El reparto de la ilusión
por Enric Puig Punyet
Escondida tras la cortina, conteniendo el aliento, mira por la ventana. Necesita retener esa imagen: él se monta en su lujoso coche, se aleja por la calle y tuerce en la primera esquina. Alida respira de nuevo. Por fin tiene la certeza de encontrarse sola, por primera vez a salvo de la siempre opresiva presencia de su superior. Enseguida, sus ojos se clavan en la puerta al fondo de la sala. La puerta prohibida: así la llama cada noche cuando su hijo le reprocha sus largas ausencias y ella, para ahorrarle lamentos sobre un empleo indeseado, para evitarle un profundo suspiro por tener de jefe al ser más despreciable de este mundo, fantasea sobre el único resquicio mágico, el único con algo de color en ese despacho gris, el único capaz de sostener cierta fascinación. Esa simple puerta del fondo, robusta, desgastada, amarillenta, se cargó inesperadamente con un enigma el día que Alida osó tocarla.
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