Reseña de "Veo el mundo como una gran sinfonía"
por Jorge García López
Mireya Hernández
Pepitas de calabaza, 2025,
208 págs.
Naturaleza íntima

“La imagen de una sola cosa ya no quiere decir apenas nada. Es necesario complicarla, injertarla en otras, herirla en el pecho”. Esta frase que Mireya Hernández rescata de Gómez de la Serna, uno de los cientos de nombres que se pasean por las páginas de Veo el mundo como una gran sinfonía, opera como un principio programático de este libro. Un conjunto de textos breves que recorren épocas, personajes, hechos y medias ficciones y que se enlazan entre sí a la manera de una constelación.
Si lo fragmentario es la condición de nuestro tiempo, nuestro modo de acceder a la realidad y también la naturaleza de buena parte de las producciones culturales que pretenden asir eso tan esquivo que a veces llamamos “lo contemporáneo”, Mireya Hernández adopta a nivel formal esta fragmentariedad para, al mismo tiempo, subvertirla generando con todos estos segmentos una suerte de continuo. Así, este libro en apariencia tan misceláneo, errático si se quiere, activa en su seno un dispositivo que pretende enlazar a través de los objetos, las imágenes (el libro incluye fotografías con las que los textos dialogan), los sonidos y los afectos una galería casi infinita de historias. Por eso tenemos, en apenas tres páginas, a Emil Cioran en París, a la cantante Mary Hopkin en Londres y al dictador de Guinea Ecuatorial Francisco Macías Nguema atravesados por una misma canción, “Those Were the Days”, cuya letra escribió un ucraniano que combatió en el Ejército Rojo y que, a causa de ella, fue tildado de contrarrevolucionario.
En otros casos, la línea que une las historias se teje a partir de inesperados pasadizos que responden a un modo particular de pensar y, sobre todo, de sentir de su autora. Por eso el libro está lleno de expresiones como “se me viene a la cabeza”, “me hace pensar”. Por ejemplo, su texto sobre Emily Dickinson articulado a partir de una serie de versos y anotaciones de Chantal Maillard, Burgess Meredith, C. S. Lewis y William Blake que, sin vínculo aparente con la poeta estadounidense, son, a juicio de Hernández y de la caja de resonancia compulsiva que es su mente, capaces de reflejar su vida y obra. Habrá quien, en ocasiones, se sentirá algo desorientado ante la falta de un hilo narrativo que vaya más allá de los dominios tan personales de la autora (no fue el caso de este reseñista), pero, de cualquier modo, se debe reconocer la honestidad con que este artefacto manifiesta repetidamente su naturaleza íntima y, por qué no decirlo, caprichosa.
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