Entrevista con el artista invitado: Guy Kinner
- Elina Cerla

- 1 ene
- 3 Min. de lectura
por Elina Cerla
Guy Kinnear se arraigó fuera de la red en terreno californiano y su obra va más allá de su innegable habilidad técnica para preguntar el cómo de ese arraigo a través de los vínculos con la tierra y la escultura, la luz y la pintura.

¿Podrías hablarme un poco de cómo ves la diferencia entre el gólem y el wretch, el desgraciado?
El wretch es la historia con la que la mayoría de los occidentales están más familiarizados, y es la historia de Frankenstein. Mary Shelley rara vez se refiere a él como “monstruo”, con mayor frecuencia lo llama wretch, aquello que es desgraciado, aquello que ha sido expulsado, aquello que no tiene lugar; esta criatura fue creada sin propósito. Lo crea simplemente por crearlo y resulta llamativo si pensamos en toda la historia del siglo XX, con las tecnologías creadas por la tecnología misma, la ciencia por la ciencia, el arte por el arte. Una era de cosas que existían en aislamiento —saberes, tecnologías— y ella predijo las consecuencias. Que crearíamos un wretch, literalmente una criatura desgraciada que anhela y necesita un lugar en el mundo.
El mito está tan profundamente incrustado en nosotros que, cuando descubrí el gólem, me sorprendió ver cuántas veces se recontaba como una historia al estilo de Frankenstein, como un cuento con moraleja. Pero los relatos originales del gólem son muy distintos, son cuentos de asombro. Y cuando el gólem es creado, lo es dentro de una comunidad, con un propósito y una vida limitada. Solo existe de aquí a allí, y luego morirá. Debe descansar. Y siempre que se le utiliza en esos términos, la comunidad prospera. Pero tiene que morir. Está bien, es lo normal. El gólem solo se vuelve problemático cuando se le obliga a trabajar en Sabbat, o cuando se le exigen tareas que superan sus limitaciones, entonces sí, se descontrolará.
Así que, en el fondo, son estas dos figuras con las que estoy trabajando. Estos dos extremos de una téchne creada en comunidad, con un propósito y en consonancia con el tejido del cosmos, frente a una téchne creada en aislamiento y sin un propósito claro. Tras el siglo XX, vivimos en un mundo lleno de wretches. ¿Puede un wretch volver a convertirse en gólem? ¿Cómo puede algo que ha crecido en aislamiento reencontrar una comunidad y recuperar su lugar en el planeta? ¿Es siquiera posible? Esa ha sido una gran pregunta en mi obra.
¿Qué piensas de la noción de estar integrado tanto en una comunidad como en los ciclos naturales, la mortalidad y la naturaleza cíclica del entorno y la tierra donde vives?
Esto se ha reflejado en lo que estoy haciendo como ser humano. Porque ahora vivimos fuera de la red, no estamos conectados a la red eléctrica, ni a la red de agua, ni a la de residuos, y tengo una parcela que estoy tratando de destinar al cultivo de alimentos y a la cría de unos animales. Incluso en términos de agricultura, tenemos una actitud muy frankensteiniana, hay que quebrar la tierra para llegar a producir ciertos cultivos. Y es un modo completamente distinto que preguntar “qué me permitirás cultivar”. Pero esto implica que yo también tengo que ceder parte de mi libertad, parte de mi agencia, esto es vivir embebido, en arraigo. Esto es gólem. Y entro en ello con preguntas: ¿Qué puedes darme? ¿Qué puedo introducir yo? ¿Cómo podemos bailar?
En tus paisajes hay una sensación de luz y de cielos ardientes. Tanto el wretch, el Prometeo moderno, como el gólem están vinculados al fuego y al conocimiento, y a esa pulsión de llevar el conocimiento más
allá de sí mismo.
Una de las razones por las que me gusta tanto la luz como metáfora es que cada lugar tiene su propia luz, su propio espectro, su propio juego de luces y sombras. Otra cosa es sentarse en el espacio y preguntarse, ¿de qué color son tus sombras? ¿De qué color son tus zonas de luz, aquí? Como pintor, es mi primer punto de entrada para comprender el arraigo de un lugar.

















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