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El doble en Lynch: somos uno

Actualizado: 26 jul

por Iván Humanes


Colgado en plena pausa, arrebatado, el mal existe como una fuerza de vida independiente. Que se lo digan a Raskolnikov, cabeza de chorlito. ¿Soy una criatura temblorosa o tengo derecho? Y a Lynch, que desde sus primeros cortometrajes experimentales hasta Twin Peaks: The Return, filma la fragilidad del yo contemporáneo: algo parecido a la entidad que Freud, en su ensayo Lo siniestro (1919), describió como familiar y que vuelve desde ese otro lugar (de esos otros lugares) convertido en extraño, pero que en este lado se vuelve otro cuerpo, otra voz, otra cabeza de chorlito. Pero el doble lynchiano no valida la identidad del personaje; la reemplaza, la infecta, la multiplica hasta disolver la frontera entre realidad y proyección. Dos Caras/Harvey Dent contra las cuatro personalidades de Moon Knight. No es el monstruo romántico de E. T. A. Hoffmann (El hombre de la arena, 1816), donde el doble nace del trauma y la locura, ni el gemelo atormentado de Dostoievski en El doble (1846), que representa la escisión social del vulgar funcionario ruso. Tampoco es el Jekyll and Hyde victoriano de Stevenson, alegoría moral de su época. Todos esos son elementos clásicos del Black and White (¿el Michael Jackson del final era tulpa, doble o The Thing?). Pero ¿desde cuándo dos más dos suman cuatro? Todo confluye en un punto, y en ese mismo punto el todo se dispara en un árbol de variantes imposibles que se ramifica. 

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