Mario Vargas Llosa: omnicomprensiva presciencia
- José de María Romero Barea
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por José de María Romero Barea
En este compendio de ideas, la prosa nunca es fría ni cerebral. Su compasión se siente en lo más profundo. Emocionalmente generosa, está “siempre al servicio de la voluntad informativa” que propugna el autor, aunque se refiera a la prosa de la periodista argentina Leila Guerriero. Esa defensa de los medios de comunicación tiene lugar en el artículo “Periodismo y creación”, y se lleva a cabo “sin permitir que la forma deje de ser funcional y termine por trascender la subordinación a la realidad objetiva”.

En abril de 2026 se cumple un año desde el fallecimiento del escritor peruano Mario Vargas Llosa, una de las figuras más destacadas de la literatura hispanoamericana contemporánea. Falleció el pasado 13 de abril de 2025 en Lima, Perú, a los 89 años. Con sus libros Vargas Llosa (Arequipa, 1936) expresó sus prejuicios, miedos y deseos y de paso los nuestros.
Se impone volver, al menos, a dos libros, reeditados por Alfaguara, que reivindican el irrefrenable impulso al que siempre se abandonó el Premio Nobel de Literatura 2010: dejar constancia escrita de las injusticias para denunciarlas. Nunca se separa de la realidad de los hechos la colección de ensayos El fuego de la imaginación.

Plantea inquisitivas cuestiones sobre cómo emerger de los silenciamientos a los que nos somete la actualidad polarizada, siempre a merced de “un maremágnum de aguas encrespadas”, según la definición de la literatura del autor francés abordada en “Víctor Hugo. Océano”, “donde conviven lo mejor y lo peor –lo más bello y lo más feo– de las creaciones humanas”.
Para comprender el trauma, el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 1986 alude, critica y denuncia repetidamente todos los abusos de poder, sin distinción de clase ni moralinas añadidas: “Si es verdad que los Estados totalitarios son hoy militarmente más poderosos”, se afirma en “1984: Un careo”: “¿no es cierto, también, que hay más razones ahora que entonces para dudar de su monolitismo interno?”.
La exposición de las disquisiciones es a la vez rigurosa y amena, lo cual convierte al resultado en irresistible. Una de las herramientas con las que el Premio Biblioteca Breve 1962 procesa el mutismo es una omnicomprensiva presciencia: “La novela Tirant lo Blanc”, sostiene en la crónica así titulada, “parece querer emular al Ser Supremo en la creación de un mundo tan diverso, complejo y autosuficiente como el mundo real”.
En este volumen, subtitulado Obra periodística I, Llosa parece sentirse cómodo con la naturaleza compacta de sus transcripciones, mientras ofrece observaciones convincentes sobre la necesidad humana de expresarse mediante las insuficiencias del lenguaje, en un impulso que fomenta “la progresiva desaparición entre pueblos que se han entrematado a lo largo de los siglos”, como se demanda en “El escritor en la plaza pública”, lo que supone “un paso formidable en el camino de la civilización”.
En esta compilación de textos publicados en medios internacionales se evoca insistentemente la naturaleza incognoscible del sufrimiento experimentado por los sobrevivientes, con testimonios nunca carentes de coherencia, con los que el Premio Rómulo Gallegos 1967 se aferra a una acuciante realidad de “pantallas, parlantes, auriculares [que] sustituirán, con creces, la que fue la función del papel”, se pronostica en “El paraíso de los libros”, “ni más ni menos que como éste reemplazó al pergamino medieval y éste al papiro egipcio y éste a la tablilla babilónica”.
En tiempos de discusiones fieramente abolicionistas, de líderes truncados, de nerds radicales que usan sus habilidades burocráticas para fines dizque virtuosos, estos Libros, escenarios, pantallas y museos anunciados desde el subtítulo, se nos ofrecen como modelos a seguir para quienes queremos asistir al espectáculo de la equidad: “Allá en la sombra, insomnes, incansables, feroces, Jack Bauer y sus compañeros, esos terribles justicieros [de la serie televisiva Twenty Four, que se analiza en “Héroe de nuestro tiempo”], a la manera del Amadís o de D’Artagnan, se llenan de sangre y de horror para salvarnos y permitirnos vivir con la conciencia tranquila”.
Vislumbrar la comprensión
En este otro volumen ambicioso y explícitamente peripatético se nos muestra que las disquisiciones llosianas pueden ser armas de destrucción masiva (de una estulticia planetaria): “La vida es sufrimiento y absurdo, entremezclados con manantiales de dicha en los que el hombre puede sumergirse, no importa cuán remotos estén, no importa qué desamparado se halle, gracias a la más literaria de las facultades: la fantasía”.
Se analiza en esta compilación de exégesis El país de las mil caras, entre otros, el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada que tuvo lugar en Perú de 1968 a 1980. Lo hace un Llosa consciente de que nada es más peligroso para nuestra autocensura que un término capaz de anticipar, y por lo tanto cuestionar, nuestras mejores acciones: “Mi primera novela, La ciudad y los perros recrea, con muchas invenciones, la vida de ese microcosmos peruano llamado el Colegio Militar Leoncio Prado”.

Se lleva a cabo en este prolijo vademécum un riguroso cuestionamiento de las ideas más afectas al totalitarismo verbal de uno u otro signo, desmantelamiento conceptual no exento de un afán reformista: “En Conversación en La Catedral quise describir los efectos que en la vida cotidiana de la gente – en sus estudios, trabajo, amores, sueños y ambiciones – tiene una dictadura con las características del ochenio del general Odría”.
Se abordan, de paso, las complejidades morales de los gobiernos populistas de la década de 1980 (de Fernando Belaúnde Terry y Alan García), mientras el hacedor hispanoamericano lidia con sus propias filias y fobias: “La Piura de mi infancia se me metió en el cuerpo y en el alma hace más de medio siglo, y nunca ha salido de allí. Pero, en cambio, se salió de la realidad, pues ya no existe, sino como una pálida sombra que se va eclipsando y pronto se borrará del todo”.
Este exponente central del “boom” latinoamericano, junto a Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Carlos Fuentes, se declara en su Obra periodística II partidario de esa creatividad que nos permite liberarnos de las crisis, no solo económicas: “El Inca Garcilaso de la Vega vio con sus propios ojos y guardó para siempre en su memoria esa época tumultuosa y terrible de la conquista y el desgarramiento cultural y humano que generó”.
Los vehículos a través de los cuales se exploran dilemas filosóficos en estos Escritos sobre el Perú son las interacciones entre la manía y la grafomanía, que incluyen homenajes a aquellos inconformistas que intentaron cambiar los añejos moldes de la sociedad peruana: “José María Arguedas no muestra hacia el indio conmiseración, benevolencia, ninguno de esos sentimientos que expresan sobre todo una distancia entre quien escribe y aquello sobre lo que escribe, sino una identidad previa y total: habla de la sierra como de sí mismo”.
A medida que el narrador de La casa verde (1966) o Conversación en La Catedral (1969), avanza en sus juicios, los prejuicios contrapuestos revelan la distancia que separa el relato oficial de la extraoficial relevancia: “Lúcido, profundamente anclado en la realidad, original, Lima la horrible [de Sebastián Salazar Bondy] es un libro de violencia constructiva”.
El miembro de la Academia Francesa desde 2021 sanciona las inconsistencias del desgobierno de Alberto Fujimori (1990-2000), a base de lúcidos comentarios sobre los damnificados de cualquier debacle extremista: “Hay otra forma de exilio para la cual es indiferente permanecer en el Perú o marcharse”, se afirma casi al final del volumen: “Nuestra realidad cultural no le deja otra escapatoria”.
Por último, el relator de La guerra del fin del mundo (1981), La fiesta del Chivo (2000) o El sueño del celta (2010) se ocupa del lento y tortuoso retorno a la democracia al Perú (2000-2006), para concluir que, ante lo incomprensible, nuestras certezas son un prisma a través del cual apenas vislumbramos la comprensión: “La literatura no solo extiende los horizontes de nuestra experiencia”, leemos en el texto dedicado al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, “también nos proporciona una vida de naturaleza distinta: ella hace que lo no fue sea, y que la vida se rehaga en función del capricho o la locura del hombre que escribe sus sueños para que otros, al leerlo, sueñen”.
En el primer aniversario de su fallecimiento, la entretenida charla con una inteligencia portentosa que proponen estas dos colecciones recién editadas gracias al sello perteneciente a Penguin Random House El país de las mil caras y El fuego de la imaginación son prueba de que solo los autores moralmente efectivos consiguen cambiar sus libros por actos.
Las páginas del Premio Planeta 1993 surgen impregnadas de sentimientos que, incluso en estos tiempos de pandemias de desconocimiento, permanecen con una intemporal amabilidad, una generosidad a prueba de solipsismos, un aprecio por las virtudes de la cultura al servicio del prójimo expresado por el creador correcto en el momento adecuado.






