Ghostwriting: escribir con fantasmas
- Beatriz García Guirado

- 1 jun
- 9 min de lectura
Muchos autores se sintieron fascinados por el espiritismo,
pero pocos de ellos dieron crédito autoral a los espíritus
que "embrujaron" sus obras. La escritura, espiritista o no,
nunca es un proceso de yo-mi-me-conmigo
por Beatriz García Guirado
Siempre he pensado que, cuando la gente quiere publicar,
es capaz de cualquier cosa... incluso de profanar una tumba
Henry James, Los papeles de Aspern
Un poco antes de empezar a escribir The Changing Light at Sandover (1982), su obra maestra y uno de los poemas más largos que existen, el poeta James Merrill redactó su testamento. Uno de los catorce o quince testamentos que escribió a lo largo de su vida por insistencia de su abogado, al ritmo de uno cada dos o tres años. Algo que al común de los mortales les parecería exagerado, pero cuando eres hijo de Charles Merrill, el cofundador de la firma de inversiones Merrill Lynch, tienes que pensar en tu legado. Es decir, en un mundo póstumo. Que para James, que rondaba los cincuenta, era tan real como su poesía. ¿Su? ¿De él y de nadie más? Sé de más de uno en el Otro Lado que no estaría muy de acuerdo… Porque, veamos, ¿qué ocurre con la autoría de una obra cuando se escribe con ayuda de los muertos?
El poeta empezó a interesarse por el espiritismo poco después de servir como soldado en la Segunda Guerra Mundial. Ya entonces había publicado algunos libros de poesía, pero en 1953 sufrió un “bloqueo de escritor”. “Había empezado a sentir que la conciencia individual no era tan fiable”, admitió en una entrevista. Ese mismo año, un amigo, Frederick Buechner, le regaló una ouija por su cumpleaños. Al principio, James Merrill la utilizaba de manera ociosa y esporádica, especialmente en compañía de quien sería su pareja, el escritor David Jackson. Pero entonces apareció Ephraim, una entidad que había vivido en tiempos de Calígula y que acabaría convirtiéndose en su guía espiritual e instruyendo a DJ y JM en los pormenores de la vida tras la muerte durante al menos unos veinte años.
La "Mano" y el "Escriba"
Están sentados alrededor de una mesa de cristal opaca, en el salón de su casa victoriana en Stonington, Connecticut. El comedor está atestado de libros, revistas y una decoración que solo puede clasificarse como ecléctica: una mano de Buda, una cabeza javanesa, una máscara veneciana, conchas, cristales, sillas Eames (las mejores), un diván de crin de caballo… ¿Qué más? Ah, sí, la ouija. La tabla es casera, la han hecho con un cartón grande porque las que venden en las tiendas son demasiado estrechas. Pero tiene todo lo que hay que tener: el alfabeto, los números, Sí y No. Ellos, sin embargo, dudan todo el tiempo, y esa es la gracia.
El puntero es una taza de porcelana volcada sobre la que David coloca su mano derecha y James la izquierda —necesita la diestra libre para tomar apuntes de las conversaciones que mantienen con los espíritus—. En un buen día, Merrill puede llegar a transcribir unas 500 o 600 palabras por hora, entre metáforas, gruñidos, silabeos y tac-tac, a las que dará una forma poética, luchando entre su yo autoral y la autoridad de esas otras voces. Amigos fallecidos, sí. Pero también lo más granado de la historia: Moctezuma y Pitágoras, por ejemplo. Nefertiti. ¡El arcángel Miguel! ¡Auden, sobre todo! A veces también los visita Truman Capote, cuya vida de ultratumba le aburre mortalmente, dice, y Alice Toklas y Gertrude Stein, que dirigen el cotarro como solían hacerlo en vida, en su salón de té de París. A veces las charlas son absurdas, chismosas o se ponen muy picantes. Para Merrill, las revelaciones del otro mundo que se obtienen con la ouija solo se consiguen con la colaboración física y psíquica de dos personas (DJ es la “Mano”, JM es el “Escriba” que expresaba a través del lenguaje), por lo que acaba siendo no solo una forma de comunicación cósmica sino una metáfora de la unión sexual. Algo que también vio la poeta Sylvia Plath, que por esa misma época realizaba sus sesiones de espiritismo junto a su marido Ted Hughes sin que le importase demasiado, al menos eso dijo, si era ella o el dios Pan quien movía el vaso.
Excepto en algún poema como “Voices from the Other World” (1955), James Merrill no se tomó en serio las posibilidades poéticas de la ouija hasta que no estuvo más cerca del otro barrio que de este. A los cincuenta sentó la cabeza espiritual. Antes había dejado constancia de sus experimentos psíquicos en The Seraglio (1957), un roman à clef (novela en clave) que se nutre de sus primeros años de vida siendo un niño rico y homosexual, y todos los problemas que tuvo tal vez no a causa de ello, sino de “ellos”. “Le tenía miedo al dinero. Tenía miedo de lo que el dinero pudiera hacerme. También le tenía miedo al sexo; temía lo que el sexo pudiera hacerme. Que pudiera perderme simplemente por ser rico y, del mismo modo, perderme en la sexualidad”, dijo en una entrevista. Luego probó a escribir otra novela, esta vez basada en su contacto durante dos décadas con el espíritu Ephraim. Perdió el manuscrito en un taxi; luego dos páginas más en un hotel. Y el poema simplemente cristalizó.

"No soy yo quien dice esas cosas"
“The Book of Ephraim” apareció por primera vez como poema final en Divine Comedies (1976), con el que James Merrill ganó el Premio Pulitzer. Es uno de los poemas más largos de la literatura inglesa y acabó convirtiéndose en la primera parte de The Changing Light at Sandover, una epopeya apocalíptica de 560 páginas en la que Merrill y Jackson son al mismo tiempo Dante Alighieri y Hester Dowden, el poeta y la médium de la New Age.
También ganó el National Book Award (por segunda vez) y el Premio del Círculo Nacional de Críticos Literarios en 1983. Alguna vez reconoció que tal vez David Jackson, en calidad de “Mano”, debería haber firmado en la cubierta, pero nunca se le pasó por la cabeza que Ephraim, Mirabell y los cientos de murciélagos y escritores famosos que atraviesan sus páginas, discutiendo asuntos como el holocausto nuclear o la epidemia del sida, tuvieran ni siquiera una dedicatoria. ¡Y eso que hasta Dios tiene un cameo! Eso sí, si alguna de las opiniones resultaba polémica, el poeta respondía sacudiéndose las pulgas: “No soy yo quien dice esas cosas”.
En una entrevista, un periodista preguntó: “¿No podrían considerarse autores de los poemas ellos, que mueven la taza de té por el tablero?”. A lo que Merrill contesta:
Sí y no. Como ellos no dejan de decir a lo largo de todo el libro, el lenguaje es el medio humano. No existe —excepto quizá como vastas fórmulas matemáticas o químicas— en ese reino de, digamos, fuerzas cósmicas, procesos elementales, a quienes nosotros luego personificamos, o domesticamos si se quiere, a través de la imaginación. Así que, en cierto sentido, todas estas figuras son creación nuestra, o de la humanidad. Los poderes que representan son reales —como, digamos, la gravedad es real—, pero serían invisibles, inconcebibles, si nunca hubieran pasado por nuestras mentes y se hubieran ataviado con el vestuario que encontraron allí. Cómo aparecen depende de nosotros, del imaginador, y tendría que variar enormemente de una cultura a otra, o incluso de un temperamento a otro. Un proceso que Einstein podría concebir como una fórmula podría ser descrito por un brujo africano como un cocodrilo. Lo que resulta agotador es cuando la gente insiste exclusivamente en las formas que ha imaginado. Esos poderes no necesitan iglesias para ser sagrados. Lo que sí necesitan son nuevas formas de ser vistos (The Paris Review, 1982).
En 1992, la prestigiosa revista The Paris Review publicó una entrevista de ultratumba que realizó la pareja a un grupo de escritores queer ya fallecidos. El lugar entre mundos era The Hedge (el cerco), una especie de pantalla o limbo desde el que Colette, Gertrude Stein, Genet o Capote fisgonean a los vivos y se cuentan salseos de su vida en la Tierra.
¿De dónde vienen las palabras que acaban convirtiéndose en poemas? ¿Del subconsciente del propio autor? ¿De otra dimensión? El poeta del Renacimiento de San Francisco Jack Spicer tenía una respuesta mejor. Decía que la poesía se transmitía desde el exterior, a través de “marcianos”. Que él ni pinchaba ni cortaba, aunque sí escribía. Como si la mente fuera un radar o una antena captando frecuencias y convirtiéndolas en otra cosa, en arte. Pensaba que no existía ninguna soberanía sobre la obra. Que era “poesía de la alteridad”. Por eso, tanto Spicer como Merrill, que coqueteaba con la noción de autoría (mezclando su voz con esas otras voces), no pueden eludir su deuda con el poeta William Butler Yeats. En cierta manera, Yeats es el más familiar de sus fantasmas.
Linajes y autorías fantasmales
Para Helen Sword, el método de transcripción de Merrill es tanto una exhibición como una abdicación de la autoridad literaria y espiritual. Mientras que la primera parte del libro está mucho más pulida, el poeta empieza a ser cada vez más un mecanógrafo de esa otredad, jugando con las mayúsculas, las frases fragmentarias y repetitivas y la ausencia de signos de puntuación y espacios. The Changing Light at Sandover también es, al menos en parte, una suerte de memorias de la creación del libro, salpicado de anécdotas sobre todo lo que les va ocurriendo a David y a él durante la escritura y revisión: el fallecimiento de un amigo, un bolígrafo que se queda sin tinta, las dudas, burlas y luchas internas que asaltan al poeta durante la escritura. Conformando un retrato íntimo de la experiencia visionaria, el actor creador y las infinitas posibilidades del lenguaje poético. De hecho, ¿no podría ser la tabla ouija con su combinatoria de letras, números, afirmaciones y negaciones una metáfora del lenguaje?
En su interesante libro Ghostwriting modernism, del cual este artículo es deudor, Helen Sword dedica un capítulo a analizar cómo, en la segunda mitad del siglo XX, autores como James Merrill o Sylvia Plath dieron un nuevo giro a la experiencia visionaria sin la vergüenza y los reparos de sus predecesores. Y aquí un aspecto interesante del trabajo de Sword: reventar, por así decirlo, la idea de que la literatura espiritista fue exclusiva de la época victoriana para trazar cómo esta manifestación de la cultura popular —la comunicación con el otro mundo— inspiró las innovaciones estilísticas del modernismo literario.
AUTORES COMO JAMES MERRILL O SYLVIA PLATH DIERON UN NUEVO GIRO A LA EXPERIENCIA VISIONARIA SIN LA VERGÜENZA Y LOS REPAROS DE SUS PREDECESORES
La época entre las dos guerras viviría coincidencias tan asombrosas como que en 1922, año de la publicación del Ulises de James Joyce o La tierra baldía de T. S. Eliot, Conan Doyle estuvo investigando sobre las hadas. O que ese mismo año, Thomas Mann asistiera a una sesión de materialización espiritual en Múnich, lugar donde diez años antes Rainer Maria Rilke había consultado a médiums. Mientras tanto, el poeta William Butler Yeats estaba en plena escritura de A vision (1925), obra cumbre espiritista donde recogió los mensajes que su esposa médium recibía del otro lado. Incluso autores escépticos como D. H. Lawrence, Virginia Woolf o James Joyce llenaron su ficción de voces de ultratumba y muertos vivientes. La figura de la médium y el espiritismo popular alimentaron los discursos fragmentados, las perspectivas múltiples, los juegos lingüísticos y la noción de autoría.
INCLUSO AUTORES ESCÉPTICOS COMO D.H. LAWRENCE, VIRGINIA WOOLF O JAMES JOYCE LLENARON SU FICCIÓN DE VOCES DE ULTRATUMBA Y MUERTOS VIVIENTES
Por otra parte, existía un otro fantasmal que era la médium —en ocasiones también escritora—. Según Sword, el espiritismo siempre se ha visto como parte de la esfera femenina y doméstica, pero al entrar el nuevo siglo algunas mujeres nacidas en entornos literarios empezaron a canalizar a las grandes personalidades del momento, apropiándose de sus temas, imágenes y técnicas.
Una de las más conocidas fue Hester Dowden, hija de un crítico literario e íntima de “estrellas” como Yeats o Bram Stoker. Aunque solo firmó uno de sus libros con su nombre, publicó al menos una docena de los temas más variopintos, todos financiados por sus clientes. Además de toda la comunicación que mantuvo con autores del otro mundo, desde Shakespeare a Francis Bacon, Plotino u Oscar Wilde. “En algunos casos, escribir en nombre de los muertos servía como una extensión lógica de su propio talento literario; en otros, sin duda, servía como sustituto”, sostiene Sword. Para quien una médium como Hester Dowden confería a sus mensajes espiritistas la autoridad del anonimato o la autoría múltiple. Era, por así decirlo, una escritora fantasma en varios sentidos: los espíritus escribían a través de ella y Hester a través de ellos.
La autoría fantasmal no solo trajo a vueltas a los autores sino también a los bibliotecarios. Porque, ¿cómo diablos se cataloga un libro escrito “a pachas” entre un vivo y un difunto? En 1941, la American Library Association (ALA) decidió que los escritos mediúmnicos debían ser clasificados bajo el nombre de la médium como responsable intelectual con una entrada adicional para el supuesto autor, a pesar de que el segundo figure en la portada con mayor relumbrón. Unos años más tarde, en 1978, se optó por reconocer a los espíritus como autores, legitimando los principios del espiritismo. Aunque, bueno, obras como The Changing Light at Sandover siguen sin verse como creaciones colectivas y ningún espectro ha recogido aún un Pulitzer. ¿Y no sería la monda? Como mínimo, un acto de justicia y memoria.
En Espectros de Marx (1993), Jacques Derrida propuso el concepto de “hauntología” para describir nuestro presente “embrujado” por los fantasmas del pasado. O, dicho de otra forma, cómo ese pasado sigue habitando en nosotros y moldeando nuestra realidad. Tanto si existe un “cerco” desde el que Capote y otros espíritus fisgonean la vida de los vivos e inspiran poemas, como si únicamente viven en nosotros y en lo que escribimos como parte de nuestra herencia cultural, lo cierto es que toda escritura es una sesión de espiritismo. El Yo autoral es un Nosotros. Como escribió Auden:
Las palabras de un hombre muerto
se modifican en las entrañas de los vivos.
"In Memory of W.B. Yeats"
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Beatriz García Guirado
Periodista, escritora y docente. Ha publicado junto a Andreu Navarra el ensayo Balard Reloaded (H&O, 2023). También es autora de las novelas El silencio de las sirenas (Salto de Página, 2016), La Tierra hueca (Aristas Martínez, 2019) y Los pies fríos (Sloper, 2022). Su obra más reciente es La chica muerta favorita de todos (Libros de K.O., 2025).














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