top of page

Descifrar el arte de narrar

1 mar 2007
7 min de lectura

por Enrique Vila-Matas


Enrique Vila-Matas es, probablemente, uno de los escritores de este lado del charco que más comulgan con la intención pigliana de construir artefactos literarios que funcionen no sólo como terreno de experiencia para la indagación formal sino también como lanzadera de nuevas ideas sobre el hecho narrativo y sus procesos. Vila-Matas sitúa la génesis de este "nuevo" género bastante antes de lo que se suele pensar y problematiza la recepción que tiene en España este tipo de escritura. 



Ricardo Piglia
Ricardo Piglia

Alguien hace algo absurdo que nadie entiende, un acto que excede la experiencia de todos. Ese acto que no dura nada (nos dice Ricardo Piglia en uno de sus cuentos) tiene la cualidad pura de la vida, es un acto que no es narrativo pero es lo único que tiene sentido narrar. Estas palabras de Piglia me hacen siempre pensar en el sinsentido del inesperado suicidio del protagonista de un famoso cuento de Salinger, Un Día Perfecto para el Pez Plátano: un relato que precisamente suele causar entre los lectores la impresión de estar ante una literatura de cualidad pura. 


Tal vez la alta y más pura literatura sea esto: el arte de contar algo no narrativo que percibimos como lo único que tiene sentido narrar. De ahí que de un tiempo a esta parte (en realidad desde Cervantes y Sterne) haya ensayos que nos parezcan narrativos, y viceversa. Todo esto lleva, una vez más, a la pregunta de qué es narrar. Piglia, que mezcla con pericia narrativa y ensayo, podría ahí contestar: "Narrar, decía mi padre, es como jugar al póquer, todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad". 

A nadie que haya leído a Piglia habría de extrañarle esta respuesta. La de este escritor argentino es una escritura para la que narrar es pactar con el absurdo, apoyarse en una voz que dice la verdad cuando afirma que la vida no tiene sentido, pero cuyo timbre, el timbre profundo de esa voz, es el eco de ese sentido. 


Como habrá podido ya el lector imaginar, el timbre profundo de la escritura de Piglia se encuentra muy alejado del realismo mágico y de toda aquella panoplia de gallos amazónicos y de vírgenes que volaban por los aires de las célebres novelas del boom latinoamericano de los años setenta. Si hay algún realismo en las obras de Piglia (que lo hay) deberíamos denominarlo realismo interior, intelectual, en el sentido más noble de este adjetivo, en el sentido de que todas las narraciones de este autor son lugares donde se discute la literatura. Todas las historias de Ricardo Piglia son intensas discusiones sobre el arte de narrar. 

¿Metaliteratura? En España todavía la mandan a la Inquisición. Está mal vista, creen que es una cosa postmoderna (otra palabra maldita) cuando en realidad la metaliteratura se inventó en España, la inventó Cervantes. Pero en el país del Quijote todavía hoy se preguntan, por ejemplo, cómo en una novela se trabaja con ideas y en un diálogo se ponen a hablar de literatura. Piglia dice: "No creo que se pueda narrar de un modo en que las palabras sólo cuenten hechos". 


(Abro un paréntesis para decir que, a comienzos de los años 80, asistí avergonzado a la provinciana euforia que provocó que la llamada Nueva Narrativa española abandonara todo experimentalismo y se dedicara "sólo a narrar historias", como se repetía entonces triunfalmente: "a contar historias y nada más".) 


Piglia dice que no se puede narrar de un modo en que las palabras sólo cuenten hechos y también ha dicho que ya le hubiera gustado haber sido él quien inventara "el uso de la crítica en la ficción" (eso que tantas veces le han reprochado), pero que no fue él quien lo inventó, porque eso ya estaba, por supuesto, en Cervantes, en el Ulises de Joyce: "Uno de los capítulos del Ulises de Joyce que a mí me parece más extraordinario es el capítulo de la biblioteca, donde hay una toda una discusión complejísima sobre Hamlet. 


Como dijera Juan Villoro, toda la obra de Piglia es una puesta en duda de los valores entendidos, una forma creativa de la desconfianza. "Pocos autores", escribe Villoro, "conceden tanta importancia al lector como Piglia, cuyas narraciones no piden ser entendidas sino concluidas". Realismo intelectual sí, pero no hay de qué extrañarse. Después de todo, ya lo hallamos en el mismo Cervantes. 


Si algo subleva a Piglia son ese tipo de escritores que, debido a que quieren funcionar bien en la cultura de masas, se presentan como hombres sencillos, personas que de ninguna manera deben ser vistas como intelectuales. Ellos escriben historias por el placer de contarlas, y punto. Sobre todo nada de asustar a la clientela. No se plantean, por ejemplo; descifrar el arte de narrar y menos aún poner en duda los valores establecidos en el mundo de lo narrativo. "Hay que desconfiar de los que dicen que sólo son contadores de historias, porque los escritores nunca han sido solamente traductores. Un escritor es un mago que construye realidades", dice Piglia.


En oposición a estos lacayos del mercado, a estos neopopulistas de la cultura de masas, va emergiendo una tradición culta y con gusto por el complot y por lo clandestino que rechaza la inocencia narrativa y comparte la certeza de que el mundo ya ha sido narrado, pero que el misterio de la escritura permanece y exige todavía una nueva vuelta de tuerca y nuevas formas y estructuras para las novelas; una tradición culta y cervantina y sterneiana, una tradición reflexiva en torno a lo literario y en la que junto a Piglia estarían, entre otros muchos, Magris, Sebald, Pitol, Borges y Bolaño entre otros (sin olvidar el Facundo de Sarmiento, que en 1845 fundó en su país, dice el propio Piglia, "la serie argentina del libro extraño que une el ensayo, el panfleto, la ficción, la teoría, el relato de viajes, la autobiografía"); una tradición culta y cervantina que se dedica, entre otros asuntos, a borrar los límites entre los géneros, lo que está permitiendo a los lectores ver como se mezclan, al estilo Sarmiento pero de forma menos ruda, el ensayo, la ficción, la autobiografía, el diario personal y los aforismos, por poner sólo cinco ejemplos de géneros, en un estimulante baile de frontera: un baile que, sin ir más lejos, se da con gran originalidad en el maravilloso libro Formas breves de Piglia, donde los diferentes textos, que tienen cierto parentesco con las Sombras Breves de Benjamín, borran deliberadamente los límites entre la ficción narrativa y la crítica.


Se trata de un género nuevo que ni es nuevo ni está tan de moda como algunos dicen. Lo que está realmente de moda son los best-sellers a lo Dan Brown. Pero en cualquier caso es lógico que exista esa flexible disciplina narrativa en la que yo mismo ando metido a veces. Esa otra forma de escritura en la que un mismo texto cobija géneros hasta entonces autónomos, desde la memoria, la autobiografía, la historia, el viaje, la narrativa o la poesía, todos ellos aglutinados sin menoscabo de su autenticidad. Un espacio más abierto y en el que se puede respirar mejor. Porque en el fondo se trata de eso: de respirar mejor, de encontrar mayores espacios de libertad para el creador.


No es de extrañar que alguien como Piglia que se dedica a veces al uso de la crítica en la ficción haya escrito un libro que se titula precisamente Crítica y ficción, un elaborado conjunto de entrevistas y reflexiones en torno a las teorías sobre el arte de narrar de este autor argentino cuyo discurso "contra la resignación del compromiso realista" se reivindica a sí mismo como utópico, y lo hace desde la convicción de que realismo y utopía son "dos maneras de concebir la eficacia y la verdad", pues la primera "trata de ver la presencia de la realidad en la ficción" mientras que la segunda, por el contrario, busca reconocer "la presencia de la ficción en la realidad". Y es que, como decía el gran novelista Juan José Saer, la verdad no es necesariamente lo contrario de la ficción. Para estudiar los enigmas del arte de narrar, Piglia, al igual que hiciera mi admirado Bolaño, ha recurrido en muchas ocasiones a un detective, ya que una de sus obsesiones más recurrentes siempre ha sido su sospecha de que el género policiaco ("el gran género moderno") posee una inmensa capacidad para indagar las relaciones entre la ley y la verdad. A eso se dedica el irónico detective Renzi, al que encontramos en muchos de los libros de este gran escritor argentino, cuyo mundo y biblioteca personal cruzan por los mundos y bibliotecas de sus autores favoritos: "Arlt, Macedonio, Gombrowicz. La novela argentina se construye en esos cruces (pero también con otras intrigas). La novela argentina sería una novela polaca: quiero decir una novela polaca traducida a un español futuro, en un café de Buenos Aires, por una banda de conspiradores liderados por un conde apócrifo. Toda verdadera tradición es clandestina y se construye retrospectivamente y tiene la forma de un complot".


Renzi (para quien la ironía es un complot contra la realidad) es un detective-escritor que se pregunta por qué diablos, por ejemplo, no hemos de preguntarnos los escritores qué quiere decir escribir o narrar, y eso le lleva a las filigranas intelectuales de una páginas que unen sabiamente ficción y realidad, como en la mejor partida de póquer. "Cuando los escritores nos juntamos a conversar de literatura no discutimos sobre el sentido que tenía el adulterio de Arma Karenina. Hablamos más bien de cómo pudo el autor construir esa maravillosa escena de Karenina en el tren leyendo y una luz en la cabina iluminando el libro...".


Sin duda para Piglia (autor de la legendaria novela Respiración artificial y narrador-ensayista que tiene que ver mucho más con la literatura del futuro que tantos escritores de hoy que se limitan a reproducir en sus novelas la estructura de la narración clásica), la literatura es ese tren en el que viajaba Karenina, donde en un vagón al atardecer cobra vida el placer de la lectura y el descubrimiento de que el mundo es un texto (Mallarmé, Borges), y también el descubrimiento de que ese texto es nuestra vida y está en un libro y en realidad sólo vivimos a medida que leemos nuestra vida: esa vida absurda que no dura nada y no es narrativa, pero que es lo único que, bajo la luz de una cabina, siempre tendrá sentido investigar y narrar. Aunque no podamos entenderla nunca, sólo concluirla.


NOTA

Glosa de Ricardo Piglia, escrita por Enrique Vila-Matas para un suplemento especial de Le Monde (L'autre Amérique] dedicado en septiembre de 2003 a la realidad latino-americana. La glosa ha sido ampliamente corregida y aumentada para Quimera.

Comentarios


Otras quimeras

bottom of page