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Reseña de "La mariposa negra": Siempre hay lugar para un Caravaggio

hace 1 día
3 min de lectura

por Santiago García Tirado

Título: La mariposa negra

Autor: Radu Paraschivescu

Editorial: Omen libros

Año: 2026

Páginas: 224

Traductor: Rafael Pisot



Pocos lienzos inacabados más tentadores que la vida de rock star de Michelangelo Merisi, Caravaggio. Porque no fue un artista más entre la multitud de creadores del Barroco y porque su biografía es en sí misma una novela tremendista (y una tremendísima novela) no han sido pocos los que se han dejado seducir por la idea de completar el lienzo. Tras La course à l’abîme (2002), del francés Dominique Fernández (sin traducción al español) y El color del sol, de Andrea Camilleri, la entrega más reciente, La mariposa negra es obra del rumano Radu Paraschivescu y llega en traducción del siempre atinado Rafael Pisot.


La tentativa que acomete Paraschivescu es, como sus predecesoras, pura audacia. Caravaggio dejó escasas huellas de sus andanzas y lo único incontestablemente objetivo que nos queda de él son sus cuadros. Las referencias de la época son poco fiables y siempre aparecen teñidas de esos matices peyorativos que han dado en la leyenda turbia que se asocia al pintor. Así las cosas, el único método factible para reconstruir la biografía de Caravaggio es la literatura, con todo lo que conlleva de provisorio y la dosis necesaria de ficción, algo que Paraschivescu sabe que debe asumir.


Lo documental y lo ficticio intersecan y de ese cruce se va generando la trama, cuyo comienzo se ubica en el momento en que Merisi, ya en Roma, empieza a ganarse un nombre. La parte documental cristaliza en el rigor con el que Paraschivescu da cuenta de las costumbres, el mapa y las intrigas de la Roma de Pablo V. Pero a menudo va más allá, con avisos y comentarios que apuntan a una intención pedagógica —“no sea que no se entienda en este siglo”, parece decir—. La parte ficcional se revela en donde es más inevitable, en la recreación de situaciones y diálogos —siempre extensísimos— que permiten trazar las rivalidades, los reconocimientos, los deseos, las afinidades, la soberbia que mueve a unos y otros protagonistas, algo que en los datos históricos simplemente se puede suponer, siempre sin demasiadas certezas. 


Los diálogos, sin embargo, son algo más que simples desarrollos de las tensiones entre protagonistas. A través de ellos se cuela un componente interpretativo inesperado donde cobra dimensión la écfrasis. Es uno de los puntos en los que Paraschivescu pone una decidida atención. Altas dignidades de la Iglesia, grandes mecenas, pintores rivales… de cualquiera de ellos puede emerger la descripción de un cuadro, con su correspondiente análisis semiótico y sus apreciaciones técnicas. Son fragmentos que puntean el relato y que en conjunto componen una suerte de catálogo para una antológica del milanés, sin que parezca que se trata de un añadido caprichoso. Cada uno de esos momentos ecfrásticos son parte natural del flujo narrativo y permiten delinear posiciones, afinidades, destinos. Nadie, al parecer, puede sustraerse a la fuerza del pintor, para bien o para mal, y eso incluye a los golfos y prostitutas de Campo di Marzio tanto como a los cardenales y nobles de Roma, Sicilia, Nápoles o Malta.


La conclusión queda en suspenso al final de la novela, de igual manera que en la historia real. Se sabe que Caravaggio murió en Porto Ercole, en la costa del Tirreno, al parecer después de un ataque con arma blanca que pudo derivar en una grave infección. Nunca apareció su cuerpo. Paraschivescu ofrece una resolución natural en su texto: puesto que toda la novela es una larga carta de Caravaggio a su maestro milanés, Simone Peterzano, la muerte del pintor solo puede ser vista en escorzo, por la fuerza de la premonición. Efectivamente, el título es el leit motiv. Tras esa mariposa negra solo queda lo inefable, el espacio donde la literatura aboca todo aquello que en el texto ha sido sugerencia.




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