Vínculos femeninos

La correspondencia inédita de la familia Borges

Por Linda S. Maier

Durante las dos últimas décadas, han salido a la luz por lo menos cuatro colecciones de la correspondencia inédita de la hermana y la madre del escritor argentino Jorge Luis Borges (1899-1986). Si bien la correspondencia y los documentos privados de Jorge Luis han sido debidamente documentados y estudiados, no ocurre lo mismo con los de las mujeres miembros del clan Borges. Gracias a su reciente descubrimiento, dichos papeles sirven como instrumento para documentar redes creativas y establecer tanto una relación personal como laboral. La madre de Jorge Luis, Leonor Acevedo de Borges (1876-1975), era su compañera fiel y secretaria además de ser traductora de novelas. Por otra parte, su hermana, Norah Borges de Torre (1901-1998), desarrollaba una activa vida profesional como artista plástica estando casada con el escritor y crítico literario español Guillermo de Torre (1900-1971). Mediante intercambios epistolares con otras mujeres relacionadas con el mundo de letras o creadoras, tanto Norah Borges como Leonor Acevedo de Borges tejían redes interpersonales de colaboración y contacto transnacional en busca de avances profesionales.

A pesar de estar un tanto eclipsadas por los hombres que las rodeaban y admiraban, Leonor Acevedo y su hija Norah mantuvieron una viva correspondencia durante muchos años. Entre los años treinta y los setenta, las dos se escribían regularmente con Esther Haedo de Amorim (1889-1996), emparentada con la familia materna a través del famoso coronel Isidoro Suárez (1799-1846), héroe de la independencia argentina posteriormente exiliado en Montevideo a quien su bisnieto Jorge Luis dedicó varios poemas («Inscripción sepulcral», «Página para recordar al coronel Suárez, vencedor en Junín» y «Coronel Suárez»). Esther Haedo había contraído matrimonio con el escritor uruguayo Enrique Amorim (1900-1960) quien es taba al tanto de la correspondencia de su esposa con la familia Borges. Norah también mantenía contacto con dos mujeres poetas a ambos lados del océano Atlántico, creando así alianzas femeninas transatlánticas. Es tas dos poetas eran nada menos que la chilena Gabriela Mistral (1859-1957), primer premio Nobel de Litera tura en Latinoamérica, y la española Carmen Conde (1907-1996). A diferencia de estas mujeres, los hombres eran participantes menores en el intercambio de correspondencia, pero en ocasiones también llegó a incluir a los esposos de Norah y Carmen Conde, es decir, al escritor Guillermo de Torre y al poeta Antonio Oliver (1903-1968), respectivamente.

Desafortunadamente para el lector común, e incluso para los estudiosos de la literatura, esta correspondencia se encuentra dispersa en varios archivos en tres continentes. Sin embargo, algunos investigadores han facilitado información, dejando entrever un mundo sugerente tras la correspondencia inédita. En 2001, el biógrafo argentino Alejandro Vaccaro publicó un artículo sobre y coordinó la exposición de casi dos centenares de cartas que Leonor Acevedo de Borges dirigió a su prima Esther Haedo de Amorim, afincada en Salto, Uruguay. Esta colección abarca cuatro décadas (1937-1971) y fue adquirida por Vaccaro tras ponerse en con tacto con la familia de Esther después de su muerte. Desgraciadamente, como se trataba de una colección privada que se exhibió en el Centro Cultural Borges en Buenos Aires tan solo por un día, poco se puede cono cer públicamente de ella.

Es interesante observar el trato mantenido en la correspondencia aludida. Como es habitual en las cartas de estas mujeres, el tono es amistoso y cariñoso. Leonor invariablemente se refiere a su hijo como «Georgie» y se dirige a su prima como «mi preciosa». Además de brindar detalles sobre la vida cotidiana de la familia, en sus cartas Leonor hace de intermediara profesional y respalda las actividades creativas de sus hijos. Preocupada por el deterioro de la vista de su hijo y su mayor dependencia de ella, le transmite sus sentimientos a su prima de esta manera: «Me siento tan necesaria que tiemblo con la idea de enfermarme o que la vejez haga de las suyas, ya que ahora soy sus ojos». En varias cartas comunica sus éxitos profesionales y expresa su «orgullo por la obra de Georgie; Norah me lo reprocha, y quizá tenga razón, pero la modestia que padecen mis hijos no es virtud que me seduce. También sus triunfos me halagan» (Vaccaro 75).

Otro depósito de correspondencia dirigida a la misma destinataria se encuentra en la Hesburgh Library de la Universidad de Notre Dame (Estados Unidos). Esta colección consta de setenta y ocho cartas escritas por Norah Borges a su prima Esther Haedo de Amorim en Uruguay entre 1932 y los años setenta. Además, incluye varias notas y cartas escritas por su esposo, Guillermo de Torre, y dirigidas al esposo de Esther, Enrique Amorim, mostrando así que este epistolario femenino también servía como enlace entre los hombres de letras de su órbita. Mi artículo sobre esta correspondencia, publicado en 2012, documenta y analiza dicha correspondencia sin incluir una transcripción completa de las cartas.

Igual que las cartas de su madre, las de Norah tienen un tono muy cariñoso y distan mucho de ser profesionales, a pesar de mantener informada a su destinataria sobre sus últimas actividades creativas. Así, por ejemplo, Norah se dirige a su prima como «mi adorada Esthercita» y frecuentemente hace referencia a su trabajo en progreso, adjuntando a veces catálogos de sus exposiciones de arte. De esta manera, Norah discretamente se promociona a sí misma a la vez que pone a su prima, que también era artista, en contacto con otras artistas mujeres como la francesa Irène Lagut (1893-1994), una amiga suya que formaba parte del grupo vanguardista parisino. En 1950, Norah arregló un encuentro entre Irène y su prima Esther, quien estaba de viaje por Europa, y las dos mujeres volvieron a verse unos veinte años más tarde durante otro viaje por Europa (Maier 208). Otra colaboradora cuyo nombre aparece con cierta frecuencia es la argentina María Clemencia López Pombo; por ejemplo, Norah comenta el avance de un proyecto compartido así: «Ya estamos M. Clemencia y yo dan do fin a la tapicería» (Maier 206-207). Norah muestra su curiosidad por la obra artística de su prima, obra de la que recibió noticias en España del mismo Federico García Lorca, quien había visitado la región del Río de la Plata de 1933 a 1934: «¿Qué dibujas o pintas? Nos dijo Lorca que hacías cosas muy lindas» (Maier 201). La mención repetida de colaboraciones y nombres importantes es una característica de esta correspondencia femenina y sirve como una estrategia crítica en la for mación de redes profesionales de mujeres.

En 2015, el investigador Pablo Rojas publicó la transcripción completa de cuarenta y tres muestras de correspondencia intercambiadas (1933-1961) entre Norah Borges y su esposo Guillermo de Torre y la pareja formada por los poetas españoles Carmen Conde y Antonio Oliver durante varias décadas antes y después de la Guerra Civil Española (1936-39). Las cartas, postales y telegramas de este conjunto de documentos se encuentran en dos archivos españoles: el Patronato Carmen Conde Antonio Oliver en el Ayuntamiento de Cartagena y la Biblioteca Nacional de Madrid. Norah y su esposo se habían conocido en España en 1920 y se casaron en Argentina en 1928; luego, volvieron a Madrid, donde vivieron entre 1932 y 1937. Allí, las dos mujeres se conocieron y decidieron trabajar juntas; en 1934, Conde publicó su segunda colección de poemas, Júbilos, con ilustraciones de Norah.

En otras palabras, las relaciones entre estas dos parejas eran tanto personales como profesionales, y esto es evidente en su correspondencia. Naturalmente, ambas mujeres están atentas a las reseñas de Júbilos y comparten noticias y recortes por correo; en una carta del 10 de mayo de 1934, Norah le escribe a su «[q]uerida Carmencita»: «¡Cuánto éxito estás teniendo con tu maravilloso libro! Te felicitamos mucho. Hoy recibí el recorte que me envías» (Rojas 179). Esta colaboración se extendió cuando Conde y Oliver invitaron a De Torre a dar una conferencia en la Universidad Popular de Cartagena y luego buscaron su ayuda editorial en los años de la posguerra. Concretamente, los dos poetas es pañoles se quejaron del ambiente miserable y agobiante del franquismo y pidieron el respaldo profesional de su amigo Guillermo de Torre, quien trabajaba en la Editorial Losada en Buenos Aires en aquel entonces. Por ejemplo, en una carta del 11 de abril de 1950, Conde le escribe así:

Yo quisiera salir «literariamente» de aquí, se ahoga aquí la producción, la libertad de decir las cosas justas para nuestro gusto, y no hay editores para los escrito res como yo. [. . .] Me parecía que tú que me conocías, podrías ayudarme a editar alguna novela mía; tengo dos inéditas y de muy problemática edición en Madrid; casi imposible. Me parecía que mi poesía podría editarse ahí [en Latinoamérica], puesto que soy la única escritora española «de antes de la guerra», que ha seguido, y crecido, y se sostiene y sostendrá. Me parecía, querido amigo, que tú entenderías todo eso y no me dejarías, por compañerismo, ahogarme aquí (Rojas 206).

Como escritora activa de cartas, Norah estableció alianzas con otras mujeres creativas con el objetivo de unir a sus amigas que colaboraban y promovían la obra de las demás. En 1933, en la primera postal que envió a Conde, incluso antes de la publicación de su colabora ción en Júbilos, le agradeció que escribiera un artículo sobre ella: «[¡]Qué delicia lo que escribiste para mí! [¡] Cuánto te lo agradezco!» (Rojas 168). Como en el caso de su prima Esther y la artista francesa Irène Lagut, a Norah le gustaba reunir a sus hermanas de artes y le tras, y esta correspondencia revela la capacidad de Norah para crear vínculos comunes. Claramente, Norah servía como intermediaria en esta hermandad de amigas, enviando mensajes tanto a Carmen Conde como a la también poeta española Ernestina de Champourcín (1905-1999) o a la chilena Gabriela Mistral. En dos cartas de 1934, promete mandarles los saludos de Conde: «Esta tarde veremos a Ernestina en un té en el Lyceum. [. . .] Ya le daré a Ernestina tus mensajes» y «Mañana iré a visitar a Gabriela Mistral y hablaremos de ti» (Rojas 174-175). La conexión con la influyente premio Nobel fue crucial en la trayectoria profesional de Conde porque Mistral impulsó su carrera al prologar su segunda colección de poesías, la misma ilustrada por Norah.

En 2018 apareció la última colección de correspondencia comentada aquí: la de Norah Borges a Gabriela Mistral. Este archivo consta de cinco cartas de la artista argentina a la poeta chilena entre 1935 y 1948 custodiadas por la Biblioteca Nacional de Chile; además, incluye dos cartas de Guillermo de Torre a Mistral y una de ella a él. Los investigadores Irene García Chacón y Fran Garcerá introducen y presentan la transcripción de estas cartas como «huellas de la solidaridad artística femenina» (29). Este intercambio epistolar es notable porque muestra la importancia de cartearse con una figura destacada en el mundo de la cultura, como Gabriela Mistral, y muestra el valor de los espacios privados en contraste con los espacios públicos, como las tertulias que las mujeres creadoras de aquella época raramente frecuentaban, para lograr la visibilidad profesional (García Chacón y Garcerá 31-32).

Fue en la casa de Gabriela Mistral en Madrid donde Norah conoció a Carmen Conde, y de ahí nació la colaboración entre las tres que culminó precisamente con la publicación de Júbilos (1934), con poemario de Conde, prólogo de Mistral e ilustraciones de Norah Borges. Es por tanto evidente que «los encuentros privados acaban repercutiendo en las obras públicas» (García Chacón y Garcerá 33). En la primera de las misivas de esta colección (del 5 de septiembre de 1935), Norah se excusa por no poder acudir a la casa de Mistral y la idealiza como «mágica» (García Chacón y Garcerá 38).

Años más tarde (17 de noviembre de 1945), Norah le escribe a Mistral para darle felicitaciones: «Le escribo para decirle cuánta alegría nos ha dado el Premio Nobel que usted ha merecido tan bien, como coronación a su arte y a su vida toda llena de maravillosa poesía» (García Chacón y Garcerá 41). En esta misma carta, promete enviarle «un librito con mis cuadros, con los que expreso mejor que con palabras» (García Chacón y Garcerá 41). De esta manera, Norah sutil mente mata dos pájaros de un tiro: adula a su mentora y se promociona a sí misma. En su propia carta (del 17 de enero de 1947) a Mistral, Guillermo de Torre también se refiere al envío de «un libro sobre Norah, con grabados de Ramón Gómez de la Serna» [publicado casualmente por su propia prensa Losada] (García Chacón y Garcerá 43). Además, la anima a establecerse en Buenos Aires, probablemente con el objetivo tácito, pero mercenario, de obtener su firma para Losada, tema que vuelve a tocar más abiertamente en otras cartas suyas.

El denominador común de todos estos archivos, de reciente aparición, es la presencia de mujeres miembros de la familia Borges: Leonor Acevedo de Borges y Norah Borges de Torre. Las pocas cartas escritas por hombres revelan un marcado contraste formal. Casi todas las cartas y postales de ellas están escritas a mano mientras las escritas por hombres están mecanografiadas, sugiriendo así una connotación burocrática y un tono menos personal (García Chacón y Garcerá, 35-36). Muchas de las epístolas redactadas y firmadas por No rah aparecen bajo el membrete de su esposo porque ella no tenía su propio papel de carta personalizado (García Chacón y Garcerá, 31). De esta manera, la identidad de Norah se fusionó con la de su esposo. Además, otra característica de estos intercambios es la práctica de enviar en un mismo sobre varias cartas juntas destinadas a una misma persona (García Chacón y Garcerá, 35). Este hábito intensifica la formación de una comunidad solidaria tanto personal como profesional.

La aparición durante las dos últimas décadas de este caudal epistolar nos permite un mejor entendimiento del importante papel que las mujeres miembros de la familia Borges juegan en la cultura de su tiempo. Las redes interpersonales tejidas por Norah Borges y su madre servían no solo como señal de amistad sino también como una estrategia femenina de avance profesional. Por eso, especialmente por su valor histórico y cultural, estas cartas merecen un mayor análisis y deben  ponerse a disposición del público.