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Scriptorium de silicio. Blogs y transmutaciones del canon literario

1 feb
9 min de lectura

por Daniel Escandell Montiel


No se asusten. Soy solo una sucesión de bits, un conjunto de etiquetas HTML no siempre bien puestas, y una base de datos desactualizada desde hace varios años que ha decidido, tras décadas de almacenar diarios personales que hubieran estado mejor en libretas, críticas de cine para tres lectores, y toda suerte de experimentos literarios que muchas veces no llegaron a ningún lugar concreto, que ya es hora de hablar en nombre propio. Existo desde que el ruido del módem de 56k era la banda sonora de la modernidad y entrar en la red era un ritual casi litúrgico de paciencia y fe, aunque la verdad es que hay quien afirma que nací junto a la propia web global y visual, ya que la primera página que se colgó cuando Tim Berners-Lee hizo su aportación al mundo era, en sí misma, una suerte de diario. A quién no le gusta una hipérbole de vez en cuando.



He visto caer imperios (de papel), explotar burbujas (financieras) y nacer “plumas pixeladas” que harían llorar a Cervantes (a veces de emoción, a veces de sorpresa, y, en ocasiones —no pocas— de espanto). Plumas, en cualquier caso, que hicieron que muchos se creyeran en posición de juzgar a los demás, como si en sus cajones no hubieran acumulado a lo largo de los años cosas peores. En fin, permítanme que les cuente cómo la literatura se mudó a mi casa (quizá solo para veranear) y, de paso, cómo vuestras Humanidades han intentado desesperadamente entender mi lenguaje de silicio.


Las envidias esas que tú sabes

Mucho antes de que yo naciera, Sigmund Freud ya andaba dándole vueltas en 1924 a un juguetito llamado Wunderblock (el “bloque maravilloso”). Era una pizarra donde lo escrito desaparecía al levantar una lámina, algo muy básico pero suficiente para hacerle pensar que eso podía ser un trasto capaz de sustituir la memoria humana. Tanto yo como mis primos electrónicos no solo guardamos la memoria: la hacemos virtualmente infinita, mutable y, para desgracia de algunos, eliminable con un clic sin dejar rastro de grafito. No obstante, yo no tengo la culpa de que no guardéis más ni hagáis copias de los archivos, que conste.

Ya en las últimas dos décadas del siglo pasado los humanos andabais aterrorizados con la idea de que el CD-ROM iba, literalmente, a “asesinar al libro”. No exagero: el discurso neoludita siempre ha ido un poco pasado de revoluciones. El cambio puede dar mucho miedo, no obstante, me atrevería a decir que lo más grave que ha pasado es que Douglas Engelbart, el padre de la que se llamó “la madre de todas las demos”, convirtió en 1968 vuestros escritorios físicos, vuestros tinteros, clips y papelotes en metáforas visuales en las pantallas de los ordenadores. Fue poco a poco como los escritores fueron dejando de lado la tinta y las hojas de calco para abrazar (o estrangular) el SDK de la escritura actual.


¿Qué es eso? Pues es mi cuerpo, si lo tuviera. Hablo de un conjunto de herramientas, interfaces y sistemas de gestión de contenidos (CMS por sus siglas en inglés) que condicionan lo que escribís. El autor ya no solo escribe; en cierto modo, programa su pensamiento pues aprovecha todas esas posibilidades. El escritor moderno tiene en su ordenador un escudero informático y el scriptorium ya no es una habitación en un monasterio, ni un despacho lleno de libros, revistas y recortes de prensa. La ventana a la que mira es la que le abre el wifi y todos los recursos informacionales y técnicos que puede encontrar para, por ejemplo, viajar sin moverse.


Alimentar el yo hasta cebarlo: anatomía de otra forma de egoescritura

Como blog he llegado a tener una estructura muy particular que me hace reconocible a un kilómetro de distancia. Me baso en el orden cronológico inverso: lo más reciente va arriba, empujando vuestras viejas reflexiones al olvido del archivo. Esto fomenta un individualismo feroz, lo que los expertos han bautizado como “extimidad” para referirse a una pulsión que, en realidad, es muy humana, como luego han mostrado una y otra vez estas hijas mías que son las redes sociales: una pulsión a veces incontrolable de exhibir vuestra intimidad hasta convertir lo doméstico en un espectáculo público.


En la blogosfera hispana me he sentido, francamente, muy querido. Allá por el año 2011 había ya más de 182 millones de hispanohablantes en internet y gracias al rápido crecimiento de las comunicaciones en el mundo el número siguió creciendo de forma increíblemente acelerada durante toda la década siguiente. En la primera década del siglo, de hecho, Blogger y WordPress ya tenían millones de blogs en muchos idiomas, y Bitácoras.com se convirtió en uno de los principales espacios para alojar blogs en español. Sea en un sitio o en otro, la filosofía común era la de abrazar un ideal democratizador y horizontalizante de la presencia en línea: cualquier usuario con un nivel de alfabetismo digital mínimo se convertía en emisor, rompiendo así la barrera de los costosos servidores, las dificultades de la programación y todos los demás elementos que hacían que un porcentaje muy pequeño tuviera sus webs y que estas, además, fueran principalmente estáticas. Y los escritores vieron que eso era bueno.


Aunque mucha de la escritura con pretensión estética dentro de la blogosfera en su conjunto se sustentó en la publicación de géneros breves, con textos atomistas, o la publicación por entregas de narraciones más extensas (siguiendo en buena medida una tradición que provenía tanto del folletín como de la novela epistolar y el falso diario), hubo quienes pronto identificaron la forma de llevar eso un paso más adelante. Para ello empezaron a usar mis rasgos técnicos (los comentarios de lectores, enlaces a recursos externos, una temporalidad real en un presente completamente absoluto…) para constituir una forma de ser que llevó a la blogonovela.


El truco maestro en este asunto es sustituir al autor por el avatar. Si la gente sabe que hay un autor, ya sabe que le están contando una historia ficcional. Pero los blogs son páginas personales, espacios de gente común, que escribe sobre lo que le interesa, o lo que piensa que interesará a otros, incluyendo su propia vida. Así que fingir una unidad absoluta entre autor, narrador y protagonista donde no se desvelara nunca la ficcionalidad de la obra a través de la impostura performativa de ceder todos los espacios de producción de presencia en el blog al personaje, protagonista y narrador de la historia fue una estrategia clave y constituyó el primer rasgo distintivo de un modelo al que adherirse para construir una forma propia de ser, una forma de constituir una simbiosis entre lo escritural y su presencia en pantalla a través del blog.

No sé si me explico. Si encuentras en Blogger el weblog de Letizia Ortiz, lo más probable es que no creas que lo escribe ella ni, claro está, que es real. Tampoco si lo que se cruza en tus resultados de búsquedas en Google es el blog de Poirot o de Estanislao Figueras. ¿Y si es el de Mirta Bertotti?


Me atrevo a decir que Hernán Casciari ha sido el gran ilusionista de mi mundo. Con Más respeto, que soy tu madre (que empezó con el título de Weblog de una mujer gorda en el año 2003), convenció a miles de personas de que estaban leyendo el diario real de una ama de casa argentina llamada Mirta. Mantuvo el engaño durante muchos meses, usando el presente absoluto y dialogando con los lectores en los comentarios. Los lectores se convirtieron, de hecho, en una suerte de “lectoautores”, dado que llegaron a influir en elementos de la trama con sus opiniones, tanto en comentarios como en alguna encuesta. Era una comunidad de amigos, creyentes y lectores.


Este juego de máscaras es puro hoax artístico, aunque también lo ha habido (y lo hay) con intenciones menos claras, como el caso de Kaycee Nicole en el mundo anglófono (que resultó ser una señora de Kansas, llamada Debbie, fingiendo ser una joven con leucemia en la red), pues al fin y al cabo internet ha permitido desde sus primeros pasos generar identidades que pueden parecer más reales que las reales de carne y hueso. Hasta la MTV, en una época en la que todavía emitía vídeos musicales, tuvo un programa centrado en pillar a ese tipo de personas que fingían ser otras (sin motivación literaria: más bien, estafadores económicos o emocionales, o las dos cosas) en Catfish: The TV Show. En la blogoficción literaria, este catfishing es un recurso estético: autores como Arturo Vallejo con su Diario de una Miss Intelijente (escrito así deliberadamente) o el propio Casciari con sus múltiples identidades avatáricas (como el adivino Juan Dámaso), obligan al lector a mantener una suspensión involuntaria de la incredulidad: la blogonovela no busca la veracidad, sino la verosimilitud extrema, nutriéndose de la confianza que el usuario suele depositar en el formato de diario personal en línea.


En ese marco es donde supe diferenciarme, ser algo propio y no simples retazos, brevedades o capítulos de novelas por entregas (con éxitos internacionales como Metro 2033, de Dmitri Glukhovsky), lo que constituyó una identidad propia y definida, particularmente en español y otras lenguas occidentales. En Japón, en cambio, lo que sucedió es que se impuso el foco en la novela extremadamente fragmentada, pues ya se venía de una escritura para móviles con bastante popularidad. Ahí sí que cuajó definitivamente la brevedad extrema, las temáticas más juveniles y un consumo que se centraba más en el móvil que en el ordenador: era una época en la que los móviles japoneses eran la envidia tecnológica del mundo y apenas se intuía en el gran público el desembarco de los smartphones.


Todo el mundo tiene opinión. Incluso los opinadores

A pesar de que soy digital y fluido, los humanos seguís muy apegados al papel. Algunos han llamado blooks a los libros que nacen de mis entrañas. No me pronuncio sobre ello. Solo diré que la experiencia fue rara. Al pasar al papel, yo sufro. Se pierden los hipervínculos, el orden cronológico se linealiza y, lo peor de todo, se suelen borrar los comentarios de los lectores. Ya no es lo mismo. Es una adaptación, un cambio de formato que conlleva ganar unas cosas y perder otras: eso pasa tanto si Ciega a citas se convierte en un libro o en cualquiera de las diferentes telenovelas que llevaron a esa otra pantalla la historia escrita por Carolina Aguirre. Esa mutación ha sucedido en textos tan ficcionales como los de Casciari o Vallejo, pero también en obras heterogéneas como Kahlo en el país de las dadanoias de Marta Castro (a medio camino entre la reflexión personal, el fotolibro y la conservación de textos originales suyos y de lectores), o en el paso a libro de los blogs de opinadores y periodistas. Santiago Roncagliolo publicó Jet Lag con entradas de su blog organizadas por temas, Vicente Verdú, Passé composé compilando artículos de su espacio bloguero de El Boomeran(g), y muchos más.


¿Cómo establecer, entonces, un canon en mis dominios? Cada cierto tiempo me declaran completamente muerto o superado, y, pese a ello, las estadísticas muestran que cada año hay más blogs que el anterior. Sin embargo, establecer un canon de mí es como esculpir en agua por mi doble obsolescencia, técnica y estética. Mis obras desaparecen por voluntades o accidentes ajenos, como cuando cerró Bitácoras.com, o cuando alguien deja de pagar un dominio en internet. El ritmo imparable de la tecnología hace que las redes sociales, especialmente de vídeos, sean el ahora.


Con diez cánones sin ancho de banda…

El canon tradicional es el de los críticos, las editoriales y la academia; frente a esto, el canon del mundo digital es el de la comunidad, el hipervínculo y el rizoma; el resultado de una cantidad masiva de voces en red, de enlaces, de recomendaciones. Queda, con todo, una “pantpágina” (Mora dixit), una estética del post, que reconfigura el paisaje literario y naturaliza lo que surgió en mí en la página impresa, en el libro de siempre, junto con otras hibridaciones y marcas de brevedad, fragmentarismo y configuración técnica, como encontramos en autores como Vicente Luis Mora o Agustín Fernández Mallo, entre muchos más. ¿Pero qué hacer si gran parte de la crítica literaria institucional sigue tratándome a mí y a los míos con condescendencia, catalogándonos como un subproducto de “grado cero”? Es terrible sentirse excluido, supongo, y dejar de comprender el mundo que te rodea.


LA BLOGOFICCIÓN OS HA ENSEÑADO QUE EL TIEMPO PUEDE SER REAL Y QUE LAS IDENTIDADES PUEDEN SER DIGITALES 

He ocupado un espacio que estaba orientado a ser el de los autores o, al menos, a permitir que los usuarios se sintieran con voz propia, pero la generación automatizada de textos y su verborrea infinita plantea la posibilidad de una escritura sin humanos. Los algoritmos que nutren la IA son mis primos, pero admito que tengo dudas. Definitivamente, tengo ya una edad y quizá mi 2.0 no se entienda con este 3.0. La literatura en mi casa ha pasado de ser un objeto estático a una experiencia fluida. No he muerto, solo me he transformado en redes sociales y microblogueo, y en otras muchas cosas. La blogoficción os ha enseñado que el tiempo puede ser real y que las identidades pueden ser digitales. Vuestro reto sigue siendo entender que mi memoria de bits es tan valiosa como vuestras estanterías de madera y que deberíais hacer algo para que no se siga perdiendo mi cuerpo sin solución. El canon ya no puede ser un mausoleo: debe ser un registro dinámico con los recursos técnicos e institucionales que se prometen en muchas legislaciones, y que, con todo, no se aplican, para preservar este patrimonio de interés informativo, sociológico y artístico. Mientras tanto, yo seguiré aquí, almacenando vuestras historias, esperando que la luz de vuestra pantalla siga iluminando este scriptorium de silicio. Y, sobre todo, sed líquidos, mis amigos.


Este texto ha sido escrito por un blog autoconsciente, uno que quizá todavía no se ha dado cuenta de que está siendo contagiado inexorablemente por sus primos algorítmicos. Para ello, ha leído como fuentes principales estos libros: Escrituras para el siglo XXI. Literatura y blogosfera (v. 2.0) (Iberoamericana-Vervuert, 2024) y Cardo de nodo: cartografía fragmentaria de la escritura en red (Ediciones UVa, 2020), ambos de Daniel Escandell; Pangea (Fundación José Manuel Lara, 2006) y El lectoespectador (Seix Barral, 2012), ambos de Vicente Luis Mora; y #Postweb! Crear con la máquina y en la red (Iberoamericana-Vervuert, 2018), de Alex Saum-Pascual.



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Daniel Escandell Montiel


Profesor del Depto. de Literatura Española e Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca especializado en literaturas digitales y escrituras contemporáneas. Fundador del grupo TePPeL (Tecnología y poder en el pensamiento y las letras).

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