Reseña de "La realidad absoluta": Los restos del ser
por Pablo Rosselló
Título: La realidad absoluta
Autor: Luis Sagasti
Editorial: Eterna cadencia
Año: 2026
Páginas: 144

La historia de las ideas en Occidente sufre, muy temprano, un giro que rompe con nuestro existir en unión con la naturaleza, ese existir cuasi animal, para introducir una brecha entre el individuo y “la realidad absoluta” que persigue Sagasti. Las ideas (y sombras platónicas), la duda cartesiana, el fenómeno kantiano: todos estos sistemas repiten, como un mantra, que solo conocemos desde nosotros, a través de un defectuoso aparato de percepción y razón que deforma, o transforma, la realidad para convertirla en un mundo de objetos constituido por nosotros. Nuestras vivencias lo deforman aún más, imprimiéndole tiempo y contenido a las cosas; nuestro lenguaje es autorreferencial y variable; nuestras relaciones sociales y económicas condicionan nuestro entender. Los argumentos para ahondar la brecha no acaban nunca, mientras el mundo se aleja, solitario e inescrutable, porque no tiene a nadie que lo conozca sin desvirtuarlo.
Sagasti es un autor temerario. Pretende resucitar a la momia metafísica y hablar sobre la cosa en sí: los analíticos y hermenéuticos no lo verán con buenos ojos. Su estrategia narrativa, sin embargo, no sigue los preceptos de Heidegger (a quien hace referencia en algunos pasajes): es decir, no utiliza la poesía para describir al Ser, sino que lo hace a través de una hermosa prosa que combina anécdotas (personales, políticas), fábulas, pequeños ensayos, notas biográficas de artistas. Aquí radica su mayor acierto: el texto se lee como una conversación, por momentos íntima, donde el autor nos presenta manifestaciones de aquello que llama el Ser, que es todo lo que escapa a nuestro lenguaje; lo Real lacaniano, aquello que subyace a nuestro constructo simbólico a través del cual nos guiamos por el mundo.
“En la oscuridad de la selva yace la realidad absoluta”, nos dice en el primer capítulo, recordando a Werner Herzog, a Fitzcarraldo y a Aguirre, y “por eso no debe abandonarse nunca el barco”. El retorno no es simple ni está asegurado. Más adelante, y en clave psicodélica, nos advierte que es muy difícil regresar una vez ensanchados los umbrales de la percepción. Devastador, hambriento, destructivo: ese es el Ser de Sagasti, que se acerca mucho a la voluntad de Schopenhauer, frente a la cual tenemos la muralla protectora de las representaciones, conceptos fijos e inmutables que nos permiten vivir en la fantasía del orden.
En la fábula del profesor jubilado de filosofía y del hijo del molinero que “da con el Ser”, este aparece en forma de restos, “una agonía flameante, casi fosforescente [que deja a] los hombres demudados, fuera del lenguaje, lejos de lo múltiple”. Esos restos son una unidad (volvemos al idealismo alemán), y solo se vislumbran por escorzos, en situaciones-límite, en experiencias de lo negativo como lo describe Hegel. Salvo en la fábula, la experiencia del Ser no se busca, sino que se impone: ya sea como experiencia siniestra (como en la isla de deportados políticos donde el hambre transforma a los hombres en caníbales), o como inspiración artística (como en el caso de Warburg, Giuseppina Pasqualino, Raymond Maufrais).
Donde mejor funciona el texto es ahí donde la problemática del ser se contemporiza: en las redes sociales, donde ahondamos y casi que tallamos en piedra nuestras representaciones, que volverán repetidas a nuestros ojos porque el algoritmo solo busca lo mismo, limita nuestra imaginación para idear nuevas representaciones de la realidad absoluta (nuevos sentimientos que conecten con el otro, nuevas ideas políticas, nuevos gustos estéticos, etc.).
Un libro hermoso que funciona muy bien cuando sigue esta línea, cuando actualiza la pregunta por el ser y nos muestra por qué importa, más allá de las fronteras de la filosofía.
Título: La realidad absoluta
Autor: Luis Sagasti
Editorial: Eterna cadencia
Año: 2026
Páginas: 144















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