Hace casi cuarenta y cinco años, Miguel Riera Montesinos encendió la luz de Quimera, y desde entonces su brillo ha atravesado más de cuatro décadas con dignidad y firmeza. En un entorno cada vez más incierto, la revista ha sostenido su vocación: custodiar una literatura plural en miradas y exigente en criterio; páginas abiertas al verbo consagrado y a la promesa naciente, donde el canon y la intuición dialogan sin jerarquías. Hoy, el número 499-500 rinde homenaje a ese linaje: no como cierre, sino como umbral. El Consejo de Redacción actual ha querido saldar una deuda con la memoria y ofrecer al lector una breve muestra —inevitablemente parcial— de un vasto legado. Que Quimera cumpla 500 números no es efeméride menor, sino el testimonio de un empeño constante por la excelencia y la diversidad, la prueba de un pulso constante por la literatura viva. En esta cifra redonda resplandece una historia que no cesa, una llama que sigue ardiendo.
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