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Juegos de máscaras en la autoría digital del cambio de siglo

Actualizado: 26 jul

por Daniel Escandell Montiel


La proyección del individuo en los mundos sintéticos no es solo un acto de escritura, sino de encarnación. El avatar funciona como un tecnocuerpo, una prótesis artificial que amplifica la personalidad y proyecta el ethos del sujeto más allá de su fisicidad orgánica. Esta relación vincula al internauta con la figura del cíborg, elongando su presencia a través de herramientas digitales. Sumemos a esto el extimismo, esto es, el proceso mediante el cual se sacrifica la privacidad (y, en ocasiones, la dignidad) en el espectáculo público de las redes para convertir lo íntimo en público, una suerte de moirocausto tecnoespectacular en el que el usuario persigue convertirse en celebridad o meme. En definitiva, conseguir sus quince megabytes de fama. En el panóptico digital que habitamos, la sociedad ha aceptado la pérdida casi total del anonimato, justificándola con discursos de seguridad o patriotismo y, sobre todo, ha convertido la venta de la identidad y la intimidad en deseable. En este sentido, debemos recordar que la sociedad de internet no es estrictamente orwelliana (basada en cierta forma de represión notable y constante), sino benthamiana: se basa en la posibilidad continuada de ser observado. Incluso si nuestras acciones no son vigiladas en tiempo real, están siendo almacenadas. En este sistema, hasta la dirección IP se convierte en la presencia avatárica última que identifica realmente a quien se encuentra tras la conexión. 

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