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"SHOGGOTH"

por Patricio Pron y Javier Calvo

El 7 de octubre de 2010, Javier Calvo y Patricio Pron participaron en una jam session de escritura en una galería barcelonesa. El siguiente relato es el resultado.

 

PATRICIO PRON : "ACERCA DE LA JAM DE ESCRITURA" [POST SCRIPTUM)


Al ser invitados a participar a la jam de escritura de Barcelona (al parecer, la primera que iba a tener lugar en Europa tras varios años de práctica regular en Argentina, donde surgió, y en otros sitios de América Latina), Javier Calvo y yo aceptamos atraídos por el riesgo que conlleva inventar algo de la nada y en público y por la posibilidad de que todo resultara un desastre, que a ambos nos parecía muy seductora. Calvo me comentó que tenía una idea para un relato que nunca había escrito porque no tenía muy claro cómo debía terminar (lo que resultó una malinterpretación de mi parte, ya que una versión previa había sido rechazada por una revista para hombres colombiana llamada Don Juan [sic] y Calvo estaba convencido que el relato debía terminar con la inmolación del personaje, como me contó más tarde), y a mí me pareció interesante procurar completarlo; la idea tenía alguna relación con el relato de Howard Phillips Lovecraft "At the Mountains of Madness", del que yo no recordaba nada. Al releerlo en el tren camino de Barcelona descubrí que Javier Calvo podía ser uno de mis escritores favoritos pero que H. P. Lovecraft no lo era; de hecho, los cuentos del autor estadounidense parecían mejorar mucho si uno recordaba de ellos tan sólo dos o tres cosas, que constituían su núcleo disruptivo y profundo, y olvidaba el estilo vergonzante, las digresiones innecesarias y las descripciones de criaturas que parecían trenes de carga o globos deshinchados. A partir de esos dos o tres elementos y de lo que Calvo escribió a su turno, completé el relato, que aparece aquí sin correcciones ni enmiendas. Me sorprendió ver que tanto Calvo como yo no solemos corregir y escribimos velozmente, muy seguros de la forma en que queremos decir algo aunque a veces no estemos seguros de lo que queremos decir; podíamos detenernos en el medio de una frase, pero la retomábamos tras un instante sin modificar lo que había precedido. También, que tanto Calvo como yo parecemos tener una idea de hacia dónde queremos llegar a la hora de escribir un relato pero que esa idea no ejerce ninguna violencia en el texto; por el contrario, que surge precisamente de él como si no lo precediera. No sé cómo se produce esto y si es una habilidad que puede ser entrenada de algún modo. No conocí mucha gente durante la jam porque el púbico estaba de espaldas a nosotros leyendo el texto proyectado en una pantalla; ese me parece un pequeño triunfo. El otro fue haber podido colaborar con un escritor cuyo trabajo admiro y que esa colaboración surgiese del interés mutuo de dos autores de obras muy diferentes. Al acabar me dije que podría estar haciendo esto toda la vida. Gracias a los organizadores del evento, a los asistentes y a Javier Calvo.



I . JAVIER CALVO:


La noche en que la policía de Essex asalta la barcaza desde la que emite Radio London, la mente de Candy Phmpton sale de su crisálida. Sale desnuda, invencible. Libre de miedos y de ansiedades. Es 3 de diciembre de 1966. Myra Hindley ya está encerrada en Holloway. Los Beatles han entrado en el estudio a grabar la continuación de Revolver, pero cada vez hay más gente que cree que Paul está muerto.

Candy lleva semanas muy nerviosa. Nunca se acuerda de comer y casi no duerme por las noches. Se dedica a caminar de una pared a otra pared de su apartamento diminuto. Su apartamento está debajo de la escalera del número 8 de Buxton Street, Shoreditch. Se dedica a caminar de una pared a otra pared, fumando. Solamente sale de vez en cuando a comprar cigarrillos. Cuando alguien llama a la puerta de su apartamento, ella se queda muy quieta, como si estuviera muerta, y espera que el que ha llamado se marche.


La noche en que la policía asalta su barcaza. Radio London está emitiendo un programa donde los oyentes llaman para contar sus sueños. Los oyentes pierden los zapatos y pierden los dientes. Salen de su casa desnudos y se pierden en inmensos laberintos burocráticos. El locutor pincha Over Under Sideways Down de los Yardbirds. Tomorrow Mever Knows de los Beatles. Y de repente, la transmisión se interrumpe. El locutor solamente había tenido tiempo de preguntarle su nombre a una oyente de voz tímida. Y luego, nada. Un chisporroteo de estática.


Candy se incorpora de golpe. Nota un hormigueo en las manos y una sensación de peligro en la nuca. Cuando va a abrir la ventana, le tiemblan las manos. Tira varias tazas de té sucias al suelo y una docena de cucarachas salen despavoridas. Aunque es de noche, el sol está brillando. Candy oye todas las respiraciones y las risas de todos los vecinos del 8 de Buxton Street.


Y después, todo se termina igual que ha empezado.


La mente de Candy ha salido de su crisálida. O lo que es lo mismo, el mundo ha salido de su crisálida. La mente está en el mundo está en la mente está en el mundo.


La noche en que la policía asalta Radio London, Candy se pone a buscar entre las cosas que hay en el suelo de su apartamento hasta que encuentra su ejemplar de Las montañas de la locura de H. P. Lovecraft. Se sienta en la cama y lo abre. Las montañas de la locura no es solamente el libro favorito de Candy. También es el único que lee. El que lee todo el tiempo. La repetición de las escenas familiares bajo el hielo es lo único que la tranquiliza. Y esa noche, Candy rehace todo el itinerario del profesor Dyer en la novela. El hallazgo de los seres ancianos bajo el hielo. El ataque al campamento. El vuelo sobre la ciudad fabulosa. Los shoggoth. La matanza de los exploradores. Y la revelación final de la verdad cósmica. Pero esa noche, Candy comprende la verdad profunda de Las montañas de la locura. Lee sus páginas igual que una vestal lee las entrañas de una bestia sacrificada.


Ahí es donde está ella. Ahora. En la Antártida Interior.


Donde nadie puede herirla. Donde nadie puede afectarla.


A la mañana siguiente, Candy saca todas sus cosas a la acera. Sus minifaldas compradas en King's Road. Su vestido con la Union Jack, uno de esos que se pusieron de moda en verano cuando Inglaterra ganó el Mundial. Sus posters de Jean Shrimpton y de Penelope Tree. Sus discos de los Yardbirds y los Rolling Stones. Aftermath. Revolver. Los niños de su calle se acercan corriendo. La gente de Shoreditch no es una gente que se quede indiferente ante un espectáculo de esas caracteristicas. (YA NO HAY ACENTOS). Las mujeres del vecindario se quedan mirando desde la acera del frente y chasquean la lengua y niegan con la cabeza de esa manera en que se mira a una jovencita soltera y sin trabajo que se esta vendiendo sus cosas en la acera obviamente como resultado de algun problema de esos que hacen que las mujeres se te queden mirando desde la acera de enfrente. Embarazos de los que hay que "encargarse". Drogas de esas que toma la gente joven. Por la mañana, Candy estaba pidiendo diez chelines por pieza. A mediodia, cinco. Por la tarde se Umita a regalarlo todo.


Cuando por fin no queda nada, Candy se limita a quedarse sentada en la acera, fumando.


Y sin embargo, ella sabe que esto no se ha terminado.


No sabe que es lo que falta, pero sabe que falta algo.


Y cuando ese algo se acerca caminando por la acera, ella sabe de que se trata.


Un hombre se acerca caminando por la acera de Buxton Street.


Lleva un abrigo de piel de leopardo y tiene una mata enorme de pelo rizado y parecido a una nube, como ese actor nuevo que interpreta al Doctor Who en la tele. Cuando el hombre llega a su altura y se detiene a hablar con ella, Candy ve que tiene purpurina en las mejillas y en la frente.


—Es a ti a quien estaba esperando —le dice Candy al hombre. —Toda mi vida.


El hombre sonrie.


—Yo no lo habria explicado mejor —dice el. Le coge una mano y le besa el dorso con delicadeza. —Universal Phil.


—¿Te llamas Universal Phil? —dice ella.


El hombre le da una tarjeta de visita. Ella se queda mirando el nombre que hay en la tarjeta. ANTARCTICA.

—Tengo un bar al lado de Oxford Street —dice el hombre. — U n antro con clase. Apuesto a que nunca has oido hablar de The Abdabs. Es la clase de musica que ponemos ahi. Un rollo mucho mas groovy que los Beatles. Y todo esta lleno de chicos y chicas jodiendose las cabezas —el hombre se rie. —Es 1966, nena. Es hora de joderse las cabezas, no de helarse de frio en medio de una calle de Shoreditch a medianoche.

En las montañas heladas de su Antartida Interior, Candy ya no come ni duerme. Se pasa los dias en la cama, leyendo su ejemplar de Las montañas de la locura. Cuando termina, se mete bajo las mantas y se imagina que es el profesor Dyer, caminando bajo el hielo con una lampara de gas en la mano. Debajo del hielo, nada te hiere, nada te afecta. Se pasa dias y mas dias intentando que su tocadiscos pinche solamente The Season of The Witch. No sabe explicar por que, pero la cancion de Donovan esta relacionada de alguna manera con la noche de la crisalida. Con la Antartida Interior. Es la cancion que estaba pinchando el locutor de la radio justo antes de que se interrumpiera la emision. Para que su tocadiscos solamente pinche esa cancion, Candy tapa todas las demas canciones del album con cinta adhesiva. Se inventa un complicado sistema de pesos para que el brazo del tocadiscos se levante al llegar al final de la cancion y vuelva atras.


Y por las noches, coge el metro en Aldgate. Cambia en King's Cross y se baja en Leicester Square. Y visita el Antarctica de Phil.


En la Antartida Interior, nada te afecta. Nadie te puede hacer daño nunca. En el bar Antarctica, Candy se dedica a beber con todos los hombres que le presenta Phil. Luego se acuesta con ellos. Mientras los hombres estan encima de ella, Candy cierra los ojos y se imagina que es el profesor Dyer bajo el hielo. Buscando a los Seres Ancianos. Leyendo los jeroglificos del hielo. Hombres con trajes de negocios de la City. Cuarentones con pelo en las narices y pelo en las orejas. Nada que pueda afectar a la criatura que ha sahdo de la crisalida de su mente.


II . ENTER PATRICIO PRON


Es diciembre, es tres pero ya no es 1966 sino 1967. Candy vive en el mismo apartamento pequeño, pero los cigarrillos que ha fumado y algo que ella no puede nombrar pero que esta alli y la rodea como una crisalida ha teñido las paredes de su piso de un gris oscuro para el que no existe nombre. Candy come patatas fritas y una sopa que compra a veces en un restaurante chino y que sabe a curry y a gambas. A veces, cuando baja a la calle, se detiene un momento en la acera y entonces se acerca un hombre; eventualmente, ambos acaban subiendo al piso de paredes grises. Al follar con ellos, a veces Candy piensa en liquenes y otras veces en cuevas oscuras y llenas de huesos como las que describe H. P. Lovecraft en Las montañas de la locura. A veces, cuando los hombres con los que se acuesta consiguen finalmente correrse, ella siente un calor minimo que chorrea sobre su cuerpo frio. No lleva cuentas, y hay narradores que jamas dirian esto, pero hay otros que si lo hacen, y lo saben todo o fingen saberlo todo, y este sabe que en los ultimos meses se ha acostado con siete estudiantes, nueve mecanicos, un profesor de la Miskatonic University y con un arabe llamado Abdul Alhazred. A veces piensa en cuadros, en pinturas de Nicholas Roerich, en los cuadros de Clark Ashton Smith que ilustran su edicion de Las montañas de la locura. Una vez se acuesta con un geologo [los profesores de la universidad cercana parecen recurrir a menudo a las prostitutas, como casi todos los profesores en todas partes] y le muestra el ejemplar y el geologo solo sonrie y le pide que se ponga boca abajo. Ella piensa en trenes que atraviesan tuneles oscuros y profundos y se imagina a ella misma en uno de esos trenes, rumbo a la mas absoluta y devastadora locura. Candy comienza a hacerse laceraciones; a veces se corta la piel voluntariamente y a veces solo hunde un dedo en los moratones que tiene entre las piernas hasta que se siente habitada por el dolor. Esa, la idea de que su cuerpo comienza a ser habitado por algo, comienza a darle vueltas en la cabeza con frecuencia. A veces piensa que los hombres con los que se acuestan la poseen de formas que estan mas alia de la literalidad. H. P. Lovecraft escribio Las montañas de la locura tras leer Arthur Gordon Pym de Edgar Alien Poe, y ella comienza a pensar en si misma como parte de una cadena de autores y de personas que escriben y reescriben permanentemente el mismo texto. Un dia se acuesta con un negro que tiene un peinado curioso en forma de estrella de cinco puntas, como los Older Ones de los que habla Lovecraft; otro dia es un pakistani que tiene una estrella tatuada en el brazo. "Pense que los musulmanes no se hacian tatuajes" le dice ella mientras el se desviste. "Pense que las putas no hablaban" responde el. Ella fuma mientras el la penetra; piensa en pingüinos gigantes, en animales antarticos que nadie ha visto; piensa en los cuerpos como recipientes vacios. A veces, cuando se acaban las pastillas que toma, peinsa en cosas que empiezan con r, en cosas como ranas y ratas y gente llamada Rodrigo. En una ocasion le pide a su cliente que la estrangule, pero el cliente se asusta y se marcha apresuradamente de su piso sin haberse corrido y sin pagarle. Afuera esta Shoreditch y a veces ella mira por la ventana y siente un cosquilleo en las manos. A veces relee Las montañas de la locura y recuerda que ella obtuvo su ejemplar en condiciones mas bien curiosas: ella hacia autoestop, era en la mañana, habia partido de un punto que no recordaba e iba a un sitio que no recordaria al dia siguiente. Aun no sabia quien era H. P. Lovecraft, aun no conocia a el llamado Edgar Alien Poe, y un coche se detuvo a su lado. Al bajar la ventanilla, ella dijo adonde iba y el hombre que conducia le dijo que el iba al mismo sitio y la invito a subir. Quizas el viaje no fuera largo realmente, pero es largo en su memoria y es placido hasta que el hombre comienza a hablar. El hombre [ella nunca sabra su nombre] le habla de su familia y de sus hijos y le muestra una foto de ellos y despues, suavemente, como si no tuviera ningun Interes en lo que esta haciendo, extrae de su pantalon un pene pequeño y oscuro y comienza a acariciarselo. Ella finge no haberle visto, mira por la ventanilla, paralizada por el espanto. Se pregunta si el tipo va a forzarla, si no es ella la que tiene que ofrecersele primero para evitar que el hombre la lastime, se imagina que aparcara a un costado de la carretera y la violara y luego la dejara abandonada. Pero el hombre sigue hablando, mientras acaricia el pene pequeño y negro y sin prepucio que a Candy le parece el pene mas extraño que ha visto en su vida, casi una entidad con vida propia, un animal al que el conductor diese refugio en la intimidad de su pantalon; el hombre sigue hablando de su trabajo y de su mujer y dice que su mujer no lo entiende y luego dice algo "La mente esta en el mundo esta en la mente esta en el mundo", y a ella la frase le da mas miedo que la violacion inminente. El hombre se detiene a un costado de la carretera; acaban de dejar atras un poblado pequeño, uno mas de esos poblados que existen en la campiña inglesa y que no significan nada ni siquiera para quienes los habitan. Ella le pregunta: "Por que te detienes" y el responde: "Porque no puedo conducir cuando lloro", y entonces ella coge su mochila y echa a correr de regreso al pueblo. Alli, en un pub minusculo en el que hay un hombre que acaricia un perro al que le falta una pata, ella descubre que junto con la mochila ha cogido un ejemplar que habia sobre la guantera. Su autor es H. P. Lovecraft y su titulo es Las montañas de la locura. Candy piensa que todo se repite y que todo es una cadena y en otras trivialidades; un dia comienza a pensar que los hombres con los que se acuesta penetran en ella y la usan y la habitan y que ella es un shoggoth, un ayudante, la depositaria de un misterio que esta dentro de un libro y de una herencia. A veces toma mas pastillas de las que deberia; a veces se dice: "El semen es amargo, el hielo es blanco, mi cuerpo es un deposito". Un dia hiere deliberadamente a un cliente con una navaja que ha comprado a un tio que conoce de un bar y que trabaja en el puerto. Un dia golpea a otro; cuando el cliente le devuelve el golpe ella sonrie. Piensa en la expedicion antartica narrada por Lovecraft y como la mayor parte de sus miembros murieron y fueron descuartizados por los Older Ones, y no le apena: son personajes de ficcion, todos somos personajes de ficcion, ellos contribuyen a que las cosas sigan sucediendo y se repitan. A veces tiene frio. Un dia emborracha a uno de los clientes y le ofrece un hachis particularmente fuerte que ha comprado. Mientras el la penetra ella coge la navaja y le hace un tajo en el pecho; el cliente se excita y se enfurece y la golpea, pero ella lo sigue tajeando. El cliente intenta arrebatarle la navaja y ella se opone. El se la hunde en el pecho; ella siente calor y despues siente frio y despues piensa en los especimenes que la expedicion a Las montañas de la locura no puede extraer jamas de su tumba helada. Despues piensa en liquenes y en pingüinos de seis metros de alto y se dice que todos son personajes, que todos somos personajes que estamos en el mundo que esta en la mente que esta en el mundo. Y luego ya no sucede nada mas.


THE END

 

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