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Entre violencia y agencia: las dobles desde la literatura victoriana a la actualidad

Actualizado: 26 jul

por Marta Bernabeu


En lugar de preguntarnos quién es el doble, quizá sería más acertado cuestionar quiénes somos el doble. La figura del doble o, también reconocido en su vocablo alemán en la cultura popular, Doppelgänger, nos trae a la imaginación personajes y obras como El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde (1886), de Robert Louis Stevenson, o la más contemporánea película Persona (1966), de Ingmar Bergman. En estas obras existe siempre una tensión entre la sociedad —y la hipocresía que subyace a la hora de disfrazarnos para poder sobrevivir— y nuestro auténtico o desenfrenado yo. Si tenemos que trazar la genealogía del doble, es indispensable remontarnos, al menos, al siglo XIX y su característica escisión entre feminidad normativa y transgresión —la cual se caracteriza por usar al doble como dispositivo estructural en su literatura—. Sin embargo, hay algo que nos une más a este doble y es el puente dialéctico que establece el posmodernismo entre los siglos XIX y XX. Apareciendo en la década de los sesenta del siglo pasado, el posmodernismo se caracteriza por la crítica a las grandes metanarrativas o discursos culturales hegemónicos que nos han acompañado durante nuestra historia: narrativas de progreso, civilización, científicas, filosóficas o religiosas, las cuales han estado sujetas a dinámicas patriarcales, capitalistas y colonizadoras. En este contexto crítico y revisionista, nace también lo que se conoce como neovictorianismo, un género del posmodernismo o un subgénero de la metaficción historiográfica, término acuñado por Linda Hutcheon, y que combina metaficción, intertextualidad

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