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Reseña de "Larvas"

por Elena Santos

Larvas

Tamara Silva Bernaschina

Páginas de Espuma, 2025, 376 págs.


Una materialidad atmosférica


Buena parte de la crítica ha emparentado la obra de Tamara Silva Bernaschina con otras escritoras que están elaborando un corpus narrativo de raigambre inequívocamente gótica, dedicándose a releer la tradición del género desde una óptica que vincula el fantástico con los miedos latentes del imaginario femenino. Mariana Enríquez, Mónica Ojeda o Samanta Schweblin, entre muchas otras, nos están recordando últimamente que el “gótico latinoamericano” también puede incluir el comentario político o la perspectiva de género. En este sentido, la narrativa de Silva da otra vuelta de tuerca a esa revisión de códigos al incorporar innovadoras perspectivas partiendo de lo más tangible y lo más físico, no solo con el fin de volver a debatir ciertos estereotipos literarios surgidos del feminismo contemporáneo, sino también de cuestionarlos a partir de una mirada abiertamente transgresora.


Larvas —su tercer libro— recoge ocho cuentos segmentados en secuencias y escritos con un estilo de gran musicalidad basado en la brevedad de la frase. Resuenan en ellos ecos de la narración oral, de un tipo de fabulación siempre en tensión con el riesgo que implica cada imagen, lo cual provoca choques fortuitos que abren los sentidos para volver a ver y escuchar el entorno desde puntos de vista decididamente insólitos. La infancia, la adolescencia y la primera juventud se identifican con la pérdida de la inocencia, asociada a su vez con experiencias límite en las que la naturaleza y la animalidad desempeñan un papel crucial.


El niño que mantiene una morbosa relación con los parásitos que pueblan su larga cabellera (“Mi piojito lindo”), el intercambio erótico entre una joven y una extraña mujer-piedra (“No acampar ni abordar”), la perversidad y crueldad que se esconden tras los juegos infantiles (“La gallinita ciega”), la fantasmagórica irrupción de una yegua (“Arena, arena, arena”) o de ciertos acúfenos agoreros (“Agua quieta”), o la desasosegante mutación de una adolescente que extrae pececillos de su interior (“Larvas”, cuento que da título al volumen), acaban construyendo un universo repleto de formas y temas minuciosamente interconectados a partir de unas cuantas rimas internas. Y el sedimento que dejan, a partir de un crescendo sabiamente calculado, cristaliza en “La joven edad”, un relato acerca del periplo de una muchacha que apuesta por una utopía neorrural y que culmina, tras una traumática experiencia con la maternidad, en un bucle de pesadilla ambientado en un árido entorno montañoso.


En algunos casos, esas ficciones esconden los miedos más pueriles, que a su vez pueden aparecer en ámbitos por completo cotidianos, tal como afirma la propia autora cuando dice que “lo fantástico no es una metáfora ni un símbolo”, que simplemente “está ahí”. Desde ese lugar, Silva Bernaschina moldea pacientemente sus tramas hasta obligarlas a moverse en medio de una gran ambigüedad genérica, entre el realismo y lo fantástico, todo ello sustentado en una prosa de suave cadencia poética: se abre así una grieta que aboca a una irracionalidad siempre intrigante y perturbadora. La naturaleza, por ejemplo, se convierte en un personaje más. Y cualquier gesto, por banal que parezca, se reviste de un tono telúrico a cuya formación contribuye la amenaza ominosa que representan los animales. La fauna, presencia real o correlato fantástico, invoca una pulsión ancestral que acaba flotando en una atmósfera densa y oscura, en los márgenes de cualquier concepción estrictamente antropomórfica del mundo, donde se disuelven cuerpo, tierra y animalidad.


Todos los cuentos construyen severos ambients narrativos en los cuales no se puede hacer otra cosa que vagabundear, pero que por eso mismo permiten la emergencia de un pensamiento situado más allá de lo inmediato: la singular literatura de Bernaschina consigue vislumbrar otra realidad —inequívocamente emparentada con lo onírico—desde una contundente, pegajosa materialidad.

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