Seres y devenires fantásticos: La transgresora naturaleza de los bestiarios
- Elina Cerla

- 1 mar
- 19 Min. de lectura
por Elina Cerla
“El problema con los híbridos es que alteran nuestra brújula moral […]. Este es el poder de la criatura híbrida. Cuando miramos sus ojos humanos, nos vemos devolviendo nuestra mirada desde el cuerpo animal que negamos habitar”.
Evelyn Tsitas, My Monster, 2018

Abrir las páginas de un libro y presenciar cómo se derraman criaturas salvajes y maravillosas, conocidas e inverosímiles, estimula nuestra fascinación por lo extraño. Al tiempo se sienten lo bastante cercanas como para ser, de algún modo, posibles. Esa es la larga tradición del bestiario y de sus múltiples precursores escritos, con ecos incluso en sellos mesopotámicos cincelados y cuneiformes que se remontan hasta circa 3.000 a. e. c. Siempre podemos cerrar de golpe el libro cuando la incredulidad empieza a sacudir nuestra estabilidad, pero las semillas subversivas seguramente ya hayan plantado los gérmenes de lo antes inimaginable.
Los seres híbridos se remontan a los artefactos humanos más antiguos jamás descubiertos (como Löwenmensch c. 40.000 a. e. c.). Híbridos, críptidos y otras criaturas fantásticas que sacuden los cimientos de lo conocible y creíble han sido materia de mito y sabiduría desde tiempos humanos inmemoriales. La combinación de lo antropoide y lo animal no-humano es una constante llamativa (sirenas y centauros, minotauros y esfinges), al igual que la fusión de criaturas que combinan tierra, aire y mar. Son seres de algún modo familiares pero lo bastante ajenos como para sacudirnos y abrir nuevos horizontes. Una larga tradición que, aunque siempre ha habitado en las sombras de nuestra imaginación, parece vivir un resurgimiento en esta hora de policrisis.
La quimera aparece por primera vez en la Ilíada de Homero (c. 750 a. e. c.): “la ineluctable Quimera, ser de naturaleza no humana, sino divina, con cabeza de león, cola de dragón y cuerpo de cabra, que respiraba encendidas y horribles llamas”. ¿Por qué los híbridos nos resultan tan cautivadores y fértiles en sentido simbólico y ontológico, tan capaces de hablar de la propia naturaleza del ser, de cuestionar los fundamentos de lo real y de activar constructos como la identidad y el conocimiento? En su propia naturaleza, estos seres colapsan (o al menos someten a una enorme tensión) categorías y dualismos como real-imaginario, factual-ficcional, natural-artificial, naturaleza-cultura (para Lévi-Strauss, crudo-cocido en Mitológicas (1964-71), donde los mitemas, las unidades mínimas del mito, se organizaban como oposiciones binarias), también racional-emocional y, por supuesto en el contexto actual, humano-animal.
La potente generatividad de los seres híbridos reside en que encapsulan e interrogan múltiples binarismos que operan simultáneamente en distintos planos categoriales. Las fricciones entre hecho y ficción (cuestionando epistemológicamente nuestra relación con el entramado de lo real e imaginario) operan en un plano distinto a aquellas entre humano y animal.
La dama oval (1939) de Leonora Carrington: Relato surrealista en el que Dama Triste pierde su yo infantil, Lucrecia, y su libertad tras metamorfosearse en un caballo de nieve para jugar con la urraca parlante Matilda, cuando el pater familias, “más cercano a una forma geométrica que a cualquier otra cosa”, condena a las llamas su caballo balancín, Tártaro, que se mueve por sí solo, y “[…] se oyeron arriba golpes aterradores, como si una bestia estuviera sufriendo una tortura inusual…”. Un cuento, bestiario feminista; una pluma en el cabello de Dama Triste, el único resto de libertad en un mundo donde “Tártaro es para chicos”. Publicado por primera vez en una edición ilustrada por Max Ernst. Lucrecia aparece en el texto protofeminista de Cristina de Pizán La ciudad de las damas (1405) y Tártaro era la segunda deidad primigenia tras Gaia, que emerge del Caos en la Teogonía de Hesíodo (c. 700 a. e. c.).
Los bestiarios, compendios de seres reales y míticos junto con sus descripciones y funciones simbólicas, en particular las moralizantes de carácter religioso, fuerzan aún más este deshilachamiento categorial al introducir la exigencia de rigor y de un método proto-científico junto con nuestra inclinación por la fabulación y la alegoría. Los propios bestiarios son híbridos: híbridos metodológicos que contienen híbridos literales que actúan como híbridos funcionales. La mise en abyme rebosa. Al igual que las enciclopedias, aspiran a la exhaustividad, siendo inevitablemente, como todo conocimiento, parciales. A menudo se cita Historia animalium de Aristóteles (c. 350 a. e. c.), seguida de Naturalis Historia de Plinio el Viejo (77) y el Physiologus (anónimo, c. siglo II), como precursoras del florecimiento de la tradición del bestiario. La obra de Aristóteles es un compendio de animales. Aunque su foco se sitúa en criaturas verificablemente reales, menciona monstruos, o terata (signo o maravilla, presagio u omen, monstruo; del protoindoeuropeo “hacer, producir”, raíz ambigua que comparte “monstruo” entre maravilla y presagio, vinculada al protoindoeuropeo “pensar”). Los híbridos hacen y piensan.

Para Aristóteles, los monstruos son resultados de malformaciones, con múltiples cabezas o extremidades, más que construcciones imaginativas fantásticas que hibridan. Aquí el ser humano es un animal exaltado (zōon politikon y zōon logon echon), un animal político dotado de razón y lenguaje, una excepción (que, por supuesto, acabará cayendo del pedestal de su propia construcción) animal y, sin embargo, supuestamente no. En Etymologiae de Isidoro de Sevilla (c. 620), el elefante es seguido por el grifo, y este a su vez por el camaleón, sin cambio alguno en el tono descriptivo: “16. […] En un principio los elefantes solo se encontraban en África y la India […] 17. El grifo se llama así porque es un animal con plumas y cuatro patas. Esta clase de animal salvaje nace en los montes Hiperbóreos. Son leones en todo el torso, pero semejantes a águilas en alas y rostro. […] 18. El camaleón no tiene un solo color […]”. Lo mítico y lo terrestre habitan el mismo plano.
Bestiario (1951) de Julio Cortázar: Una antología de relatos que hace eco de la naturaleza multimodal del híbrido y del bestiario, donde ninguna división entre lo real y lo imaginario permanece estable. Los híbridos son semánticos, simbólicos y filosóficos; las voces narrativas colapsan en una sola y, sin embargo, son múltiples; presencias extrañas merodean de forma depredadora y acechan tras el relato, son naturales y primordiales, políticas y culturales. Las identidades se fracturan por tensiones reprimidas, vomitadas en forma de conejos. En “Cefalea”, metonimias condensan el malestar existencial al nombrar síntomas según las plantas usadas para tratarlos. En “Casa tomada” y “Bestiario”, la supuesta separación entre lo privado y lo público se disuelve para mostrar que todo es político. Las criaturas que habitan estas páginas inquietan y nos obligan a desentrañar dinámicas no dichas, a mirar en las sombras de nuestra propia construcción.
Es la hibridación de técnica que marca el salto a los bestiarios medievales tal y como hoy los conocemos: la fusión de texto e imagen, donde imago se convierte en manifestación ecfrástica de descripciones previas (en el caso de los híbridos, descripciones sin referente, que funden realidades parciales en formas nuevas). Y son también una hibridación de géneros; a la vez descriptivos y científicos, así como prescriptivos y moralizantes. Sus páginas están habitadas por animales que tienden puentes entre animal y humano, donde los animales, en su esencia divina, arrojan nueva luz alegórica sobre el comportamiento humano: “[…] mostrando sin duda que las aves existen como ejemplo para el hombre, y no el hombre como ejemplo para las aves” (Bestiario de Aberdeen, c. 1200). A ellos se suman bestias míticas que existen más allá del ámbito de lo real.
Animalia (2015) de Rafael Toriz y Édgar Cano (dibujos): La metáfora, invisible y quebradiza […] nunca ha sido vista ni capturada […] según registros incontables, es un animal venenoso.
La verdad misma ha sido a lo largo del tiempo un concepto resbaladizo y metamórfico y la mitología griega antigua no operaba con nociones logocéntricas modernas de verdad basadas únicamente en la razón. La mezcla de seres híbridos, humanos, animales y dioses colisionaba en lo que Marcel Detienne denominaría un pensar mítico generativo, resistente a la oposición entre hecho probado y ficción narrativa. Por el contrario, durante la Edad Media la división hecho-ficción estaba plenamente operativa, y la fusión de estas categorías se realizaba con intenciones alegóricas, moralizantes y religiosas: “la edificación e instrucción del hombre pecador” (introducción al Bestiario Bodley 764, c. 1225-50). Lo animal y lo humano crean un híbrido funcional para que la alegoría teja una red de conductas ejemplares.

El encuentro animal-humano en los bestiarios se ve acompañado por compañeros míticos: el cinocéfalo, la esfinge, el sátiro, el fénix, el basilisco, el centauro, la mantícora, la hidra, el parandrus, el anfisbena, el jaculus, la leucrota, por citar solo algunos. Las descripciones iniciales de un híbrido pueden contradecir las frases siguientes, como ocurre con el fénix en el Bestiario de Aberdeen. Y, entre distintos bestiarios, las criaturas mutan: sirenas, serpientes terrestres aladas capaces de volar, o mortíferos seres marinos mitad mujer mitad pez, a veces cubren tierra, mar y aire con patas de ave y colas de pez. De nuevo, distintos órdenes de pensamiento colisionan, poniendo fricciones generativas en la idea de verdad cuando descripciones y alegorías abrazan la contradicción, haciendo de la interpretación una necesidad central para digerir estos textos estratificados epistemológica y ontológicamente.
Fénix del Bestiario de Aberdeen (c. 1200): El fénix es un ave de Arabia […]. Vive más allá de quinientos años, y cuando observa que ha envejecido, levanta para sí una pira funeraria con pequeñas ramas de plantas aromáticas, y volviéndose hacia los rayos del sol, batiendo sus alas, aviva deliberadamente las llamas para sí mismo y es consumido por el fuego. Pero al noveno día después de esto, el ave resurge de sus propias cenizas. Nuestro Señor Jesucristo muestra los rasgos de esta ave […] se fabrica un receptáculo de incienso, mirra y otras sustancias aromáticas; llegado su momento, entra en el envoltorio y muere. Del fluido de su carne surge un gusano que crece gradualmente hasta la madurez; cuando llega el momento oportuno, adquiere alas para volar y recupera su anterior apariencia y forma. Enseña, pues, esta ave con su propio ejemplo a creer en la resurrección del cuerpo; carente tanto de un ejemplo a seguir como de toda razón, se reviste de nuevo con los mismos signos de la resurrección […].
La cuestión de si algo existe o incluso de si es creíble es una pista falsa. Se nos invita aquí a integrar verdaderamente la “suspensión voluntaria de la incredulidad” de Samuel Taylor Coleridge y a indagar en el efecto que ejerce lo increíble, lo inquietante o, según Coleridge, lo “sobrenatural”: “el poder de conferir el interés de la novedad mediante los colores modificadores de la imaginación”. En esos arcoíris modificadores proyectados por la alegorización de lo real, lo fantástico y lo híbrido, florecen el cuestionamiento y la renovación. Así seguimos haciendo y pensando hasta traer a la existencia seres que nos conducen al borde del asombro y la perturbación, donde nuestros haceres y pensares previos pueden deshilacharse. Al contemplar diligentes antologías de criaturas extrañas, a menudo no sabemos si algo es real o imaginario, marino o terrestre, existente o extinto, y es en ese momento de encuentro inclasificable donde deberíamos ceñirnos. ¿Qué ocurre cuando nuestra necesidad natural o cultural de categorizar tropieza con lo ambiguo, liminar, plural? En esta vuelta al pensar mítico estallan explosiones bellamente generativas y peligrosamente disruptivas de todo tipo.
Amar lo extraño: Algunos pseudo bestiarios recientes no presentan híbridos inventados, sino seres tan desconocidos, extraños y maravillosos que nuestros constructos actuales tienen dificultades para situarlos en la categoría de lo real. Tres libros destacan aquí: The Art and Science of Ernst Haeckel (2017, Willmann y Voss), que reúne innumerables dibujos (hechos entre 1862 y 1904), nos invita a sumergirnos en los patrones hipnotizantes de lo marino y lo microscópico, lo embrionario y lo fractal. El libro de los seres casi imaginarios (2012), de Caspar Henderson, dispuesto como un bestiario medieval que hibrida fuentes textuales e imágenes iluminadas, donde extremidades regenerativas, ojos prototecnológicos incrustados y camuflajes extremos empujan los límites de lo creíble como antídoto contra el antropocentrismo. The Modern Bestiary: A Curated Collection of Wondrous Creatures (2022), de Joanna Bagniewska, es otro compendio de criaturas reales alucinantes con sus costumbres y comportamientos curiosos. Ante cualquier compulsión por taxonomizar y comprender, conviene recordar que archivar debería ser un proceso de celebración, no de control.

Nos encontramos al borde del precipicio que el racionalismo ha tratado desesperadamente de evitar mediante enciclopedias exhaustivas y pensamiento axiomático. Un deseo de control que resuena con la necesidad primordial de nombrar y de anclar un fenómeno en el logos que habita escrituras religiosas, bestiarios medievales y enciclopedias científicas, el cual encuentra eco en la célebre expresión cartográfica hic sunt dracones (aquí hay dragones) para señalar lo inexplorado y desconocido, los peligrosos límites del saber. Delimitar y ponerle nombre a algo parece fijarlo en nuestra esfera de comprensión, en nuestras narrativas interiorizadas y colectivamente normalizadas de cómo son las cosas. Lo quimérico, lo metamórfico, siembra la duda sobre nuestras certezas y se convierte en una poderosa herramienta para deconstruir nuestro punto de vista histórico, con todos sus constructos políticos y sociales ineludibles.
Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero, en El libro de los seres imaginarios (publicado inicialmente como Manual de zoología fantástica), nos muestran cómo estos múltiples seres híbridos, a partir del ejemplo de uno de ellos (la quimera), se transforman con el tiempo y necesitan ser renovados. Borges y Guerrero, aun celebrando (en tres párrafos de naturaleza distinta) la quimera mutable, caen en la tentación de anclar y fijar, clavar un alfiler en la incesante hibridación que universalizan como saturación y agotamiento semánticos.
La quimera de Borges y Guerrero (Manual de zoología fantástica, 1957): La primera noticia de la Quimera está en el libro VI de la Ilíada. […] Cabeza de león, vientre de cabra y cola de serpiente, es la interpretación más natural que admiten las palabras de Homero, pero la Teogonía de Hesíodo la describe con tres cabezas […].
En […] la Eneida reaparece “la Quimera armada de llamas”; […] hay un volcán, que lleva su nombre. La base está infestada de serpientes, en las laderas hay praderas y cabras, la cumbre exhala llamaradas y en ella tienen su guarida los leones; la Quimera sería una metáfora de esa curiosa elevación. Antes, Plutarco había sugerido que Quimera era el nombre de un capitán de aficiones piráticas, que había hecho pintar en su barco un león, una cabra y una culebra.
Estas conjeturas absurdas prueban que la Quimera ya estaba cansando a la gente. Mejor que imaginarla era traducirla en cualquier otra cosa. Era demasiado heterogénea; el león, la cabra y la serpiente (en algunos textos, el dragón) se resistían a formar un solo animal. Con el tiempo, la Quimera tiende a ser “lo quimérico”; una broma famosa de Rabelais (“Si una quimera, bamboleándose en el vacío, puede comer segundas intenciones”) marca muy bien la transición. La incoherente forma desaparece y la palabra queda, para significar lo imposible. Idea falsa, vana imaginación, es la definición de quimera que ahora da el diccionario.
Retomemos allí donde lo dejan con la novela satírica de François Rabelais, Pantagruel (publicada en 1532 bajo el seudónimo Alcofribas Nasier, un anagrama, para proteger su reputación médica ante el riesgo de censura). La quimera aparece aquí en otro gesto de colapso de planos, en el título de un libro inexistente albergado en una de las primeras bibliotecas ficticias europeas de ediciones absurdas: Quaestio subtilissima, utrum Chimera, in vacuo bombinans, possit comedere secundas intentiones, et fuit debatuta per decem hebdomadas in concilio Constantiensi (Una cuestión sutilísima: si una Quimera que bombina [zumba] en el vacío puede devorar segundas intenciones, tal como se debatió durante diez semanas en el Concilio de Constanza). El título es una crítica del academicismo escolástico medieval sobre primeras intenciones (objetos reales y conceptos directos) frente a segundas intenciones (ideas de orden superior, incluyendo las empleadas para clasificar y taxonomizar como género y especie) y sobre cómo las palabras pueden describir cosas inexistentes.

Esta frase quimérica adquiere una vida híbrida propia, primero en el Dictionnaire philosophique (1764) de Voltaire, donde critica el sofisma medieval que confunde el lenguaje con la verdad en lugar de atender a la realidad de los procesos de herejía (Voltaire era un seudónimo adoptado tras su encarcelamiento por versos satíricos y posiblemente un anagrama). Más tarde, Umberto Eco retoma en prosa y teoría esta quimera que bombina en el vacío, señalando cómo, a través del lenguaje, la propia frase “hace presentes tanto a la quimera como a las intenciones segundas, por no hablar del zumbido imposible que la quimera debería producir en el vacío” (“An Ars Oblivionalis? Forget It!”, 1988). El lenguaje mismo manifiesta y reifica al ser híbrido antes de que la imagen lo ilumine. Chimera (1972), de John Barth, se estructura en tres secciones que adoptan la forma de este híbrido triádico, donde categorías colisionan, personajes se solapan y voces narrativas irrumpen, coexistiendo metaficción y mito. Si adelantamos más, nos topamos con las quimeras genéticas artificiales de laboratorio, que nos desplazan hacia un paradigma ético completamente nuevo, y los referentes perpetuamente deslizando nos reclaman con urgencia nuevas narrativas y un mythos revitalizado.
Sirenas y unicornios – imaginario y real: Lo imposible se ha vuelto verosímil en diversos engaños basados en el hallazgo de supuestos restos esqueléticos de sirenas, como la Sirena de Fiji o las momias ningyō, del siglo XIX en Japón, y de unicornios, a menudo colmillos de narval (reforzados por presuntos avistamientos en los que animales de dos cuernos, vistos de perfil, parecen tener solo uno). El artista Joan Fontcuberta reactivó este dispositivo en Sirenas (2000) para problematizar lo fotográfico y lo físico como archivo y prueba, cuestionando a la vez la noción de validación científica. En un proyecto anterior, Fauna (1987), en colaboración con Pere Formiguera, crearon una falsa menagerie taxidérmica de criaturas amalgamas más allá de lo fotográfico, recurriendo al supuesto material de archivo, previamente perdido, del zoólogo ficticio Peter Ameisenhaufen (dibujos, artículos científicos, restos óseos y radiografías como elementos de corroboración). Mecanismo de duda que Fontcuberta luego aplicó a los unicornios. Un compendio detallado de estudios anatómicos de híbridos, entre ellos “Siren Oceanus” (así como “Chimaera Incendiarius”), puede encontrarse en The Resurrectionist (2013), de E. B. Hudspeth, parte del Codex Extinct Animalia precedido por la biografía del autor ficticio del códice, Dr. Black. Al existir en múltiples planos, con referentes poco fiables y autorías inventadas, estas creaciones se insertan en el imaginario desdibujando la frontera entre hecho y ficción.

Entonces, ¿por qué lo quimérico, en sentido figurado (como imaginario no constreñido por esquemas actuales) y en sentido literal (como ser híbrido) está experimentando un retorno? Para abordarlo, volvamos a algunas dicotomías que los seres híbridos encarnan. Real-imaginario, factual-ficcional, incluso racional-emocional, las escisiones de la claridad cartesiana culminaron en la exaltación ilustrada de lo racional. Se encuentran estrechamente vinculados los dualismos humano-animal y, más recientemente, humano-no-humano. Nuestra familia de Homo sapiens y otros animales han sido divididos, incluso cuando son mutuamente codependientes. Con esta división desencadenamos, de manera inadvertida o consciente, al posicionar en el centro al hombre (añádase aquí blanco, colonizador), las fuerzas antropogénicas del humanismo que hoy están causando estragos y socavando la viabilidad de la vida existente en la Tierra. Es clave subrayar que este relato no es la única forma de tejer nuestra relacionalidad, pero sí ha sido el paradigma depredador consumiendo los recursos del planeta.
En este proceso de control mediante categorización se abren también las divisiones natural-artificial y naturaleza-cultura (irónicamente, cultura y cultivación tienen raíces etimológicas en crecimiento y cría, de cuidado al sustrato que es prerrequisito para la posibilidad de florecimiento). Y así la noción de excepcionalismo humano prolifera como un virus incrustándose subrepticiamente, y sin la duda cartesiana sobre la cual está cimentada, en el código mismo de la cultura occidental. En Lo abierto: el hombre y el animal (2002), Giorgio Agamben afirma: “En la medida en que la producción del hombre a través de la oposición hombre/animal, humano/inhumano, está en juego aquí, la máquina funciona necesariamente mediante una exclusión (que es siempre ya una captura) y una inclusión (que es siempre ya una exclusión).”

La alterización universalizada implicada en estos constructos binarios es multifacética y oculta violencias no contadas, con mecanismos de exclusión de la categoría exaltada y de universalización en la categoría descentrada, que ignora y silencia la diversidad de experiencias situadas más allá de las estructuras hegemónicas de poder.
El influyente texto ¿Puede hablar el subalterno? (1988), de Gayatri Chakravorty Spivak, pregunta si las personas oprimidas pueden hablar dado que hay discursos dominantes que impiden que sean escuchadas. Es en el acto de escuchar la irrupción de mythoi y relatos aún no contados donde la asfixia del monocultivo puede transformarse en una nueva permacultura que priorice la hibridación, la polifonía y los ecosistemas complejos. Resulta revelador volver a los términos empleados por Borges y Guerrero en su tratamiento de lo quimérico, que rebosa incomodidad ante la resistencia y la ineluctabilidad de la criatura: “Era demasiado heterogénea”, “se resistían a formar un solo animal”; el ser híbrido sacude los cimientos de nuestras categorías limpias y corre el riesgo de desvelar las estructuras de dominación y depredación.
Bestiary (2016) de Donika Kelly: Una antología de poemas que utiliza la palabra tanto para escudar como para destapar a un cuerpo no dicho de memoria y trauma, de mitología retejida para invitar a centauros, sirenas, quimeras y hombres lobo; páginas llenas de sombras y de luces, de seres que hieren y sanan. “Me pienso / un levantamiento, pluma y pezuña, relincho / y graznido, y tú, siempre, sobre mi espalda”. Este bestiario está compuesto de tradición mítica y una historia dolorosamente real, donde monstruos acechan por todas partes, un relato de migración lleno de astas y alas. “[…] Mezcolanza soy. / Híbrido soy.”
Para afrontar el aumento de injusticia en medio del crescendo de la crisis climática, volvemos al hombre ilustrado aferrándose a su pedestal. Uno de los muchos constructos binarios, junto a los fundacionales blanco-otro, masculino-otro, racional-otro, de preocupación creciente en un mundo de desregulación ecosistémica se encuentra en el corazón del ser híbrido: humano-otro. Humanimales (2022), de Marta Segarra, ofrece una exploración de “las zonas de contacto entre los seres humanos y los animales [que] ha mostrado hasta qué punto sus existencias se hallan entrelazadas, e incluso confundidas, en un ser humanimal que implica abrir las fronteras de lo humano, relevando al sujeto clásico”. A lo largo de la historia hemos buscado desesperadamente criterios que justifiquen nuestro excepcionalismo con respecto a los animales, y una vez identificado uno, surgen excepciones a la regla. Lenguaje… cetáceos. Nombrar… elefantes. Moralidad… monos. Empatía… simios y ratas. Cultura acumulativa… ballenas y simios. Prueba del espejo… hormigas, entre muchos otros. Duelo… muchos. Arte… algunos. Humor… muchísimos.
Encontrado en la transducción - Bestiari de Carlos Casas: Una instalación audiovisual para la Biennale di Venezia de 2024, basada en la Disputa de l’ase (c. 1417) de Anselm Turmeda, una fábula satírica medieval en la que animales parlantes someten a juicio al autor (representante de la humanidad) y ponen en cuestión el excepcionalismo humano. Carlos Casas toma este texto como punto de partida para concebir la transducción (la traducción de una forma de señal en otra) necesaria para que la percepción humana se exponga a los sonidos y patrones de comunicación de otras especies. El espacio inmersivo sumerge al espectador en sonidos normalmente no captados por el oído humano gracias al uso de micrófonos y altavoces especiales. El artista señala “cómo nos convertimos en fiduciarios interespecies de otros seres sintientes”, responsables del cuidado de otros seres.

En el auge de lo posthumano es clave no olvidar la importancia de la interseccionalidad en la raíz de la desigualdad y no utilizar este giro ontológico del posthumanismo para eclipsar sistemas de opresión actuales. No se trata de una de dos. La irreductibilidad del otro animal habla de nuestra propia identidad como seres humanos y es palpable en numerosas filosofías, donde encuentros con animales devienen acontecimientos de hibridación y humildad. Ante la mirada de un gato, Jacques Derrida en El animal que luego estoy si(gui)endo (2002) inicia un análisis en el que el gato, ergo el “animal”, se resiste a la alterización y a ser abstraído en el singular genérico del término. En su lugar, acuña el concepto de animot (homófono del plural animales en francés), concebido como una quimera de tres partes: “ni especie, ni género, ni individuo; una multiplicidad viviente irreductible […] una suerte de híbrido monstruoso, una quimera”, compuesta por: i) la pluralidad irreductible contenida en el singular; ii) la palabra (es decir nombre) de la que los animales han sido privados; y iii) más que otorgarles voz, “acceder a un pensar tan quimérico” que no concibe la ausencia de nombre como una carencia. El referente animal ya no necesita el permiso de una palabra para ser.
Para Donna Haraway, la hibridación animal-no-humano, entendida como enredos inextricables, es una presencia constante, más recientemente a través de simbiontes e hijes del compost en Seguir con el problema (2016). La relación con los animales es una de simpoiesis (termino de Beth Dempster), que significa “hacer‑con”: nos enredamos con “miríadas de entidades‑en‑ensamblajes intra‑activas, incluidas lo más‑que‑humano, otro‑que‑humano, inhumano, y humano‑como‑humus”. En este proceso de “devenir-con”, “compañeras ontológicamente heterogéneas devienen quiénes y qué son en un worlding (mundear/mundanizar) material‑semiótico relacional”. Feral Atlas (2020) es un ambicioso espacio virtual aún activo, editado por Anna L. Tsing entre otras, que mapea algunos de estos enredos humanos-más‑que‑humanos. Una vez más, la hibridación nos pide pensar nuevos pensamientos y mundear nuevos mundos. Por su potencial desestabilizador, la hibridez de los monstruos y seres quiméricos a menudo reaparece metafóricamente en la teoría cultural poscolonial, feminista y queer, además de la posthumana.
Bestiario del Anthropoceno (2021) de Nicolas Nova y DISNOVATION.ORG: Un catálogo bellamente editado aunque devastador de criaturas híbridas emergidas de fuerzas antropogénicas, que combina la tradición del bestiario con crítica incisiva del impacto que estamos teniendo sobre nuestros ecosistemas y los seres vivos que los habitan. Estos híbridos no se limitan a lo animal sino que incorporan plastiglomerados, residuos radiactivos, biogenética, diseño de alta tecnología y los efectos desastrosos de una mentalidad de crecimiento capitalista. Sandías cuadradas, aves con dispositivos de rastreo incrustados, paisajes alterados de forma irreversible por la minería y el consumo extremo de pollo, mareas de petróleo ahora refugios para microbios y mucho más.

Seres híbridos que combinan animales y plantas son menos frecuentes, aunque existen; ninfas y espíritus arbóreos, como la dríade y el kodama, o la raíz de la mandrágora, a la que se atribuía dar alaridos al ser desenterrada. El “otro” en lo humano-otro no deja de crecer; el grupo homogeneizador de lo no-humano no hace justicia ni a los árboles ni a las redes miceliales, ni a los ecosistemas que hacen posible nuestra supervivencia. En 2008, Ecuador reconoció una nueva entidad sujeta a derechos: “la Naturaleza, o Pacha Mama”, aunque no deja de entrar en conflicto con la estructura jurídica vigente que prioriza los derechos de propiedad y explotación, donde animales (y tierras) aparecen como objetos susceptibles de posesión con ciertos derechos de bienestar, pero excluidos de la condición de sujetos con agenciamiento. El debate jurídico y ético se sigue enredando a medida que la investigación biomédica incrementa la xenotrasplantación y crea quimeras genéticas artificiales. El foco de este artículo ha estado en criaturas míticas híbridas, así el ámbito entero de lo posthumano (incluyendo la hibridación con tecnologías y otras formas de inteligencia como la IA) es un campo que excede su alcance.
Miríadas de híbridos en el arte contemporáneo: También proliferan en el arte seres híbridos que cuestionan fronteras, visibilizan identidades silenciadas y luchan por derechos más allá de lo humano. Tres proyectos destacan para descubrir a numerosas artistas: la exposición Why Look at Animals? (EMET, Atenas, hasta mediados de abril de 2026), centrada en los derechos y el bienestar animal y que, de forma inevitable, expone la alterización de las vidas más-que-humanas, con curaduría de Katerina Gregos. El reciente volumen Bestiaria (2023), una bella edición en gran formato de Domitilla Dardi, que recorre la historia del bestiario desde los textos más antiguos hasta artistas actuales. Y la exposición My Monster: The Human-Animal Hybrid (RMIT University Gallery, Melbourne, 2018, catálogo en línea), con curaduría de Evelyn Tsitas, organizada alrededor de los temas xenos, mythos, tokos, eros y kosmos, repleta de criaturas cautivadoras, admonitorias y fabuladoras.
Las convenciones nos persuaden de que los textos, lineales en su lógica, deben atar cabos sueltos y concluir con puntos de convergencia, un artificio estabilizador, un consuelo. Sin embargo, si permitimos que lo híbrido continúe metamorfoseándose y que nuestro pensamiento aprenda de su incesante recontextualización, un devenir constante, la única conclusión posible es la de nuevas geminaciones. Así, este fin es una invitación a través de los ejemplos mencionados, otros conocidos escondidos entre líneas, y nuevos aún por aparecer, a la inmersión en la multiplicidad emergente que desvela la inagotable potencialidad de lo híbrido…
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Elina Cerla
Piensa a través de la palabra y la materia (actualmente el dibujo, la escultura, la teoría, la palabra hablada y la curaduría). Tiene formación académica en filosofía y teoría y política cultural.














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