En realidad, la realidad. Modelo para armar en tres piezas: hechos, voces, encuentros
por David Rodríguez Seoane
La duda parte de uno mismo, de la conciencia individual. Percibimos el mundo desde una experiencia personal y corpórea. Intransferible. Pero inmediatamente surge un problema. ¿Cómo puedo saber que existe un “mundo común” y descartar que todo este caos no sea solo producto de una imaginación desencadenada? La mía. Filósofos como Husserl, Lévinas, Habermas o Arendt podaron a tijeretazos una puerta de salida para este laberinto de senderos verdosos con un letrero colgado del pomo que dice: “intersubjetividad”. En las Meditaciones cartesianas, especialmente en la quinta, Husserl desarrolla la constitución intersubjetiva del mundo e introduce la figura del “Otro”. Ya no estamos solos. Hay prendida una luz. Bajo el amparo de su haz resplandeciente, Lévinas ilumina en El Tiempo y el Otro una nueva dimensión del yo. Ya no se circunscribe a un individuo, sino que se completa con la alteridad. Si fuésemos un idioma, seríamos una lengua aglutinante. Un sumatorio infinito de múltiples encuentros. Como el euskera, el aimara o las lenguas inuit.
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