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Adelanto editorial: "La cura de Ana" de Benjamín Labatut

Actualizado: 29 dic 2025

A los dieciocho años, mientras se secaba después de la ducha, Ana notó dos pequeñas lesiones en la rodilla izquierda. Miradas de cerca, parecían heridas recién formadas, como si se hubiera quemado con cera al depilarse. Le sorprendió su forma perfectamente circular y los puntos blancos que aparecían en sus bordes cuando las presionaba. Terminó de vestirse sin darles importancia. En tres meses, su cuerpo se cubrió en gruesas escamas de piel seca.


Placas rojas, tan duras como el cuero de un cocodrilo, se expandieron desde sus rodillas. Si las rascaba, desaparecían, pero luego se transformaban en costras que se rompían ante el menor roce. Ana adoptó la costumbre de usar medias largas, incluso durante los días más calurosos del verano.


Su dermatólogo le recetó una crema que aminoraba el tamaño de las heridas. Para aumentar su efecto, tenía que ceñirse las piernas con una envoltura plástica. Aplicado durante varias noches, el ungüento atenuaba las lesiones hasta volverlas casi imperceptibles. Su piel retornaba a la normalidad por dos días. Al tercero, volvían a crecer. El estrés era un detonante. Debía controlar su dieta.


La picazón de las lesiones era insoportable. Durante el día, Ana empleaba toda su voluntad para evitar el ansia de rascarse, pero de noche su cuerpo la traicionaba: amanecía con las uñas llenas de costras y sangre seca, pues se arañaba por completo mientras dormía. Tras cumplir diecinueve, cuando aparecieron las primeras llagas en sus manos, sus padres la ingresaron al Centro.


Años de tratamiento limitaron las manchas a sus ingles, el tobillo derecho, una de las rodillas. Pero siempre existía el riesgo de que regresaran, porque cualquier agresión a su piel —fuese por la simple picadura de un mosquito, un pequeño corte o incluso el roce contra alguna superficie rugosa— tenía el potencial de convertirse en un nuevo foco de crecimiento.


Los médicos le explicaron que su enfermedad era hereditaria. Se transmitía de madre a hija, aunque su manifestación estaba sujeta a diversos factores. Ni su mamá ni sus hermanas presentaban síntomas. En ellas, se mantenía en estado latente. Casos como el de Ana tenían un carácter psicosomático: el cuerpo reflejaba un estado mental. Las escamas vienen de mi cabeza, pensaba ella, de la piel de mi cerebro, de mi mente de reptil.


La población del Centro se dividía parejamente entre hombres y mujeres, separados en dos aulas por un pasillo que conectaba con las salas de tratamiento y recreación. Aunque la rutina era inflexible, durante la mayor parte del día los pacientes estaban completamente desocupados. El contacto con el mundo exterior se limitaba al mínimo: solo se permitían visitas el primer jueves de cada mes, durante una hora. Despertaban al alba, pero luego de haber cumplido sus regímenes obligatorios tenían libertad para recorrer los amplios jardines del Centro, bañarse en el río que fluía a escasos metros de la entrada o comer los frutos de los árboles que su fundador había sembrado junto a los altos muros de piedra que rodeaban el terreno.


Dos veces al año, los obligaban a sumergirse en la piscina termal del Centro. El agua apestaba a azufre y teñía sus heridas de color amarillo por una semana. Durante ese periodo, la picazón era prácticamente incontrolable, aunque luego todas las costras caían y la piel de los enfermos brillaba sin una mácula. Ana se quedaba frente al espejo por largo rato, observando su cuerpo desnudo de pies a cabeza, sus pechos firmes, sus piernas largas, las mil pecas que sus heridas ocultaban. Pero el efecto del baño era transitorio. Los pacientes aprovechaban esos momentos para hacer el amor, en parejas o en grupos, sin distinciones de sexo ni edad, con ansia, angustia y desenfreno. Contra el reloj.


La cura —le dijeron los médicos al ingresar al Centro— estaba más allá de su alcance. Solo existía el tratamiento. Ana sufría, pero no podía quejarse: en dos de las camas más cercanas a la suya, había mujeres cuyas formas ya no se asemejaban a las de un ser humano.


Por las noches soñaba con el mar. El viento de la costa hinchaba las cortinas de su habitación y las telas blancas rozaban los bordes de su cama. Recostada de espaldas, cerraba los ojos y sentía los barcos que entraban al puerto al amanecer, el sabor de la sal en su boca, la textura de la espuma sobre las olas, el roce de una mano que le acariciaba los genitales por debajo del agua.


La cura es la enfermedad, repetían los médicos. El tratamiento generaba una serie de efectos secundarios: alucinaciones, ciclos de euforia y depresión, pérdida y aumento de peso, cólicos, cefaleas, insomnio. Ana pasaba noches sin dormir. Durante esos periodos, su vida diurna le parecía un sueño. Había distintos tipos de insomnio. A veces dormía con los ojos abiertos o soñaba los sueños de un paciente cercano. Los recuerdos ajenos se proyectaban dentro de su cabeza como si fuesen escenas de una película muda. En la oscuridad de su habitación oía las quejas de las demás, sus pedos, sus ronquidos, el círculo de la ronda nocturna de los guardias, el ruido de las zapatillas de los doctores que atendían las crisis y el único goce en ese infierno de sonámbulos: el orgasmo de una de las mujeres que ya no parecían humanas, temblando bajo las sábanas.


Ana disfrutaba jugando con los niños del Centro. No había más que un pequeño grupo; la enfermedad tendía a manifestarse en la adolescencia. Ana los envidiaba. En ese ambiente enrarecido, los más pequeños vivían en dulce ignorancia. Ni siquiera sospechaban estar enfermos. Para ellos no existía el mundo de los sanos.


Además de obligar a los pacientes a trabajar en el huerto, el Centro alentaba el contacto con ciertos animales. Se movían con libertad por todo el terreno, e incluso se los dejaba participar en las terapias. Los únicos lugares a los que se les prohibía la entrada eran la piscina termal y el comedor. Los favoritos de Ana eran una especie de mapaches de nariz bulbosa, como la de los coatíes. Los escondía bajo las sábanas por las noches, a pesar de que roncaban como si fuesen humanos, para sentirlos ronronear contra su estómago. Los guardias hacían lo posible para que no interrumpieran el descanso de los pacientes y los alejaban de los más enfermos. Esos animales eran heraldos de la muerte: se congregaban en masa cerca de quienes ya no iban a poder soportar la cura.


Ana aprendió a no encariñarse demasiado con los otros pacientes. Desde su ingreso, había tenido algunas amigas, pero su primera experiencia negativa le enseñó a guardar la distancia: en menos de seis meses, perdió a dos de ellas. Una fue retirada por sus padres, la otra murió mientras se sometía —voluntariamente— a un tratamiento experimental.


Al quinto año, las heridas cubrían la totalidad de su cuerpo. La posibilidad, muy rara, pero no inédita, de que crecieran sobre su rostro se convirtió en una pesadilla recurrente.


Ana descubrió la verdadera naturaleza del Centro durante una sesión de fototerapia. Mientras se desnudaba para exponerse a la luz ultravioleta, uno de los enfermeros la ayudó a quitarse el vestido; cuando él levantó los brazos, Ana vio pequeñas manchas en su piel, por debajo de las mangas de su camisa. Nadie estaba sano, todos eran enfermos.


Fuera por la reclusión casi forzada en que vivía o producto de algún efecto psicológico de su enfermedad, su memoria se convirtió en una sustancia viscosa. Un recuerdo se fusionaba con otro, formando extraños panoramas. El olor de su madre, el cuerpo de su primer amante, una novela de vampiros, dos piedras bajo el agua, una fractura expuesta.


Cuatro veces al año, recibía dolorosas descargas eléctricas en las áreas más afectadas de su piel. Con el transcurso del tiempo desarrolló una fobia al sabor del tubo de goma que le introducían en la boca para evitar que se mordiera la lengua. Era la terapia que más odiaba. Pero fue durante una de esas sesiones, mientras la energía cursaba a lo largo de su cuerpo y sacudía sus extremidades, que Ana intuyó por primera vez un camino de salida.


El alma está unida al cuerpo por un hilo tenue. Así lo probaban las múltiples formas de la muerte. Pero la muerte no era la única escapatoria posible. Si la naturaleza había fijado la estructura de su organismo, encerrándola en aquella materia dolorosa y sangrante, Ana redefiniría su función, de la forma más radical posible: usaría los labios como si fuesen las puntas de sus dedos, caminaría de cabeza, haría pensar a sus rodillas, miraría el mundo con los párpados cerrados y afilaría su mente hasta perforar las paredes de su piel.


Ana comenzó a vivir en un estado de alerta total. Pasó tanto tiempo sumergida en el río que las partes sanas de su piel adquirieron una textura anfibia. En las noches de insomnio, sentada en la taza del baño, ensayó el control y la dilatación de sus pupilas para captar hasta la última partícula de luz. Al mirarse al espejo ya no podía distinguirlas de sus iris: parecían dos agujeros taladrados en su cabeza.


Empezó a llevar a cabo pequeños experimentos con creciente fervor, juegos y ensayos que la desconectaban de los malestares de su enfermedad y de las rutinas del Centro. Aprendió a caminar por los pasillos con los ojos cerrados y a clavar astillas en sus heridas hasta que ya no percibía el dolor. Al almuerzo, tragaba los alimentos tratando de bloquear la sensación del gusto, luego empezó a comer flores, hojas, piedras, tierra. Supo aguantar la respiración hasta perder la conciencia.


La rapidez de sus avances la tomó por sorpresa. En solo unos meses era capaz de prescindir de la mayor parte de sus comidas. No era fácil. No bastaba con vomitar después de haber cenado, sino que tuvo que entrenar a su cuerpo para que rechazara cualquier fuente de energía externa. Cuando su desnutrición se volvió evidente, los médicos la transfirieron al sector de los pacientes terminales.


Su caso llamó la atención del joven doctor a cargo de su dieta. Ana no era como los demás, que languidecían en un estado cercano a la muerte: ella parecía capaz de vivir en homeostasis, como si sus órganos internos se hubieran ido perfeccionando a medida que la piel se corrompía. El médico empezó a dedicarle la totalidad de su tiempo. La sometió a todo tipo de exámenes y quiso comunicarse con ella, pero Ana permanecía en silencio. Sabía que las palabras la ataban a la realidad. Más que la comida, más que el agua, más que el aire.


El doctor empezó a visitarla por las noches. Al principio se sentaba al borde de la cama sin hablar y le llevaba pequeños regalos que conseguía con las personas que bajaban al puerto. Cuando estaba seguro de que los demás pacientes dormían, le contaba historias de su vida. Había nacido en el Centro, sus padres se habían conocido durante el tratamiento; al cumplir los dieciséis, se mudó a la ciudad para estudiar Medicina, y luego de graduarse recorrió el país ofreciendo sus servicios, pero en menos de un año ya estaba de regreso. Afuera, en el mundo exterior, extrañaba la rutina de los pacientes. Sus olores, sus ojos quietos, su respiración coral durante las noches del insomnio.


Una vez a la semana, daban una larga caminata juntos. El doctor gozaba de privilegios especiales, y Ana se favoreció de su compañía para conocer los alrededores y evitar los momentos más desagradables de la cura. Continuaba con sus propios ejercicios, pero no pudo protegerse del afecto que comenzó a sentir por el joven. Tenían la misma edad y físicamente eran tan similares que parecían hermanos. Él se convirtió en su mayor obstáculo. Tuvieron sexo luego de uno de los baños anuales: al sentir las manos del doctor sobre su piel nueva, Ana se dio cuenta de lo lejos que estaba de su meta. Esa noche lloró por primera vez desde que sus padres la dejaron en el Centro.


Empezaron a hacer el amor sin que les importara el estado de su piel. Las sábanas quedaban salpicadas con sangre, como si fueran las manchas de un test de Rorschach. Cuando el doctor se desvestía, Ana le miraba las cicatrices en la espalda. Al igual que todos quienes vivían en el Centro, él también había padecido la enfermedad, aunque estaba en remisión. Sus antiguas llagas parecían un tatuaje, una enorme mariposa roja posada entre sus hombros.


Una cama de gusanos. Comían la piel muerta de su cuerpo y limpiaban sus heridas. Luego los utilizaban como abono para el huerto. Ana ya no los sentía encima suyo, reptando sobre sus pechos, retorciéndose entre los pelos del pubis. Cerraba los párpados y el mundo desaparecía. Era apenas un saco de huesos. Ya no sufría hambre ni sed. El único obstáculo era su relación con el doctor, cada vez más cercana, a pesar de su silencio. ¿Cómo era posible experimentar placer dentro de la ruina en que se había convertido? Porque el deseo aún la atormentaba. La mera sombra de su amante bastaba para atarla a su cuerpo.


Cuando Ana llegó a estar tan débil que no podía moverse, el doctor le dijo que la quería. Ella no reaccionó. Cerró los ojos e imaginó un desierto sin arena, una bolsa cerrada, una piedra rodando por el lecho de un río. El doctor le aseguró que no era la primera paciente que intentaba algo parecido. Formaba parte del ciclo natural de la enfermedad. Escapar, escapar hacia adentro. Le preguntó por qué no se mataba. El suicido no estaba prohibido en el Centro. Había métodos y facilidades disponibles, aunque pocos lo elegían. Como ella, buscaban algo distinto. El joven le tomó las manos cubiertas de cicatrices, le besó la frente y se despidió desde la puerta. Cuando Ana despertó a la mañana siguiente, su amante ocupaba la cama vecina, con los brazos cubiertos de heridas frescas.


Las lesiones empezaron a desaparecer de su piel con la misma velocidad con que crecían sobre la del doctor. En poco tiempo, solo tenía los dos círculos originales sobre la rodilla izquierda. La trasladaron a la sala de los recién llegados, y notó que los otros pacientes comenzaban a tratarla distinto. Cuando cambiaron sus ropas blancas por el uniforme gris del personal, Ana seguía sin hablar. No pudo corregir a nadie cuando empezaron a llamarla «doctora».


Liberada de la rutina de los enfermos, Ana tenía permiso para visitar el puerto, pero no llegó más allá del comienzo de la ruta que bajaba hasta el fondo del valle. Caminó hasta allí y se quitó los zapatos para sentir el pasto mojado contra la planta de los pies. A esa hora, la brisa del mar se levantaba y traía olor a yodo. Se dio vuelta y regresó al Centro, con el calzado en la mano. No tenía sentido volver al mundo. La jaula sigue al pájaro, pensó.


El rebrote de la enfermedad del doctor fue fulminante. Como Ana, se rehusaba a hablar y a comer, solo aceptaba sorbos de agua. En sus ojos operó la misma transformación que ella había visto al mirarse al espejo: dos pupilas enormes como las de un búho ahogaban el verde de sus iris. Ana empezó a participar de las sesiones de tratamiento de su amante. Él la miraba como si no la reconociera.


En seis meses, Ana ya tenía tres pacientes estables a su cargo, participaba de la comisión de bienvenida del Centro y atendía dos casos terminales, incluyendo el doctor. Desde que su piel había sanado, le costaba desconectarse de la misma forma, pero seguía sus rutinas de suplicio y su voto de silencio. Sin variar su dieta, notó que subía de peso. El color regresó a sus mejillas. Libre de la enfermedad, una parte de ella se aferraba a la vida con más fuerza. Decidió abandonar el cuidado de su amante.


El día del baño anual eligió a una pareja de hermanos que acababan de llegar al Centro. Al otro lado de la piscina vio al doctor. Su cuerpo era apenas distinguible bajo las costras, solo su cara se mantenía igual que antes. Ana se abrió de piernas, cerró los ojos, apoyó las palmas en el suelo. Intentó olvidarse de sí misma, pero su mente evocaba escenas extrañas: dos perros en el pasto, una llave de oro, un edificio sumergido en el mar con ventanas redondas como las de un submarino; afuera, en la superficie del agua turbia, flotaba el cuerpo desnudo del doctor, picoteado por gaviotas, con el pene tieso como el de un ahorcado. Los hermanos la tomaron entre los dos, con fuerza. Le penetraron el ano y la vagina. La arrastraron por el suelo, le abrieron heridas en las rodillas. Ana acabó una y otra vez, pero no podía dejar de mirar a su antiguo amante, derrumbado en la esquina de la sala. Cuando los dos jóvenes quedaron satisfechos, ella quería más. Sintió palabras creciendo en su garganta y se mordió la lengua hasta llenarse la boca con sangre.


Llegaron diez nuevos pacientes. Dos de los más antiguos murieron y los enterraron bajo los árboles. En el verano, una epidemia estuvo a punto de acabar con la población animal. En otoño, tres enfermos dejaron el Centro, en remisión, y dos se sumaron al personal como médicos. A final del invierno, uno de los niños se ahogó en el río. Sus padres no reclamaron el cuerpo.


Cuando florecieron los cerezos, Ana despertó con una sensación que creía haber olvidado. Rastreó su memoria en busca de algo a que asociarla, pero solo encontró trozos y pedazos de recuerdos. Hambre. Tenía hambre. Se moría de hambre. Se levantó de la cama y apenas alcanzó a llegar al comedor. Cayó de rodillas, recogió migas de pan del suelo y se las llevó a la boca con frenesí. Dos enfermeras la encontraron desmayada y la trasladaron de urgencia a una sala de observación. Al despertar, vio a su amante en la cama contigua. La miraba sin verla, con el rostro cubierto por completo de heridas frescas. A los pies de ambos, los animales ocupaban hasta el último rincón de la pieza.


Con el hambre volvió el suplicio de todos sus sentidos. El roce de las sábanas la hacía gritar, la luz le quemaba los ojos, el olor a podredumbre del doctor le revolvía el estómago. Ana deliró durante horas, con la lengua seca pegada al paladar. Desnuda en el patio de su antigua casa, jugaba a la pinta con sus dos hermanas, corrían sobre el pasto, se reventaban tomates frescos encima de la cabeza; bajo el árbol de Navidad recibía los regalos, luego su piel se llenaba de estrellas, brillaba como el sol y se desprendía de sus huesos como si fuese cera líquida. Ana no lograba distinguir los límites de su cuerpo. Se sentía parte de la cama, parte del suelo, unida al mundo entero. El tiempo se enroscaba sobre ella, dispersándola. Su estómago se había hinchado como el de un niño desnutrido, y el dolor era tan intenso, el caos que le envolvía tan confuso, que no alcanzó a comprender que estaba pariendo a su hijo hasta que empezaron las primeras contracciones.


El día del nacimiento, una larga fila de pacientes esperó para ver al niño. Los animales del Centro corrían descontrolados, los machos peleaban entre sí como en época de celo. El tratamiento se suspendió para todos. Reprodujeron música por los parlantes del recinto.


Cuando ella y el niño se recuperaron, Ana retomó el cuidado de su amante. Sus pechos estaban hinchados de leche, su piel brillaba con luz propia. Amantaba al bebé a un costado de la cama del doctor y lo dejaba jugar en el suelo de la pieza, de espaldas, como una tortuga. El joven pasó semanas entrando y saliendo de la conciencia. Ana continuó con su tratamiento, aplicándole cremas sobre las heridas, lavándole las costras y masajeando sus músculos para evitar que se atrofiaran, pero él no abrió los ojos hasta que ella empezó a hablar, en una voz más honda de lo que recordaba.


Mi nombre es Ana Baranchik. El próximo mes cumpliré veintiséis años. Tu hijo se llama Ernesto. Es el nombre de mi padre y el de mi abuelo. No tengo recuerdos de mi abuelo, murió poco después de que yo naciera. Su pieza quedaba al lado de la que yo compartía con mis hermanas. Hay fotos en que salgo en sus brazos, en pañales. La barba le llega hasta el pecho, tiene un cigarrillo en la boca, no sé si sonríe. Este es el séptimo año de mi tratamiento. Estoy bien, pero sé que no volveré a la ciudad. Mira hacia afuera, amor: hay cuatro soles en el cielo. Nada está inmóvil, porque el universo tiembla. Abre los ojos. No tengas miedo. Estamos juntos aquí dentro. Todos sanos, todos enfermos. No hay cura para la vida.


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Benjamín Labatut


Escritor chileno autor de varias obras literarias entre las que destacan Un verdor terrible (2021), finalista del Premio International Booker, y MANIAC (2023), que hibridan el ensayo con la ficción y abordan la relación problemática entre el avance científico y los límites de lo humano.


"La duda de Ana" es un relato que forma parte del libro La Antártica empieza aquí, Anagrama, con fecha de publicación marzo de 2026.

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