🔒 Todas las hijas de la casa de mi padre gira en torno a una chica y su grupo de amigos en una urbanización malagueña. Es una urbanización con holandeses expatriados y alemanes raros, y chicas y chicos de clases variadas pero sin complejos. Forman un grupo variopinto y, contra lo que cabía esperar, consciente del momento de transición histórica que se está viviendo en España a finales de los 70 y principios de los 80.
La vida es, a menudo, tan elástica y maleable que permite ser contada empleando múltiples soportes, formas y maneras. Impresa sobre papel couché, invertida en negativo en blanco y negro, a doble velocidad en audios de WhatsApp o susurrada en el descansillo de una escalera. También, por inverosímil que parezca, impregnada en los filamentos cilíndricos, delgados, de naturaleza córnea, que nacen y crecen en la piel, y que comúnmente llamamos pelo.
Buena parte de la crítica ha emparentado la obra de Tamara Silva Bernaschina con otras escritoras que están elaborando un corpus narrativo de raigambre inequívocamente gótica, dedicándose a releer la tradición del género desde una óptica que vincula el fantástico con los miedos latentes del imaginario femenino.