Nona Fernández. "Algo meridianamente real"
por Ale Oseguera y Jorge García López
Los libros de Nona Fernández dan cuenta de que toda realidad es compleja, contradictoria, que está en permanente proceso de elaboración y que, por su naturaleza, se resiste a ser fijada en un relato cerrado. En toda su obra, desde Mapocho hasta Marciano, pasando por pequeñas joyas como Space Invaders, Chilean Electric o Voyager, la autora trabaja el cruce entre la memoria histórica y la individual; la suya y la de todas esas personas, generalmente anónimas, que atraviesan sus novelas y que construyen, desde su recuerdo, algo que las trasciende. Con este material, Nona Fernández levanta artefactos híbridos, tremendamente libres, que siempre van a la búsqueda de nuevas formas de narrar algo tan rico, tan opaco y tan delicado como es una vida.
Marciano reconstruye fragmentos de la vida de Mauricio Hernández, líder guerrillero en prisión desde hace veinticinco años, pero no es una biografía ni una crónica periodística. Buena parte del libro está articulada en forma de diálogo entre tú y él, y también aparecen otras voces, muchas de personas que están muertas. ¿Qué sentido tenía para ti introducir todo este entramado formal y ficcional para dar cuenta de la historia de un personaje real?
Marciano se escribió en el mareo que propone el tiempo del encierro, un tiempo con lógicas muy distintas a las que pautan nuestra realidad. El presente se detiene y eso hace que todo se desordene, la imaginación, la conciencia, la memoria, la cordura. Las fronteras entre el ayer y el hoy, entre lo real y lo ficcionado, entre la vida y la muerte, no existen ahí dentro. Todo se enreda en un flujo poderosamente literario. Una de las decisiones que tomé, cuando comprendí que yo misma me había emborrachado de esa atmósfera, fue hacer el intento de reproducirla. Por eso el entramado del que hablas, donde pasamos del recuerdo al presente, y del presente a la imaginación, y de la imaginación a un archivo sin problema. Y donde vivos y muertos tienen voz. Mauricio conversa con sus muertos. Es una estrategia para no enloquecer. Los lleva a la celda y así se reactiva la red de afectos que lo sostuvo en sus tiempos de libertad y lo sostiene ahora. A ratos creo que yo misma los escuché también. La novela me lo permitió.
¿Deseas ampliar la información?
Suscríbete a revistaquimera.com para seguir leyendo esta entrada exclusiva.














