tesoros (trescientas mil piezas entre libros, fotos, maquetas, objetos, etc.) que incluían desde la capa que Bela Lugosi llevó en su consagratoria Drácula hasta un busto con el maquillaje original (¡de color verde!) que alguna vez había cubierto el rostro de Boris Karloff en Frankenstein pasando por una réplica del sensual robot María de la Metrópolis de Fritz Lang. Sí: Ackerman había escrito relatos de miedo (bajo seudónimos tan infantiles y entonces para mí perfectos como Dr. Acula y Hubert G. Wells), había inventado a la curvilínea Vampirella, y había sido el agente literario original de los grandes escritores de sci-fi (suyos fueron los primeros 90 dólares que le permitieron a un adolescente llamado Ray Bradbury lanzar el fanzine Futuria en 1939). Y en 1959 había creado (y durante un buen tiempo escrito con múltiples y transparentes alias) Ackerman esa revista por la que yo desfallecía cada vez que llegaba, importada, a los kioscos de la avenida Santa Fe de Buenos Aires: Famous Monsters of Filmland. Algo así como la Biblia para adolescentes de entonces llamados Steven Spielberg, Peter Jackson, George Lucas, Tim Burton o Stephen King, quien se refirió a Ackerman con un “Forry fue el primero, el mejor y siempre será el mejor” y a su publicación —en su ensayo Danse Macabre— como “jovialmente macabra”. Forrest J. Ackerman tuvo cameos en más de veinte films (muchos de ellos dirigidos por esos niños adultos a los que él había enseñado a temblar de placer) y aparece en el video de Thriller de ese engendro mutante llamado Michael Jackson.


Y entro a la Wikipedia y me entero de que Ackerman incluso escribió una columna durante cuatro años para la revista argentina La Cosa, de que era un defensor del esperanto, de que inventó el término sci-fi, y —last but not least— de que recibió el premio Hugo al Fan Célebre Número 1.


Y, sí, tal vez ese fue el gran encanto y mérito de Ackerman: el de enseñar a idolatrar y a adorar a varias generaciones de freaks. “Fue nuestro Flautista de Hamelin”, dijo alguien a la hora de las elegías y funerales. Y sus últimos tiempos no habían sido felices. Problemas legales lo llevaron a un juicio que lo obligó a vender buena parte de su colección para pagar los costos. Y así la Ackermansión se redujo —como en esas películas radiactivas de los años ’50— a la mini Ackermansion.


© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)
© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)

En 1997 viajé por primera vez a Los Ángeles, por un par de días, para entrevistar a ese vampiro insaciable llamado Madonna. Pregunté la dirección de la Ackermansión. Pagué un taxi hasta Los Feliz, “en las colinas de Horrorwood, Karloffonia”, como gustaba de orientar Forry. Llegué allí. Llamé a la puerta y no contestó nadie. Aun así, me puse de rodillas y besé ese suelo que pisaba con la emocionada felicidad de, por fin, haber llegado a casa.


Y —creo que ya hemos pasado demasiado tiempo en apenas el vestíbulo— vuelvo allí pero en otra parte. No importa que las coordenadas espacio-temporales sean muy diferentes, porque el sentimiento y el gozo y la felicidad y el espíritu son los mismos.


Años después, el espectro reencarnado de la Ackermasion se manifestó en Guadalajara, Jalisco, México. En esa ciudad siempre en competitivo duelo con Monterrey; sabiendo ambas que no tiene razón ni sentido medirse con esa The Thing/The Blob urbana que es Ciudad de México o D.F. o lo que más les guste.


Pero aún así Guadalajara tiene muchos puntos a favor aunque —por el momento— sea la tercera en tamaño. Porque de Jalisco es el tequila y el mariachi y —desde el 9 de octubre de 1964— de Guadalajara es un tal Guillermo del Toro, tapatío hijo dilecto, benefactor local, receptor las llaves de la ciudad luego de haberle sido concedidos varios premios Ariel, el León de Oro, el Globo de Oro, el BAFTA, el Goya y cuatro Oscars entre los que se cuentan el de mejor director y mejor película por la animación de Pinocho y por La forma del agua, logrando con este último la hazaña del máximo galardón posible para un film de género fantástico. Del Toro quien se formó y se deformó en Guadalajara y de pronto casero dedicado y anfitrión generoso.


Así —lo dicho— una ciudad también célebre por su atractivo para congresos y ferias (aquí tiene sede, todos los años, la inmensa y libresca FIL, la más grande e importante de la lengua) como más orgullo de ser y estar que nunca. Y que sufra la pinche Monterrey y el D.F. de la chingada: Del Toro —quien tiene residencias en Los Ángeles y Toronto pero baja muy seguido al sitio donde nació— ahora, también, había fijado domicilio en Guadalajara y abre sus puertas para que todos pasen y vean y tiemblen de felicidad entrando a su En casa con mis monstruos, a su DelToromansión.


© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)
© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)

En casa con mis monstruos se había paseado por Estados Unidos y Canadá pero ahí, en Guadalajara, yacía por última vez y en su mayor esplendor y extensión hasta la fecha: ya había sido anunciado que Del Toro donaría varios de sus tesoros —a cuatro museos cuyos nombres el director se reserva hasta el próximo enero— porque ya no tenía sitio en casa con su parentela (a la que, convengamos, tal vez le inquiete un poco el convivir con toda esa materia y ser conocidos como la Addams Family del barrio). Esa casa a la que, al pie de esas letras gigantes donde se lee eso de HOLLYWOOD, Del Toro había bautizado —en honor a Charles Dickens— como Bleak House.


Y nada es casual —nada se pierde y todo se transforma y esto conecta con aquello— en una de las paredes de la nueva casa de Del Toro en Guadalajara había un retrato de Forrest J. Ackerman. Pintado por —ilustrador habitual de las portadas de Famous Monsters of Filmland— Basil Gogos. Y en él mismo, Forry aparece en el momento exacto en el que la estaca de un definitivo ataque cardíaco le atravesó el corazón y lo hizo aún más inmortal de lo que ya era.


Y su espíritu ahora recorre En casa con mis monstruos. Ahí estaba yo y ahí se alzaba: en el MUSA (Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara). Éxito de asistencia descomunal. De ahí que lo conveniente era adquirir entradas on line con algo de anticipación o —si se estaba de paso y no se sabía nada— ir bien temprano o a la hora del almuerzo y rezar al padre Karras para que quedase algún sitio disponible.


Y la cosa ya estaba muy bien desde el principio: gótica sala de espera con efigie en cera de Guillermo del Toro y abundancia de merchandising. Catálogo, t-shirts, libretas y plumas, coleccionables de Funko con personajes de las películas, y esa más que tentadora edición especial del patrocinante tequila Patrón (uno de los tantos junto a Peugeot y Coca-Cola y La Costeña y está claro que a esta altura, a diferencia de lo que le sucedía en sus humildes comienzos, al director de cine no le cuesta conseguir buenos socios) cuya esquelética y oscura botella había sido diseñada por el mismo Del Toro. Allí, de entrada, el público se dividía, por orden de llegada en grupos de veinticinco personas como máximo (lo que permitía el paseo en condiciones humanas y con espacio para moverse) y entonces se entraba por un pasillo largo y oscuro puntuado por esos ojos del Hombre Pálido de El laberinto del fauno.


Y entonces, ah, yo —este hombre por lo general asustado por tantas cosas tristes de la realidad— volvió a ser un niño felizmente aterrorizado por todas esas cosas de la tanto más digna de ser verdadera ficción.

A partir de entonces, tuvo lugar un pausado recorrido de dos horas de duración por cuatro estancias principales divididas en ocho recámaras y con la compañía de jóvenes y elocuentes guías que parecían saberlo todo acerca del tesoro allí acumulado (nota: si había suerte y si andaba por la ciudad, me dijeron que el propio Del Toro podía llegar a ser ocasional cicerone).


Y debo confesarlo: antes de entrar, yo pensé que la visita no estaría mal, pero que tampoco sería nada del otro mundo. Error. Pero En casa con mis monstruos —su puesta en escena y curadoría a cargo de Eugenio Caballero, cómplice de Del Toro y Oscar por la dirección artística de El laberinto del fauno; su diseño sonoro a cargo del también oscarizado Gustavo Santaolalla— no tenía nada que envidiarle a ninguna de esas mega-muestras totales y súper-producidas de David Bowie o Stanley Kubrick o Pink Floyd o Alfred Hitchcock que andan dando vueltas por allí. E incluso tal vez fuese más inteligente e interesante que todas ellas; porque aquí el mapa —a seguir obedeciendo el recorrido de ese programa que te entregan y que se despliega y repliega como un teseracto plano o como la versión en papel de aquel siniestro cubo de Rubik de Hellraiser— se ordenaba no siguiendo un obvio orden cronológico de títulos totémicos. No: En casa con mis monstruos era como una inmersión en cerebro y el corazón de Del Toro cuyas autopsias resurreccionistas se repartían en tres ejes principales cruzándose como venas y arterias. Así, el Del Toro coleccionista insaciable de material ajeno que siente suyo; el Del Toro artista y productor de piezas propias a ser coleccionadas por otros en el futuro; y el tercero —acaso el más revelador e inesperadamente sincretista— el que combinaba/comparaba fulgores de la Universal Pictures con piezas de arte mexicano yendo de los esqueléticos grabados de José Guadalupe Posada y Manuel Manilla a Diego Rivera y José Clemente Orozco pasando por alebrijes folk y momias de Guanajuato y capas de y máscaras de luchadores libres pero prisioneros de su propia leyenda.


Porque, sí, recordar ese inolvidable momento en rueda de prensa luego de que La forma del agua ganase Globo de Oro. Allí, una periodista le preguntó al director, entre maravillada y confundida, cómo se las arreglaba usted para hacer comulgar la oscuridad y el terror de sus películas rebosantes de monstruos a los que ha jurado fidelidad eterna con ese aire de persona feliz y adorable que parecía ser usted en la vida real, a este lado de la cámara y pantalla. La respuesta de Del Toro (repuesta ocurrente y sincera y en el acto, con un impecable sentido del timing y que enseguida corrió como pólvora virtual y digitalizada y más rápido que Speedy González por las redes sociales) fue: “Soy mexicano”.


Lo que equivale, también, a ser todo y de todas partes; porque más que posiblemente México haya sido y sea el país que más y mejor contagia y prende en todo artista extranjero que pasa por ahí. Escritores, músicos, pintores: todos han sido felizmente contagiados no por la Venganza sino por el inspirador Perdón de Moctezuma. De igual manera, todo genio mexicano de talento ha sido irradiado por patriotas rayos extraterrestres. Y de eso también trataba En casa con mis monstruos: porque buena parte de esos monstruos eran turistas, pero inmediatamente nacionalizados por la inteligencia y el afecto de Guillermo del Toro.


La muestra se repartía en zonas llamadas “Infancia e Inocencia” (donde destacaba la muñeca asesina de aquel episodio de la Night Gallery de Rod Serling y buena parte del material utilizado para El laberinto del fauno); el “Cuarto de Lluvia” que reproducía al detalle una de las habitaciones de la angelina Bleak House donde vive el director (a la que dotó de un mecanismo de agua y sonido para que allí fuera parezca que no deja de llover en el más inspirador de los inviernos eternos) y donde también lo acompaña una efigie de tamaño natural de Edgar Allan Poe; la cámara “Victoriana” (almacenando vestuario y modelos de esa joya no del todo valorada en la filmografía de Del Toro que es la gótica-matrimonial Crimson Peak); y “Magia y Ocultismo” (Del Toro siempre ha entendido al cine como una de las tantas variables de la alquimia; y aquí mucho Hellboy y efigie de H. P. Lovecraft de quien Del Toro alguna vez espera poder llevar a la pantalla su In the Mountains of Madness, y ese escalofrío que se experimentaba en la pequeña recámara en la que de pronto se materializaba ante nuestros ojos el fantasma niño del Santi de El espinazo del diablo).


Y tanto más: el santuario dedicado en su totalidad a Frankenstein (criatura fetiche de Del Toro que ya tuvo su reflejo en versión dark de Pinocho y que ahora, por fin, ha reclamado como propia) ; el homenaje a los fenómenos de Freaks y a El Hombre Elefante (apuntando eso de que los monstruos en más de una ocasión somos el público “normal”; ver su El callejón de las almas perdidas); y la despedida reflexionando sobre el The End de la muerte. Y una vez ahí fuera, en repisas, iPads reproduciendo las libretas virtuales del visionario conteniendo dibujos y anotaciones sobre lo que se hizo, sobre lo que no se quiso o no se pudo hacer (entre los proyectos frustrados o rechazados de/por Del Toro hay un Harry Potter y un Tarzán y un Doctor Strange y un Thor y un Hulk y otro Hellboy y otro Blade y un Hobbit y un Godzilla y...). Pero quién le quita lo bailado/filmado a Del Toro. Y ahí, en su casa, lo que se acababa imponiendo y conmoviendo era la realización de un universo propio (Del Toro, junto a Wes Anderson o Tim Burton o Quentin Tarantino o Terrence Malick o los hermanos Coen o Paul Thomas Anderson o el fallecido David Lynch es uno de los contados directores en actividad con un sello personal e inmediatamente reconocible) donde el encargo ajeno nunca desentonaba con el deseo privado. De algún modo, lo mejor de ambos mundos cuando se trata de ejercer cualquier profesión.


© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)
© Museo de las Artes de la Universidad de Guadalajara (MUSA)

Y con esa exhibición itinerante de su doméstico museo Del Toro acaso había hecho el gesto más íntimo y extremo y radical entre todos los suyos, pensé, ya de salida: poner en escena una casa de la que no se parte ni a la que se vuelve, sino una casa que sale de casa para dar vueltas por ahí y permitir que todos entren.


Así, luego de mirar fijo más de novecientas piezas —vampiros blancos o negros o virales como los de The Strain, robots gigantes, kaijus, cucarachas mutantes, espectros decimonónicos, artefactos inmortalizantes, simpáticos demonios sinvergüenzas, fantasmas de la Guerra Civil española, amores anfibios o íconos inspiradores como modelos stop-motion de Ray Harryhausen o la máscara del Fantasma de El Paraíso de Brian De Palma— tal vez la más conmovedora de todas fue esa auténtica reliquia y responsable del Big Bang de Del Toro. Ahí, en un rincón, se alzaba el auténtico y muy humilde kiosco de revistas que alguna vez estuvo en una esquina de Guadalajara. El kiosco de metal y madera —primitivo pero a la vez el más sofisticado de los efectos/afectos especiales— al que Del Toro acudía a comprar las revistas de El Santo o los títulos más sobrenaturales de Editorial Novaro, desobedeciendo el mandato de su muy católica abuela en cuanto a que se comprase “algo bonito”. Del Toro —entonces apenas obediente— adquiría una de Archie o una de Tom y Jerry para poner arriba y esconder así la pila de terrores que yacían abajo y listas para surgir a la superficie y de ahí directo a las profundidades de su mente mientras esa abuela seguramente pensaba que el niño estaba pensando en cosas bonitas y soleadas. Esa abuela que —cuenta la guía— intentó exorcizar a su nieto dos veces. La segunda de ellas —para darle un gusto— el pequeño Del Toro se puso a hablar en lenguas y a girar sus ojos y a escupir durante el ritual.


Bendita sea esa señora y que en paz descanse me dije entonces mientras pensaba en que más de uno saldría de En casa con mis monstruos a la luz del sol, temiendo convertirse en ceniza y pensando que en su casa lo esperan monstruos mucho más atemorizantes.


Afortunadamente no fue mi caso. Yo le pregunté a mi hijo (quien no dejaba de tomar fotos) si le gustaría tener una casa así y entonces me miró con cara de ya-sabes-mi-respuesta.


La misma cara que alguna vez tuvo Forrest J. Ackerman y la cara que ahora tiene Guillermo Del Toro.

La cara de quien sabe que —eso es haber triunfado en la vida y más allá de la muerte— si hay algo mejor que tener una casa embrujada ese algo es el haberla embrujado uno mismo.



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Rodrigo Fresán


Escritor y una de las voces más singulares de la narrativa en lengua española, autor de una obra de culto que incluye, entre otros, Historia argentina, El fondo del cielo, Melville, El estilo de los elementos y la trilogía formada por La parte inventada, La parte soñada y La parte recordada.

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