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Número 513 · Septiembre 2026 - Fracasos y renuncias


Este número de Quimera






La calidad del fracaso


En la entrevista que publicamos en nuestro número doble de julio/agosto, John Banville nos dijo: “Intentamos alcanzar la perfección. Somos criaturas imperfectas y no podemos alcanzar la perfección. Así que siempre es un esfuerzo e inevitablemente es un fracaso. Lo importante es qué tipo de fracaso he tenido durante cuatro décadas. Pobre Beckett, nunca pensó que daría un cliché al mundo, fracasa de nuevo, fracasa mejor. Pero es cierto, es la calidad del fracaso”. En sus palabras, el fracaso no aparece como lo contrario de la creación, sino como su resultado inevitable. Toda obra fracasa porque ninguna consigue coincidir enteramente con aquello que su autor imaginó para ella. Lo importante, como dice Banville, es la calidad del fracaso.


El fracaso, no obstante, solo puede existir allí donde previamente se ha establecido un fin. Fracasar significa no alcanzar un objetivo o no responder a una expectativa que determina y sirve de baremo sobre qué debe considerarse una vida, una obra o una sociedad. En nuestra sociedad, hemos narrativizado en forma de relato esta expectativa de triunfo, muchas veces bajo un esquema ascendente en el que el esfuerzo y el progreso conducen a una culminación. El fracaso, sin embargo, interrumpe la construcción de este relato; la renuncia puede hasta invalidarlo. Si quien fracasa no alcanza la meta, quien renuncia se pregunta por qué debería alcanzarla.


En esta constelación de fracasos y renuncias, los textos reunidos recorren las distintas tensiones entre fracasar y renunciar. La conversación con Enrique Vila-Matas indaga en ambas experiencias dentro de su trayectoria y de su concepción de la literatura, mientras que el relato que publicamos las traslada al territorio de la ficción. Andreu Navarra recupera la figura de Rafael Cansinos Assens, autor de El divino fracaso y exponente de una época, y José de María Romero Barea se adentra en una obra, la de Samuel Beckett, en la que la imposibilidad de alcanzar el objetivo no conduce al silencio, sino a la obstinación por continuar. De la mano de Jorge García López, en Juan José Saer, el fracaso se encuentra en el lenguaje mismo y en su incapacidad para apresar una realidad que siempre se escapa; en el texto de J. Casri sobre escritores que repudiaron alguno de sus libros, la renuncia se materializa en el deseo de renunciar a una obra propia publicada. Elena del Rivero, artista invitada, habla de la entrega de gran parte de su obra a la hoguera. Con Irene Yúfera, abandonamos el ámbito estrictamente literario para explorar el fracaso comunicativo de las autoridades en situaciones de emergencia. Patricia MacCormack lleva finalmente la pregunta hasta su límite al plantear no ya el fracaso de una vida, una obra o una institución, sino el de la humanidad como especie, y a su renuncia última.


Este número no pretende, por tanto, elogiar el fracaso ni atribuir a la renuncia un valor liberador. Hay fracasos fértiles y fracasos irreparables, renuncias que constituyen una forma de resistencia y otras nacidas del agotamiento o la impotencia. Lo que comparten es su capacidad para interrumpir el relato del progreso y visibilizar sus grietas. La literatura no repara necesariamente esas fracturas ni convierte cada fracaso en una enseñanza, pero puede adentrarnos en ellos sin que estos pierdan su complejidad porque, quizá, no se trate de fracasar mejor, sino de permanecer por un momento en la incertidumbre que se abre cuando no sabemos si continuar o renunciar.


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