Reseña de "El vado de los zorros"
- Santiago García Tirado

- 27 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 29 dic 2025
por Santiago García Tirado
El vado de los zorros
Anna Starobinets
Impedimenta, 2025, 784 págs.
Trad. de Viktoria Leftérova y Enrique Maldonado
El tiempo en el laberinto

El vado de los zorros es una novela-laberinto. Se erige siguiendo la lógica de las series de TV actuales, lo que le permite abrirse en diversas líneas narrativas simultáneas que ponen al lector frente a situaciones aparentemente inconexas. La trama primera comienza in media res, con un Maxim Cronin que se presenta como un individuo con problemas de memoria y del que solo sabemos que se encuentra en la URSS y que se ha visto abandonado por su mujer, Yelena. Iremos sabiendo más: que es 1945 y la URSS sigue en guerra, que los pasillos del Kremlin están tomados por militares y funcionarios torvos, que un tipo llamado Áristov, de los servicios de inteligencia, está empeñado en culminar algún tipo de empresa junto a Maxim Cronin, y que esta tiene poco que ver con el mundo tangible. Y es así como, desde Moscú, llegamos a un exótico extremo Oriente, en la Manchuria histórica, todavía bajo el asedio del ejército japonés y, por eso mismo, no nos parecerá extraña allí la presencia de un alemán llamado Anton Wilhelm von Jünger, también empeñado en la búsqueda de algo de lo que no tenemos idea clara. Es en ese lugar extremo, liminal, donde emerge Lisí Brody, el vado de los zorros, un territorio circular donde todas las tramas convergen y donde se va a producir una suerte de suspensión del tiempo. Allí también se espera que se produzcan las respuestas. A no se sabe qué. A la vida. A la condición humana. A todo.
En ese territorio de condición ambigua, muy semejante al territorio mítico del cuento del folklore, adquieren materialidad las diferentes formas del conflicto: la ciencia frente al saber milenario, la búsqueda insana de la inmortalidad, la experimentación al margen de la ética y, por encima de todo, la lucha por la recuperación de la memoria, que es también el trabajo por la identidad. Se ha hablado mucho del vado de los zorros como ese lugar donde el tiempo se limita a girar en círculos y donde el dolor y la culpa vuelven insidiosa, periódicamente. Aquí se hace inevitable la conexión con Solaris, de Stanisław Lem, a la que Starobinets le debe buena parte de sus planteamientos —y no solo en esta novela—.
No es un detalle menor que, al llegar al vado, Maxim Cronin asuma la identidad de un oficial soviético al que en un rifirrafe acaba de matar. El vado parece someter a una metamorfosis a todo aquel que traspasa sus contornos. El ejemplo perfecto son los kitsune, que ya no son el zorro-yōkai de la tradición chino-japonesa, sino resultado de experimentos extremos de un denominado Escuadrón 512. La ciencia aquí se presenta en su versión nefasta, y, como en Frankenstein, se revela como una creación de lo humano que se vuelve contra lo humano.
Se necesita una sólida inteligencia narrativa para dar curso a todo este circuito temático sin que resulte un amasijo de relatos desamañados. Y Anna Starobinets lo logra, incluso sumando otras líneas temáticas, entre las que destaco la biopolítica, un aspecto que apunta al tiempo presente. El modo de organización soviético deviene aquí arquetipo de la biopolítica de siempre, de ahora. Áristov, el personaje del KGB experto en prácticas de control mental habría dejado en ridículo al Pávlov de los perritos. Es capaz incluso de infiltrarse en los sueños de Maxim Cronin y de otros, e interactuar con los personajes que allí cobren vida.
Novela desbordante, impetuosa, multitudinaria, desprejuiciada, refleja un modo de narración ambicioso a la manera de la literatura clásica, donde nada que sea humano tiene vedado el paso. Es un laberinto, y ya sabemos que los laberintos tienen predicamento en la literatura llamada de calidad. Se ofrecen como entretenimientos, pero nadie que los penetre queda a salvo de algún modo de metamorfosis.

















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